La Spina Negra CAPÍTULO 8
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CAPÍTULO 8

CONNOR

La noche huele a cloro y a alcohol. Las luces de neón tiñen la terraza de colores eléctricos mientras el aire húmedo se pega a la piel.

Estoy de pie en la terraza más alta del Orion, con un vaso de whisky, observando la ciudad extendida a mis pies.

Pero esta noche mi atención está clavada en la puerta del ascensor privado, esperando que se abra y ella aparezca.

Mi gatita.

Han pasado cuarenta y ocho horas desde que huyó por el pasillo de mi mansión.

La dejé escapar a propósito, sabiendo que, de un modo u otro, volvería a mí.

Le mandé la invitación, para trabajar en la fiesta de hoy, personalmente.

Desde entonces, he pensado en ella constantemente.

En cómo parecía a punto de romperse y, al mismo tiempo, en cómo siguió allí, observando, cuando cualquiera habría huido.

Su imagen se ha incrustado en mi mente como una obsesión que no quiero controlar.

Después de que se fuera aquella noche, le pedí a Lucca los registros de todas las empleadas del servicio que trabajaron en esa fiesta.

Nombres, direcciones, fotografías. Nada difícil: el casino y todo lo que ocurre en él me pertenece.

Soy el jefe de esta sección de La Spina Negra. Chicago es mi territorio.

Las fichas de personal llegaron al amanecer: perfiles de mujeres que necesitan dinero y aceptan un uniforme ridículo. Y entre todas, estaba ella.

Brook Harper. Veinticinco años. Estudiante de máster de arquitectura, según los registros, aunque no parece estar matriculada actualmente.

Vive en un apartamento diminuto en un barrio que ni siquiera aparece bien en los mapas.

Sin antecedentes ni conexiones familiares, sin nada especial salvo esos ojos verdes que miran con desafío en la foto de carnet.

Primera confirmación: sí, era ella. La gatita que tanto me intriga.

Pero quería más, por eso mandé a Lucca a vigilarla y averiguar todo lo que pudiera sobre ella.

Lucca es mi mano derecha desde que ascendí dentro de la organización.

Entró siendo poco más que un pandillero muerto de hambre, uno de tantos chavales desesperados por dinero rápido y demasiado acostumbrados a la violencia para tener miedo.

Necesitaba mantener a su familia, así que aceptó cualquier trabajo que le pusieran delante.

La mayoría entra en este mundo creyéndose más duros de lo que realmente son.

Luego ven sangre de verdad y se rompen. Pero Lucca no, entendió las reglas de este mundo enseguida y qué hacía falta para sobrevivir en él.

Con los años se ha convertido en mucho más que eso.

Es quien me cubre las espaldas cuando las cosas se complican.

El único hombre al que confiaría mi vida sin dudarlo.

Hemos pasado por demasiada mierda juntos.

A estas alturas, es lo más parecido a un hermano que tengo, por eso le confié esta tarea solo a él.

Lucca se acerca y me entrega una carpeta sin decir una palabra. La abro mientras él también se sirve un whisky al otro lado de la barra.

—¿Y bien? —pregunto sin levantar la vista.

—Vive sola. Edificio de mierda, cámaras antiguas y unos vecinos que no prestan atención a nada.

Paso la primera página.

Turnos variables en el Ribiera desde hace poco. Apenas sale si no es para ir al trabajo. Compra comida preparada, cafés listos para tomar y vuelve directamente al apartamento.

No tiene ninguna rutina social estable. Solo recibe visita de una mujer de mediana edad una vez a la semana. ¿Será un familiar? Pero en el primer informe indicaba que no tenía familia…

Hay varias fotografías. Brook entrando al portal con una sudadera enorme, otra esperando el autobús con los auriculares puestos. Brook mirando por encima del hombro en mitad de una calle vacía.

Me detengo ahí.

—Mira atrás constantemente —continúa Lucca—. Como si esperara que alguien la siguiera.

Cierro la carpeta despacio.

—¿Te ha visto?

—No, jefe, te lo juro. Pero esa chica vive en alerta, no lo entiendo.

—¿Algo más?

Lucca apoya el vaso sobre la mesa.

—Sí. Tiene miedo, se lo noto. Aun así, al día siguiente del «incidente» —dice Lucca haciendo comillas con los dedos —volvió al casino a trabajar como si nada.

Una sonrisa lenta se me escapa. Es atrevida, o está loca de remate. En ambos casos, eso me gusta.

El ático del Orion es mi territorio, un espacio que diseñé personalmente para estas noches donde los límites se difuminan y los instintos salen a la superficie.

La piscina infinita refleja las luces ultravioletas, y los neones pintan las paredes de cristal con tonos eléctricos.

La música late desde el suelo, una vibración baja y constante que se siente en los huesos.

Las figuras con máscaras fluorescentes se mueven como criaturas de otro mundo.

El ascensor se abre con un suave zumbido, y ahí está.

La veo cruzar la puerta y, durante un segundo, dejo de escuchar el ruido de la fiesta.

Lleva el traje de baño fucsia que elegí para ella, un conjunto diminuto que bajo la luz ultravioleta brilla con una intensidad casi obscena.

La máscara cubre su rostro, pero no oculta la tensión de su mandíbula ni el temblor leve en sus labios.

Se ve vulnerable, expuesta, pero también hay algo más: una determinación en la manera en que endereza los hombros. Esta gata oculta algo y yo pienso descubrir qué es.

El conjunto le queda incluso mejor de lo que imaginé cuando lo elegí.

La tela se adapta a cada una de sus curvas, dibujando un cuerpo que sería imposible ignorar, aunque lo intentara.

Caderas suaves, piernas bonitas y esa clase de feminidad exuberante que hace que un hombre piense con los instintos antes que con la cabeza.

Aprieto la mandíbula mientras la observo.

Definitivamente, verla trabajar esta noche ha sido una idea terrible para mi autocontrol.

La observo mientras toma una bandeja de copas brillantes de un camarero y comienza a moverse entre los invitados, repartiendo bebidas con movimientos torpes que delatan su nerviosismo.

Sigo cada paso que da, el balanceo de sus caderas y las formas en que se inclina.

Mi cuerpo reacciona a su presencia de una manera primaria; siento cómo el pulso se me acelera y los músculos se tensan preparándose para la caza.

Durante casi una hora la dejo moverse por el espacio, dejando que se acostumbre al ambiente, que piense que tal vez no estoy aquí. La veo interactuar con otros invitados, rechazar coqueteos, mirar hacia las sombras como si sintiera mi presencia, pero no pudiera localizarme.

Y entonces, cuando pasa cerca de la columna de cristal, al borde de la piscina, cambia la energía a mi alrededor.

No es algo físico; es simplemente una alteración en la atmósfera.

Veo cómo ella lo siente de inmediato: se detiene en seco, la bandeja tiembla levemente, su respiración se corta.

Gira lentamente, y nuestros ojos se encuentran a través de las máscaras fluorescentes.

Mi máscara de lobo brillante debe parecerle una aparición en medio de este paisaje salvaje.

No me muevo al principio, solo la miro, dejando que el peso de mi atención caiga sobre ella.

Ella intenta sostener la mirada, pero sus ojos parpadean, se desvían por un instante antes de volver a los míos.

Hay miedo ahí, el mismo miedo animal que vi en el despacho.

Camino hacia ella sin prisa, cada paso calculado para aumentar la tensión.

La multitud parece abrirse a mi paso sin que yo tenga que pedirlo.

Cuando estoy a menos de un metro de ella, me detengo, pero no digo nada.

Las palabras son innecesarias en este momento; todo lo que necesita decirse está en el aire cargado entre nosotros.

Ella intenta apartarse, con un movimiento hacia atrás, pero no se lo permito. Le agarro la muñeca con firmeza, cortándole la huida de raíz.

—No —murmuro, bajo pero firme—. Ni se te ocurra.

No hay amenaza en mis palabras, pero está en todo lo demás: en la forma en que no la suelto, en cómo la mantengo ahí. Aquí mando yo. Y los dos lo sabemos.

La guío lejos de la multitud, hacia una zona más oscura del ático donde las luces neón parpadean de manera irregular.

Ella tira de la muñeca en cuanto empiezo a guiarla con un gesto rápido y tenso.

—Suéltame —escupe en voz baja, clavando los ojos en los míos.

Apenas aprieto, lo justo para frenar ese intento sin llegar a hacerle daño. La bandeja casi se le resbala, pero la deja a un lado sin apartarme la mirada.

—No —respondo, igual de bajo.

Intenta apartarse otra vez, esta vez con más fuerza, y su cuerpo choca con el mío. La sostengo en el sitio, firme.

—No hago caso a tus putas órdenes —añade, apretando los dientes.

Una sonrisa lenta se dibuja en mi boca. Eso es lo que quería.

Deslizo los dedos un poco más arriba por su muñeca, sin soltarla.

—Es que no tienes elección, gatita —murmuro, inclinándome lo justo para invadir su espacio.

Sus ojos arden de miedo y de rabia. Noto cómo tiembla y percibo el odio que siente por la reacción de su propio cuerpo.

Lo veo en la tensión de su mandíbula y en la manera en que aprieta los labios. Me odia por provocarla, pero se odia más a sí misma por responder.

Cuando llegamos al rincón más apartado, me coloco detrás de ella. No la toco al principio; solo me quedo ahí, cerca, lo suficiente para que sienta el calor de mi cuerpo.

—Deberías dejar de acercarte así —advierte, en voz baja, aunque no se mueve.

Sonrío contra la sombra de su cuello. Deslizo la mano hasta su barbilla y, sin pedir permiso, le giro el rostro hacia mí.

—Mírame cuando te hablo.

Sus ojos chocan con los míos, furiosos.

—No me des órdenes.

Apenas tengo tiempo de saborear ese fuego, porque al siguiente segundo todo estalla. Se gira de golpe con una velocidad felina y su mano impacta contra mi cara.

El impacto corta el aire y deja un silencio extraño alrededor.

Un chasquido seco me obliga a girar la cabeza por la fuerza del golpe, y el ardor en mi mejilla florece de inmediato.

Parpadeo, sorprendido más por su atrevimiento que por el dolor.

Cuando la miro, sus ojos verdes ya no tiemblan.

Se han vuelto oscuros, encendidos por una furia que no había visto antes.

No dice nada. Mantiene la mirada clavada en mí un segundo más.

—La próxima será peor —advierte en voz baja.

Y entonces se da media vuelta.

Desaparece entre la gente sin mirar atrás. Y yo me quedo quieto, con la mejilla ardiéndome y una sonrisa que no puedo controlar.

La rabia por el desafío arde como una chispa recién alimentada, aunque por debajo late una excitación feroz, eléctrica. Esa fuerza suya, esa resistencia que surge incluso cuando debería quebrarse, me golpea más fuerte que su mano.

Mi gatita tiene garras. Y ahora sé, con un hambre feroz, que no quiero que las esconda. No delante de mí.