La Spina Negra CAPÍTULO 14
35%

CAPÍTULO 14

CONNOR

No llegué para intervenir porque vi que lo hacía Alina. Le golpeó en la cara con toda su fuerza, un puñetazo tan bien colocado que le partió el labio. Y luego vi cómo salía corriendo de esa carpa como si el mismísimo infierno la persiguiera, que en cierto modo era así.

Ha intentado matar a Marco Vázquez, «El Escorpión» el capo de La Spina Negra en la zona de Detroit. Un sádico con influencias en tres continentes y un historial que haría palidecer a cualquiera de mis hombres. Es uno de los capos más importantes.

¿Por qué? Esa es la pregunta que martillea mi cráneo con más fuerza que la ira.

¿Qué diablos podría querer Brook con el Escorpión?

¿Venganza? ¿Algo del pasado? No encaja. Nada en ella encaja, y esa es la razón por la que no la dejé allí, por la que no permití que cometiera ese suicidio disfrazado de homicidio.

No lo habría matado, en cambio él la habría mandado al tormento perpetuo lleno de torturas hasta que confesara por qué y luego la habría matado de manera violenta.

La arrastro a través de los jardines, alejándonos de las luces y la música hacia el muelle privado en el lado norte de la isla. Ella forcejea, sus protestas son cuchilladas afiladas en el aire.

—¡Connor, suéltame!

—No puedo —respondo, y es la verdad más pura que he dicho esta noche. No puedo soltarla, no ahora. Si la suelto, desaparecerá en la multitud o, peor, intentará otra estupidez que la dejará muerta antes del amanecer.

—¡Tu chica me ha partido la boca! —grita de repente limpiándose la sangre una y otra vez. El odio en su voz es tan palpable que casi puedo tocarlo—. ¡Podía haberlo hecho! ¡Estaba a punto de conseguirlo y esa zorra me paró!

Habla del intento de asesinato como si fuera un examen que casi aprueba. No hay remordimiento, solo una rabia feroz y frustrada dirigida hacia la mujer que, aunque ella no lo entienda, le salvó la vida.

—Si Alina no te hubiera parado, ahora estarías muerta —le digo con crudeza—. Y, por cierto, no es mi novia.

—Pues qué bien saber que te tiras a toda zorra que se deja.

Ella sacude la cabeza, negándose a escucharme más y sigue forcejeando contra mi agarre, pero su fuerza está menguando, reemplazada por un temblor que recorre todo su cuerpo.

Mi moto acuática está amarrada donde la dejé, negra y baja sobre el agua oscura. La subo a la fuerza, ignorando su resistencia. Se sienta detrás de mí con el cuerpo rígido como una tabla.

—No te voy a tirar al agua —digo, agarrando el manillar—. Pero si no te agarras, te caerás. Tú eliges.

Arranco el motor con un rugido que ahoga cualquier posible respuesta.

La máquina vibra bajo nosotros, ansiosa.

Siento su indecisión, su odio palpable mezclado con el instinto de supervivencia.

Y luego, sus brazos rodean mi cintura. No es un abrazo; es un agarre de emergencia, sus dedos se aferran a mi camisa mojada con una fuerza que delata su miedo.

Es suficiente, me vale.

Suelto las amarras y giro el acelerador.

La moto sale disparada de la isla, cortando las aguas negras como un cuchillo.

La velocidad es instantánea, brutal. El viento nos azota, frío y cargado de sal, arrancándonos el aliento de los pulmones.

Detrás de mí, siento su cuerpo pegado al mío, cada curva, cada salto sobre una pequeña ola, la estrecha más contra mi espalda.

Siento en mi espalda su respiración agitada.

No es solo miedo a la velocidad; es el miedo a mí, a lo que viene después.

La adrenalina es un cóctel familiar en mis venas, pero esta vez tiene un sabor diferente.

La sensación de sus pezones duros contra mi espalda, el calor de sus muslos detrás de mí, el sonido ahogado de su jadeo cerca de mi oído.

Parece que ella teme a la velocidad, al mar, a mí…

pero hay algo más allí, una tensión eléctrica que no es solo pánico.

La siento en la forma en que sus dedos no se relajan ni siquiera cuando enderezo el rumbo, en la manera en que su cabeza se inclina, sin querer, contra mi hombro cuando tomamos una curva cerrada.

La isla desaparece rápidamente, reduciéndose a un conjunto de luces titilantes en la oscuridad.

Mi mente trabaja a toda velocidad mientras mis manos guían la moto por pura memoria muscular.

La he sacado de allí, la tengo, pero esto ya no es solo una cuestión de curiosidad o de obsesión incipiente.

Ella intentó matar a un hombre poderoso en medio de mi fiesta, eso la convierte en alguien peligroso, explosivo y, de manera inexplicable y profundamente irritante, en mi responsabilidad.

No puedo llevarla a ninguna de mis propiedades conocidas por la organización.

Marco tiene ojos en todas partes, y si alguien, a parte de Alina, la vio o sospecha de ella por algo…

No. Necesito un lugar neutro, un lugar mío donde nadie me busque a mí tampoco y pueda protegerla mientras averiguo quién demonios es.

El ático de Lincoln Park, allí nadie nos molestará.

Horas más tarde, después de un viaje en coche en silencio desde un embarcadero privado en tierra firme, la puerta del ático se cierra detrás de nosotros con un clic suave y definitivo. El sonido resuena en el espacio abierto y minimalista, sellando el mundo exterior.

Ella se separa de mí de un salto, como si mi proximidad la quemara, y da unos pasos vacilantes hacia el centro de la sala principal.

Sus ojos escudriñan el lugar con la desconfianza de un animal acorralado.

El ático es exactamente lo que quería que fuera cuando lo compré: un refugio.

Alto, aislado, con grandes ventanales y ofrecen una vista panorámica de la ciudad iluminada.

No hay adornos personales, nada que me ate o me defina, solo líneas limpias, mobiliario de diseño caro y un silencio absoluto.

—¿Qué quieres de mí? —pregunta, y su voz tiene un temblor que intenta disimular con firmeza. Respira con dificultad, como si el aire aquí fuera más escaso—. ¿Qué es este lugar? ¿Tu celda privada donde guardas a la gente antes de… de lo que sea que hagas con ella?

Me quito lentamente la camisa húmeda y la dejo sobre el respaldo de un sillón de cuero. Cada movimiento es deliberado, necesito que entienda quién tiene el control aquí, pero también necesito que se calme lo suficiente como para no hacer otra tontería.

—Quiero protegerte —digo, y la palabra suena extraña en mi boca—. Este es un lugar seguro. Por ahora, es el lugar más seguro en el que puedes estar.

—¿Seguro? —su risa es un sonido corto y amargo que rebota en las paredes desnudas—. ¿Para quién? ¿Para ti? ¿Vas a entregarme a él? ¿Es eso?

Se me acerca un paso, su cara pálida iluminada por la tenue luz ambiental. El labio partido se ve hinchado y oscuro. Me mira como si yo fuera el guardián de su prisión, y en cierto modo lo soy.

—No voy a entregarte a nadie —digo, manteniendo la voz calmada, aunque siento la irritación subiendo por mi columna vertebral—. Si quisiera hacerlo, lo habría hecho ya. Habría gritado tu posición a sus hombres y me habría lavado las manos.

—¡No te creo! —grita de repente, y hay tanto miedo en esa frase que es casi tangible—. ¡Sois todos iguales! ¡Eres uno de ellos! ¡Eres como él!

Su estallido confirma lo que ya sospechaba. Esto es personal, muy personal. Tiene historia con Marco.

Me acerco a ella con pasos lentos pero inexorables, sin prisa. Ella retrocede instintivamente, sus talones golpean el borde de una alfombra de lana gruesa. Sus ojos, enormes en su rostro pálido, arden con una mezcla de miedo y un desafío tan intenso que me fascina.

—Sé quién es Marco —digo, acercándome un paso más—. Y por eso mismo sé que si te entrego, estaré firmando tu sentencia de muerte y créeme, no es eso lo que quiero.

—No necesito tu protección —declara, pero su cuerpo traiciona sus palabras. Está tensa hasta la punta de los dedos, lista para huir o luchar.

—Claro que no —respondo, deteniéndome a un metro de distancia—. Por eso estabas a punto de convertirte en un problema para el Escorpión, un hombre que disfruta despellejando a la gente viva por deporte. Por eso me necesitas gatita.

—Yo… yo controlaba la situación —murmura, pero es una débil réplica de su desafío anterior.

—No estabas controlando nada —digo con suavidad—. Estabas entregándote. Y a mí no me interesa lo que le pase al Escorpión, pero sí me interesa mucho el por qué mi gatita quería muerto a un tío como él.

Ella niega con la cabeza, retrocediendo otro paso. Sus ojos escanean la habitación frenéticamente, buscando una salida, un arma, cualquier cosa. Veo el momento exacto en que decide intentarlo.

Las ventanas son fijas, imposibles de abrir más de unos centímetros por seguridad. La única puerta es la que acabamos de cruzar, y yo estoy entre ambas.

De repente, se mueve, gira y echa a correr hacia la puerta principal. Es ágil, pero yo soy más rápido y conozco este espacio. Intercepto su trayectoria y la agarro por la cintura antes de que llegue a la mitad del salón.

—¡Suéltame! —chilla, luchando contra mi agarre con una fuerza que me sorprende—. ¡Déjame salir de aquí!

Forcejeamos. Ella empuja contra mí, sus manos intentando liberar mis brazos que la rodean.

Lanza patadas hacia atrás, intentando alcanzar mis espinillas.

Agarro sus dos muñecas y las sujeto contra su espalda, inmovilizándola.

Su cuerpo se tensa contra el mío, su respiración es un jadeo salvaje y caliente.

—Para —le digo, con la boca cerca de su oreja—. Deja de luchar, no vas a ganar.

—¿Y luego qué? —logra decir entre dientes, retorciéndose—. ¿Me matas tú mismo? ¿Serás menos cruel de lo que sería él? ¡Ambos sois unos asesinos!

La suelto de golpe, empujándola lejos de mí. Ella da varios pasos tambaleantes, recuperando el equilibrio, mirándome con ojos desorbitados que brillan con una mezcla de pánico y desafío.

—Si quisiera matarte —digo, y mi propia voz suena extrañamente cansada—, ya estarías muerta. Estoy tratando de entender qué demonios acaba de pasar. Estoy tratando de evitar que te maten joder.

Pero entonces me sorprende, da un salto lateral hacia la cocina abierta, sus pies apenas hacen ruido sobre el suelo de hormigón pulido.

Gira sobre sí misma, su mirada fija en la puerta de lo que parece una escalera de emergencias al otro lado del comedor.

Un plan desesperado, pero un plan, al fin y al cabo. Es lista y ágil, me encanta.

No corro, pero corto su trayectoria con facilidad, colocándome entre ella y su objetivo antes de que pueda dar tres pasos más. Su impulso la lleva casi directamente contra mi pecho. Se detiene en seco, alzando la vista hacia mí con los ojos desorbitados.

Y ahí es cuando lo veo. El cambio.

No es la rabia ardiente de antes. Es otra cosa, su respiración se rompe, se vuelve superficial.

Su cuerpo no se tensa para atacar, sino que parece encogerse, como si intentara desaparecer.

Sus ojos ya no me miran a mí; miran a través de mí, perdidos en algún lugar horrible al que yo no tengo acceso.

El miedo que emana de ella ahora es antiguo, visceral, un terror que nada tiene que ver con esta habitación o conmigo…

y, sin embargo, yo lo he desencadenado. Todo su cuerpo tiembla entre mis manos.

—No… —susurra, pero no es para mí.

Me empuja, aunque ya no tiene fuerza para luchar.

Siento el pánico en sus ojos y su cuerpo.

La sorpresa me hace ceder un paso, darle un poco de aire.

Y ella huye, pero no hacia la puerta principal, corre hacia el pasillo, a ciegas, buscando cualquier lugar para esconderse.

Está aterrorizada y lo entiendo. Ella solo ve a otro capo de la mafia, cree que voy a matarla.

Lo que ella no entiende es que desde hace semanas vive en mi cabeza.

No puedo dejar de pensar en ella y ahora que la tengo aquí, no voy a dejar que me la quiten.

La sigo, pero no apresuradamente. Escucho el sonido de una puerta cerrándose de golpe, seguido del clic de un cerrojo y sé inmediatamente que se ha metido en mi despacho.

Me acerco a la puerta de madera maciza pero no oigo nada. Un silencio más aterrador que cualquier grito.

—Brook, abre la puerta —digo, y mi voz suena extrañamente tranquila incluso para mis propios oídos, pero no hay respuesta.

—Abre la puerta. No hagas esto más difícil…—No soy un hombre paciente, nunca lo he sido, pero cuando se trata de una situación en la que detecto que estoy empezando a perder el control, todavía lo soy menos.

Nada, solo se oye el sonido ahogado de un llanto contenido y el leve moqueo de alguien que intenta no derrumbarse.

Una punzada de algo incómodo me atraviesa el pecho. No es preocupación, me digo a mí mismo. Es frustración. No manejo bien el llanto, ni las emociones desbordadas. Son desordenadas, impredecibles.

—Abre la puerta, joder —digo, y ahora sí hay impaciencia en mi voz.

Suspiro, pasando una mano por mi cabello todavía húmedo.

Las cerraduras en esta puerta son decorativas; yo instalé todas las de esta casa, así que saco una llave maestra del llavero que llevo siempre en el bolsillo.

No quería entrar por la fuerza, pero no me fío de qué esté tramando. El mecanismo cede con un suave clic.

Abro la puerta lentamente y la escena que se desarrolla ante mí me golpea con la fuerza física de un puñetazo en el estómago.

Ella está arrodillada en el suelo, junto al escritorio, su espalda contra la pared. En su mano derecha brilla el filo delgado y elegante de una daga ceremonial que solía estar montada en un soporte sobre el escritorio. Un recuerdo de un viaje a Marruecos.

En su brazo izquierdo, de la muñeca hacia arriba, una serie de cortes, rojos y precisos, de los que brotan finos hilos de sangre que se deslizan por su piel pálida.

Es un gesto de desesperación. Levanta la vista hacia mí.

Sus ojos están inundados de lágrimas que no se atreve a dejar caer por completo, y un miedo tan profundo que me hace olvidar por un segundo quiénes somos.

El odio y el desafío han desaparecido. Solo queda una persona aterrorizada, que cree que ha llegado al final.

La daga cae de su mano con un ruido metálico sordo contra la alfombra.

—Por favor —susurra, y apenas la oigo—. Por favor, no me entregues a Marco.