CAPÍTULO 16
CONNOR
La noche resulta interminable. Tres veces el mismo sonido me arranca del sofá donde intento descansar sin éxito: un gemido ahogado, seguido de un jadeo de pánico que atraviesa la puerta como si fuera de papel.
La primera vez, apenas una hora después de dejarla, encuentro sus sábanas enredadas alrededor de sus piernas, su cuerpo cubierto de un sudor frío, con los ojos abiertos de par en par, pero sin verme, atrapados todavía en algún callejón oscuro de su memoria.
Me siento al borde de la cama y le pongo una mano en el hombro, para no asustarla, llamándola suavemente hasta que su mirada se enfoca en mí.
No dice nada, solo respira hondo, temblorosa, antes de darse la vuelta. No sé si por vergüenza o por rabia.
La segunda vez es más violenta. La escucho gritar, un sonido desgarrador que me hace cruzar el ático de un salto. Al abrir la puerta, la encuentro sentada en la cama, las manos agarradas a su propia garganta como si intentara arrancarse algo de dentro.
—No puedo respirar —jadea. Me acerco rápidamente, le tomo las manos y las separo de su cuello, notando el pulso frenético bajo su piel.
—Estás aquí —le digo, una y otra vez, hasta que el pánico cede y se deja caer contra las almohadas, exhausta.
La tercera vez es la peor. No hace ruido. Cuando entro, movido por una inquietud que no puedo ignorar, la encuentro completamente quieta, mirando al techo con los ojos llenos de lágrimas que caen en silencio por sus sienes.
—Déjame. No necesito que me cuides. Puedo con esto sola —murmura en cuanto me acerco un par de pasos.
Esas palabras me atraviesan. Me siento en la cama, me inclino sobre ella, apoyando las manos a cada lado de su cabeza en el colchón, hasta que mi rostro está a centímetros del suyo.
Puedo notar su aliento tan cerca del mío que es un trabajo de autocontrol brutal lo que debo hacer para no coger ahora mismo y besarla.
—Esa es la mentira que te has estado contando todos estos meses —le digo, y mi voz suena más áspera de lo que pretendo—. Y mira dónde te ha llevado. A esconderte, a cortarte, a vivir con el miedo pegado a los huesos. Eso se acabó.
Ella intenta apartar la mirada, pero no se lo permito, la cojo del mentón, obligándola a mirarme mientras le hablo.
—No te pertenezco —susurra, pero hay más confusión que convicción en sus palabras.
—Desde el momento en que cruzaste la puerta de mi club, sí —replico—.
Desde el momento en que te vi detrás de esa puerta, gatita, eres mía.
Y lo primero que voy a hacer es asegurarme de que nada ni nadie vuelva a hacerte daño.
Nunca más vas a estar sola en esto, Brook.
Lo siento si no te gusta, pero es la realidad. Ve asumiéndola.
Veo el conflicto cruzar su rostro como una sombra.
El odio hacia la idea de ser posesión de alguien, especialmente de un hombre como yo, luchando contra el alivio primitivo, inconfesable, de escuchar esa promesa.
Se muerde el labio y se da media vuelta, dándome la espalda.
No insisto, debo darle espacio, aunque mis ganas de arrancarle la ropa y hacerla mía aquí mismo sean inmensas.
Salgo de la habitación y me quedo al otro lado de la puerta, escuchando su respiración hasta que se hace regular, y entonces sé que se ha vuelto a dormir.
El resto de la noche lo paso en el salón, pero no duermo.
Cada vez que cierro los ojos, veo los cortes en su brazo, oigo su voz diciendo «él me violó», siento la rabia instalándose en mi pecho donde antes solo había trabajo.
Cojo el teléfono y envío un mensaje a Lucca.
Sé que es tarde, pero me importa una mierda, necesito saber cómo está la situación allí afuera.
Justo antes del amanecer, cuando la oscuridad empieza a retroceder y las primeras luces despuntan en el horizonte, oigo pasos.
Suaves, cautelosos. La veo aparecer en el marco de la puerta del pasillo, envuelta en la sábana.
Sus ojos verdes, hinchados por la falta de sueño y el llanto, resaltan aún más en su rostro pálido.
El pelo, largo y castaño oscuro, cae en suaves ondas desordenadas sobre sus hombros desnudos.
Es pequeña, menuda, apenas un cuerpo frágil escondido bajo la tela, pero hay algo en la forma en que se sostiene que desmiente esa apariencia.
Me encuentra en el sofá y parece sorprenderse al verme aquí. Me mira, y luego mira la manta arrugada a mis pies y la almohada en el suelo.
—¿Has dormido aquí? —pregunta sorprendida.
—Tranquila, este sofá y yo somos viejos amigos —admito, mientras me siento y le dedico una ligera sonrisa.
Llevo solo los pantalones del pijama, y noto cómo su mirada se desliza, fugaz e involuntaria, por mi torso desnudo, por los tatuajes que serpentean sobre mi piel.
La veo apretar las piernas bajo la sábana, un movimiento rápido, casi imperceptible, pero lo veo.
La atracción sigue ahí, viva y peligrosa, incluso en medio de todo este dolor. Es como un cable que nos une.
—No tenías por qué hacerlo —murmura, cruzando los brazos sobre el pecho.
—Sí que tenía, porque este ático, aunque es bastante grande, solo tiene una habitación con cama —respondo simplemente. Luego señalo con la cabeza hacia la cocina abierta—. Hay café recién hecho si quieres.
Ella duda, pero finalmente entra en el salón, arrastrando la sábana tras de sí como una cola.
Se sienta en el extremo más alejado del mismo sofá en el que estoy, manteniendo una distancia prudencial que sería cómica si la situación fuera menos grave.
Mientras me levanto para servir dos tazas de café, siento su mirada en mi espalda, intensa y confundida.
Al volver y entregarle su taza, nuestros dedos se rozan, pero ella retira la mano como si la hubiera quemado.
—¿Cómo sabes que me gusta con leche? —Me dice sorprendida mirando la taza de café, justo como lo toma siempre.
—Lo sé todo de ti, y cómo tomas el café por la mañana, es una de las primeras cosas que averigüé. No pensé que sería así, pero tenía claro que algún día te levantarías por la mañana en mi casa—. Le suelto con una media sonrisa, intentando romper esta tensión que hay en el ambiente.
—Te lo tienes muy creído, ¿no? ¿Será que el mafioso «Don importante» no sabe aceptar un no por respuesta? —me dice con una ligera sonrisa que se le escapa. Bien, vuelve a sacar su carácter.
—A «Don importante» no le gusta la palabra «NO» saliendo de tus labios.
Le cojo la taza y la dejo en la mesita un momento. Porque tengo algo que contarle y no sé cómo va a reaccionar.
—He tenido noticias —digo al sentarme, mirando el líquido oscuro en mi taza antes de alzar la vista hacia ella—. Esta madrugada.
Ella se tensa de inmediato, los nudillos se le ponen blancos de apretar los puños. Creo que intenta clavarse las uñas para controlar su mente.
—¿De… Marco? —pregunta, y su voz es apenas un hilo de aire.
Asiento lentamente.
—Te está buscando. Sus hombres han pedido información sobre todas las camareras que trabajasteis en la fiesta.
El color desaparece por completo de su rostro.
—¿Sabe que soy yo? Sabe… ¿Quién soy?
—No —digo rápidamente, viendo el pánico apoderarse de sus rasgos—.
No sabe que eres tú, ni te ha descubierto.
Por lo que escuchó Alina ayer, cree que es una venganza de alguna camarera con la que se ha propasado últimamente.
Pero sí sabe que eres una de mis empleadas, y Marco no es alguien que se quede con preguntas sin responder.
Va a ir a por todas, una por una, si es necesario.
Ella mira la taza temblorosa sobre la mesa de centro.
—Entonces me voy, ahora mismo, así no pondré en peligro a las otras…
—No te vas a ninguna parte —la corto, y mi tono no deja lugar a dudas.
—¿Qué? —sus ojos se abren, desconcertados, luego se encienden de furia—. ¿Ahora me vas a retener? ¿Esto es un secuestro, Connor?
—Esto es protección —replico con calma fría—. Si cruzas esa puerta, la orden ya está dada entre sus hombres. Te encontrarán y te eliminarán. Aquí, entre estas cuatro paredes, solo yo puedo tocarte—. Hago una pausa deliberada, dejando que la doble intención de mis palabras se instale entre nosotros.
Ella se pone en pie de un salto dejando caer la sábana a sus pies. Lleva solo la camiseta larga que le di para dormir, y le llega a la mitad de los muslos. La rabia le da un brillo feroz a sus ojos y a mí, maldita sea, las vistas desde aquí me provocan una erección dura y completamente inoportuna.
—¡No te pertenezco! ¡No soy algo que puedas esconder! Si Marco viene a por mí, lo enfrentaré. Lo mataré yo misma, como iba a hacer anoche hasta que tu «amiguita» se metió.
Su terquedad, esa bravura temeraria que la ha mantenido viva pero que ahora la podría matar, hace que me levante también. Avanzo hacia ella, y retrocede hasta que su espalda choca con la pared.
—¿Matarlo tú misma? —repito, y ahora la furia se cuela en mi voz—. ¿Con qué? ¿Con tus uñas? Deja esa actitud de niña rebelde, Brook. Ese comportamiento es el que te va a llevar directa a la tumba, y yo no voy a permitirlo.
—¡Tú no tienes que decidir por mí! ¿Vas a secuestrarme en serio? ¡Pensaba que eras diferente! —grita, empujándome en el pecho.
No cedo ni un centímetro, agarro sus muñecas y se las llevo a la espalda, sujetándola contra la pared con mi cuerpo. Está temblando, pero no de miedo, de pura rabia.
—Mírame —le ordeno—. Mírame bien. ¿Crees que esto es un capricho?
¿Crees que disfruto teniéndote aquí como una princesa en una torre?
Marco es un animal: violento, impredecible y con la bendición de la organización para hacer lo que le plazca.
Si te encuentra, no te matará rápido, te hará recordar cada segundo de lo que te hizo la primera vez, y luego inventará cosas nuevas.
Y yo… —la voz se me quiebra, inesperadamente—.
Yo tendré que vivir sabiendo que pude evitarlo y no lo hice.
Ella deja de forcejear. Su respiración, agitada y caliente, golpea mi cuello.
—No puedes encerrarme para siempre —susurra, pero la lucha ha abandonado su voz.
—No será para siempre —digo, acercando mis labios a su oído—. Solo hasta que lo solucione y Marco deje de ser una amenaza para ti. Y lo hará, te lo prometo.
La suelto de golpe. Ella se queda apoyada contra la pared, mirándome con una mezcla de odio, miedo y esa maldita atracción entre nosotros que ni siquiera esto ha logrado extinguir.
—Vete a la habitación, Brook —digo, volviéndole la espalda porque no puedo seguir mirándola sin hacer algo estúpido, como besarla, abrazarla o follarla aquí mismo sin miramientos—. Y no salgas en un buen rato, por tu bien.
Oigo cómo traga saliva, el roce de sus pies descalzos sobre el suelo de madera y luego el portazo, seco y definitivo, cuando entra en la habitación y cierra la puerta.
Me quedo allí de pie, con los puños apretados, mirando la línea de luz que empieza a filtrarse por el ventanal.
La ciudad se despierta ahí abajo, ajena.
Y yo aquí, atrapado con una mujer a la que no puedo dejar ir y a la que no sé cómo cuidar sin romperla más.
Pero una cosa sí sé: he puesto mi marca en ella, la he reclamado.
Y en este mundo, eso significa que cualquier hombre que intente tocarla ahora, tendrá que vérselas conmigo primero.
Incluso si ese hombre es uno de los míos.