La Spina Negra CAPÍTULO 11 #3
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CAPÍTULO 11 #3

Vete a la mierda. No sabes nada de mí. No sabes nada de mi alma. Eres un monstruo que juega a ser dios con gente rota. ¿Te excita? ¿Te hace sentir poderoso romper a las personas? Eres un puto asesino, no vayas de salvador.

Lo envío. No me importan las consecuencias. En este momento, necesitaba decirlo.

La respuesta tarda unos segundos, como si él estuviera considerando mis palabras.

El Lobo: La furia te sienta bien. Estás preciosa cuando te enfadas. Y sí, lo sé todo. Ahora prepárate para el segundo desafío.

Será hijo de puta, la rabia me consume. Ahora mismo destrozaría el apartamento entero y lo mataría con mis propias manos si lo tuviera delante. Me siento en el sofá, intentando calmar mi fuego y finalmente me quedo dormida.

Me despierta el sonido y la vibración de otro mensaje. Ya no tengo fuerzas para resistirme, solo sigo el flujo.

El Lobo: Segundo desafío. Desnudez psicológica.

Vulnerabilidad... ¿otra vez?

El Lobo: Quiero que me digas algo que nadie más sabe. Algo que te avergüence incluso en tu propia cabeza. No en un mensaje de texto. Un audio, quiero oírtelo decir en voz alta. Confiesa una verdad que te duela pronunciar.

Un audio. Su voz ya habita en mi cabeza; ahora quiere que la mía habite en la suya, cargada con un secreto. Es una intrusión aún más profunda. Mide hasta dónde puede quebrarme emocionalmente, qué tan fácil es forzar mis defensas más íntimas.

Dudo. Me siento en el sofá donde me había dormido, mirando el icono del micrófono en la pantalla.

¿Qué podría decir? Hay tantas cosas. La vergüenza de haber sobrevivido a veces sintiendo que no lo merecía.

El miedo constante a que me guste demasiado la violencia que he conocido.

El secreto más profundo… ese pequeño y terrible pensamiento que ha nacido estos días: que su obsesión por mí me hace sentir viva de una manera que nada antes lo había logrado.

Que abusaron de mí y fue alguien de su maldita organización.

Que me avergüenzo de haber disfrutado el otro día con él por la repulsión que siento ahora mismo por el sexo…

Mis dedos pulsan el botón de grabar antes de que pueda pensarlo mejor. Me llevo el teléfono a los labios, cierro los ojos y dejo que las palabras salgan, impulsadas por el agotamiento y una extraña necesidad de darle exactamente lo que pide, de demostrarle que su poder no tiene límites.

Mi voz sale ronca por el llanto, un susurro áspero cargado de verdad: «A veces pienso que me merezco lo que me pasó».

Suelto el botón. El audio se envía. Cinco segundos exactos de autodestrucción entregada en bandeja. Un instante después, quiero arrancarme la lengua. El horror ante lo que he admitido me golpea con una fuerza renovada.

Su respuesta llega en forma de audio.

El Lobo: Eso no es una verdad, gatita. Es una mentira que te repites para justificar el dolor. Pero te doy puntos por el intento. La verdad que buscaba era otra… Tienes más miedo de ti que de mí. Esa sí duele. Y es real.

Me quedo sin aliento, me ha llamado la atención. Ha rechazado mi confesión autocompasiva y ha validado la otra, la que habla de un monstruo interior. Cabrón, sabe jugar demasiado bien…

El último reto llega cuando ya estoy al límite, sintiéndome exprimida y vulnerable.

El Lobo: El tercero y último. El más práctico. La mentira perfecta.

Un alivio tenue me recorre. Algo concreto. Algo que sé hacer, mentir.

El Lobo: Miente como si tu vida dependiera de ello. Porque para seguir en mis fiestas, debes aprender a mentir mucho mejor.

El Lobo: Quiero que convenzas a alguien de algo que no sea cierto. No me importa a quién, cómo ni de qué trate la mentira.

El Lobo: Solo quiero que te crea.

El Lobo: Si dudas, fallas. Si te descubren, fallas. Y si eliges una mentira aburrida, también fallas.

El Lobo: Lo que mido es tu capacidad para manipular la realidad a tu antojo.

Aquí no hay traumas que explorar, solo habilidades que demostrar. Y estoy harta de sus juegos psicológicos, harta de sentirme una marioneta. Así que decido tomar algo de control y escribo con determinación.

Acepto el desafío. Manipularé a quien haga falta para conseguir lo que me proponga. Pero si lo consigo, se acaban las pruebas. No más exigencias, no más evaluaciones. No me vas a dar acceso a la próxima fiesta, sino a todas de aquí en adelante.

El tiempo de respuesta se alarga unos minutos tensos.

El Lobo: Hecho.

Una sonrisa fría y triunfal se dibuja en mis labios. Bien.

El sol está cayendo definitivamente, tiñendo las fachadas de un dorado sangrante cuando salgo a la calle.

El aire de la tarde es fresco, pero yo ardo por dentro por la adrenalina.

Camino sin un destino claro, pero con los sentidos hiperalertas.

Y entonces lo noto: esa sensación familiar, punzante, en la nuca.

No estoy sola.

La sensación no es nueva, pero ahora la interpreto con claridad.

No es paranoia, es vigilancia, Connor me tiene vigilada, estoy segura.

Quizás alguien me sigue a distancia, o tiene acceso a cámaras, quizás es solo esa intuición enfermiza que parece tener sobre mí.

Pero la certeza se instala: nunca estoy realmente sola desde que entré en su radar.

La idea debería aterrorizarme; en cambio, alimenta mi rabia y mi decisión.

Esta vez domino yo la situación y no le va a gustar.

Que se joda.

Llego a una zona más apartada, por la parte trasera del centro, donde pasa poca gente. Me detengo frente a un local. Probablemente no le guste, pero él no especificó.

Es un bar de mala muerte, con una fachada oscura y neones de cerveza parpadeantes. Tiene un cartel desgastado con el nombre «El Embrague». Es claramente un bar de moteros. Por la puerta abierta se cuela el sonido de rock duro y el olor a tabaco y cerveza.

Es perfecto. Seguro que no es lo que él esperaba, y eso lo hace mejor.

Antes de que pueda dar un paso, mi móvil vibra.

El Lobo: NO.

Una sola palabra, mayúscula, un latigazo digital.

El Lobo: Ni se te ocurra entrar ahí. Busca otro sitio.

Mi sonrisa se ensancha. Escribo rápido, sintiendo un poder extraño al contraatacar.

Tú dijiste no me importa a quién ni cómo. Esto es lo que hay. Ahora pongo yo las reglas lobito.

Guardo el móvil sin esperar respuesta y empujo la pesada puerta de madera.

Mi teléfono vibra, pero ya no le voy a hacer caso. Voy a realizar la prueba y terminar con este puto juego de una vez por todas.

El interior es exactamente lo que imaginaba: penumbra humeante, mesas de Formica rayadas, algunas máquinas recreativas antiguas parpadeando en un rincón.

Un grupo de hombres con chalecos de cuero y barbas largas juegan al billar en la parte de atrás.

En la barra, un tipo con una camisa a cuadros y un delantal, limpia vasos con aire aburrido.

Pido un tequila, que me quema al bajar, pero templa los nervios. Necesito el ardor, el punto de anclaje en lo físico. Me apoyo en la barra, fingiendo estudiar mi vaso mientras escaneo el entorno.

No tarda mucho. Un hombre se separa del grupo del billar y se acerca. Es joven, quizás veintipocos, con un atuendo de motero, pero con un rostro sorprendentemente dulce bajo el pelo despeinado. Guapo, sin la dureza tallada que tienen los rostros de los demás.

—¿Estás sola? —pregunta con una sonrisa fácil, sin malicia aparente.

Asiento, devolviéndole una sonrisa que no llega a mis ojos pero que él interpreta como interés. Parece que sí.

—¿Puedo? —indica el taburete vacío a mi lado.

—Claro.

Su nombre es Jack, es mecánico, le encanta viajar en su moto los fines de semana. Viene aquí porque el dueño es amigo de su padre. Habla con una sinceridad que me desarma.

Por dentro, pienso que Grace, habría disfrutado de esta conversación trivial con un chico agradable. Habría sonreído de verdad, se habría ruborizado ante sus cumplidos tontos.

Pero Brook, no siente nada excepto la necesidad creciente de provocar al hombre que sin duda está observando esto desde alguna parte.

Tonteamos durante un buen rato. Él me cuenta un viaje al norte, yo invento una historia sobre ser diseñadora gráfica de paso por la ciudad.

Le doy lo justo: una historia bonita, ligera, fácil de creer.

Es sencillo mentirle; sus ojos claros creen cada palabra.

En un momento, se atreve a colocar con cuidado un mechón de mi pelo detrás de mi oreja rozando mi piel con una confianza que no se ha ganado… pero que no le niego el gesto.

—Otro trago —propone—. Te invito a un chupito para celebrar… ¿El encuentro?

—¿Así es como celebras todos tus encuentros? —pregunto con una sonrisa.

—Solo los que merecen la pena.

—Qué suerte la mía.

El tequila vuelve a arder al bajar, y cuando dejo el vaso sobre la barra, él ya está más cerca, mucho más. Y me mira como si estuviera desnudándome capa a capa sin apartar sus ojos de mí.

—Joder… —murmura, casi para sí—. Eres un problema.

El calor del tequila aun me abrasa la garganta justo cuando su rodilla se abre paso entre las mías. No es un roce accidental, es una decisión. Yo no me aparto y él sonríe.

Una sonrisa ladeada, sucia, de las que prometen cosas que no deberías aceptar.

—Otro chupito —dice—. Pero esta vez te lo bebes conmigo… despacio.

—¿Eso forma parte de tu técnica de seducción o improvisas sobre la marcha?

—¿Está funcionando?

Sostengo su mirada mientras llevo el vaso a mis labios.

—Todavía no lo tengo claro.

Cuando dejo el vaso, él ya está prácticamente encima mío. Su aliento roza mi piel…

—No me mires así si no quieres que haga algo —añade en voz baja.

Sonrío.

—¿Y cómo te estoy mirando?

Sus dedos se deslizan apenas por mi muñeca, subiendo, midiendo mi reacción.

—Lo sabes perfectamente.

—Quizá deberías explicármelo.

Mi pulso se acelera, pero no por él sino por quien sé que está mirando. Por lo que debo estar provocando.

—Vamos al baño —dice entonces, sin suavizarlo, con la voz más grave—. Quiero saber si besas tan intenso como miras.

El aire entre nosotros se vuelve denso y peligroso. Es justo lo que buscaba.