CAPÍTULO 7
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El peso me aplasta, no es solo su cuerpo sino una masa sólida que me hunde contra el suelo frío y húmedo, robándome el aire.
La tierra me raspa la espalda y siento las piedras y los fragmentos de vidrio clavándose en mi piel, recordándome con una claridad insoportable que estoy despierta, que esto es real.
Él está encima de mí y, aunque su rostro se deshace en una sombra borracha que mi mente se niega a enfocar, su aliento llega nítido, ácido, cargado de cerveza rancia y tabaco, golpeando mi mejilla con cada exhalación.
Sus manos no sujetan, me inmovilizan: una se enreda en el cuello de mi camisa favorita y la tela se desgarra con un sonido seco que me atraviesa, mientras la otra aplasta mi muñeca contra el suelo con una fuerza que ya sé que dejará marcas.
—Cállate —brama.
Su voz es un sonido ronco que sale de algún lugar profundo y oscuro.
—Pórtate bien y no te pasará nada.
No quiero verle, quiero cerrar los ojos y desaparecer, pero no puedo, mis ojos se quedan abiertos, clavados en la luz que parpadea sobre mí y en una piedra que no alcanzo por más que estiro los dedos, mientras siento mis pantalones desplazados, enrollados en los muslos, dejándome expuesta al aire helado que me eriza la piel.
No hay aviso ni intención, solo una presión brutal que me parte en dos, un desgarro seco que me arranca un jadeo roto, como si el aire escapara de unos pulmones colapsados, y el dolor se vuelve un filo que entra y sale, quemando, rompiendo, arrancándome sonidos que no reconozco como míos, mientras las lágrimas corren por mis sienes y se mezclan con el barro y el pelo suelto.
Mis manos se aferran al suelo, las uñas arañan la tierra buscando un ancla, una grieta, cualquier cosa que me sostenga aquí y no me deje caer en ese blanco donde todo desaparece, donde incluso el dolor dejaría de tener forma.
En uno de sus empujes su frente choca con la mía, y entonces lo veo, por primera vez lo veo de verdad: en el arco de su ceja izquierda hay una cicatriz, no una línea fina sino una marca irregular, blanca, como un relámpago torcido detenido en su piel, un resto de violencia antigua que ahora se derrama sobre la mía.
Mi mirada cae apenas unos centímetros, arrastrada por algo que no sé si es horror o necesidad, y en su espalda aparece el tatuaje: una daga clavada en el corazón de una rosa marchita, con los pétalos caídos, las espinas exageradas y un goteo oscuro en la hoja que parece no haberse secado nunca, como si la herida siguiera abierta.
Y entonces el dolor cambia, deja de ser solo físico y se vuelve otra cosa, una caída silenciosa hacia adentro, una certeza que se instala sin ruido mientras entiendo que estoy obligada a mirar, a recordar, a quedarme con esto.
La lluvia golpea el techo de los coches, constante, ajena, como si el mundo allá afuera pudiera limpiarse de todo, menos de esto, menos de mí.
El recuerdo se rompe.
Me despierto con un jadeo que me raspa la garganta, sentada en la cama de golpe, con las sábanas empapadas en sudor frío pegadas a mi piel.
Mi corazón late tan fuerte que siento el pulso en mis sienes y las yemas de mis dedos se aferran al edredón en busca de seguridad.
Mi respiración es entrecortada como si mis pulmones se negaran a llenarse del todo.
El silencio de mi pequeña habitación contrasta brutalmente con la violencia y el exceso de la fiesta de la noche anterior, y por un momento no sé dónde estoy, en qué tiempo estoy o quién soy.
Esta noche le he visto por fin. He soñado con él. No le pongo cara aún, pero recuerdo su tatuaje y ahora también su cicatriz. Lo sé: estoy cada día un poco más cerca.
La habitación está oscura, solo la luz tenue del alba se filtra por las persianas cerradas. Hay ropa tirada en la silla, un libro medio leído en la mesilla de noche y la taza de café de ayer que todavía deja el olor en el aire.
Me llevo las manos a la cara y noto que tiemblan. Estoy exhausta, agotada hasta la médula. Y no es solo físico: es algo más profundo, algo que se ha instalado en mis huesos y me pesa como plomo.
Una idea se filtra entre mis pensamientos y me hiela la sangre.
¿Y si el hombre de la máscara de lobo es él?
Trago saliva.
No le vi ningún tatuaje, pero iba medio vestido, habría sido difícil verlo, aunque lo tuviera. Tampoco puedo asegurar que no lo tenga. La ropa le cubría casi toda su espalda y la máscara ocultaba su rostro.
Aun así, había algo en su presencia. Algo en la forma en que todos acataban sus órdenes, en la facilidad con la que apretó el gatillo y le voló la cabeza a ese señor sin mostrar la más mínima emoción.
Un escalofrío me recorre la espalda al recordar el cuerpo cayendo al suelo. Con los ojos abiertos mirando al techo. De repente siento unas enormes ganas de vomitar de nuevo, aunque no me queda ya nada en el estómago después de que ayer al salir corriendo de la fiesta vomitara hasta vaciarme.
Intento convencerme de que estoy sacando conclusiones precipitadas, pero no puedo ignorar la sensación que se instala en mi pecho.
¿Y si es él? Pero la pregunta llega acompañada de otra mucho peor. ¿Y si me reconoció?
Se me forma un nudo en el estómago. Recuerdo cómo su mirada se detuvo en mi dirección un instante. Apenas unos segundos.
En ese momento no le di importancia, pero ahora sí. Ahora no puedo dejar de pensar en ello. Porque si el hombre de la máscara es el mismo hombre que me atacó y me ha reconocido, entonces sabe que estoy aquí.
Sabe que lo he visto ejecutar a un hombre a sangre fría. Y los hombres capaces de matar sin pestañear no suelen dejar testigos detrás.
Por primera vez desde que comencé esta búsqueda, dudo.
El miedo se impone como una losa sobre mi pecho, apretando hasta hacerme difícil respirar.
Temo al mundo al que me estoy acercando, a la brutalidad que presencié anoche en ese despacho; me aterra el riesgo real, tangible, de que me maten incluso tal vez antes de encontrar a mi agresor.
Sabía que me estaba adentrando en la mafia, pero la imagen del hombre desplomándose, el agujero preciso en su frente, los ojos vidriosos mirando al vacío…
no abandona mi mente. Eso no era una película, ni una pesadilla: fue real.
Y yo estaba allí, a unos metros, conteniendo la respiración, sabiendo que un solo sonido o movimiento podría convertirme en la siguiente.
Las preguntas me atraviesan la mente como cuchillas, cada una más afilada que la anterior.
¿De verdad puedo con esto?
Mi agresor pertenece a ese mundo… y no puedo dejar de preguntarme si podría ser el Lobo. No le vi ninguna cicatriz, pero estaba oscuro y yo apenas podía distinguir nada desde donde me escondía.
¿Y yo qué soy en medio de todo esto? Una intrusa. Una chica jugando a meterse en un lugar al que no pertenece. Quiero encontrar al hombre que me rompió, hacerle pagar por ello, pero no soy como ellos. No tengo su sangre fría ni la capacidad de matar sin sentir nada.
Voy a terminar destruida antes de encontrar respuestas, lo sé.
Mi cuerpo tiembla cuando recuerdo los detalles, cuando los revivo en mi mente como si estuviera viendo una película en cámara lenta.
Aun así, hay algo en él que me inquieta tanto como me atrae.
No es solo su fuerza física, sino la forma en la que llena el espacio, el control que parece tener sobre todo y todos a su alrededor.
Y luego está la manera en la que me miró.
Esa mirada que atravesó la oscuridad y terminó clavándose en mí con una intensidad que todavía soy incapaz de quitarme de la cabeza.
Eso me hace cuestionar lo que siento. Porque el miedo está ahí, pero también hay otra cosa: un calor vergonzoso en mi vientre cuando recuerdo sus ojos grises fijos en los míos, cuando repaso cómo me observaba mientras se movía sobre aquella mujer, como si supiera que yo estaba allí, como si parte de su placer viniera por mí.
Me levanto de la cama con las piernas débiles, y camino hasta el baño.
La luz fluorescente parpadea antes de encenderse, iluminando mi reflejo en el espejo: ojeras profundas, el pelo revuelto y la piel pálida.
Parezco un fantasma, me veo y veo a Grace, la chica con sueños, la que creía en el amor y en la bondad de la gente.
Pero no soy ella. Soy la que va a vengarse. Aunque los ojos que me devuelve el espejo están asustados…
Abro el grifo y me echo agua fría en la cara una y otra vez, hasta que la piel me arde y consigo controlar un poco la respiración. Pero el temblor sigue ahí. La rabia también.
Nunca se ha ido, la llevo dentro desde aquella noche. Es lo único que me ha mantenido en pie todo este tiempo, lo que me ha empujado a cruzar límites que jamás imaginé tocar.
Me seco la cara con una toalla áspera y, casi sin pensarlo, abro el cajón de debajo del lavabo.
Entre esponjas y productos de limpieza, está la caja de cuchillas de afeitar desechables.
La compré en la farmacia hace semanas con otras cosas que necesitaba, después de la tercera pesadilla seguida. No la he usado todavía.
Pero ahora… siento que lo necesito.
Me siento en el borde de la bañera, subo el camisón y expongo mis muslos. La piel es pálida, con algunas venas azules visibles y con mis manos completamente temblorosas, saco una de las cuchillas. No miro mi rostro en el espejo, no quiero ver lo que voy a hacer. Solo siento.
Dios si mi madre me viera. Si la Grace del pasado pudiera ver en lo que me he convertido…
Pero mi cabeza no se calla. Nunca se calla. La culpa, el miedo, la vergüenza… El recuerdo de aquella noche, mi madre, mi vida anterior... Todo lo que me arrebataron. Todo lo que permití que me arrebataran.
Sé que no debería pensar así, la culpa no fue mía. Pero una parte de mí sigue preguntándose si habría podido correr más rápido, luchar más fuerte, ser más valiente. Más cualquier cosa.