CAPÍTULO 13 #2
Él se queda solo. Recostado entre los cojines, bebiendo de su copa lentamente, con los ojos entrecerrados en una expresión de satisfacción.
Parece relajado, cómodo, seguro de su lugar en el mundo.
Ignorando por completo de que el pasado acaba de encontrarlo y está mirándolo desde apenas unos metros de distancia.
Es él. Por fin lo he encontrado y mi cuerpo reacciona al instante. La ira se apodera de mí, siento el calor saliendo desde mis entrañas.
Durante meses he imaginado este momento. Tantas noches sin fin, acostada en la oscuridad de mi habitación, he fantaseado con lo que haría si lo encontraba. Y ahora lo tengo aquí, a pocos metros, vulnerable, solo y distraído.
No tengo un plan ni una estrategia. No hay pensamiento racional que pase por mi cabeza en este momento. Solo hay una necesidad tan visceral y primitiva, que anula cualquier otra cosa. La necesidad de hacerle daño, de verlo sufrir como yo sufrí.
Mis pies se mueven antes de que mi cerebro pueda detenerlos.
Entro en la carpa de manera sigilosa, por detrás de él.
El aire dentro está cargado, huele a sexo y a sudor.
Mis pies se hunden en las alfombras gruesas.
Todo parece moverse a cámara lenta, miro a mi alrededor, en busca de algo que me pueda servir para matarlo.
Maldigo para mis adentros el no haber venido preparada.
No veo nada afilado para clavarle, pero entonces veo algo brillante que llama mi atención. Una cubitera dorada que parece suficientemente pesada. Mi cerebro, trabajando a toda velocidad, calcula las posibilidades de dejarle inconsciente de un solo golpe.
Él sigue bebiendo, distraído, medio tumbado, disfrutando de su soledad momentánea.
No me ha oído entrar ni sospecha nada así que me acerco por detrás, paso a paso, silenciosamente.
De repente se mueve para incorporarse y mis manos actúan por impulso sin pensar en nada más.
Cojo la cubitera y de un solo movimiento le asesto un golpe en la cabeza con todas mis fuerzas.
Cae al suelo como un muñeco roto y veo brotar la sangre de su cabeza. Sé que no está muerto, todavía respira. Todo mi cuerpo tiembla ahora por la rabia contenida. Me duelen los músculos por la tensión, pero estoy decidida a hacerlo.
Rodeo el diván para acercarme más, me arrodillo a su lado, levanto la cubitera con ambas manos y cuando me dispongo a golpearle de nuevo algo me golpea en la cara.
El impacto es tan repentino y fuerte que por un segundo no entiendo qué ha pasado.
Veo estrellas blancas que explotan detrás de mis párpados, luego negro, y llega el dolor agudo centrado en mi labio.
La fuerza del golpe me hace soltar la cubitera y caer hacia atrás, tambaleándome, perdiendo el equilibrio.
Me llevo la mano a la boca instintivamente. Cuando la bajo y miro mi palma, está llena de sangre. Siento el sabor metálico en mi boca. ¿Qué cojones? Me han partido el labio.
La mujer de la máscara de zorra, la misma que estaba en mi prueba del sótano para poder venir a las fiestas privadas, está frente a mí, con el puño aún cerrado.
Esta vez no lleva máscara, va disfrazada de pirata con un atuendo de lo más provocador.
Su rostro ahora es de pura furia. Pero sus ojos...
me están diciendo algo completamente distinto a la ira de su expresión.
Me hace un gesto brusco, casi imperceptible, con la cabeza hacia la entrada de la carpa.
Un movimiento que dice claramente: Corre.
El hijo de puta se empieza a mover, tosiendo y jadeando, su rostro congestionado por el aturdimiento y la rabia pura. Se pone de pie tambaleándose, y sus ojos salvajes, inyectados en sangre, me buscan en la penumbra de la carpa.
—¡¿Qué mierda...?! —escupe, con la voz ronca—. ¡¿Quién cojones...?!
Pero yo ya me estoy moviendo. Empujada por el instinto de supervivencia que el gesto de la zorra ha desencadenado en mí, salgo corriendo de la carpa, esquivando los muebles bajos, saliendo a la noche fresca de los jardines.
Luego echo a correr, esprintando hacia la oscuridad, alejándome de las luces, de la música y de las voces.
Detrás de mí, oigo al hombre gritar:
—¡Detenedla! ¡Que no escape! ¡La mato! ¡Te voy a matar con mis propias manos hija de puta!
Sus palabras me impulsan a correr más rápido.
Mis pies golpean el suelo de tierra, las ramas bajas de los arbustos me azotan la cara y los brazos.
No sé a dónde voy, no tengo dirección, solo sé que tengo que escapar, alejarme de ahí lo más rápido posible.
Lloro mientras corro, pero las lágrimas se mezclan con la sangre de mi labio y no sé si lloro de rabia por haber fallado o de miedo por lo que acabo de hacer.
Estaba tan cerca. Tan cerca de hacerle pagar.
Oigo voces a mi derecha, a mi izquierda. Voces masculinas, gritando. Linternas que se encienden en la oscuridad barriendo los jardines y la playa buscándome.
—¡Por allí! —grita una voz no muy lejos de mí.
—¡Revisad las carpas cerca de la playa! —ordena otra voz, más autoritaria.
Me escondo detrás de unos arbustos grandes y tupidos, jadeando, intentando calmarme lo suficiente para poder pensar.
Mi respiración suena demasiado fuerte en mis propios oídos, como si fuera un motor averiado.
Me muerdo el labio herido para callarme y el dolor agudo y fresco me hace cerrar los ojos y contener un gemido.
Cuando los abro, hay una mano tapándome la boca.
Un grito ahogado me sale de la garganta, pero el sonido es amortiguado por una palma grande y caliente que me silencia.
Me arrastra hacia atrás, fuera de los arbustos, y me esconde tras unos árboles más frondosos y altos justo cuando varios hombres pasan corriendo a pocos metros de donde estaba escondida.
Veo sus siluetas contra la luz de las linternas, oigo sus pasos pesados en la tierra, sus voces gritándose entre ellos.
—¡Por aquí no hay nada!
—¡Mirad hacia los botes!
Cuando se alejan, la mano baja de mi boca, pero no me suelta. El agarre en mi brazo es firme.
Connor.
Su rostro está a centímetros del mío, sus ojos grises brillan con una furia que no había visto en él. Su respiración es agitada por la ira contenida, de la tensión que lo tiene paralizado.
—¿Qué coño has hecho? —susurra, pero su voz no es un susurro suave. Es un filo de acero, cortante y peligroso.
Intento liberarme de su agarre, pero sus dedos están cerrados con tanta fuerza que siento que me va a dejar moretones.
—¡Suéltame! —digo, pero mi voz suena débil, quebrada—. ¡No es asunto tuyo!
—¡Claro que es asunto mío! —su voz sube un poco, pero sigue siendo baja, cargada de una furia que me asusta—. Acabas de intentar matar a uno de mis socios. Tú estás aquí por mí, ¿recuerdas?