La Spina Negra CAPÍTULO 6 #3
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CAPÍTULO 6 #3

Lucca y Marco se mueven con profesionalidad; saben lo que hay que hacer. Se acercan al cuerpo, uno por cada lado, y empiezan a trabajar sin necesidad de órdenes adicionales.

Enrollan en una lona negra el cuerpo con una eficiencia macabra que asegura que en diez minutos no quedará rastro, en una hora el cuerpo estará en el fondo del puerto lastrado con bloques de cemento, en un día los peces habrán empezado su trabajo.

Me vuelvo hacia la ventana, dando la espalda a la escena, y miro los jardines iluminados por la luna llena. Pero mi mente no está en los jardines, ahora está en el rincón.

En esa respiración que ahora es aún más silenciosa, si cabe.

¿Shock? ¿Terror? ¿O fascinación? Esa última posibilidad es la que más me intriga, la que convierte este momento en algo más que un simple castigo a un traidor.

Ella lo ha visto todo, y sigue ahí, no ha gritado, no ha salido corriendo, ni ha hecho ninguna de las cosas que haría alguien que solo tiene miedo.

Me giro lentamente hacia la puerta, como si fuera a salir, montando un teatro que quizás solo tiene un público de una persona, pero esa persona es lo que me importa en este momento.

Y entonces… por fin… miro.

No directamente hacia el rincón, eso sería demasiado obvio, demasiado directo.

Solo un leve giro de cabeza, un ángulo imposible de detectar para alguien sin entrenamiento, sin esa sensibilidad paranoica que desarrollas cuando vives en mi mundo, cuando sabes que cada movimiento puede ser observado y cada gesto analizado.

Pero suficiente para confirmar lo que ya sé, ella está ahí, mi gatita, escondida, observando.

Veo el brillo de sus ojos en la oscuridad, dos puntos verdes como los de un gato verdadero reflejando la tenue luz de la lámpara del escritorio, y están fijos en mí, no en el cuerpo, ni en los hombres que lo limpian, en mí.

Como si yo fuera el espectáculo, como si yo fuera lo único que importa en esta habitación llena de muerte y secretos.

Y en ese momento, algo se mueve dentro de mí, algo que no había sentido nunca, algo que pensé que estaba muerto o al menos dormido: interés, verdadero interés.

No algo superficial que siento por un buen negocio o por una mujer hermosa, sino ese interés profundo que sientes cuando encuentras algo que no encaja en tus categorías, algo que te desafía, que promete ser más de lo que parece. Algo que te obsesiona hasta consumirte.

Y entonces sonrío, con una curva mínima y peligrosa que solo dura un instante antes de desvanecerse, dejando mi rostro otra vez impasible como la piedra. Pero ahí estuvo, porque ahora ya no es solo curiosidad; ahora es caza.

La dejo viva y la dejo ir, pero no por compasión o bondad, ni porque su miedo me conmueva.

Sino porque quiero volver a verla, quiero ver qué hace ahora, si sale corriendo, llama a la policía, se derrumba, o si se queda, si procesa lo que vio y si lo acepta.

Si ese miedo en sus ojos se transforma en algo más, en esa fascinación que creo haber visto, en esa curiosidad que podría llevarla de vuelta hacia mí.

Mientras me alejo, una obsesión se fija en mi mente. Ojos verdes, olor a vainilla y canela… no huye cuando debería. Y eso solo significa una cosa, no es una presa cualquiera, es algo más. No puedo quitármela de la cabeza.

Llego a mi suite en el piso superior de la mansión y cierro la puerta tras de mí.

Me quito la camisa y la tiro al suelo, luego me acerco al mueble bar para servirme dos dedos de whisky de malta de veinticinco años.

No lo bebo de un trago. Lo saboreo, dejando que el calor se extienda por mi pecho mientras apoyo una mano en el cristal y observo Chicago brillando bajo la oscuridad.

Ahí fuera todo sigue igual, ajeno a la sangre que todavía mancha mis manos, ajeno a la semilla de obsesión que acaba de plantarse en mi mente.

La imagen de sus ojos no me abandona: verdes, húmedos, asustados…

y excitados. Una combinación peligrosa, para ella, y quizás, para mí.

Termino el whisky y dejo el vaso en la barra con suavidad. Me acerco de nuevo a la ventana mirando mi reflejo en el cristal oscuro donde la rosa marchita tatuada en mi hombro parece latir bajo la piel como un recordatorio de todo lo que he sido y todo lo que soy.

Gata traviesa… te he visto. Y ahora te quiero, no como quieren los hombres normales a una mujer, con flores y noches de romance, sino como el lobo quiere a la presa que le mira a los ojos sin bajar la mirada.

Te quiero para desentrañarte, para saber qué hay detrás de esa máscara, entender por qué no huiste y descubrir si ese temblor en tus manos era solo miedo…

Quiero saber qué pasa si te toco, si te hablo, si te hago mía de una manera que nadie más ha hecho, de una manera que quizás ni siquiera tú sabes que es posible.

Mañana empezaré a buscarte de manera discreta pero implacable, porque ahora eres mía, aunque no lo sepas, aunque huyas y te escondas. Te encontraré, y cuando lo haga… sonrío de nuevo, una sonrisa de lobo que siempre obtiene lo que desea.

Jugaremos a un juego. Uno cuyas reglas solo conozco yo.