La Spina Negra CAPÍTULO 10 #2
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CAPÍTULO 10 #2

Hace apenas unos días ni siquiera sabía quién era este hombre y ahora no puedo dejar de pensar en él; en cómo me mira, como si quisiera devorarme. En cómo pronuncia «eres mía».

Y lo peor no es eso, lo peor es cómo mi cuerpo reacciona, cómo algo dentro de mí responde a esa afirmación con un cosquilleo caliente en el estómago, una excitación traicionera, que me irrita profundamente.

Ahora sé quién es, o al menos sé quién no es. No tiene la cicatriz sobre la ceja, por lo que no es mi atacante. Esa verdad me da cierto alivio, pero también abre una puerta peligrosa, una puerta por donde se ha colado esta obsesión absurda.

Pero esto tiene que acabarse, porque sigue siendo un mafioso, un hombre peligroso que pertenece a La Spina Negra, la misma organización de donde ha salido mi atacante.

El móvil vibra otra vez sobre la almohada, pero no lo miro todavía. Respiro hondo, intentando recuperar el control, y, pasados unos minutos, me armo de valor para cogerlo.

Sé que estás leyendo mis mensajes.

La certeza absoluta en esas palabras me eriza la piel. ¿Cómo puede saberlo? ¿Está fuera, en la calle, mirando mi ventana? ¿Tiene a alguien vigilando el edificio? Mi mirada se desvía del teléfono al Satisfyer, que yace inerte sobre la colcha. No puede saberlo, tranquila, me repito mentalmente.

No quiero sentirme observada, acorralada o intimidada en mi propia casa, en mi cama, así que un impulso temerario, nacido de la frustración sexual y la indignación pura, se apodera de mí.

Cojo el teléfono con determinación y luego el Satisfyer.

Apoyo el dispositivo y saco una foto, sin buscar un buen ángulo, así directa y rápida. La hago y se la envío directamente.

No escribo nada al principio. Dejo que la imagen hable por sí sola.

Menos de un minuto después, mi pantalla se ilumina con su respuesta. Mi pulso se dispara, con una mezcla de ansiedad y un triunfo oscuro y amargo.

—A la mierda, si tú juegas, yo también.

Vaya vaya… ¿recordando mis dedos gatita?

Leo sus palabras y un calor repentino me sube por el cuello hacia la cara, una mezcla entre vergüenza e ira renovada por su arrogancia. Mis dedos vuelan sobre la pantalla táctil, temblorosos pero firmes.

Brook:

No te creas tan importante lobito,

te olvidé a los 30 segundos.

Me pillas ocupada, bye.

Es una mentira tan transparente que casi duele enviarla.

Sé que él lo sabrá, pero lo envío de todos modos.

Es un acto de rebelión, por pequeño que sea.

Apoyo el teléfono sobre mi pecho y espero, mirando el techo oscuro.

Los tres puntos de escritura aparecen en su burbuja casi al instante.

Indican que está escribiendo. Luego se detienen. Luego vuelven a aparecer.

Los segundos se alargan. Un minuto, dos. La espera es agonizante, peor que cualquier respuesta inmediata. Me pregunto si lo he enfadado. Me pregunto si he ido demasiado lejos. La pequeña dosis de poder que sentí al enviar la foto se evapora, reemplazada por la vieja y familiar aprensión.

Finalmente, la vibración.

Si ibas a pensar en mí, podrías haberme invitado.

Aprieto los dientes hasta que siento presión en las sienes. Su capacidad para reescribir mi realidad, para insertarse incluso en este acto solitario, es exasperante. Pero también es un desafío. Y esta noche, estoy cansada de perder.

Qué tierno que creas que pienso en ti.

Contesto rápidamente y sin pensar, pero leyéndolo de nuevo me doy cuenta de que se ve a leguas que miento… Pero no hay forma de que sepa que estaba pensando en él. Es imposible… ¿no?

Bonito espectáculo gatita. La próxima vez

no te dejaré hacerlo sola.

Leo eso y un rubor de verdadera vergüenza me quema las mejillas. Pero luego llega el segundo mensaje, inmediatamente después.

Te ves realmente hermosa cuando te corres.

Respiro hondo y el aire me quema frío al bajar por la garganta.

Me lanzo hacia la ventana y busco por toda la calle con el corazón golpeándome las costillas.

Mis ojos recorren la acera vacía, los coches aparcados, los portales cerrados, cualquier rincón donde alguien pudiera estar escondido.

Después, alzo la vista hacia el edificio de enfrente.

Varias ventanas permanecen a oscuras; una tiene la luz encendida tras unas cortinas mal corridas.

Otra deja ver solo una sombra inmóvil que quizá no es nada… o quizá sí.

Trago saliva. ¿Me ha visto de verdad o solo está jugando conmigo otra vez?

¿Está ahí fuera, oculto entre las sombras, disfrutando de cómo me descompongo?

El miedo y algo mucho peor se mezclan dentro de mí.

Aprieto la mandíbula hasta que me duele.

Necesito terminar con esto. Necesito recuperar el control de esta noche, aunque sea fingiendo que todavía me pertenece.

Buenas noches, Connor.

El mensaje suena formal, un intento definitivo de levantar una barrera entre nosotros.

Antes de que pueda tentarme a esperar otra respuesta, antes de que me arrepienta, entro en la configuración del chat y busco la opción.

Bloquear este contacto. Mi dedo permanece suspendido sobre la pantalla durante un largo segundo, temblando al ritmo del pulso todavía acelerado que me martillea las venas. Finalmente, presiono.

La conversación desaparece y la pantalla regresa a la lista de mensajes vacía. Su número ya no está. El silencio vuelve a llenar la habitación, ahora solo oigo el martilleo del latido de mi corazón que poco a poco se va normalizando.

Dejo el teléfono boca abajo en la mesilla de noche y me enrollo en las sábanas, apagando la lámpara. Esta noche promete ser larga.