La Spina Negra CAPÍTULO 9
20%

CAPÍTULO 9

CONNOR

La veo desaparecer entre las luces y los cuerpos. Dejo que la sensación del golpe se asiente en mi piel, que el calor se enfríe lo justo para no olvidar. Luego me giro y camino hacia la barra, despacio, como si nada hubiera ocurrido, aunque todo haya cambiado.

Mis hombres me observan desde las sombras, esperando instrucciones. Les hago una señal para que se mantengan alejados. Esta noche no es para negocios; es para esto, para este juego que acabo de comenzar en serio.

Desde donde estoy, todavía puedo verla. Se ha enderezado, se ajusta el traje de baño con movimientos torpes, trata de recomponerse, de fingir que no acaba de abofetear a uno de los hombres más peligrosos de esta ciudad.

Pero sus piernas todavía tiemblan, y cada vez que mira hacia donde estoy —y sé que lo hace— veo ese destello en sus ojos, esa mezcla de odio y atracción que es más adictiva que cualquier droga.

Gata traviesa…

Ahora sabe que la veo y la quiero para mí.

El whisky arde al bajar por mi garganta, pero el fuego verdadero está más abajo, en mi pecho, donde ahora mismo arde la imagen de un hombre con máscara de pulpo que se acerca a ella y le ofrece una copa. Ella niega con la cabeza, pero el hombre insiste y extiende una mano para tocarle el brazo.

Algo se tensa dentro de mí, una línea que ha sido cruzada. Aprieto la mandíbula.

Lucca, desde la barra, capta mi tensión y se pone en pie para dirigirse hacia allí, pero le hago un gesto para que se mantenga en su sitio. Dejo el vaso con calma y avanzo entre la gente sin apartar la mirada de ellos dos.

En estas fiestas, pasa esto constantemente. Hombres con demasiado dinero y demasiado alcohol creyéndose dueños de todo lo que miran. Y mujeres dispuestas a soportar casi cualquier cosa a cambio de atención, favores y unos cuantos billetes más al final de la noche.

Sé perfectamente cómo funcionan mis locales.

Sé lo que pasa en el casino cuando algunos clientes importantes quieren divertirse un poco más y también sé que muchos encargados miran hacia otro lado mientras todo siga siendo consensuado.

Si a eso le sumas fiesta privada, hombres asquerosamente ricos, privacidad y alcohol sin control… Pues peor aún.

Nunca me he metido, pero si una chica dice no, se acabó. Esa es la única regla que realmente me importa. Y normalmente ni siquiera hace falta repetirla. La mayoría sabe cómo funciono, cuáles son mis reglas y lo que pueden sacar si juegan bien sus cartas.

Pero Brook parece distinta. Lucca habló con Sam, y me dijo que todos allí tienen la misma impresión de ella: trabaja bien, nunca llega tarde y evita llamar la atención más de la cuenta. Es amable con los clientes, pero mantiene las distancias. Y eso, en un sitio como este, es raro. Pero me gusta.

Según Sam, ya ha rechazado varias invitaciones de clientes importantes. Algo que pocas hacen cuando ven el dinero que algunos hombres están dispuestos a dejarse encima de la mesa. Eso me deja más claro aún que Brook es diferente.

Aunque tampoco puedo culparlos por insistir. Llama la atención desde el momento en que entra en una sala. Y ese cuerpazo no ayuda precisamente a pasar desapercibida.

Pero este tipo es distinto. Ella ya le ha dicho que no tres veces y, aun así, él sigue acercándose como si no pudiera aceptar que una mujer no esté interesada.

Ella me ve llegar antes de que él se dé cuenta. Se tensa, lo noto en la forma en que su espalda se endurece. El hombre de la máscara de pulpo se inclina hacia ella otra vez.

—Vamos, guapa, no te hagas la difícil —dice—. ¿Qué te cuesta aceptar una copa?

Ella ni siquiera sonríe.

—Que no.

Él insiste, rozándole el brazo con los dedos y con la otra mano metiéndole un par de billetes en la goma del bikini.

—No muerdo… a menos que me lo pidan.

Es entonces cuando entro en su espacio. Me coloco lo bastante cerca como para que tenga que girarse.

—Creo que no te ha quedado claro —digo, con calma.

El pulpo se vuelve hacia mí, molesto.

—Tranquilo, hombre —responde—. Solo estoy hablando con una camarera. No creo que sea asunto tuyo.

Asiento ligeramente.

—Lo es.

Su ceja se arquea.

—¿Desde cuándo? —pregunta con ese tono condescendiente—. A esto es a lo que venimos a tus fiestas, ¿no?

La sonrisa que se me dibuja no tiene nada de amable. Lo miro un segundo de más, el justo para que entienda que ha dicho lo que no debía.

—Te has equivocado de sitio —digo al final, sin alzar la voz.

Él suelta una risa corta, incrédula.

—Vamos, no me jodas. Si la putita trabaja aquí para servir copas y sonreír, sabe a lo que juega.

Doy un paso al frente y le agarro por la nuca, fuerte, obligándole a inclinar la cabeza hacia mí. Siento cómo se le corta el aire y cómo intenta zafarse sin conseguirlo.

—Vuelve a llamarla así —le digo, bajo, sin levantar la voz— y no sales vivo por la puerta.

Traga saliva. Lo noto en la tensión que se le forma bajo mi mano. Intenta mantener la postura, pero ya no le sale. La seguridad de antes ha desaparecido.

—No… no iba en serio —murmura.

Aprieto un poco más, lo justo para que entienda que no estoy bromeando.

—Aquí nadie toca a mi gente ni les falta al respeto. Y tú acabas de hacer las dos cosas.

Hago un gesto breve y Lucca aparece casi al instante, acompañado por otro de mis hombres. Se colocan a su lado sin decir nada.

—Ya sabéis lo que debéis hacer —ordeno.

El pulpo no protesta, baja la cabeza, tenso, y se deja llevar mientras ellos lo conducen entre la gente hacia la salida.

—No necesitaba tu ayuda —me suelta ella en voz baja pero cargada de rabia—. Lo tenía controlado. Podía con él sola.

Se planta delante de mí, con la barbilla alta, aunque la respiración todavía no le ha vuelto del todo a la normalidad.

—Déjame en paz.

La observo un segundo, sin interrumpirla, dejando que se desahogue.

—¿Controlado? —repito, despacio, inclinando apenas la cabeza.

Doy un paso hacia ella, invadiendo ese espacio que intenta mantener.

—Te estaba tocando y nadie toca lo que es mío —añado firme—. Solo yo.

Su postura se vuelve rígida y su respiración se acelera de nuevo, pero no responde. Siento su tensión, traga saliva. Veo el movimiento de su garganta y al instante quiero poner ahí mis dientes.

—¿Perdona? No soy tuya ni de nadie —escupe con rabia.

—Eres empleada del casino ¿verdad? Entonces soy tu jefe, aunque no nos hayan presentado formalmente.

—Eso no te convierte en mi dueño, no te equivoques.

—Peleona, como me gustan… —le digo con mi mejor sonrisa seductora.

—¿Qué quieres de mí? —su voz es un susurro ronco, que apenas se oye sobre el bombo de la música.

—Ya te lo dije en la invitación —respondo, volviendo a mirar el agua—. Que juegues conmigo.

—Esto no es un juego.

—Todo es un juego —digo, y ahora sí la miro de frente—. Solo que algunas personas no conocen las reglas y tú las estás aprendiendo.

Extiendo la mano hacia la bandeja abandonada en una mesa cercana.

Tomo dos copas de un cóctel que brilla con un azul fosforescente y le ofrezco una.

Ella duda y niega mientras sus ojos saltan de la copa a mi máscara.

Finalmente, con una lentitud que delata su tremendo esfuerzo, toma la copa con cuidado de que nuestros dedos no se toquen.

Pero yo me aseguro de que ocurra lo contrario y le rozo el dorso de la mano con suavidad.

—Brindemos —digo, levantando mi copa.

—¿Por qué? —susurra.

—Por los recuerdos que aún no hemos creado, pero que te aseguro llegarán.

Bebo un sorbo. El líquido es dulce y ácido a la vez. Ella no bebe, solo sostiene la copa como si fuera un artefacto explosivo.

—Bebe —la instruyo, suavemente—. Es solo una bebida, no te voy a envenenar gatita, al menos no esta noche, eso sería un desperdicio.

Algo en mi tono, en la crudeza deliberada de las palabras, la hace reaccionar. Lleva la copa a sus labios y bebe un sorbo, un hilo del líquido azul brilla en su labio inferior.

Tengo que apretar los dientes para no limpiarlo con mi lengua, todavía no está lista para ello. Así que lo único que hago es pasarle mi pulgar por los labios, ella tiembla, pero no se mueve, solo me mira con los ojos bien abiertos, sorprendida.

—¿Por qué yo? —pregunta, y esta vez hay una genuina perplejidad en su voz—. Hay cientos de mujeres aquí. Más hermosas y dispuestas. ¿Por qué no me dejas en paz?

La sonrisa que se forma bajo mi máscara es real.

—¿Crees que esto es sobre belleza? ¿Sobre disposición? —digo, acercándome un paso. Ella no retrocede. Bien—. Esto es sobre verdad, sobre lo que hay debajo de la máscara. Tú llevas una máscara doble, gatita. La que brilla… y la otra, la que escondes debajo. Esa es la que quiero ver y conocer.

Sus ojos se abren un poco más. He acertado. Hay algo escondido, un secreto, un dolor, lo sospechaba desde que la vi en la biblioteca. No era solo miedo al castigo por espiar, era algo más profundo. Y ahora lo confirmo. Esa grieta en su armadura es la puerta por la que entraré.

—No sabes nada de mí —dice, pero es una protesta débil.

—Sé que tu nombre es Brook Harper —contesto, viendo cómo palidece incluso bajo la luz distorsionada—.

Sé que vives en el 4B del West 26th Street y que estudiabas un máster antes de dejarlo hace ocho meses.

Sé que trabajas en mi casino por las noches y coges cualquier turno extra en mis fiestas privadas.

Que no tienes familia cercana, que estás sola —hago una pausa, dejando que cada palabra se asiente como un clavo—.

Y sé que cuando me viste en esa biblioteca, no solo tuviste miedo.

Te excitó, te mojaste, y esa verdad te aterroriza más que cualquier otra cosa.

Ella está temblando de nuevo, pero esta vez es una vibración diferente. Es la sacudida de alguien cuya intimidad ha sido violada, cuyos secretos han sido expuestos.

—¿Cómo coño sabes todo eso de mí?

—Porque ahora eres mía —interrumpo, simple—. Y lo que es mío, lo conozco.

—Algún día alguien va a darte un puñetazo por hablar así de una mujer. No somos de nadie.

Una sonrisa lenta curva mis labios.

—¿Y serás tú?

—Claro que no, tengo demasiado apego a mi vida.