La Spina Negra CAPÍTULO 11 #2
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CAPÍTULO 11 #2

Logro escribir con mis dedos temblorosos.

Si sabe que no soy quien digo ser, este podría ser mi último día.

Puede que me haya traído hasta aquí para acabar conmigo y yo he caído como una estúpida.

La respuesta llega tan rápido que parece que estuviera esperando al otro lado de la pantalla, viendo cada tecla que pulso.

El Lobo: ¿Por qué no huiste de mí?

Las palabras aparecen en la pantalla y me golpean el pecho con la fuerza de un puño. Me quedo completamente inmóvil. El viento, ahora más fuerte, me eriza la piel bajo la ropa, pero es un escalofrío que viene desde dentro. El mundo a mi alrededor se desvanece. Solo existen esas palabras.

¿Por qué no huiste de mí?

Podría mentir. Podría decir que es porque necesito el trabajo. O porque tenía miedo. Podría dar una respuesta calculada que me mantuviera a salvo. También podría simplemente callar, dejar que el silencio fuera mi respuesta y dejar de jugar a su absurdo juego.

O podría atacar, devolverle la provocación.

Pero algo en mí se rompe en ese momento. Estoy cansada de mis propias mentiras, al menos en este espacio privado y digital entre nosotros.

Mis dedos se mueven sobre la pantalla antes de que mi cerebro censure las palabras. Escribo con una honestidad brutal que ni yo misma esperaba.

Porque no eres lo peor que me ha pasado.

Pulso enviar. El mensaje sale volando hacia él. No lo borro ni lo edito, no añado nada más. Lo dejo ahí, crudo y expuesto.

Un silencio tenso cae sobre mí. Los segundos se arrastran, los latidos de mi corazón se amplifican en mis oídos. Observo la pantalla, esperando una burla, un desdén, otra orden. Nada. Solo el brillo de la pantalla y nuestros dos últimos mensajes, mi verdad desnuda ahí para que él la examine.

Luego, finalmente, una vibración.

El Lobo: Bien.

Una sola palabra. Sin puntos suspensivos, sin guiños, sin apodos. Simple, clara, y cargada de un significado que no logro descifrar. ¿Es aprobación? ¿Respeto? ¿O simplemente un reconocimiento de que he dado el paso que él quería?

Y antes de que pueda procesarlo, llega un segundo mensaje.

El Lobo: Te estás rompiendo… justo

donde quería. Y te juro que vas

a querer que te reconstruya.

Me quedo mirando la pantalla durante unos segundos. Releyendo el mensaje una y otra vez.

—Joder, Connor... —murmuro.

No sé qué me molesta más: el mensaje o el hecho de que una parte de mí entienda exactamente lo que quiere decir.

Aprieto la mandíbula. Debería enfadarme, mandarlo a la mierda y bloquear su número. Cualquier persona con un mínimo de sentido común lo haría.

Pero no puedo, llevaba meses en modo piloto automático y ahora que algo ha traído «vida» a mi aburrida estancia en este mundo, no puedo rechazarlo sin más. Mi cuerpo no me deja.

No he llegado todavía al portal de mi edificio cuando el móvil vibra de nuevo. El sonido me provoca un nudo inmediato en el estómago. Me detengo, saco el teléfono. Esta vez no hay coordenadas: es un mensaje.

El Lobo: Has pasado la primera evaluación. Tu curiosidad supera tu prudencia. Pero recuerda, la curiosidad mató al gato… cuidado.

¿Me está amenazando?

El Lobo: Para la próxima fiesta, la de verdad, la importante, necesitas una invitación especial. Y para eso, he preparado tres desafíos gatita. Tres desafíos que no miden tu fuerza, sino tu esencia.

Exhalo un suspiro. Tres desafíos más. El juego no termina; solo se profundiza. Escribo una respuesta rápida, con la fatiga y una rabia contenida filtrándose en mis dedos.

¿Y cómo sabrás si las cumplo o no?

¿Vas a seguir observándome?

¿O solo confías en mi palabra de ‘gatita’?

La respuesta llega casi al instante, como si estuviera esperando mi desafío.

El Lobo: Yo lo sé todo. Y si intentas mentirme, si juegas a ser más lista de lo que eres… te castigaré, gatita mala. Y no te gustará cómo.

Un escalofrío recorre mi espina dorsal. No es una amenaza vacía.

Es la voz del hombre que puso una bala en la cabeza de ese hombre sin pestañear.

Trago saliva. El deseo de seguir adelante, de llegar al hombre sin rostro y cumplir mi venganza, choca con el instinto de supervivencia.

Pero retroceder ahora sería la mayor de las derrotas, sería admitir que me ha asustado, que sus juegos funcionan.

Además, cada prueba, cada fiesta, me acerca más. Siento esa proximidad como un imán, dolorosa e irresistible. Necesito ir a esa fiesta. Ha dicho que es la importante, quizás esta vez sí vaya el tipo sin rostro.

Di lo que sea. Pero después,

acceso directo. Sin más juegos.

El Lobo: Trato hecho.

El siguiente mensaje llega cuando ya estoy dentro de mi apartamento, con la puerta cerrada y mi falsa seguridad.

Aquí tengo la certeza de que estoy sola, pero no sé por qué motivo ya no me siento segura.

Me siento observada, como si desde que conozco a Connor se hubiera filtrado bajo mi piel y ya nunca estuviera sola.

El Lobo: El primero. ¿Estás preparada para sentir el vacío emocional?

Leerlo me provoca un rechazo visceral. Suena a tortura psicológica disfrazada de experimento.

El Lobo: Enciérrate en una habitación a oscuras. Sin reloj, ni móvil o música, sin ningún estímulo. Solo tú con tus pensamientos. Durante exactamente sesenta minutos. Pon una alarma fuera, en tu móvil para que suene pasado ese tiempo.

Me quedo mirando la pantalla, con mi corazón acelerándose por momentos.

La oscuridad. La oscuridad absoluta es un viejo enemigo.

En la oscuridad es donde los recuerdos cobran forma, donde el pasado te alcanza y te agarra por la garganta.

Él no puede saberlo… ¿o sí? ¿Cuánto ha investigado? ¿Cuánto sabe ya de mí?

Escribo a una velocidad que me asombra. Es por la rabia que siento ahora mismo, por sentirme obligada a algo que me aterra.

Esto es absurdo y lo sabes. ¿Cómo vas a saber si lo hago? Puedo decir que sí y mentirte. Tu sistema es imperfecto, Lobito.

Su respuesta es glacial.

El Lobo: No lo hagas si no quieres. Es tu elección. Pero si mientes, lo sabré, y el próximo desafío será consecuencia directa de tu mentira. ¿Juegas?

Jugamos. Pero ya te aviso que no vas a sacar nada de esta prueba absurda.

El Lobo: Eso ya lo veremos…

Maldita sea, lo odio. Odio que tenga tanto poder sobre mis decisiones con tan poco esfuerzo aparente. Pienso en el hombre ejecutado en el despacho y en la sangre sobre la alfombra y prefiero no arriesgarme a descubrir qué significa «consecuencias» para él.

Además… quiero ir a esa fiesta. Necesito estar allí. Cada prueba superada es un peldaño más hacia él, hacia el momento final.

Con un gruñido de frustración, programo la alarma, sesenta minutos.

El pitido agudo ya me taladra los nervios de antemano.

Elijo el baño, la habitación más pequeña, sin ventanas.

Apago la luz, dejo el móvil en el suelo, justo fuera de la puerta y cojo aire con fuerza, como si me fuera a sumergir en aguas heladas, antes de entrar y cerrar la puerta tras de mí.

La oscuridad es instantánea y total. No es como la noche, donde hay matices, sombras, reflejos lejanos.

Esto es una ausencia física de luz, un manto pesado que cae sobre mis ojos y me estrangula la piel.

Me quedo quieta, apoyada contra la puerta, escuchando el sonido de mi propia respiración, que de pronto parece enormemente fuerte.

Los primeros minutos son solo incomodidad, el frío del azulejo bajo mis pies descalzos y la expectativa del pitido que no llega. Pienso en lo ridículo que es todo esto, en lo mucho que lo estoy odiando, en sus ojos grises penetrantes, en sus manos y en la reacción de mi cuerpo con sus manos…

Pero luego, la mente, privada de estímulos externos, empieza a volverse hacia dentro. Y ahí está todo lo que he estado manteniendo a raya.

La soledad no es solo física; es un abismo que se abre dentro de mi pecho. Un vacío que grita. Y en ese vacío, las imágenes empiezan a surgir, proyectadas en la pantalla negra de mis párpados.

Visualizo a mi madre, sola, llorando por la muerte de su única hija. Y a mis amigas… y entonces las lágrimas empiezan a acumularse en mis ojos.

Veo la cicatriz del hombre sin rostro. La pequeña línea blanca que le corta la ceja. Veo el tatuaje, los detalles que mi mente grabó a fuego mientras él… mientras me…

Un sollozo se me escapa, ahogado y vergonzoso, aquí en la oscuridad donde nadie puede verme ni oírme.

Pero él quiere esto. Quiere que esté aquí, sintiendo esto.

¿Tiene algún sentido? ¿Estoy perdiendo la cabeza, permitiendo que un criminal me someta a una terapia de exposición improvisada y sádica?

Quizá todo esto sea una locura y yo ya esté loca por haber llegado hasta aquí.

Las lágrimas caen silenciosas, calientes sobre mi piel. Me dejo resbalar hasta quedar sentada, abrazando mis rodillas. El tiempo se desfigura; pueden ser minutos o una eternidad. Estoy perdida en mí misma. La Brook fuerte y vengativa se difumina, dejando a la chica que nunca sanó. Grace.

Revivo el momento del sótano, el dedo cortado, el grito, la mirada de Connor cuando me vio escondida en su despacho. Revivo la sensación de sus manos en la fiesta de la piscina. Es una sinfonía de dolor, miedo y una excitación confesa que me avergüenza hasta las lágrimas.

Cuando el pitido irrumpe por fin, es como una descarga eléctrica. Grito, empujo la puerta y salgo tambaleándome al pasillo iluminado. La luz me hiere. Las lágrimas manchan mi rostro, mi respiración es entrecortada. Me he roto. Allí dentro, me he roto en pedazos.

El móvil, ahora en mis manos de nuevo, vibra.

El Lobo: Buena chica. Sesenta minutos de valor. Lo sé porque tu silencio fue el más elocuente de los gritos. Hay algo podrido y precioso escondido en tu alma, Brook. Algo que ni tú te atreves a mirar, pero tranquila… ya lo sacaremos juntos.

La rabia que surge entonces es purificadora, un incendio que quema la vergüenza y el miedo. Agarro el teléfono con fuerza y mis dedos escriben furiosos.