CAPÍTULO 12
brOOK
El ruido de la calle nos golpea en cuanto salimos del bar; tráfico, voces dispersas, algún coche acelerando más de la cuenta en la distancia. La noche sigue viva, indiferente a lo que acaba de pasar dentro.
Frente a la acera nos espera una moto negra de gran cilindrada, aparcada con una presencia casi intimidante bajo la luz amarillenta de las farolas.
Es grande, pesada, de líneas agresivas, con el depósito amplio y el chasis oscuro que absorbe la luz en lugar de reflejarla.
No es una moto discreta; es una máquina diseñada para imponerse incluso en reposo.
Metal negro con detalles mínimos en cromo, limpia, cuidada, demasiado potente para una calle como esta.
Veo que sobre el asiento trasero hay dos cascos.
Connor no dice nada al principio, pero se acerca con esa tensión contenida que no lo abandona desde el bar.
Su enfado no explota, se concentra, se endurece en su mirada y en la rigidez de sus movimientos.
Toma uno de los cascos y me lo lanza, que atrapo con mis manos por reflejo antes de que lo pueda procesar.
—Póntelo —ordena.
Su voz no admite discusión, sigue cabreado, pero ahora tiene un tono más controlado.
Me fijo entonces en el interior del casco: lleva un sistema de comunicación integrado, discreto, ya preparado.
Él se coloca el suyo con movimientos rápidos y precisos, como si ya fuera parte de su rutina diaria.
Cuando termina, sube a la moto con la naturalidad de alguien que domina el entorno sin esfuerzo, encajando su cuerpo en la máquina.
Se gira por encima del hombro, sus ojos grises encontrando los míos bajo la luz pobre de la farola.
—Sube.
La orden no es una invitación, es un hecho que espera que yo cumpla sin cuestionar.
Y por un momento, casi lo hago. Pero algo dentro de mí se revuelve, se inflama con la indignación de todo lo que ha pasado, con la humillación de sentir que mi vida vuelve a ser dirigida por otro. No soy suya, no soy de nadie, así que nadie me da órdenes y menos un criminal.
Sostengo el casco en mi mano, pero no lo levanto hacia mi cabeza. Mantengo mi mirada firme en él, aunque mis piernas sienten un leve temblor.
—No —digo, y la palabra sale más fuerte de lo que esperaba, cortando el silencio entre el ruido del tráfico.
Connor no se mueve, pero su expresión cambia. No es sorpresa; es una evaluación rápida, como si recalibrara su estrategia ante esta resistencia mía.
—No voy a subir —continúo, encontrando una frase que surge desde un lugar rebelde y cansado dentro de mí—. Puedes llevar tu moto y tu drama a otro sitio. Yo no soy tu esclava para seguirte cuando tú digas. Deja ya de jugar conmigo.
Giro sobre mis pies, decidida a caminar hacia la dirección opuesta, hacia cualquier lugar que no sea donde él está. No tengo un plan, solo la necesidad visceral de romper este control, de demostrar que aún puedo decidir algo, incluso si es solo alejarme.
No llego a dar cinco pasos que sus manos me agarran antes de que pueda procesar su movimiento.
No es violento esta vez, pero es firme. Sus dedos se cierran alrededor de mi brazo con una presión que anuncia claramente que no hay salida.
Me gira hacia él, se ha quitado el casco y su cara queda ahora más cerca, mucho más cerca de la mía.
Su enfado se marca en la línea tensa de la mandíbula, afilando todavía más unos rasgos que ya resultan insultantemente perfectos.
El pelo negro, revuelto como si acabara de pasarse una mano impaciente por él, cae en mechones desordenados sobre la frente.
Sus ojos grises, fríos y demasiado intensos, me sujetan sin esfuerzo.
Incluso así, furioso, sigue pareciendo esculpido para arruinarle la vida a cualquiera.
Joder. Cómo puede estar tan bueno.
—No me hagas enfadar más, Brook —dice, su voz baja pero cargada con una intensidad que hace que el aire alrededor parezca más denso—. Deja esa rebeldía por hoy y haz el favor de subirte a la puta moto.
No es una súplica, es una instrucción final, con una capa de amenaza tan clara que siento un escalofrío recorrer mi espalda. Pero también siento la rabia persistente, la parte de mí que quiere gritar, que quiere luchar.
Intento soltar mi brazo, pero su agarre no se altera.
En lugar de discutir más, toma el casco que todavía sostengo en mi otra mano y lo levanta hacia mi cabeza.
Sus movimientos son eficientes, sin delicadeza.
Coloca el casco sobre mi cabeza, ajustando la posición con una precisión rápida antes de cerrar la hebilla bajo mi cara.
Sus dedos rozan mi piel allí, un contacto breve pero íntimo que me hace detener la respiración.
—Ahora sube —repite, y esta vez no deja espacio para otra negativa.
Su mirada me sostiene, me desafía. Y con un último esfuerzo de voluntad que se desvanece bajo el peso de su determinación, obedezco.
Me acomodo detrás de él en la moto, sujetándome con las manos a su chaqueta.
El motor aún está apagado, pero el silencio entre nosotros ya pesa más que cualquier ruido de la ciudad.
Cuando se enciende solo hay una vibración profunda que recorre la máquina y sube por mis brazos. Y entonces arrancamos, y el mundo se convierte en velocidad.
—¿Quién coño te crees que eres para tratarme así a tu antojo? —le grito por encima del ruido de la moto, aunque sé que me oye perfectamente por el sistema de sonido que he visto antes en los cascos.
—¿Quién creo que soy? —repite, y su tono es peligrosamente calmado—.
Soy el hombre al que le diste permiso para jugar cuando aceptaste la primera invitación.
El hombre al que provocaste deliberadamente esta noche, sabiendo perfectamente lo que estabas haciendo.
Y soy el único motivo por el que no estás ahora mismo en el baño de ese bar de mierda, desnuda y con el orgullo y la dignidad por los suelos.
¿O qué te crees, que ese chico iba a aceptar un no por respuesta?
¿Que podías provocarlo y luego quitártelo de encima como si nada?
Pero si te has ido al bar de moteros más peligroso de la ciudad, Brook.
Sus palabras me golpean con la fuerza de un hecho innegable.
La rabia en mí chisporrotea, pero se encuentra con un muro de culpa recién nacida.
Porque tiene razón, en parte. Yo quería provocarlo, quería ver hasta dónde podía llegar, quería herir su orgullo masculino y su sentido de control.
Pero no imaginé… esto. Esta furia glacial, esta violencia apenas contenida que parece emanar de él como el calor de un horno.
No calculé la profundidad de su reacción.
La moto toma una curva cerrada con un chirrido de neumáticos que me hace agarrarme más a su cuerpo. Mi corazón da un vuelco contra mis costillas.
—¿Podrías conducir un poco más despacio? —pregunto, y odio el temblor leve que se filtra en mi voz—. No tengo especial interés en morir estrellada contra una farola esta noche.
—¿Ahora tienes miedo? —pregunta, pero su mano desacelera. La velocidad disminuye ligeramente, aunque la tensión no.
—No es miedo —miento—. Es sentido común. Y, además, he superado tus pruebas. Quiero mi recompensa, acceso ilimitado a las fiestas privadas, empezando por la próxima.
Él guarda silencio unos segundos, cambiando de marcha con un movimiento suave pero preciso.
—Tanto interés —murmura, más para sí mismo que para mí—. Obsesionada con las fiestas, quieres entrar más adentro. ¿Qué escondes, Brook? ¿Qué buscas realmente en mi mundo?
El aire se me atasca en los pulmones. Me pongo rígida, mirando fijamente la carretera.
—Nada. Solo necesito el dinero, las propinas son muy buenas.
—Mentira —dice él, tajante—. En el casino ganas suficiente para vivir. Lo sé porque reviso las nóminas de todos mis empleados, no necesitas esto, a menos que escondas algo…
—No me conoces. No sabes nada de mi vida ni de mis necesidades.
—¡Exacto! —su voz estalla en el comunicador, más dura de lo que esperaba, cargada de una frustración contenida—.
No te conozco más porque tú no me dejas.
Si fuera por mí, ya habría desenterrado cada uno de tus secretos.
Pero tú juegas a esconderte detrás de una máscara incluso cuando no la llevas puesta.
Su cuerpo se tensa bajo mis manos. Lo noto antes de verlo: un cambio brusco en la rigidez de sus hombros, en la forma en que aprieta el manillar. La moto responde con una ligera sacudida, una aceleración breve y controlada que me obliga a aferrarme a él con más fuerza.
Sus palabras me dejan sin aliento. Hay una verdad brutal en ellas, una verdad que duele porque refleja mi propio juego, mi propia paranoia. Quiero que me vea lo suficiente porque no puedo dejar de pensar en él, pero no tanto como para descubrir mis secretos.
La moto se detiene bruscamente frente a mi edificio, sabe dónde vivo, me lo dijo en la fiesta de la piscina. Apaga el motor y el silencio repentino es ensordecedor. La calle está vacía, iluminada por la tenue luz amarilla de una farola.
Me muevo para bajar, me quito el casco a la vez que se lo quita él también. Deseando poner fin a esta noche, a esta confrontación que me ha dejado hecha añicos por dentro.
Pero su mano sale de la oscuridad y me agarra con firmeza por la nuca, no con violencia, sino con una necesidad absoluta que paraliza mis músculos.
Me gira hacia él y no me da tiempo a protestar ni a resistir, sus labios encuentran los míos con una urgencia fogosa y apasionada que me quita el aire.
Es un beso de conquista, de castigo y de afirmación.
Sabe a ira, a sal y a un deseo tan profundo que me hace estremecer.
Al principio, me resisto, mis manos se elevan, empujando contra su pecho duro, intentando crear espacio, recuperar algo de control.
Pero es como intentar mover una montaña.
Su boca es insistente, experta, y una parte de mí, esa parte oscura y traicionera que él ha alimentado, responde antes de que mi mente pueda ordenarle que se detenga.
Un gemido ahogado se me escapa. Mis manos dejan de empujar y, contra toda lógica, se aferran a los pliegues de su camisa, tirando de él hacia mí.
Le respondo al beso con una ferocidad que lo iguala, mis dientes rozando su labio inferior, mi lengua lucha contra la suya en un duelo que no tiene nada de inocente. Es pura combustión.
Él es el que termina el beso, separándose solo unos centímetros, su aliento caliente mezclándose con el mío. Sus ojos, tan cerca, son pozos de tormenta.
—La próxima vez —dice con un susurro ronco que me eriza la piel— serás tú quien deba buscarme a mí.
Sus palabras no tienen sentido en mi mente confusa. Solo siento el ardor en mis labios, el latido salvaje de mi sangre. Me libera y me voy tambaleándome al aire frío de la noche, sin mirar atrás. Escucho el rugido del motor alejándose con la misma violencia con la que llegó.
Subo las escaleras de mi edificio como un fantasma, con los labios todavía ardientes y el sabor de él impregnado en mi boca.
La furia regresa en oleadas, caliente y vergonzosa.
¿Quién se cree que es? ¿Tratarme como una propiedad, besarme como si tuviera derecho a mi boca, a mi respuesta?
No soy suya, no le pertenezco a nadie. La rabia es un fuego que quiero usar para quemar algo, para destrozar los muebles de este apartamento mezquino que nunca he sentido como un hogar.
Pero entonces, como un veneno lento, la culpa se filtra entre las grietas de mi ira.
Ha sido culpa tuya.
La voz en mi cabeza suena sospechosamente como la suya.
Yo lo provoqué, usé a Jack, un chico que solo mostraba interés, como un peón en mi juego estúpido y peligroso.
Por mi culpa, ahora tiene la mandíbula rota y el miedo metido en los huesos.
¿Y para qué? Para picar a un hombre peligroso, para demostrar…
¿qué exactamente? ¿Que todavía tengo algún control? Es evidente que no lo tengo.
Me desplomo en el borde de la cama, enterrando el rostro en mis manos.
Los pensamientos chocan dentro de mi cráneo.
¿Estoy llevando esto demasiado lejos? El objetivo era el hombre sin rostro.
Pero ahora… ahora no puedo sacar de mi cabeza la forma en que Connor me mira, el recuerdo del sexo brutal y electrizante que contemplé, ni la sensación de sus manos sobre mi piel.
Y este beso… Dios, este beso. Mis labios todavía hormiguean, anhelando más con una voracidad que me aterra. ¿Por qué cedí? ¿Por qué mi cuerpo traiciona a mi mente con tanta facilidad?
Estoy al borde del colapso, un torbellino de emociones contradictorias: odio, deseo, culpa, miedo, una curiosidad enfermiza y una necesidad desesperada de continuar. Es demasiado, demasiado para una sola persona, para una mente ya fracturada por traumas pasados.
Entonces, tres golpes secos y firmes resuenan en la puerta.
Me pongo en pie de un salto, con el corazón en la garganta. No espero a nadie, me acerco con cautela, mirando por la mirilla. El pasillo está vacío, pero en el suelo, justo frente a mi puerta, hay una caja negra lacada, idéntica a la anterior.
Un alivio me recorre por dentro, al menos ha cumplido su palabra. Abro la puerta, recojo la caja y la llevo dentro. La coloco sobre la mesa y levanto la tapa con unas manos que no logran estar quietas.
Dentro, sobre un lecho de seda negra, encuentro el premio por mis pruebas superadas.
Un traje de pirata de un marfil precioso, exquisitamente confeccionado, con detalles en oro viejo y encaje.
Una máscara a juego, elegantemente siniestra, que cubrirá la mitad superior del rostro.
Y un mapa, antiguo al estilo de los tesoros piratas, con un punto marcado en azul fluorescente.
Pero lo que me detiene es la nota. Está escrita a mano, con una letra segura y elegante que ya reconozco. La misma de la anterior invitación. La certeza de que es Connor quien escribe estas palabras, se clava en mí como un dardo.
«Si vas a perseguir monstruos, tendrás que mirar en la oscuridad».
Las palabras resuenan en el silencio de mi apartamento. ¿Puede ser que él sospeche que estoy cazando algo? Y en lugar de detenerme, ¿me está dando las herramientas para adentrarme más profundamente en la guarida?