La Spina Negra CAPÍTULO 7 #2
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CAPÍTULO 7 #2

Estoy cansada. Tan cansada de sentirlo todo al mismo tiempo que apenas puedo respirar. El dolor se ha vuelto demasiado grande, demasiado difuso. Está en todas partes: en mi pecho, en mi garganta, detrás de mis ojos. No puedo señalarlo. No puedo arrancarlo.

Necesito que vaya a otro lugar, que algo lo ahogue. Algo que ocupe toda mi atención durante unos segundos y me permita dejar de pensar, aunque solo sea por un momento.

El primer corte es superficial, un arañazo sutil.

Un dolor agudo y claro que corta a través del caos de mi mente, el segundo es un poco más profundo.

Una línea fina y roja que aparece en mi piel, y con ella, una especie de alivio inmediato y perverso.

El dolor físico canaliza el dolor emocional, le da una forma, un límite.

Ya no es esa cosa difusa y enorme que me ahoga.

Ahora es esto: una herida controlada, un sacrificio que me hago a mí misma.

No cuento los cortes, solo los hago, uno tras otro, en filas ordenadas en la cara interna de mis muslos, donde nadie los verá. Cada uno es una promesa y un recordatorio de que el dolor puede ser mío, elegido por mí, no impuesto por otro.

Me siento sucia.

La palabra aparece en mi mente sin permiso, brutal en su simplicidad.

Me siento sucia por haber disfrutado de la escena sexual que vi anoche, por haber sentido calor entre mis piernas mientras observaba a un hombre poseer a una mujer con esa intensidad animal.

Por haber mojado mis bragas allí, de pie, escondida, con el miedo y la excitación mezclándose en un cóctel vergonzoso.

¿Qué clase de víctima hace eso? ¿Qué clase de mujer agredida se excita viendo a otros cuando revive su propia violación cada noche en pesadillas?

Pero no, me digo, apretando los dientes mientras hago otro corte, un poco más profundo esta vez. No soy una víctima, no me llamaré a mí misma así nunca más. Soy una superviviente, y voy a vengarme con sangre, con la sangre del hombre sin rostro.

Cuando termino, limpio las líneas rojas con un poco de alcohol. El escozor es agudo, pero liberador. Me pongo unos pantalones de jogging y una sudadera, ocultando las marcas, intento distraerme, preparo café y cojo un libro para leer.

Pasada media hora leyendo la misma página una y otra vez abandono, no logro concentrarme.

No dejo de pensar en el lobo, en cómo me miraba casi como si él pudiera ver algo en mí que nadie ha visto antes.

Como si hubiera traspasado mi disfraz, la fachada de Brook, y hubiera vislumbrado algo de la furia y el dolor que llevo dentro.

Eso me desestabiliza aún más.

—No quiero sentir nada por un hombre como él —susurro en voz alta, mis palabras rebotando en las paredes vacías de mi apartamento—. No puedo.

Pero el deseo, o la fascinación, no sé cómo llamarlo, se instala en mí como un huésped no deseado. Es un error emocional que sé que no debería permitirme, es peligroso y estúpido.

Un golpe suave en la puerta me saca de mis pensamientos.

Me quedo inmóvil, conteniendo la respiración otra vez. No escucho nada, solo el zumbido lejano del tráfico matutino. Me acerco a la puerta con pasos silenciosos, acerco el ojo en la mirilla, pero el pasillo está vacío.

Abro la puerta poco a poco y asomo la cabeza al pasillo. No hay nadie. En el felpudo hay una caja negra con un lazo del mismo color. Es mediana y elegante.

La recojo y cierro rápido echando el cerrojo. Me apoyo contra la madera, sintiendo el latido de mi corazón en la garganta.

Coloco la caja sobre la mesa de la cocina. El contraste entre la caja elegante y mi mesa de madera barata, llena de marcas y de tazas de café sin lavar, es casi obsceno. Desato el lazo torpemente por los nervios y levanto la tapa.

Dentro, sobre un lecho de seda negra, hay un traje de baño.

No cualquier traje de baño. Es diminuto, provocador, en un color fucsia eléctrico que parece gritar.

Es de dos piezas, pero cortado de tal manera que dejará muy poco a la imaginación.

Junto a él, hay una máscara, pero no es como la anterior.

Es fluorescente, con detalles de luces LED suaves incrustadas en los bordes, como un halo tecnológico.

Esta fiesta se llama «Glow», según una pequeña tarjeta.

Y hay una pulsera fina, de un material que parece titanio, con una pequeña pantalla digital.

Parece un pase de acceso, pero tecnológico y costoso, de esos que solo se ven en películas de acción.

Y luego está el sobre. Negro, igual que el de la fiesta anterior. Pero esta vez, cuando saco la tarjeta de dentro, noto la diferencia al instante. Esta está escrita a mano con tinta negra, gruesa, que ha penetrado el papel satinado.

Solo una frase.

«VEN A JUGAR GATITA».

Y debajo, en letras más pequeñas, pero igual de seguras: trae la máscara, usa lo que hay en la caja, la pulsera es tu entrada.

Hay un lugar, una hora y la pulsera. Solo tengo que ponérmela.

Pero son las palabras las que me detienen. «Ven a jugar». No es una invitación, es una orden. Mi pulso se acelera.

¿Quién la envía? ¿Ellos? ¿El lobo? ¿Mi agresor?

La última posibilidad me atraviesa con un frío inmediato, pero incluso así algo dentro de mí se mueve, responde, como si una parte que no controlo hubiera estado esperando esto.

Me levanto despacio y dejo que mis dedos rocen la tela.

La máscara se ilumina apenas la toco. Me la llevo al rostro y alzo la vista hacia el espejo.

Durante un segundo, casi no me reconozco; la mujer que me devuelve la mirada parece hecha para ese mundo.

Más fría y calculadora. Alguien capaz de entrar ahí dentro sin apartar la vista, ni temblar a cada paso. Y eso es lo que más miedo me da.

Porque sigo teniendo miedo. Sigo sintiendo el peligro pegado a la piel cada vez que cruzo una de esas puertas. Pero también empiezo a notar otra cosa: me estoy acostumbrando. A la violencia, a las mentiras y a la oscuridad de ese lugar. A cosas que jamás deberían parecerme normales.

La retiro de golpe y siento las lágrimas resbalándome por la cara. Esta vez no observaré desde las sombras; entraré con ellas, seré parte del juego.

Cebo, cazadora, presa: todo a la vez, todo mezclado.

La máscara sigue brillando en mis manos, como si marcara el inicio de algo que ya no puedo detener. Asiento, más para mí que para nadie.

Si dejo de entrar ahora, él gana. Si me escondo volveré a ser Grace. No he llegado hasta aquí para dar media vuelta.

Voy a ir. Voy a jugar.