La Spina Negra CAPÍTULO 10
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CAPÍTULO 10

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La puerta del apartamento se cierra detrás de mí con un golpe seco que resuena en el silencio, un sonido que parece marcar el final de algo.

No enciendo la luz; dejo que la oscuridad de casa me envuelva por completo.

Me quedo inmóvil, apoyada contra la madera, porque mis piernas han decidido que ya han tenido suficiente por hoy.

Tiemblan por la tensión acumulada, por el recuerdo de sus manos aferradas a mis muslos, por el deseo inconcluso que me ha dejado ardiendo…

pero también por la rabia. Por haber permitido que hiciera conmigo lo que quiso. Por no haberlo detenido.

La pintura fluorescente todavía permanece sobre mi piel, como una película invisible que me mantiene unida a esa fiesta, a esa música y a él.

Y lo más humillante es que sigo húmeda entre los muslos.

La respuesta traicionera de mi propio cuerpo a su juego.

Una humedad persistente, vergonzosa, que noto con cada mínimo movimiento.

La prueba física y tangible de que algo dentro de mí respondió a él.

Y esa verdad me desgarra por dentro con una rabia silenciosa y sofocante.

Con un gruñido de frustración, me arranco los vaqueros ajustados.

Los botones vuelan, chocan con la pared opuesta con un ruido satisfactorio.

Los piso al caminar hacia el baño, necesito que el agua se lleve todo: la pintura, la sensación y la memoria de sus manos en mi cuerpo.

Abro la ducha a tope, sin molestarme en ajustar la temperatura.

El agua sale en un chorro potente y helado que me golpea el pecho y me arranca un jadeo ahogado.

Permito que el frío me castigue, que me mordisquee la piel hasta erizarla.

Espero que el shock físico lave la confusión mental que tengo ahora mismo.

El agua helada me da una claridad brutal para encarar la verdad frente al espejo al salir: me dejó a medias.

Él no me dejó correrme y ahora, mi cuerpo sigue clamando, con una insistencia animal, por la liberación que me negó.

Esa necesidad física, separada de cualquier emoción, me asusta por su intensidad y me cabrea hasta el punto de querer gritar.

Me envuelvo en una toalla y camino descalza hasta el dormitorio.

Frente a la cómoda de madera me agacho y abro el cajón inferior, el que siempre está atascado, moviendo montones de medias opacas y camisetas.

Allí, en el fondo, está el Satisfyer Pro, envuelto en un calcetín negro como si fuera algo vergonzoso, tratando de ocultarlo porque representa una parte de mí que no quiero ver.

Lo compré hace semanas, en un arranque de curiosidad y desesperación, después de que el mundo se desmoronara y perdiera mi capacidad de sentir.

Pensé que quizás, si pudiera sentir placer otra vez por mi cuenta, sin la necesidad de otro cuerpo, sin la vulnerabilidad de otro ser humano, podría recuperar algún control.

Lo usé dos veces, pero la sensación fue mecánica, extraña, como si mi mente estuviera en otro lugar mientras mi cuerpo recibía señales que no podía procesar.

Y la soledad que siguió después, la quietud vacía de la habitación fue aún más profunda que antes.

Lo guardé, traté de olvidarlo después del fracaso que supuso.

Ahora lo sostengo en mi mano. No me molesto en secarme del todo; las gotas de agua todavía se deslizan por mis piernas y mi torso, pero me tumbo en la cama boca arriba, y las sábanas se pegan inmediatamente a mi espalda.

No hay preámbulos ni fantasías elaboradas. Solo existe una necesidad pura y enfurecida que ha estado acumulándose desde que salí de esa fiesta, desde que sus dedos se retiraron y me dejaron suspendida en el aire, sin la liberación que mi cuerpo clamaba desesperadamente.

Enciendo el dispositivo y el zumbido bajo es casi imperceptible al principio.

Es solo un rumor en el silencio de mi habitación.

Cuando lo coloco donde lo necesito, el primer contacto es un shock eléctrico, una sensación tan intensa y directa que me hace arquear la espalda fuera del colchón con un jadeo seco que se escapa de mis labios sin permiso.

Mis ojos se cierran instantáneamente, sumergiéndome en la oscuridad detrás de mis párpados.

Intento concentrarme solo en el zumbido, en la sensación física pura, pero ya es inútil. Mi mente, rebelde y hambrienta, ya ha empezado a traicionarme.

Cierro los ojos con más fuerza y dejo que la imagen se forme. No es un recuerdo, es una fantasía, una construcción completa e imaginaria que mi deseo ha estado cocinando en secreto.

En mi mente, no estoy en mi cama. Estoy contra la pared de cristal de la piscina, el agua refleja destellos azules sobre nuestra piel.

Connor está detrás de mí, su cuerpo grande y caliente presionándome contra el vidrio frío.

No llevo nada y él tampoco. Siento su erección dura y pesada apretándose contra mis nalgas, una promesa de lo que viene.

Sus manos no están quietas, una se desliza por mi costado, posesiva, mientras la otra baja directamente entre mis piernas, sin preliminares, sin pedir permiso.

En la realidad, el dispositivo vibra contra mi clítoris.

En mi fantasía, es su dedo haciendo círculos firmes y precisos exactamente allí, con la presión perfecta que conoce porque ha aprendido mi cuerpo.

En la realidad, me estoy mojando. En la fantasía, siento cómo su dedo índice se desliza dentro de mí, profundo, llenándome de una vez con ese movimiento seguro que me hace gemir contra el cristal.

—Gatita —susurra su voz en mi oreja, y el sonido es tan real que casi lo oigo en la habitación. Su aliento es caliente—. Tan apretada para mí. Siempre tan apretada.

Mi cadera empuja hacia atrás, buscando más de él, tanto en la fantasía como en la realidad.

El dispositivo cambia de modo, la vibración se intensifica, y en mi mente es porque él ha añadido un segundo dedo, estirándome, preparándome para lo que realmente quiero.

Siento la ficción de su larga y gruesa longitud rozando mis nalgas, lista.

El deseo se convierte en una necesidad física aguda, un dolor dulce que se acumula en mi bajo vientre.

—¿Lo quieres? —pregunta su voz fantasmal, y yo asiento frenéticamente en la almohada, mis dedos aferrándose a las sábanas—. Dímelo.

—Sí —jadeo en el silencio de mi habitación, y la palabra es para él, para el fantasma que estoy inventando y que me está llevando al borde.

En la fantasía, no me lo da todavía. En cambio, su mano se mueve más rápido, sus dedos se curvan dentro de mí para encontrar ese punto que me hace ver estrellas, mientras su pulgar mantiene esa presión circular implacable en mi clítoris.

Es demasiado. Es perfecto. La presión en mi vientre real se vuelve insoportable, palpitante, una ola a punto de romper.

—Connor... —gimo, y esta vez es una súplica.

En mi mente, él sonríe contra mi cuello, un gesto arrogante y satisfecho.

—Ahora —dice, y es como si diera una orden a mi cuerpo real.

El clímax me golpea sin piedad. Es explosivo y prolongado, un estallido blanco y caliente que empieza justo donde el dispositivo está presionando y se expande por todo mi cuerpo como una onda sísmica.

Me arqueo violentamente, los músculos del estómago se contraen, un grito ahogado se atasca en mi garganta.

En la fantasía, es el momento en que finalmente se empuja dentro de mí, llenándome completamente mientras yo me vengo alrededor de él, pero en la realidad es solo la vibración y mi imaginación llevándome a un precipicio más alto de lo que creía posible.

Y cuando la ola alcanza su punto máximo, cuando ya no puedo contener ni el sonido ni la verdad, su nombre estalla de mis labios.

—¡Connor!

Sale como un grito roto, desgarrado, cargado con toda la furia, la humillación y el deseo puro que he estado negando.

Es una confesión forzada por el placer. Su nombre llena la habitación vacía, un eco solitario y vergonzoso que me golpea con toda su fuerza cuando el último espasmo se disipa y me derrumbo sobre las sábanas empapadas, jadeando como si hubiera corrido kilómetros.

La liberación es física, un alivio muscular tan profundo que casi duele, pero también es emocional. He usado una fantasía explícita de él, una recreación mental de su cuerpo, su voz y su tacto, para llegar allí. Para llegar al clímax por primera vez desde el ataque.

Cuando termino, estoy hecha un lío, temblando, sintiéndome a la vez vacía y completa, violada y liberada por mi propia imaginación.

El zumbido ha cesado. El dispositivo se me resbala de los dedos flojos y cae sobre la cama.

Cierro los ojos, dejando que la fatiga me arrastre.

La fantasía se desvanece, pero la sensación de sus manos imaginarias en mi piel, de su cuerpo imaginario contra el mío, persiste como un fantasma cálido en mis nervios.

He cruzado una línea. Y sé que no podré dar un paso atrás.

Entonces suena el móvil y me incorporo con un sobresalto haciendo que la toalla se suelte alrededor de mi pecho. El teléfono está en la mesilla de noche, su pantalla ilumina un círculo de luz azulada en la oscuridad. Un mensaje, de un número no guardado.

Número desconocido:

¿Qué haces Brook? C.

Las palabras parpadean en la pantalla del móvil iluminando mi rostro en la oscuridad del dormitorio. Es Connor, lo sé al instante aunque no tenga su contacto guardado; nadie tiene mi teléfono nuevo aparte de la gente del casino y la agente Foster.

No respondo.

Dejo el teléfono sobre la almohada junto a mí y me quedo mirándolo fijamente mientras el corazón late con fuerza contra mis costillas —desafiándolo a hacer algo más— como si pudiera sentir mi silencio a través de los píxeles.

Como si pudiera sentirme.

Y casi inmediatamente llega el segundo mensaje:

No duermes. Lo sé.

Un escalofrío recorre mi espalda, algo eléctrico e incómodo que se instala justo debajo del esternón.

¿Qué demonios me pasa?