CAPÍTULO 17
CONNOR
El día transcurre y yo me lo paso prácticamente en el despacho del ático trabajando.
La oigo salir varias veces, imagino que para comer, ya que oigo ruido en la cocina.
No me dice nada, quizás piensa que me he ido, pero al menos me alegra saber que no está intentando nada raro para escapar.
Sabe que no hay manera, pero, aun así, esperaba que su terquedad me diera más dolores de cabeza con este tema.
Por la tarde, agotado, salgo del despacho directo a por algo de comer.
La luz del atardecer se filtra por las ventanas del ático, pintando todo en tonos de oro y sombras largas.
Brook está sentada en el sofá, como una figurita de porcelana demasiado frágil para este mundo de ladrillos y sangre en el que yo vivo.
Tiene las manos en los puños del suéter que debe haber cogido de mi armario, hundida en el tejido como si fuera un caparazón.
Me observa desde allí, con esa mirada que es mitad miedo, mitad curiosidad.
Yo he estado dando vueltas, preparando un whisky, en silencio, pero en mi cabeza, mientras veo cómo la luz acaricia su perfil, ya no pienso en nada del trabajo. Pienso en la curva de su labio inferior. En lo sexy que está con mi ropa…
Termino mi whisky y me acerco despacio. Ella no se retira, pero sus ojos se agrandan, la respiración se le hace más corta y audible.
Estamos sentados en el sofá en completo silencio hasta que ella se mueve.
No se levanta, sino que se desliza un poco más cerca, acortando la distancia entre nuestros cuerpos.
La miro de reojo. Su postura ha cambiado.
Ya no está encogida, ni a la defensiva. Ahora se reclina ligeramente hacia atrás, apoyando una mano en el cojín entre nosotros y jugueteando con sus dedos en la costura.
Me mira directamente, y hay algo nuevo en su expresión.
—Me pregunto —dice, y su voz es más suave ahora, casi contemplativa— cómo podríamos entretenernos, ya que me tienes aquí encerrada.
No entiendo adónde va esto. La observo con cautela.
—Podemos hablar —digo, manteniendo la voz neutral.
—Seguro —dice ella, y una esquina de su boca se levanta en lo que casi es una sonrisa. Es un gesto pequeño, pero transforma completamente su rostro—. Pero qué aburrido… se me ocurren otras formas de pasar el tiempo.
—¿Qué otras? —pregunto, aunque una parte de mí ya empieza a ver el camino que está trazando.
Ella se encoge de hombros, y con un movimiento de brazos se quita el suéter y se queda con mi camiseta solo. Camiseta que ahora mismo considero demasiado corta para ella.
—No sé. ¡Qué calor! ¿No tienes calor?
Se desliza aún más cerca de mí y la camiseta le cae un poco, mostrando la curva de su hombro. Una alarma silenciosa se activa en mi cabeza. ¿Qué está haciendo?
—Brook —digo, y mi voz suena más firme de lo que pretendía—. No vayas por ahí.
—¿Por dónde? —pregunta ella, fingiendo inocencia, pero sus ojos brillan con una luz juguetona que me desconcierta por completo. Hace apenas unas horas estaba temblando de miedo. Ahora está… coqueteando. Es un cambio de registro tan brusco que me deja desequilibrado.
—Sabes perfectamente por dónde —digo, intentando mantener la compostura, aunque siento una sonrisa involuntaria amenazando con asomarse. Me gusta. Me gusta esta versión de ella, desafiante de otra manera, segura. Me gusta demasiado.
—¿Y si quiero ir por ahí? —susurra, acercándose otro poco. Ahora puedo oler su champú, mezclado con su propio olor. Me encanta.
—Entonces te diré que pares —respondo, y esta vez no puedo evitar que la sonrisa se asome—. Porque si no paras, no voy a poder contenerme.
La advertencia es real. La tengo tan cerca, con esos labios todavía un poco hinchados, con esa mirada que está diciendo cosas que sus palabras solo insinúan. Cada célula de mi cuerpo está gritando para que cierre esa distancia.
Ella baja la mirada un momento, y cuando la levanta, la ligereza ha desaparecido. Hay una sinceridad cruda y vulnerable en sus ojos que me golpea en el pecho.
—Desde lo que pasó —dice, y no necesita especificar qué—, no he estado con nadie. No he sentido… nada. Ni atracción, ni deseo, ni placer. Es como si esa parte de mí se hubiera apagado. O roto.
Sus palabras caen entre nosotros con un peso enorme. Las escucho y siento un puño cerrándose en mi estómago.
—Y ahora… —continúa ella, tragando saliva—. Ahora siento algo contigo. Y tengo miedo, pero también tengo… ganas. Quiero que me ayudes con eso.
Dios. La miro, y quiero decir que sí. Quiero decir que la voy a tocar hasta que se olvide de su propio nombre, hasta que el único sonido que pueda hacer sea gritar mi nombre. Pero soy un hijo de puta, no un salvador.
—No soy la persona indicada para esto, Brook —digo, y la voz me sale más áspera de lo que quiero—. No soy un hombre bueno.
—Yo creo que sí —dice ella con una convicción que me desconcierta—. Veo algo en ti, en tu mirada. No eres como… él.
Me río, un sonido seco y sin humor.
—El hecho de que no sea como Marco no me convierte en un santo, gatita. Soy un criminal. Tengo más sombras que luces, te lo aseguro.
Ella sostiene mi mirada, sin pestañear.
—A mí me gustan las sombras —dice, y la simpleza de la frase, su honestidad, hace que el aire se me escape de los pulmones.
Me inclino hacia ella, nuestras caras ahora a solo un suspiro de distancia. Puedo sentir el calor de su piel. La lucha interna es física, un dolor en el pecho.
—Dios, Brook —susurro, y el tormento en mi propia voz es evidente—. No puedo. No puedo hacerte esto.
No hablo solo del sexo. Hablo de esto. De enredarla más en mi mundo, de mancharla con lo que soy, de ser el primer hombre después de eso. Es una responsabilidad que me aterra.
Ella me observa, veo la duda en sus ojos, el miedo a ser rechazada.
—Créeme, me muero de ganas de follarte aquí mismo hasta dejarte sin sentido. No es que no quiera, es…
Veo cómo se endurece su mandíbula, cómo toma una decisión y antes de dejarme acabar la frase, se mueve.
Se sube a horcajadas sobre mis piernas, sentándose en mi regazo.
El contacto es eléctrico. Siento su peso, su calor a través de la tela de mis pantalones.
Me mira desde arriba, sus manos se posan con timidez en mis hombros.
—Antes del ataque —dice con la voz un poco temblorosa pero firme—, mi vida sexual era…
triste. Estaba enfocada en complacer al otro.
No había tenido muchas relaciones, y los tíos con los que estuve…
procuraban más su propio placer. Nunca se centraron en mí, en qué quería yo o simplemente en si me había corrido o no.
Cada palabra es un clavo en mi conciencia. La miro, con sus ojos llenos de una esperanza frágil y un deseo que ya no se puede negar, sentada sobre mi erección que crece rápidamente y que no puedo ocultar. Mi control se resquebraja.
La agarro de la nuca con una firmeza que la hace contener la respiración. La acerco a mí, hasta que nuestros labios están casi tocándose. Siento su aliento cálido en mi boca.
—Entonces escúchame bien —le susurro, y mi voz es áspera por la necesidad—. Voy a enseñarte lo que significa realmente el placer.
Y cierro la distancia entre nuestros labios.
El beso es hambriento y apasionado, un estallido de toda la tensión, la curiosidad y el deseo acumulados durante semanas.
Ella gime en el instante en que nuestros labios se encuentran, un sonido pequeño y perfecto que se me mete en la sangre.
Yo gimo también, incapaz de contenerme, devorando su boca como un hombre sediento.
Sus labios son más suaves de lo que recordaba, y responden a los míos con una urgencia que me vuelve loco.
Sus manos se aferran a mi cabello, tirando un poco, y el dolor punzante solo aviva el fuego.
La separo con dificultad, necesitando aire, necesitando asegurarme de que esto es real. Ella jadea, sus labios hinchados y brillantes, sus ojos encendidos por el deseo.
—Pero tú tienes el control aquí —digo, respirando con dificultad, mis palabras saliendo entrecortadas—. Todo el tiempo. Si quieres que pare, lo haré. Solo tienes que decir «tormenta». Y pararé de inmediato. Es la única palabra que respetaré completamente, ¿entendido?
Lo digo mirándola directamente a los ojos, para que no haya duda. Para que sepa que, en medio de todo esto, en medio de lo que soy y de lo que ella quiere que le haga, hay una línea que no cruzaré sin su permiso. Es lo único decente que puedo ofrecerle.
Soy un hombre que ha tenido mujeres de todos los tipos en mi cama. Pero con ella… con ella, hay una línea que no cruzaré sin permiso. El placer será conquistado, no forzado.
Me sostiene la mirada, su pecho sube y baja rápidamente. Luego, lentamente, asiente. Baja la cabeza y vuelve a besarme, y esa es toda la respuesta que necesito.
Ella exhala, un sonido tembloroso que se mezcla con el roce de mi piel contra su piel. Sus ojos están clavados en mí, buscando, analizando, probablemente recordando otras manos que no fueron amables.
—Relájate— murmuro, mientras mis dedos encuentran el borde de su camiseta y comienzan a levantarla, su respiración se corta.
—Connor…— dice, y es casi un quebranto.
—Sí— respondo, manteniendo mi voz en ese mismo tono calmado, dominante pero no agresivo—. Es mi nombre, úsalo y déjame escucharlo mientras te hago sentir viva.
La camiseta queda sobre el sofá, y ahora su torso está expuesto, solo la piel cálida y lisa bajo mi vista.
Es hermosa, es real y es mía. Sus pechos tímidos, los pezones ya erectos por la mezcla de miedo y excitación.
Me inclino y, sin usar aún mis manos allí, apoyo mi frente contra su clavícula, respirando su aroma—limpio, con un toque dulce de vainilla y canela.
—Mírame —digo cuando levanto la cabeza. Ella obedece, sus ojos están llenos de confusión, sé que está nerviosa, pero también lo desea.