La Spina Negra CAPÍTULO 15
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CAPÍTULO 15

CONNOR

Algo dentro de mí se rompe con una violencia que no sé contener y todo mi control, mi frialdad habitual, se desintegra en el espacio de un segundo mientras cruzo la habitación en dos zancadas.

Ella intenta apartarse, torpe y lenta, como si regresara de un trance oscuro que aún la retiene, pero ya es demasiado tarde.

La acorralo entre la pared y mi cuerpo, alejo la daga de su cuerpo con un movimiento brusco y la lanzo lejos, donde el metal choca con el suelo y un ruido metálico resuena en el silencio de la habitación.

Luego agarro sus muñecas, con firmeza, y examino los cortes que gracias a Dios parecen superficiales y limpios, un patrón desgarrador que no deja lugar a dudas.

No son mortales, pero la intención detrás de ellos, el vacío en sus ojos húmedos, eso sí podría matarla.

—Joder… Brook… —murmuro, y mi voz ya no suena como la mía, suena rota, desconocida incluso para mis propios oídos.

La sostengo ahí, rodeando sus finas muñecas con mis manos, impidiéndole volver a hacerse daño, impidiéndole hundirse más en ese pozo negro en el que claramente ha caído.

Me alivia comprobar que no son mortales, pero una ola de furia me invade al pensar qué demonios la ha llevado a esto y si Marco tendrá algo que ver.

—Mírame —ordeno, y es más una súplica que un mandato.

Tarda un par de segundos, parpadeando lentamente como si regresar doliera más que quedarse donde estaba.

Cuando por fin sus ojos se clavan en los míos, lo que veo me atraviesa: vergüenza, miedo, terror, y algo más oscuro, algo que se hunde en un lugar donde ni siquiera yo puedo llegar.

—Esto… no es lo que piensas —tartamudea con un hilo de voz apenas audible.

La risa que se me escapa no tiene nada de humor. Nace de su evidente mentira.

—¿Qué pienso que es? —pregunto, manteniendo mi voz baja y controlada a pesar del huracán que gira dentro de mí—. ¿Que encontraste una manera elegante de decorarte el brazo?

Ella sacude la cabeza, y más lágrimas caen por sus mejillas ya marcadas por el rastro salado de las anteriores.

—Me calma… —confiesa en un susurro tan avergonzado que casi no lo oigo—. Este dolor… hace que todo lo demás se calle.

Las palabras me atraviesan como esa misma daga que ahora yace en el suelo.

No me parece bien, pero lo entiendo. He visto a hombres y mujeres rotos por este mundo de mierda, hacerse cosas peores para sentir algo distinto al vacío, pero verla a ella así, con esos cortes en su preciosa piel, me rompe en mil pedazos de una manera que nada ha logrado antes.

Es un mecanismo de supervivencia perverso, y saber que ella recurre a eso, que lo tiene tan integrado… .

Cierro los dedos un poco más alrededor de sus muñecas sin darme cuenta, sintiendo los huesos frágiles bajo mi agarre.

—¿Es la primera vez? —pregunto, aunque ya sé la respuesta solo con mirar la precisión con la que los ha realizado y la familiaridad con la que sostuvo la daga.

Ni siquiera me mira cuando niega con la cabeza, un «no» silencioso y devastador que cae entre nosotros.

Algo se quiebra dentro de mí en ese momento, una barrera que ni siquiera sabía que tenía.

La furia se disipa por completo y es reemplazada por algo mucho más peligroso: una necesidad visceral y primaria de detener ese dolor, de protegerla de lo que sea que la ha llevado hasta este punto.

Suelto sus muñecas con cuidado y me levanto, voy al baño contiguo al despacho buscando el botiquín de primeros auxilios que guardo allí, y vuelvo con gasas estériles, antiséptico y vendas.

Me arrodillo frente a ella otra vez, y ella observa mis movimientos con desconfianza, pero sin resistirse cuando tomo su brazo con una suavidad poco habitual en mí.

—Esto va a escocer —advierto antes de aplicar el antiséptico transparente sobre los cortes.

No responde, pero su cuerpo se tensa visiblemente cuando el líquido toca la piel abierta, apretando los labios para contener un jadeo mientras sus músculos se tensan bajo mi tacto.

Limpio la sangre con meticulosidad, observando cada línea roja contra su piel, son muchas, demasiadas, y algunas parecen más antiguas, cicatrices plateadas apenas visibles bajo otras más recientes que forman un mapa de dolor a lo largo de semanas o meses.

Mi mandíbula se tensa y siento cómo mi garganta se cierra, tragar se convierte en un esfuerzo mientras trabajo en silencio, vendando su brazo con una habilidad que aprendí por necesidad en calles más duras que estas.

Cuando termino, sostengo su mano entre las mías notando su piel fría contra mis palmas calientes, y el contraste me duele de una manera que no puedo explicar.

—¿Quién coño te ha hecho daño? —pregunto intentando contener mi rabia—. ¿Quién y qué te han hecho para romperte así?

Ella tarda en reaccionar, alza la vista hacia mí y me mira con sus ojos verdes brillando entre lágrimas frescas.

—No puedes arreglarlo —susurra con una resignación que me parte el alma—. Nadie puede, así que déjalo.

—No te he preguntado si puedo arreglarlo —replico mirándola fijamente a los ojos mientras sujeto su mentón para que ella no me rehúya la mirada—. Te he preguntado quién fue, Brook.

Ella aparta la vista, fijándola en algún punto sobre mi hombro y cierra los ojos intentando cerrar esa puerta otra vez.

—No —digo, y mi tono cambia, se endurece sin que pueda evitarlo—. No me apartes ahora, no después de esto.

—Déjalo… —susurra ella mientras se estremece.

—No—. Me acerco un poco más y me siento en el suelo, frente a ella, con las piernas a ambos lados de su cuerpo—. Mírame.

Pero no lo hace, mantiene los ojos clavados en ese punto invisible, y entonces algo en mí estalla.

—¡Mírame, joder! —Mis palabras resuenan en la habitación y sus ojos vuelven a los míos, brillantes, desbordados, asustados de una manera que me hace sentir como el monstruo del que intento protegerla—.

No puedes guardarte esto. No después de lo que acabo de ver, ahora que ya eres…

—No soy capaz de acabar la frase, las palabras se atascan en mi garganta—. A partir de ahora te voy a proteger.

—¿Por qué? Solo hace unas semanas que me conoces. No soy nadie —susurra entre lágrimas, mientras intenta taparse la cara.

—¿Quieres saber por qué? Porque desde que apareciste te metiste en mi cabeza. Porque entras en una habitación y mi atención te sigue, aunque intente evitarlo. Sonríes y el mundo parece un poco menos jodido. Y porque cuando te veo sufrir... algo dentro de mí se rompe.

Sacudo la cabeza.

—El tiempo no tiene nada que ver con esto—. La miro fijamente, sin apartar los ojos de los suyos—. Conozco gente de hace años que no significan una mierda. Y luego estás tú, que te has metido bajo mi piel sin pedir permiso.

Me inclino más hacia ella, incapaz de mantener la distancia.

—No sé quién te hizo esto. No sé hasta dónde llega ni qué te ha pasado exactamente. Pero sí sé una cosa: mientras yo respire, nadie volverá a tocarte sin pagar por ello.

Ella me mira y entonces se rompe lentamente. Se lleva las manos a la cara como si quisiera esconderse, pero en vez de eso, se limpia las lágrimas y luego se agarra a sus propias rodillas con los nudillos blancos de la fuerza con la que se sujeta, incapaz de mirarme a la cara.

—Fue hace unos meses… —empieza, y ya suena diferente, su voz tiene un tono plano y distante—. Yo… no lo recuerdo todo.

Me quedo completamente quieto, conteniendo incluso la respiración.

—Salía del trabajo… —traga saliva con dificultad— y alguien me seguía—.

Cada palabra que pronuncia parece costarle un mundo—.

En ese momento no le vi la cara. No… no podía—.

Su respiración se acelera, se vuelve superficial y entrecortada—.

Me agarró, me… —Se corta, niega con la cabeza violentamente—. No puedo…

Veo cómo se encoge sobre sí misma, cómo se hace pequeña contra la pared, y algo en mí se rebela contra esa imagen. Me muevo hacia ella, acercándome lo máximo que permiten nuestros cuerpos en esta posición y le tomo la barbilla con suavidad, pero con firmeza, obligándola a levantar la cara.

—Mírame mientras lo dices —le digo, y mi voz ahora es diferente, no es una orden sino una petición—. No tienes que esconderte de mí.

Sus ojos, llenos de lágrimas de nuevo, finalmente se encuentran con los míos.

Aprieto los dientes hasta que me duele la mandíbula, deseando con cada fibra de mi ser que no sea lo que mi cabeza está diciéndome a gritos.

—Sigue, Brook —digo suavemente, aunque lo que realmente quiero es decirle que pare, que no continúe, que me ahorre tener que escuchar lo que viene, porque me está matando.

Su mirada se pierde por un segundo, como si realmente estuviera volviendo allí, a ese lugar oscuro del que ha estado intentando escapar.

—Él… yo… —susurra entre llantos que ya no puede contener —intenté defenderme, luché, le pegué, grité…

Grité como nunca había hecho en mi vida.

Pero nadie vino, nadie me escuchó—. Hace una pausa tan larga que pienso que se ha detenido, pero entonces continúa con una voz tan rota que apenas la reconozco.

—Él me violó con una puta facilidad que me da asco cada noche al acostarme. Y luego… la paliza… —Su voz se quiebra del todo ahora, y las palabras salen entre sollozos que sacuden todo su cuerpo—. Pensé que me había matado, bueno, él también lo pensó.