La Spina Negra CAPÍTULO 15 #2
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CAPÍTULO 15 #2

El corazón se me detiene por un instante, literalmente siento cómo deja de latir en mi pecho antes de arrancar de nuevo con un golpe violento contra mis costillas.

No me doy cuenta de que estoy conteniendo el aliento hasta que mis pulmones comienzan a quemar por la falta de aire.

Mi mundo se reduce a ella, a lo que está diciendo, a su dolor que ahora se ha convertido en mi dolor también.

La imagen que mi cabeza está construyendo sin permiso es nítida y horrible: ella luchando, gritando, siendo reducida a nada por las manos de un hombre, siendo golpeada hasta quedar al borde de la muerte.

Siento algo arder en el pecho, algo primitivo y violento que no controlo, una rabia interna que es puro fuego pidiendo salir, pidiendo sangre.

—No recordaba su cara —continúa—. Durante meses solo fue un fantasma.

Solo recordaba fragmentos… el dolor, el olor, el miedo—.

Hace una pausa larga, tragando saliva, pero no se detiene, es como si ahora que ha empezado no pudiera parar—.

Hasta hoy, hoy lo he visto en la fiesta, su cicatriz en la ceja, el tatuaje…

El aire sale de mis pulmones como si me hubieran golpeado en el estómago con toda la fuerza posible.

Marco, el Escorpión tiene una cicatriz distintiva en la ceja izquierda, resultado de un navajazo en una pelea de cárcel hace años que siempre ha llevado como una medalla de su brutalidad.

Y el tatuaje… lo tenemos todos los capos de La Spina Negra.

Es nuestro maldito emblema, te lo haces cuando estás dentro de verdad, cuando confían en ti lo suficiente como para considerarte parte de ellos.

Siento cómo todas las piezas encajan de golpe con un sonido casi audible en mi cabeza: su obsesión por entrar en las fiestas privadas, su mirada fija y asesina hacia él, era venganza personal, sangrienta y completamente justificada.

Incluso ahora entiendo su alivio al ver mi rostro sin cicatrices, pese a mi tatuaje.

La miro de nuevo y esta vez no veo a la mujer obstinada que ha estado desafiándome desde el primer día.

Veo a una superviviente, a alguien que ha cargado con este infierno en silencio durante meses mientras servía copas y sonreía a clientes como yo, mientras fingía normalidad con el peso de este horror sobre sus hombros.

El respeto que ya sentía por Brook se convierte en algo mucho más profundo, en admiración.

Porque cuanto más descubro sobre ella, más imposible me resulta apartarme.

Cualquiera habría huido e intentado olvidar, pero ella no.

No nació entre hombres que matan sin pestañear, y aun así, se adentró sola en uno de los mundos más oscuros que existen, rodeada de criminales, jugando una partida para la que nadie la había preparado, impulsada únicamente por la necesidad de hacer justicia a todo lo que le arrebataron.

Y mientras la observo, entiendo que su mayor fuerza nunca ha sido sobrevivir. Ha sido negarse a rendirse.

Ella intenta apartar la mirada otra vez, con la vergüenza pintada claramente en cada rasgo de su rostro, pero yo no suelto su barbilla.

—Escúchame bien —digo, y mi voz sale grave, cargada de una furia que apenas consigo contener—. Nunca, nunca más nadie va a volver a ponerte un dedo encima. Te lo juro, pequeña. Tendrán que pasar por encima de mi cadáver antes de acercarse a ti.

Ella parpadea, con lágrimas corriendo por sus mejillas.

—Y si alguien lo intenta, rezará por haber muerto antes de que lo encuentre.

—¿Por qué? —susurra—. ¿Por qué sigues diciendo esas cosas?

—¿Decir qué?

—Que vas a quedarte. Que vas a protegerme. Que... —traga saliva— que soy tuya.

—Porque son verdad.

Una lágrima resbala por su mejilla.

—No lo entiendes, Connor. No puedo darte lo que quieres. No queda mucho de mí para ofrecer.

La rabia me atraviesa de golpe.

—¿Quién coño te ha convencido de eso?

Ella me mira como si no pudiera creer lo que está escuchando, como si nadie le hubiera dicho nunca esas palabras.

—Has cargado con esto sola durante meses —continúo y mis palabras salen ahora con una urgencia que no puedo contener—. Has seguido adelante cuando muchos se habrían rendido. Has planeado, luchado y sobrevivido. Eso solo lo hace alguien increíblemente fuerte.

Veo cómo algo cambia en sus ojos, cómo una pequeña parte de esa vergüenza comienza a ceder ante mis palabras. Sigue llorando, pero ahora hay algo más mezclado con el dolor en su mirada.

Me paso una mano por la cara, sintiendo la tensión en cada músculo, intentando recomponerme, pero es inútil porque la furia está ahí, palpitante y viva, el impulso inmediato de salir ahora mismo, encontrarlo y arrancarle la piel a tiras, desmembrarlo lentamente mientras le hago mirar a los ojos lo que le voy a hacer por lo que le hizo a ella.

Quiero arrancarle el corazón con mis propias manos y mostrárselo antes de que muera para que sepa exactamente por qué está muriendo.

—Él va a pagar por lo que te hizo —añado, y esta vez es una promesa.

—Connor...

Trago la rabia que me está devorando por dentro y le agarro la barbilla para que me mire de nuevo.

—Escúchame. Pienso arrancarle las manos con las que te tocó. Los ojos con los que te miró. Y después voy a preguntarle si por fin entiende lo que pasa cuando alguien pone un dedo encima de lo que es mío.