CAPÍTULO 11 #4
Ahí está. La oportunidad perfecta para mi mentira, para mi manipulación final. No tengo intención de acostarme con él, pero sí lo acompaño al baño, si Connor cree que algo ha pasado… eso le joderá profundamente. La idea me llena de un regusto amargo pero vengativo.
Y, siendo sincera, tampoco es que esté haciendo un gran sacrificio. El tipo es atractivo, muy atractivo. Tiene una sonrisa capaz de meterse en problemas y unos ojos que llevan un buen rato dejándome claro lo que quiere.
No pienso cruzar ciertas líneas. Pero unas caricias inocentes nunca le han amargado la noche a nadie.
Miro a Jack a los ojos y asiento lentamente, con una complicidad fingida que él interpreta como deseo. Le sonrío lenta y provocadoramente.
—Vale —digo—. Vamos por cien dólares.
—Joder. Ya puede valer la pena.
Él me toma de la mano, su palma es áspera por el trabajo, y me guía entre las mesas hacia un pasillo estrecho al fondo del local. La puerta del baño individual es de madera maciza con un cerrojo viejo. Entramos y él cierra el cerrojo.
El espacio es diminuto, apestando a desinfectante y humedad.
Me besa casi inmediatamente, con una urgencia juvenil y torpe.
Yo respondo mecánicamente, mis labios moviéndose contra los suyos mientras mi mente está a kilómetros de distancia, calculando el tiempo, imaginando la reacción del Lobo.
Siento pena por Jack; es un buen chico en el lugar equivocado con la mujer equivocada.
Siento una punzada de culpa por estar jugando con él.
Y entonces ocurre.
Un golpe seco y brutal sacude la puerta, seguido de un crujido de madera que se parte cerca del cerrojo. La puerta se abre de golpe, arrancada casi de sus bisagras.
La figura que llena el marco no es un matón del bar ni el dueño enfadado.
Es Connor.
Su presencia llena el minúsculo espacio, trayendo consigo una ola de frío y una violencia tan palpable que el aire parece electrizarse.
Lleva ropa toda oscura, y su rostro… su rostro es una máscara de furia glacial.
Sus ojos, que ahora se ven de un gris oscuro casi negro, no me ven a mí primero; se clavan en Jack con una intensidad homicida.
Todo sucede demasiado rápido para reaccionar. Connor agarra a Jack por el cuello de su camiseta y lo arranca de encima de mí con una fuerza descomunal, lanzándolo contra la pared opuesta del pasillo con un golpe sordo.
—¡Connor, para! —grito, encontrando finalmente mi voz, pero es demasiado tarde.
Él ya está sobre Jack, que apenas tiene tiempo de ponerse en guardia antes de que un puñetazo perfectamente dirigido le impacte en la mandíbula con un sonido huesudo y repugnante. Jack cae al suelo, aturdido, y Connor no se detiene. Le propina una patada en las costillas, luego otra.
—¡Basta! ¡Para ya! —chillo, abalanzándome sobre él, agarrando su brazo levantado con todas mis fuerzas— ¡No ha pasado nada! ¡Solo estaba cumpliendo el puto reto!
Connor se vuelve hacia mí entonces. Su respiración es calmada, controlada, pero sus ojos arden con un fuego primario que me hace retroceder un paso incluso agarrándolo.
—¿El reto? —su voz es un susurro áspero y cargado de veneno— ¿El reto era follarte al primer imbécil que te sonriera?
—¡No me he tirado a nadie! ¡El reto era mentir! ¡Manipular! ¡Y lo he hecho! —le grito a la cara, desafiante a pesar del terror que me recorre— ¡Me he hecho pasar por puta y él ha aceptado! ¡Eso era todo!
Él me mira como si no reconociera las palabras. Luego su mirada vuelve a Jack, que gime en el suelo, sosteniéndose la mandíbula y tosiendo sin parar.
—Escúchame bien —le dice Connor al chico, y su tono es tan bajo y mortal que hasta yo me estremezco—. La miras otra vez, la tocas, o incluso piensas en ella… y no serán unos huesos rotos. Será una fosa en algún descampado donde ni los perros te encuentren. ¿Entendido?
Jack asiente con pánico en los ojos, arrastrándose hacia atrás como un cangrejo.
—Ella… —la voz de Connor se quiebra apenas, pero no por debilidad, sino por algo más oscuro— es mía.
Aprieta la mandíbula, como si contenerse le costara un esfuerzo real.
Da un paso al frente, clavando los ojos en él con una intensidad casi enfermiza y lo levanta del cuello de la camiseta.
—Porque no es solo que no puedas tocarla… es que ni siquiera deberías existir en el mismo espacio que ella.
Su respiración es pesada, contenida, como si estuviera luchando contra algo dentro de él.
—Lo mío no lo comparto, no lo cedo, ni lo pierdo.
Una pausa. Más peligrosa que cualquier grito.
—Y si intentas quitármela… no voy a parar hasta que no quede nada de ti.
No es solo posesión, es necesidad. Es miedo disfrazado de violencia.
Jack encuentra finalmente fuerzas para revolverse, soltarse y echa a correr hacia la salida del bar, tropezando y desapareciendo entre las mesas.
En el silencio súbito y tenso que queda, Connor se endereza y se vuelve completamente hacia mí. Su ira no ha disminuido; solo se ha redirigido, concentrándose ahora en mí como un láser.
—¿Contenta? —pregunta, su voz todavía peligrosamente suave— ¿Divertido tu jueguecito?
—Tú… tú me estabas vigilando —acuso, temblando—. ¿Me seguías?
—Por supuesto que te seguía —escupe—. ¿Crees que te dejaría entrar sola en un agujero como este? La prueba no era poner en riesgo tu seguridad física por una provocación infantil joder.
—¡No estaba en riesgo! ¡Yo controlaba la situación!
—¿¡Controlabas!? —Una risa cortante y sin humor le sale— ¿Controlando cuando tenía la lengua en tu boca? ¿Ese es tu control? ¿Te ibas a follar a este tío para demostrarme que tenías el control?
—Oye ¿de qué coño vas? No tengo que darte explicaciones de con quién me acuesto. Además, ya te he dicho que no iba a pasar nada.
—Claro que no me vas a dar explicaciones. Porque de ahora en adelante, el único que te puede tocar, soy yo.
Antes de que pueda replicar, se mueve rápido como un relámpago, me agarra por la cintura y me levanta del suelo como si no pesara nada, colgándome sobre su hombro de manera brusca y humillante.
—¡Suéltame! —pataleo y golpeo su espalda con los puños— ¡Connor! ¡Bájame ahora mismo joder!
Ignora mis protestas completamente. Camina con paso firme a través del bar silencioso. Todos los clientes apartan la mirada discretamente y sale a la fría calle del atardecer.
—¡Te odio! —grito contra su espalda, las lágrimas de rabia y frustración asoman de nuevo— ¡Me estás jodiendo la vida cabrón!
Él no responde, solo ajusta su agarre y camina hacia afuera, sabe que ha ganado esta ronda.