CAPÍTULO 13
brOOK
Los días previos a la fiesta pasan con una lentitud que me vuelve loca. El tiempo parece haberse puesto en mi contra.
Cuando no viene la agente Foster voy al gimnasio que encontré cerca de mi apartamento.
Entreno hasta que mis brazos y piernas tiemblan, el sudor me corre por la espalda y mi mente finalmente se queda en blanco centrándose solo en el ardor de mis músculos.
Pero ni siquiera el agotamiento físico logra apagar lo que siento.
Es como si tuviera un motor dentro del pecho que no para de acelerar, una ansiedad constante que me acompaña.
Después del gimnasio, voy al casino. Cumplo con mi turno, sirvo tragos, sonrío a los clientes y limpio mesas, pero mi cabeza no está aquí. Estoy contando las horas. Es una obsesión, lo sé, pero no puedo evitarlo.
El disfraz de pirata que me mandaron cuelga en el armario de mi habitación.
Es precioso, lo admito. La seda marfil es tan suave que parece agua entre mis dedos, y el encaje está bordado con pequeños detalles que deben de haber llevado horas de trabajo.
Es elegante, caro, el tipo de traje que alguien como yo nunca podría permitirse.
Y lo odio, porque sé de dónde viene y qué representa.
En el casino, los rumores sobre la fiesta no paran. Las camareras más veteranas, hablan constantemente de la fiesta en la «Isla del Demonio».
—Oí que este año va a ser la fiesta más grande de todas —dice Gia mientras llena una bandeja con copas de champán. Gia tiene unos cuarenta años, trabaja aquí desde hace una década y sabe cosas que el resto de nosotras ni imaginamos.
—Todos los jefes van a estar presentes. Todos.
—¿Incluso los que nunca se dejan ver? —pregunta Tanya.
—Especialmente esos. Cuando hay tantos jefes juntos, es porque hay negocios importantes que hacer. No es solo una fiesta.
Desde mi puesto en la barra, escucho cada palabra. Mis manos trabajan automáticamente, secando el cristal brillante, pero mis oídos están pendientes de su conversación.
—Mi novio trabaja en seguridad —comenta otra chica—. Dice que van a traer refuerzos de fuera porque la seguridad tiene que ser impenetrable. Ni una mosca entrará ni saldrá sin que lo sepan.
Sus palabras me hacen pensar. Cada conversación que escucho sobre la fiesta hace que mi corazón lata más rápido.
Si es verdad que toda la cúpula de la mafia va a reunirse allí, entonces él también estará.
Mi agresor. La idea me produce una mezcla de miedo y anticipación tan intensa que a veces tengo que detenerme y respirar hondo para calmarme.
Por primera vez siento que mi venganza está al alcance de mi mano.
La noche de la fiesta, cuando me pongo el traje de pirata frente al espejo del baño, noto que mis manos tiemblan ligeramente.
Es una mezcla de ansiedad, nervios y miedo.
Me miro en el espejo y durante un segundo, no me reconozco.
La mujer que me devuelve la mirada parece más segura, peligrosa y lista de lo que en realidad me siento.
Me maquillo de manera elegante, pero sin ser llamativo, me arreglo el pelo y me ajusto el corsé del disfraz. Cada movimiento parece la preparación previa de ir a una guerra.
Viajo con otras camareras en un pequeño bote de lujo que nos lleva hasta la isla privada.
La mayoría hoy son veteranas, oí que Sam hablaba con uno de los chicos de seguridad y le decía que hoy solo quería a las mejores.
No sé si estoy aquí por mérito propio, si Sam me considera una de «las mejores», o si Connor cumplió su parte del trato y se aseguró personalmente de que yo estuviera presente.
El ambiente es tenso, diferente al de otras fiestas.
Incluso las más habladoras están calladas hoy.
Algunas miran el agua oscura que pasa junto al bote, otras se ajustan el uniforme una y otra vez, como si no pudieran encontrar la posición correcta.
Me siento cerca de la borda y dejo que el viento salado me golpee la cara.
El aire fresco me ayuda a calmarme un poco.
A mi lado, una chica que aún no conozco bien, llamada Mia, susurra:
—¿Nerviosa?
La miro y asiento con la cabeza.
—Un poco.
—Todas lo estamos —dice ella, y su sonrisa es débil—. Esta fiesta es... diferente.
No dice más, pero no hace falta. Todas lo sentimos.
Cuando la costa desaparece a nuestras espaldas, la isla surge poco a poco de la oscuridad.
La mansión se alza sobre los acantilados, iluminada por decenas de luces que parpadean como estrellas atrapadas en la tierra.
Es más grande de lo que imaginaba, más imponente.
Desde aquí, con el mar negro alrededor, parece una fortaleza inexpugnable.
—Dios mío —murmura alguien detrás de mí.
No digo nada, pero pienso lo mismo. Hay algo en esa silueta contra el cielo estrellado que me hace entender inmediatamente por qué la llaman la Isla del Demonio. No parece un lugar para fiestas, risas y bailes. Parece un lugar donde suceden cosas de las que nadie habla después.
Al desembarcar, el tamaño y la extravagancia de la celebración me abruman. La isla entera ha sido transformada. Hay carpas de seda blanca por todas partes, grandes piezas de tela que ondean suavemente con la brisa marina.
Farolillos de papel de colores cuelgan entre las palmeras, proyectando patrones móviles sobre el suelo y sobre las personas. La música no es la típica música de fiesta; es un ritmo tribal mezclado con bajos electrónicos.
El aire huele a sal marina, a incienso y a humo de leña que viene de las hogueras dispersas por la playa.
Los invitados, todos disfrazados con elaborados atuendos piratas, se mueven con una confianza que solo da el poder y el dinero.
Ríen, beben de copas de cristal tallado, se tocan sin pudor, como si las reglas normales no aplicaran aquí.
Todo en este lugar grita riqueza, exceso e impunidad.
Cojo una bandeja llena de copas de champán y me sumerjo entre la multitud.
Mi trabajo aquí es simple: servir, sonreír, ser agradable e intentar pasar desapercibida.
Pero mis ojos no dejan de observar. Busco entre las máscaras y el maquillaje, trato de encontrar una cicatriz familiar entre tantas caras desconocidas.
No pensé que me pudiera ser tan difícil. No tuve en cuenta las máscaras.
Sirvo una copa a un hombre con un parche en el ojo y una barba cuidadosamente recortada. Cuando toma el vaso, su mano agarra la mía por un segundo más de lo necesario.
—Qué manos más suaves tienes —murmura, y sus ojos recorren mi cuerpo a través del disfraz.
Le dedico una sonrisa falsa que no llega a mis ojos, y me libero de su agarre.
—Disfrute de su bebida —digo con una voz que espero suene neutral.
Me alejo rápidamente, sintiendo su mirada en mi espalda.
Sigo caminando, sirviendo bebidas, recogiendo vasos.
Las horas pasan, la música continúa, constante.
Busco a Connor entre la multitud, pero no lo veo.
Sin embargo, siento su presencia. Es una sensación extraña, como si supiera que está aquí, en algún lugar cercano, observando.
Estoy recogiendo unas copas vacías de una mesa baja cerca de una de las carpas más grandes cuando oigo una risa. Es una risa masculina, profunda, satisfecha.
Algo en ese sonido me hace congelarme donde estoy. Me resulta familiar. Recuerdo ese sonido, esa voz. Levanto la vista lentamente, como si moviéndome despacio pudiera controlar lo que voy a ver.
La cortina de la carpa está entreabierta.
Dentro, iluminado por la luz cálida de varias lámparas de aceite y algunas velas, hay un hombre recostado entre un montón de cojines de terciopelo dorado.
Está sin camisa, su torso es musculoso y bronceado, como si pasara mucho tiempo al sol.
Dos mujeres muy hermosas están con él, mirándolo como si fuera lo más importante del mundo.
Una está sentada en su regazo, meciéndose con un ritmo sugerente.
La otra está acurrucada a su lado, mordisqueando su cuello mientras sus manos recorren su pecho.
Los tres beben de la misma copa, ríen, se tocan. No le veo la cara completamente, solo de perfil. Pero hay algo en la forma de su nariz, en la línea de su mandíbula... Mi cuerpo se tensa, mi corazón se acelera.
Entonces una de las mujeres se inclina y besa su mejilla, justo debajo del ojo. Y al hacerlo, la luz de las lámparas ilumina su rostro por un segundo completo.
Y veo la cicatriz. En diagonal, sobre su ceja. Blanca contra la piel morena. Una línea imperfecta en la carne que no se ha curado bien o que alguien no cuidó como debía.
El mundo se detiene, la música desaparece, se convierte en un zumbido lejano sin significado. Las voces de la gente a mi alrededor se desvanecen, como si alguien hubiera bajado el volumen de la realidad. Todo lo que existe, todo lo que importa, es esa cicatriz y el hombre que la lleva.
Es él.
El recuerdo me golpea con una fuerza física que me hace tambalear: el olor a gasolina y tierra mojada, el dolor agudo cuando me golpeaba sin piedad, su risa burlona, la oscuridad que lo cubrió todo después, y luego el silencio, la nada.
Mis manos empiezan a temblar tan fuerte que las copas tintinean en la bandeja. La dejo sobre la mesa con un movimiento torpe, casi se me caen aunque nadie alrededor parece notarlo. La fiesta sigue su curso, nadie mira hacia aquí.
Me quedo allí, paralizada, observando. Las dos mujeres se levantan después de unos minutos más de arrumacos.
Una de ellas, la que estaba en su regazo, se inclina y le besa en la mejilla mientras le mete la mano por dentro del pantalón tocando su erección —una imagen tan obscena que me revuelve el estómago— y la otra le murmura algo al oído que hace que su sonrisa se ensanche, una sonrisa de satisfacción y poder.
Las dos salen de la carpa riendo entre ellas, ajustándose los tops diminutos que apenas cubren nada, y se dirigen hacia donde están las mesas largas con comida y bebida.