CAPÍTULO 9 #2
Dejo mi copa en el borde de la piscina. El cristal hace un sonido suave contra el mosaico. Le quito la suya de la mano, que ofrece poca resistencia. Mis dedos rozan los suyos por una fracción de segundo, y ambos sentimos la descarga. Coloco su copa junto a la mía.
—Ven —digo, y esta vez no es una sugerencia.
La tomo de la muñeca, y mi piel contra la suya es un contraste electrizante: mis manos son más grandes, ásperas, marcadas por una vida que ella solo puede imaginar.
La conduzco lejos del borde de la piscina, hacia una estructura semicircular de cristal esmerilado y acero que sirve de bar parcial y punto de observación privado.
Está parcialmente oculta a la vista principal por una cortina de luces LED.
Dentro de este nicho semicircular, el sonido de la fiesta se amortigua hasta convertirse en un rumor lejano. La luz aquí es más tenue, solo el resplandor azulado que se filtra a través del cristal esmerilado. La suelto y me coloco frente a ella, bloqueando la salida con mi cuerpo.
—Quítate la máscara —digo.
Ella se lleva las manos al rostro, instintivamente protectora.
—No —susurra.
—No es una pregunta —mi voz no sube de volumen—. La máscara que te di es para el juego exterior. Aquí dentro quiero verte. Quiero que me veas.
Duda durante lo que parece una eternidad.
—Si no te la quitas, me veré obligado a quitártela yo…
Finalmente, con las manos torpes temblando en exceso, desata los cordones de la máscara Glow y se la quita. Realmente está aterrada. Piensa que puedo matarla como hice con Renzo, lo que no entiendo es por qué entonces no huye.
El aire se me atasca en los pulmones. Efectivamente, es ella, pero no es la fotografía plana del registro de empleadas, ni la figura borrosa entre las sombras de la biblioteca. Es real y es hermosa. No, eso se queda corto. Es devastadora.
Su rostro es más joven de lo que esperaba, con pómulos altos y unos labios carnosos que me provocan una erección al instante. Sus ojos verdes son enormes, dominando su cara pálida, y están llenos de una tormenta de emociones: miedo, curiosidad abrasadora y rabia contenida.
Me quito la máscara de lobo y la dejo caer al suelo con un ruido sordo.
Mis rasgos no son un misterio; mi cara está en revistas de negocios a veces, en artículos discretos sobre filantropía que encubren la verdad de mi imperio.
Su mirada recorre mi rostro, baja, se detiene en el tatuaje de mi hombro, en las cicatrices que cruzan mi torso desnudo, y algo cambia en sus ojos, algo oscuro. Es demasiado rápido para capturarlo.
—Connor —digo simplemente.
Ella asiente, una vez.
—Brook, aunque por lo visto ya lo sabes —responde, y es la primera vez que dice su nombre en mi presencia.
—Ahora estamos en igualdad —digo, aunque es la mentira más grande de esta noche. Nunca estaremos en igualdad—. Al menos en las apariencias.
—No tienes cicatrices en la cara —me suelta cambiando de tema como si en su cabeza estuviera en una conversación paralela —o sea, tienes muchas en el torso, pero en la cara nada —murmura con la voz temblorosa, avergonzada por una frase que debe tener sentido solo en su cabeza.
—No, no tengo cicatrices en la cara —repito despacio—. Pero por lo visto estuviste demasiado ocupada mirando el resto.
Se ruboriza y agacha la cabeza. Me acerco, pero ella ya no retrocede. El espacio entre nosotros se reduce a centímetros. Puedo sentir el calor de su cuerpo, oler el aroma limpio de su jabón, un contraste brutal con los perfumes caros que flotan en la fiesta. Es real, humana, perfecta y mía.
—En la biblioteca —digo, mirándola directamente a los ojos—, me viste hacer algo a otra mujer. Eso te provocó y encendió algo dentro de ti que no esperabas sentir. Ahora voy a hacerte algo a ti, pero no será lo mismo, gatita. Porque tú no eres ella, eres diferente. Y esto… será solo nuestro.
—¿¡Qué!? Ni se te ocurra tocarme —me grita, pero yo ya no la escucho.
Levanto una mano con una lentitud deliberada, dando tiempo a que cada nervio de su cuerpo se alerte, a que su respiración se contenga.
Coloco mi palma abierta contra su abdomen.
Ella inhala bruscamente, un sonido cortado que delata una sensibilidad exacerbada, una piel que parece vibrar al unísono con la música lejana.
—Respira —murmuro cerca de su boca—. Deja de pelear contigo misma.
Mi mano no se mueve, no avanza ni retrocede; simplemente se posa allí, transmitiendo a través de esa conexión mínima una calma que yo no siento por dentro, un control que es tanto para ella como para mí.
Siento los músculos de su vientre contraerse bajo mi tacto en espasmos finos e involuntarios, el temblor que recorre su piel como una corriente eléctrica de baja intensidad.
Con mi otra mano, tomo su mano izquierda, que cuelga inerte a su lado, y la levanto con firmeza.
La coloco sobre mi pecho desnudo, justo sobre mi corazón, que late con un ritmo constante y poderoso bajo sus dedos.
—¿Sientes esto? —susurro, acercando mis labios a su oído lo suficiente para que sienta el calor de mi aliento, pero sin tocarla—. Este ritmo es por ti, solo para ti esta noche.
Su palma está ardiendo contra mi pecho, puedo sentir no solo el temblor de sus dedos sino la ligera humedad de su sudor, la vida que palpita dentro de ella con una intensidad que me hipnotiza.
Su corazón debe estar galopando en su propio pecho; el mío late como un tambor de guerra sordo y persistente bajo su mano pequeña.
Es un contraste deliberado: mi calma frente a su tormenta, mi control frente a su descontrol inminente.
Lentamente, casi imperceptiblemente al principio, mi mano en su abdomen comienza a moverse.
No sube hacia sus pechos, que se elevan y caen con cada respiración agitada bajo el diminuto top, ni baja directamente hacia el borde de su bikini, donde sé que la necesita.
Se mueve en círculos lentos y expansivos, calentando su piel con la fricción, acariciando sin realmente acariciar, dibujando patrones invisibles que solo su sistema nervioso registra.
Es una tortura exquisita, y veo en sus ojos cómo esa tensión la consume por dentro.
Sus pupilas se han dilatado, dejando solo un anillo estrecho de ese verde vibrante alrededor, y están fijas en los míos, atrapadas, incapaces de mirar hacia otro lado, aunque seguramente quiera hacerlo.
Su respiración se ha vuelto superficial y rápida, un jadeo suave que se sincroniza con los círculos que trazo sobre su piel.
—Tú me miraste —digo, y mi voz es ahora un rumor íntimo que parece resonar dentro del pequeño espacio entre nuestros cuerpos—. Me viste en mi momento más animal, y en lugar de huir, te quedaste. Al hacerlo, me diste un permiso que ni siquiera tú misma entendías que estabas dando.
Mi mano se detiene de repente, y siento cómo todo su cuerpo se tensa en anticipación, esperando el siguiente movimiento.
Con el dedo índice, trazo la línea superior de su bikini inferior, justo donde la tela elástica se encuentra con la curva suave de su cadera.
El roce es mínimo, pero ella reacciona. Su mano se dispara y me agarra de la muñeca, frenándome.
No dice nada, pero su agarre tiene fuerza, tiene intención.
Es un «no» sin palabras. La miro y sonrío.
—Shh… —murmuro, bajando la voz.
Sin brusquedad, pero sin darle opción, giro ligeramente la muñeca y atrapo su mano con la mía, separándola de mi piel. La sostengo un segundo, lo justo para que note que su resistencia no cambia nada, y entonces deslizo sus dedos hacia abajo, obligándola a soltarme.
Un gemido ahogado, cargado de una mezcla de sorpresa y vergüenza, se le escapa de los labios entreabiertos.
—Esto es solo para nosotros. Nadie más debe oírte ni puede verte así, tan expuesta, tan real. Este momento es nuestro secreto, gatita—. susurro, acercando mis labios a su oreja mientras le cubro la boca con la mano.
Ahora mis manos están en sus caderas, mis pulgares se hunden en los huecos sensibles justo dentro de los huesos de la cadera, un punto que hace que su cuerpo se arquee involuntariamente hacia mí, buscando un contacto más completo.
Su pecho roza el mío, y por un instante ambos contenemos la respiración, suspendidos en esa proximidad eléctrica. El aire huele a excitación.
—¿Lo ves? —murmuro contra la piel de su cuello, donde un pulso salvaje late bajo mis labios—. Tu cuerpo ya me obedece, incluso cuando tu mente intenta convencerte de lo contrario.
Dejo que mis manos se deslicen por la parte exterior de sus muslos, lentamente, sintiendo cada contracción muscular bajo mis palmas, cada escalofrío que recorre su piel suave como una advertencia del terremoto interno que está a punto de desatarse.
Me arrodillo frente a ella, no completamente, solo lo suficiente para que mi rostro quede a la altura de su vientre, para que pueda mirarla desde abajo mientras ella me mira desde arriba con esos ojos desesperados y confundidos, excitados más allá de toda razón o prudencia.
En este ángulo, veo cosas que normalmente se me escaparían: la tensión en su mandíbula, el temblor de su labio inferior, la manera en que sus manos se abren y cierran a los lados como buscando algo a qué aferrarse.
Con las yemas de mis dedos, trazo líneas por la parte interna de sus muslos, comenzando desde justo por encima de sus rodillas y subiendo con una lentitud agonizante hacia el calor que emana del centro de ella.
Me detengo una y otra vez, a centímetros de donde sé que ella quiere, necesita que toque, construyendo una agonía de anticipación que hace que sus piernas tiemblen visiblemente y que tenga que apoyar una mano en mi hombro para mantenerse en pie.
Su respiración sale entrecortada, como si cada jadeo le costara un esfuerzo.
Tiene las mejillas encendidas y el cuerpo reaccionando a mí, pero en sus ojos hay otra cosa.
Un miedo profundo que no termino de entender, aunque noto cómo lucha contra él mientras intenta no derrumbarse.