CAPÍTULO 11
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Me despierto sobresaltada, la noche anterior fue una mezcla turbia de mensajes, lágrimas absorbidas por la almohada y un insomnio que me consumió hasta que el cuerpo, exhausto, se rindió por su cuenta.
La luz de la mañana entra por las cortinas entreabiertas, iluminando el polvo que baila en el aire.
Y ahí está el móvil, en la mesita de noche, como si me estuviera mirando.
Un objeto inofensivo convertido en un portal directo a él.
Lo tomo con recelo, y decido desbloquearlo.
Además, decido guardar su número como «El Lobo».
La pantalla se enciende: tres notificaciones. Tres mensajes nuevos. Todos de él.
Si quieres ir a mis fiestas,
tendrás que ganártelo.
06:27 — El Lobo:
Hoy deberás cumplir un reto, si no, dejaré de
perder el tiempo.
06:41 — El Lobo:
Tienes hasta el atardecer.
Aprieto el teléfono entre los dedos mientras releo los mensajes por tercera vez. Maldito imbécil.
Esto es exactamente lo que quería. No que le contestara ni que me enfadara, sino que me quedara pensando en él incluso después de haber dejado el móvil sobre la cama.
Connor no me está dando una orden. Me está provocando porque sabe perfectamente cómo funciono.
Ha encontrado la forma de convertirlo en un desafío y ahora está esperando a que haga exactamente lo que él cree que voy a hacer.
Y lo que más rabia me da es que tiene razón.
Voy a aceptar.
No porque me importe su opinión ni porque tenga intención de demostrarle nada, sino porque necesito seguir entrando en esas fiestas.
Necesito seguir en ese círculo, escuchar conversaciones, observar a la gente que acude y así poder averiguar quién fue mi atacante.
Si para conseguirlo tengo que soportar sus juegos, sus provocaciones y esa insoportable costumbre de actuar como si ya supiera cuál va a ser mi siguiente movimiento, lo haré.
Eso debería ser suficiente explicación.
Debería bastarme con recordar cuál era el plan desde el principio y seguir adelante.
Sin embargo, mientras sostengo el teléfono, sé que me estoy mintiendo.
Porque si todo se redujera a las fiestas, estos mensajes no tendrían ningún efecto sobre mí. Los leería, pondría los ojos en blanco y seguiría con mi vida. No estaría sentada en la cama a las siete de la mañana repasando cada palabra como una idiota.
La realidad es que Connor se ha metido en mi cabeza de una forma que no entiendo.
Me irrita. Me saca de quicio. Hay momentos en los que me entran ganas de no volver a dirigirle la palabra solo para borrarle esa sonrisa arrogante de la cara.
Y, aun así, cada vez que intento convencerme de mantenerme alejada, acabo acercándome un poco más.
Respiro hondo, como si pudiera diluir la tensión. Sé con certeza, que si ignoro el mensaje interpretará mi silencio como debilidad. Y no puedo permitirme eso. Ya he cruzado demasiadas líneas como para retroceder ahora.
Suspiro, cargada de frustración y una fatiga que va más allá de lo físico. Abro el último mensaje completo.
Primero veo una coordenada, seguida de lo que parecen unas instrucciones.
El Lobo:
41.413452, 2.181889
Un vértigo extraño me recorre, no reconozco el lugar, pero mi cuerpo ya ha reaccionado antes que mi mente: un subidón de adrenalina que afila los sentidos, un sudor frío en la nuca, el latido acelerado golpeando en mis oídos.
Es la respuesta de lucha o huida… con un tercer componente, más peligroso: la curiosidad.
El Lobo:
Ves, observa y decide si quieres seguir
Exhalo despacio y dejo caer la cabeza contra el cabecero.
Odio admitirlo, pero Connor ha conseguido lo que yo misma no lograba desde que salí del hospital. Hacerme sentir algo más allá de la rabia y la venganza.
Durante meses me he limitado a sobrevivir. A seguir adelante. A levantarme cada mañana con un objetivo y acostarme cada noche pensando en el siguiente paso para el mismo objetivo. Todo estaba bajo control y en orden.
Ahora hay momentos en los que siento nervios. Otros en los que me enfado tanto que me paso horas dándole vueltas a algo que ha dicho. Hay miedo, tensión. Hay esa incómoda sensación en el estómago que aparece cada vez que su nombre ilumina la pantalla de mi teléfono.
Y no me gusta. No me gusta porque me recuerda que sigo siendo capaz de sentir todas esas cosas que creía enterradas. Y por primera vez en mucho tiempo no me siento vacía.
Horas después, camino por una zona industrial semidesierta en las afueras de la ciudad.
El sol proyecta sombras alargadas de grúas inmóviles.
Avanzo entre fábricas con ventanas ciegas, contenedores oxidados y muros de hormigón cubiertos de grafitis desconchados.
No hay nadie. Solo el viento, arrastrando polvo y papeles sobre el suelo agrietado, y el crujido de mis pasos rompiendo el silencio.
El lugar parece sacado de una pesadilla. Es el tipo de sitio donde matan a alguien en las películas. Y, sin embargo, estoy aquí, por voluntad propia, respondiendo a su llamada. ¿Qué demonios me pasa?
Mi móvil vibra en el bolsillo del abrigo, una sensación eléctrica contra mi muslo.
El Lobo:
Has llegado. Qué bien nos lo vamos
a pasar, gatita.
Me detengo en seco. La sangre se hiela en mis venas y luego estalla en un torrente caliente.
Giro sobre mí misma, una pirueta rápida y paranoica, escrutando cada esquina, cada montaña de chatarra, cada sombra profunda entre los contenedores.
Mi respiración se vuelve superficial. No hay nadie, o eso es lo que quiero creer.
Pero él sabe que he llegado, lo que significa que me está viendo.
La sensación es insoportable, estoy sola, pero observada, expuesta.
Una segunda vibración, casi inmediata.
El Lobo: Entra.
Mi mirada se clava en la única estructura con una puerta intacta: un almacén bajo de ladrillo visto, con una puerta corredera medio descarrilada.
Trago saliva, que se atasca en mi garganta.
Cada instinto de supervivencia que he cultivado con tanto esfuerzo grita para que dé media vuelta y corra.
Pero otro instinto, más nuevo e intrigante, me empuja hacia adelante.
Quiero ver, necesito saber a qué conduce este juego y qué quiere de mí.
Avanzo y escucho cómo mis botas crujen sobre la grava. Empujo la puerta metálica que cede con un chirrido prolongado y agudo que suena como un grito ahogado en el silencio. El sonido me estremece.
La penumbra del interior me engulle. Mis ojos tardan unos segundos en ajustarse a la luz tenue que entra por las altas grietas del techo de uralita, dibujando columnas de polvo dorado que giran lentamente, como espectadores etéreos.
El aire es denso, huele a aceite rancio, humedad y abandono.
Veo cajas de cartón apiladas y derrumbadas, herramientas oxidadas esparcidas por el suelo de cemento, una estructura metálica que sube hacia la oscuridad del techo.
Y en medio del espacio vacío, en el centro de un círculo de luz polvorienta, hay un objeto envuelto en una tela negra aterciopelada. Parece un regalo, o una trampa, probablemente viniendo de este hombre sea ambas cosas.
Me acerco. Mis manos tiemblan, lo admito ahora que no hay nadie para verlo, pero avanzan igual. La determinación es un motor más fuerte que el miedo. Me arrodillo en el suelo frío, despreciando el polvo que manchará mis pantalones y con dedos que no logro mantener estables, despliego la tela negra.
Dentro, encuentro una rosa negra.
Descansa sobre una caja de madera, como si alguien hubiera dedicado tiempo a dejarla exactamente ahí. Es muy hermosa y lleva un sobre sujeto al tallo con un fino lazo negro.
Siento una presión incómoda en el estómago mientras lo desato. No debería estar nerviosa por una simple nota. Y, aun así, lo estoy.
Abro el sobre y mi respiración se detiene. Grabado con una letra fina y elegante, hay un mensaje:
«Sabía que vendrías. Todos tenemos secretos, gatita. Tú no pareces ser la excepción».
Mi corazón da un vuelco.
—¿Qué coño significa esto…? —susurro para mí, mi voz absorbiéndose en el vasto silencio del almacén.
¿Es alguna clase de acertijo?
Como si me hubiera oído, mi móvil vuelve a vibrar. Salto levemente, maldiciendo mi nerviosismo.
El Lobo: Veo que has encontrado mi regalo.
Cierro los ojos con fuerza durante un segundo, apretando los párpados hasta ver explosiones de luz en la oscuridad.
Lo odio. Lo odio con una intensidad que me quema por dentro, por conocerme tan bien, por intuir los engranajes de mi mente y de mi orgullo, por empujarme fuera de esa nube cómoda —o al menos familiar— en la que he vivido.
Lo odio por despertar en mí esta cacofonía de sentimientos que no sé cómo manejar, y lo odio porque ahora tengo la certeza de que anda por aquí, me observa y me vigila.
Pero cuando abro los ojos, lanzo la rosa al suelo, porque no quiero sus regalos. Pero sujeto con fuerza la nota y me la guardo en el bolsillo de la chaqueta. La curiosidad es un anzuelo que se ha clavado en mi carne, y él tiene el sedal.
Cuando salgo del almacén, el sol está en su posición más alta, pintando el cielo de un azul intenso. El aire es más denso, hace más calor. Me quito mi abrigo cuando otro mensaje llega.
El Lobo: Cada vez más cerca. Ahora el
más simple… o el más difícil. Tú eliges.
Me quedo quieta, tensa, con el móvil pegado a mi palma como si fuera una extensión de mi sistema nervioso. Espero. El viento me azota el pelo en la cara.
El Lobo: Dime la verdad.
Frunzo el ceño, confundida. ¿Después de todo este teatro, solo quiere una verdad? Las mentiras son mi armadura, mi herramienta, mi profesión ahora. La verdad es un lujo que no me puedo permitir. ¿Será que sabe quién soy? Un escalofrío recorre mi columna.
¿De qué verdad me estás hablando?