CAPÍTULO 13 #3
—¡No me importa! —le grito en un susurro forzado—. ¡Él merece morir! ¡Él...!
Connor me zarandea un poco, no con violencia, pero con una firmeza que me hace callar de golpe. Su movimiento es brusco, decidido.
—¡Cállate! —dice, y sus ojos se clavan en los míos con una intensidad que me paraliza—.
¿Crees que a toda esta gente les importa una mierda lo que él merezca?
No sé qué tienes contra Marco, que te ha hecho o dejado de hacer, pero esto no es un cuento de hadas, Brook.
Esto es un nido de víboras, y acabas de patearlo con todas tus fuerzas.
¿Qué pensabas que iba a pasar? ¿Qué ibas a matar a un capo de la mafia en medio de una fiesta y luego ibas a irte caminando tranquilamente hacia el bote?
Mis lágrimas, que hasta ahora habían sido silenciosas, empiezan a caer con más fuerza. Se mezclan con la sangre de mi labio partido, y el sabor a sal y metal llena mi boca otra vez. Tiemblo, no sé si de miedo, de rabia o de la adrenalina que está abandonando mi cuerpo dejándome vacía y vulnerable.
—¿No te das cuenta de que estamos en una isla en medio del mar? No se puede ser más estúpida joder… —suelta Connor aflojando un poco su agarre y pasándose la otra mano por el pelo mientras intenta pensar.
—No lo entiendes... —digo, pero suena más a un sollozo que a una frase.
—¡No, tú no entiendes! —suelta, y por primera vez veo algo más que furia en sus ojos. Veo frustración, veo algo que podría ser preocupación—. Ese hombre de ahí dentro, Marco, tiene a veinte guardaespaldas armados hasta los dientes repartidos por esta isla. Si Alina no te hubiera detenido...
—¿Alina? —pregunto, confundida—. ¿Ella...?
—Sí, Alina, la mujer que te ha salvado la vida allí dentro, idiota —dice Connor, y su voz tiene un tono amargo, casi resentido—.
Si hubieras logrado matarlo, estarías muerta ahora mismo.
Y no sería una muerte rápida. Sería una muerte lenta, dolorosa, que serviría de ejemplo para cualquiera que se atreva a levantar la mano contra un capo.
¿Eso es lo que querías? ¿Morir aquí, en esta isla, sin que nadie supiera nunca qué te pasó? —dice con su voz llena de frustración.
La realidad de sus palabras se hunde en mí como piedras lanzadas a un pozo profundo.
Tiemblo más fuerte ahora, y tengo que apoyarme contra el árbol a mi espalda para no caerme.
Connor no me suelta, pero su agarre se vuelve un poco menos feroz, como si al verme temblar algo en él se ablandara, solo un poco.
Me observa durante un largo momento, sus ojos escanean mi rostro. Su mirada es calculadora, analítica, como si estuviera viéndome por primera vez y no le gustara lo que ve.
—Tú no eres una simple camarera —dice finalmente, y su voz ha bajado de volumen, pero ha ganado en intensidad—.
Ninguna mujer que solo busca trabajo y dinero arriesgaría su vida así.
He visto odio antes, Brook. He visto a gente que quiere venganza.
Y eso es lo que hay en tus ojos ahora mismo. Odio puro.
Me quedo callada, mirándolo con desafío a través de las lágrimas. No puedo negarlo. Después de lo que acaba de pasar mi máscara se ha caído, y él lo ha visto.
—Voy a descubrir exactamente quién eres —continúa, y su tono no es una pregunta, es una promesa—. Y por qué intentaste matar a uno de mis invitados.
—Tus invitados —y el desprecio en mi voz es tan tangible que casi puedo saborearlo—. Son tus amigos, ¿verdad? Eres como él —escupo con odio—. Todos los de esta fiesta sois iguales y hacéis cosas como las que él hace.
Connor no responde a eso directamente. En cambio, su agarre en mi muñeca se tensa otra vez, como si mis palabras lo hubieran enfurecido de nuevo.
—Vámonos —dice, y no es una sugerencia.
El miedo se apodera de mí, la imagen de sus hombres envolviendo un cadáver, vuelve a mi memoria.
—¿Qué? ¿A dónde me llevas? ¿Vas a matarme?
—Pronto lo sabrás —responde fríamente, y comienza a caminar, arrastrándome con él, alejándonos aún más de las luces de la fiesta, adentrándonos en la parte más oscura y privada de los jardines, hacia donde las luces no llegan y la música es solo un eco lejano—. Te vienes conmigo.
—¡No! —forcejeo, intentando soltarme, tratando de plantar mis pies en la tierra—. ¡Suéltame! ¡No puedes obligarme a ir contigo!
Pero es inútil. Su fuerza es abrumadora, y mi resistencia es la de alguien que ya ha gastado toda su energía. Mis intentos de liberarme son débiles, casi patéticos.
—¿Me vas a entregar? —pregunto cuando me doy cuenta de hacia dónde nos dirigimos—. ¿Me vas a matar tú mismo?
Él se detiene por un momento y se vuelve para mirarme. Sus ojos grises, ahora más oscuros que nunca, me escudriñan en la penumbra.
—Antes de tomar ninguna decisión necesito saber quién eres —dice, y sus palabras son tan frías como la noche que nos rodea.
En su mirada veo que ya ha decidido algo, que ha estado uniendo piezas durante semanas y que mi intento fallido de asesinato ha sido la última pieza que necesitaba para encajar todo. Ya no soy la camarera misteriosa que lo intriga. Soy algo más peligroso.