CAPÍTULO 9 #4
Acelero el ritmo ligeramente, sintiendo cómo la tensión dentro de ella se acumula como una ola que crece y crece, cómo su respiración se convierte en una serie de hipidos cortos y desesperados, cómo sus dedos se clavan en mis brazos con una fuerza que dejará moretones.
Está al borde, puedo sentirlo en la manera en que todo su cuerpo se tensa como un arco a punto de disparar, en el sonido rasgado que empieza a formarse en su garganta.
Y entonces me detengo.
Retiro mis dedos completamente, dejándola suspendida en ese instante precario entre la agonía y el éxtasis, con su cuerpo arqueado en una curva tensa y sus ojos abiertos de par en par con una expresión de incredulidad absoluta.
La dejo allí, tambaleándose en el borde del orgasmo negado, durante lo que deben ser solo segundos pero que seguramente para ella son una eternidad de frustración brutal.
—No —digo suavemente, sosteniendo su mirada mientras me lamo su humedad de mis dedos—. Todavía no.
Su cuerpo se desploma ligeramente, como si alguien hubiera cortado los hilos que la mantenían tensa, y un sollozo de rabia y frustración le sale del pecho.
No aparta la mirada de mí. Sus ojos verdes me acusan, me maldicen, pero también me suplican, y en esa contradicción encuentro una satisfacción más profunda que cualquier orgasmo propio.
Sus ojos se llenan de lágrimas que no caen. De rabia, de humillación, de placer negado y concedido a medias. Me acerco a ella y coloco mis manos a ambos lados de su rostro, mis pulgares limpiando las pocas lágrimas que finalmente han caído.
—Esto no termina aquí —le digo, y cada palabra es una promesa y una amenaza—. Esto apenas comienza. Y la próxima vez, gatita, tendrás que pedírmelo, tendrás que decirme exactamente lo que quieres. Esto ha sido solo un recordatorio de a quién perteneces ahora.
—Te odio —jadea, pero sus manos todavía se aferran a mi cuerpo.
—Lo sé —respondo suavemente, y le quito un mechón de pelo de la frente.
Entonces la beso. No es un beso suave o exploratorio, es una reclamación.
Mis labios capturan los suyos con una ferocidad contenida, mi lengua exige entrada y la consigue.
Sabe al cóctel azul, a miedo y deseo, ella se resiste por un segundo, pero luego cede con un sonido que es mitad queja, mitad rendición, y sus manos se entierran en mi cabello para atraerme más cerca.
El beso es una batalla y una capitulación al mismo tiempo.
Cuando finalmente me separo, ambos estamos sin aliento.
—La fiesta termina al amanecer —digo, recogiendo mi máscara del suelo—. Pero esto no ha acabado, te enviaré instrucciones.
Me pongo mi máscara de lobo, ocultando de nuevo mi rostro y le entrego su máscara Glow. Ella la toma automáticamente, con sus dedos torpes aún por los nervios.
—Vuelve a la multitud —le digo—. Sonríe y finge que no ha pasado nada.
—¿Y si no lo hago? —pregunta, y hay un destello de su antigua resistencia en sus ojos empañados. Desafiante, me gusta.
Me inclino hacia ella una última vez.
—Entonces tendré que buscarte —susurro—. Y la próxima vez no seré tan delicado.
Me doy la vuelta y salgo del nicho de cristal, dejándola allí, entre las luces colgantes y el rumor amortiguado de la fiesta, con el sabor de mi beso en sus labios y el fantasma de mis manos en su piel.
Salgo al resplandor neón de la terraza principal, dejándola atrás en la penumbra azulada con el sabor de su humedad todavía en mis dedos y la imagen de su frustración absoluta grabada en mi memoria.
El control no consiste solo en tomar lo que quieres; consiste en saber cuándo negarlo, cuándo dejar el hambre crecer hasta convertirse en una necesidad insoportable.
Y ella ahora tiene hambre, hambre de lobo.
Y yo tengo toda la intención de alimentar ese hambre hasta que no pueda pensar en nada más.
Camino hacia el borde de la terraza, donde el cristal a prueba de balas llega hasta el suelo y la ciudad se extiende como un tesoro conquistado. Saco mi teléfono y envío un mensaje rápido a Lucca: vigílala hasta que llegue a casa. Infórmame de cada movimiento que haga.
La respuesta llega al instante: Sí, jefe.
Guardo el teléfono y tomo otra copa de whisky que un camarero me ofrece en silencio. Mi obsesión ya no es solo un impulso abstracto, ahora tiene forma, tiene sabor, tiene el sonido de sus gemidos ahogados.
La fiesta continúa a mi alrededor como si nada hubiera pasado, la música late, los cuerpos brillantes se mueven en la piscina y sobre las tumbonas, las risas y los susurros flotan en el aire cargado de humedad y deseo.
Pero yo ya no estoy aquí realmente; mi atención sigue con ella, con la imagen de su espalda arqueada contra el cristal, con el sonido de su respiración entrecortada, con el conocimiento de que ahora, después de esto, ya no podrá fingir que no hay algo entre nosotros.
He plantado una semilla en su mente, una obsesión que refleja la mía, y sé que crecerá, que la traerá de vuelta a mí y que la hará buscarme incluso cuando crea que está huyendo.
Brook Harper ya no es solo una empleada. Es mi presa y a mí me encanta salir de cacería. Pronto, muy pronto, será completamente mía.