CAPÍTULO 6 #2
Saco el teléfono del bolsillo del pantalón, sin mirar el rincón, aunque mi atención ya está dividida.
Una parte en la llamada que voy a hacer y la otra en la pequeña presencia escondida, temblando, conteniendo la respiración.
Casi puedo escuchar cómo su corazón bombea, cómo aprieta las manos contra su boca para no dejar escapar un sonido.
Y eso me provoca algo en el pecho, una excitación que no tiene que ver con el sexo sino con el poder, con saber que tengo a alguien completamente a mi merced sin siquiera haberla tocado. Es un juego. Y yo siempre gano.
Marco un número, y Lucca responde al segundo tono.
—Tráelo ya —digo, dos palabras con una voz baja. El tono de las órdenes que no admiten discusión.
Lucca entiende lo que significa, no necesito dar explicaciones ni mencionar nombres.
«Tráelo» significa solo una cosa: el problema que hemos estado vigilando, el topo, el traidor que creyó que podía vender información a la Tríada y salir limpio, que pensó que su codicia sería más inteligente que mi red de vigilancia.
—En cinco —responde la voz al otro lado, y cuelgo.
Ahora sí, me permito un vistazo sutil hacia el rincón, no directamente, solo con el rabillo del ojo y capto un destello de negro, un fragmento de uniforme, un pie calzado en un zapato asomando más allá del borde del sofá.
Está ahí, observando, sobreviviendo, sin saber que ha sido incluida en una práctica que he realizado muchas veces pero que esta vez tiene un público inesperado.
Quiero saber de qué pasta está hecha la gata.
Si ha sido enviada por alguien ahora sabrá lo que hago con los soplones.
Me siento en el sillón detrás del escritorio y giro hacia la ventana para esperar mientras el tiempo se estira, en una habitación donde solo se oye el tictac del reloj de pared marcando los segundos…
y su respiración. Que ahora oigo claramente: pequeños jadeos contenidos como los de un animal herido que sabe que cualquier sonido puede significar su final.
Intenta silenciarlos, pero la habitación está demasiado quieta, y yo soy un experto en escuchar silencios, lo que no se dice, en leer los espacios entre las palabras y las pausas entre las respiraciones.
Cinco minutos exactos después, llaman a la puerta con dos golpes secos que resuenan.
—Adelante —digo, y mi voz suena tranquila, controlada.
Lucca y Marco entran empujando a Renzo, el topo, delgado, ojeroso y tembloroso. Un hombre que ya está muerto, aunque aún respira.
Tiene unos cuarenta años, con la cara marcada por el miedo y la mala vida, con ojos que han visto demasiado y han entendido muy poco. Ofrece excusas antes de tiempo, error típico del desesperado, pero alzo una mano y se calla.
Me levanto del sillón y camino lentamente hacia él, rodeando el escritorio sin prisa, porque nunca la hay en estos momentos; la prisa es para los aficionados. Pero yo nunca dudo. Tengo muy claro qué es lo que tengo que hacer.
Me detengo frente a él, a menos de un metro de distancia, lo suficiente para que sienta mi presencia, mi poder.
Y entonces, lentamente, me quito la máscara de lobo.
No por necesidad; podría hacer lo que voy a hacer con ella puesta, pero lo hago con intención, por puro teatro.
Quiero que me vea, que Renzo vea la cara del hombre que va a matarlo.
Quiero que esa sea la última imagen que se lleve al infierno.
Y, quizás de manera más perversa… quiero que ella me vea también.
Que esa gatita escondida vea el rostro del lobo, que sepa con quién está jugando, que entienda la naturaleza del hombre del que ha despertado su curiosidad y su miedo.
—Sabes por qué estás aquí —digo con una voz tranquila, serena. En el silencio de la habitación, cada palabra es clara.
—Jefe, no fue lo que usted piensa —empieza otra vez, las palabras salen en un torrente desesperado que huele a mentira y sudor y ese miedo particular que tienen los hombres que saben que han jugado y perdido—. Se lo juro… La Tríada me obligó, tenían a mi hermana, no tenía elección…
—Tu hermana murió de cáncer hace tres años —lo interrumpo suavemente, casi con dulzura, esa dulzura falsa que precede al golpe final—. La enterraste en el cementerio de Santa María, fuiste solo y nadie más fue al funeral. Si vas a mentirme en la cara, como mínimo hazlo bien imbécil.
Renzo calla, se da cuenta de que no hay mentira que pueda tejer que yo no haya ya desentrañado.
No hay excusa que valga, esto no es un juicio, es una ejecución.
Porque yo no mato a la ligera, investigo y me aseguro.
La traición no es un error, es una elección y las elecciones tienen consecuencias siempre.
Con un movimiento rápido, preciso y letal, mi mano derecha va al interior de la chaqueta de Lucca y saco la Beretta 92FS con silenciador. No apunto ni ajusto la mira.
No necesito hacerlo, la distancia es corta, la posición perfecta, y he hecho esto tantas veces que mi cuerpo sabe lo que tiene que hacer sin que mi mente tenga que pensarlo.
Renzo ni siquiera tiene tiempo de levantar las manos; sus ojos se abren un poco más, como si finalmente entendiera la realidad de jugar contra mí.
Disparo.
Un solo tiro. En el centro de la frente, justo entre los ojos, ese punto que garantiza que no habrá sufrimiento, que no habrá nada más que un apagón instantáneo. Soy muchas cosas, pero no soy cruel sin necesidad.
El sonido es seco, un ligero sonido sordo que apenas perturba el silencio, un punto final. Renzo se desploma sin drama, simplemente cede como un muñeco al que le cortan los hilos. Su cuerpo golpea el suelo con un golpe sordo que parece más pesado de lo que debería.
Sus ojos quedan abiertos, vidriosos, mirando al techo que ya no ve, y por un momento hay algo triste en esa imagen, algo que recuerda que todos somos mortales, que todos terminamos en el suelo tarde o temprano. Pero ese momento pasa rápido, porque en mi mundo no hay espacio para sentimentalismos.
Yo ni siquiera parpadeo.
Bajo el arma y se la entrego a Lucca con movimientos fluidos y rutinarios porque esto no es la primera vez, y no será la última. El mundo sigue girando, los negocios continúan, y los traidores siempre aparecen, como malas hierbas que hay que arrancar de raíz para que el jardín se mantenga limpio.
Solo queda el eco del disparo amortiguado… y esa otra presencia, la que sigue escondida, la que no ha gritado, ni ha salido corriendo.
—Interesante. Muy interesante…
—¿El qué, jefe? —me dice Lucca.
—Nada, tranquilo. Ya sabéis lo que tenéis que hacer—. Digo mientras doy la vuelta al escritorio y me siento en el sillón de nuevo.