La Spina Negra CAPÍTULO 9 #3
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CAPÍTULO 9 #3

Entonces las noto. Bajo la yema de mis dedos, casi imperceptibles al principio, pequeñas irregularidades en la piel. Cicatrices finas, desperdigadas en la cara interna de sus muslos. El descubrimiento me tensa por dentro. No encajan ahí. No tienen sentido en un lugar así.

¿Qué demonios le ha pasado a esta mujer?

La pregunta me golpea con una fuerza inesperada, pero la aparto de inmediato. No es el momento. No cuando la tengo bajo mis manos, cuando apenas se sostiene y me mira como si yo fuera a darle algo que necesita desesperadamente. Habrá tiempo para preguntas más adelante…

—Por favor —susurra, y las palabras salen rasgadas, rotas por la necesidad, y no sé si es una súplica para que pare o para que continúe, para que la libere o para que la destruya por completo.

—Por favor, ¿qué, gatita? —pregunto, con voz grave y cargada de una intención que no disimulo—. Dímelo, necesito oírlo de tu boca. Pídemelo.

Ella niega con la cabeza, incapaz de decir nada. No parece rechazo; parece que ni siquiera sabe cómo expresar lo que está sintiendo. Está abrumada por la intensidad de todo eso, por la forma en que su propio cuerpo la traiciona.

Tiene los ojos brillantes, con lágrimas acumulándose en las pestañas mientras intenta mantener el control, pero no parece tristeza. Es frustración y demasiadas emociones golpeándola al mismo tiempo.

Sonrío entonces, un gesto pequeño y privado que sé que ella puede ver incluso en la penumbra.

Finalmente, mis dedos encuentran el borde elástico de su bikini inferior, y esta vez no me detengo en el borde.

Con un movimiento lento pero decidido, deslizo los dedos por debajo de la tela, encontrando la humedad cálida y generosa que ya había anticipado.

Ella emite un suspiro quebrado, un quejido ahogado que parece salir de lo más profundo de su ser, y sus dedos se clavan en mi hombro con una fuerza que me sorprende.

Pero no avanzo directamente hacia donde más lo necesita.

Retiro mi mano lentamente, dejándola, temblando y confundida, y me levanto.

Sus ojos me siguen, incrédulos. Camino hacia donde dejamos nuestras copas hace un rato.

Aún están allí, el hielo casi derretido flotando en el líquido azul fosforescente.

Sumerjo dos dedos en una de ellas y saco un cubito de hielo que brilla bajo la luz como un diamante azulado.

Vuelvo a ella, y veo cómo sus ojos se fijan en el hielo que sostengo entre mis dedos, cómo su respiración se acelera aún más si cabe.

Sin decir palabra, llevo el cubo a su piel, comenzando por el centro de su clavícula, y lo deslizo lentamente por el valle entre sus pechos.

El contraste entre el frío extremo y el calor de su piel hace que jadee y se estremezca, sus pezones se endurecen visiblemente bajo la tela fina del top.

El hielo deja un rastro húmedo y frío que sigo con mis labios, besando la piel ahora fresca, calentándola con mi aliento, lamiendo las gotas de agua que resbalan por su torso.

Bajo el cubo por su abdomen, dibujando círculos alrededor de su ombligo, y siento cómo los músculos se contraen bajo ese frío punzante.

Cuando llego al borde superior de su bikini inferior, hago una pausa, mirándola a los ojos para asegurarme de que todavía está conmigo, de que no ha cruzado alguna línea invisible que aún no he descubierto. Sus ojos están vidriosos pero presentes, fijos en mí con una intensidad que quema.

Deslizo el cubo, ahora más pequeño por el derretimiento, por debajo de la tela del bikini, a lo largo de la línea donde su muslo se encuentra con su sexo. Ella grita suavemente, un sonido ahogado por sus propios dientes que se clavan en su labio inferior.

El contraste debe ser brutal: el frío del hielo contra el calor sofocante de su piel más íntima.

Muevo el cubo en círculos lentos, presionando con firmeza, pero sin brusquedad, sintiendo cómo tiembla bajo mi toque, cómo sus caderas hacen pequeños movimientos involuntarios buscando más presión, más contacto.

Cuando el hielo se ha reducido a casi nada, lo retiro y lo dejo caer al suelo, donde se deshace en una mancha sobre las baldosas.

Mis dedos, ahora fríos y húmedos, regresan bajo la tela del bikini, encontrando fácilmente el núcleo sensible e hinchado de su deseo.

Ella exhala un «ah» largo y tembloroso cuando mis dedos hacen contacto directo, y sus manos se aferran a mis brazos como anclas en una tormenta.

Comienzo a mover mis dedos con una precisión estudiada, alternando entre círculos lentos y presión directa, entre movimientos suaves y fricción más insistente.

Observo su cara en silencio, atento a cada pequeña reacción: la forma en que parpadea más rápido, cómo intenta contener los sonidos que se le escapan y esa mezcla extraña entre placer y tensión que le cruza el rostro cada vez que la toco.

Su cuerpo responde a mis roces con una honestidad brutal: sus caderas empujan contra mi mano buscando un ritmo más rápido, sus músculos abdominales se tensan en cordones duros bajo su piel, sus piernas tiemblan con una violencia que amenaza con derribarla.

—Así, pequeña —murmuro, acercando mi boca a su oído mientras mis dedos continúan su trabajo minucioso—. Así es como te quiero. Mojada para mí, respondiendo a mi tacto y sintiendo solo por mí.