CAPÍTULO 15 #3
Dejo que mis palabras floten en el aire entre nosotros por un momento antes de soltar su barbilla con suavidad. Ella exhala un tembloroso suspiro, como si hubiera estado conteniendo la respiración durante este tiempo.
Ahora mismo siento la necesidad de acercarme a ella, de asegurarme físicamente de que sigue aquí, de que respira y de que nadie, jamás, vuelve a ponerle una mano encima.
Me inclino hacia delante sin pensarlo, movido por un impulso que no analizo, y apoyo mi frente contra la suya durante un segundo breve, pero infinito.
Es un gesto mínimo, casi insignificante, pero todo lo que siento en este momento—la rabia, la culpa, el deseo protector que me ahoga—está concentrado en ese simple contacto.
La observo durante otro segundo mientras ella respira de manera irregular e intenta procesar todo lo que acaba de pasar entre nosotros.
Veo el agotamiento extremo en cada línea de su cuerpo, la forma en que apenas puede mantener los ojos abiertos ahora que la adrenalina ha comenzado a desaparecer.
Y entonces dejo de pensar, simplemente actúo.
Paso un brazo por debajo de sus rodillas y otro por su espalda y la levanto del suelo contra mi pecho. Ella se tensa por reflejo inmediato.
—Connor… —dice mi nombre con una mezcla de sorpresa y agotamiento.
—Shh —murmuro mientras la ajusto mejor contra mí, sintiendo cómo su cuerpo encaja demasiado bien en mis brazos, demasiado fácilmente como si siempre hubiera pertenecido ahí—. Ya está, ya no tienes que sostenerte sola.
La llevo fuera del despacho cruzando el ático en silencio, sintiendo su respiración irregular y caliente contra mi cuello, notando cómo sus dedos se agarran ligeramente a mí.
Cuando entro en mi habitación, la dejo sobre las sábanas negras de mi cama con un cuidado exagerado.
El contraste de su piel pálida, la venda de su brazo y mi ropa de cama oscura crea una imagen que sé que no voy a olvidar nunca; ella, en mi cama.
Cojo una camiseta limpia de mi cajonera y se la dejo al lado, para que se cambie y esté cómoda.
Me quedo un segundo de más allí junto a la cama, mirándola mientras ella intenta mantener los ojos abiertos pero el agotamiento físico y emocional finalmente la están venciendo.
—Cámbiate y descansa —digo al final, más bajo de lo que pretendía.
Ella asiente. Doy un paso atrás, luego otro, y salir de esa habitación me cuesta más de lo que debería, pero cierro la puerta tras de mí sin echar la llave, un acto de fe diminuto pero significativo en medio de todo este caos. No creo que esta noche intente escapar de nuevo.
El silencio del ático me envuelve. Camino hacia la barra del bar que tengo en el salón, buscando casi por instinto la botella de whisky de malta que guardo para las noches en las que el mundo me atropella. Esta noche pesa más que cualquier otra.
El ventanal ofrece una vista panorámica de la ciudad dormida bajo mis pies. Doy un trago largo del líquido ámbar que debería quemar, pero no sabe a nada, absolutamente a nada comparado con el sabor amargo que tengo en la boca desde que escuché su historia.
Camino por el ático sin rumbo, incapaz de aquietar los pensamientos que me martillean la cabeza.
Durante semanas he estado empujándola, disfrutando de cada desafío, de cada reto rebuscado.
Me he recreado en cada vez que se negaba a doblegarse.
Pensaba que estaba jugando con una mujer tan testaruda como yo.
No sabía que detrás de esa fachada había heridas que aún sangraban. Me detengo frente al ventanal y apoyo una mano en el cristal.
Todo este tiempo he estado poniendo a prueba sus límites sin entender de dónde venían. Sin saber qué cargaba sobre los hombros.
La culpa me golpea con fuerza.
Porque mientras yo convertía todo aquello en un juego, Brook estaba intentando sobrevivir.
Un sudor frío me recorre la nuca. Bebo otro trago de whisky, más largo esta vez, pero ni siquiera el alcohol logra calmar el remordimiento que me corroe por dentro.
Recuerdo cómo se tensó cuando la cogí en brazos y cómo, segundos después, terminó apoyándose en mí, agotada. Y odio admitir que, incluso después de todo lo que me contó, una parte egoísta de mí encontró consuelo en ello. En sentir que, por una vez, había bajado la guardia conmigo.
Incluso ahora, cuando únicamente debería estar lleno de rabia hacia Marco y de un deseo puro de protegerla, hay un hilo oscuro de deseo que se enreda a mi alrededor.
La quiero a salvo, quiero arrancarle uñas y dientes a Marco, pero también quiero volver a esa habitación, sentarme al borde de la cama, pasar mis dedos por su pelo, acariciar cada centímetro de su piel, volver a sentir su centro húmedo…
Quiero sentir su respiración acelerarse, oírla gemir mi nombre…
Eso es lo que más me repugna de mí en este momento. ¿Qué clase de hombre soy? ¿Qué clase de hombre ve a una mujer destrozada de esa manera y aún encuentra espacio para su propia depravación?
En este momento desearía poder romperme en pedazos y reconstruirme como alguien mejor, alguien digno de tocar a Brook. Quiero ser la razón por la que, tal vez mañana, sus ojos no estén tan llenos de ese vacío aterrador.