La Spina Negra CAPÍTULO 6
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CAPÍTULO 6

CONNOR

La veo huir justo después del estruendo.

Es apenas un parpadeo que me deja momentáneamente suspendido entre el placer reciente y una curiosidad repentina.

La bandeja golpea el suelo de madera y rueda por el pasillo hasta detenerse.

El sonido rompe el silencio de la habitación y, por un segundo, todo queda suspendido.

Ese ruido fractura el equilibrio de la noche y entonces ella desaparece. Solo alcanzo a ver el destello de la máscara de gata perdiéndose en la oscuridad del pasillo.

La habitación todavía huele a sexo y a perfume.

—Espera.

La palabra sale de mi boca antes de que pueda pensarla, un susurro ronco todavía por el orgasmo. Alina lo oye, y siento cómo su cuerpo, relajado bajo el mío hasta hace un instante, se tensa de nuevo: desconcierto… quizás celos, aunque jamás lo admitirá.

—Connor, ¿qué cojones pasa?

Su voz tiene ese tono que conozco demasiado bien. El mismo que usan las mujeres que creen tener algún derecho sobre mí después de unas cuantas noches compartidas.

Alina y yo hemos follado antes, en otras fiestas. Nos conocemos hace tiempo y es buena en la cama, y lo sabe; por eso cree que debe tener mi atención.

—Cállate.

Salgo de ella sin demasiada delicadeza y me incorporo mientras me quito el condón, lo tiro a la papelera y me pongo los pantalones. Mi atención sigue fija en el pasillo vacío.

Al llegar al umbral me detengo. No corro, nunca corro. Correr es de presas, de hombres asustados, de criaturas que no controlan el territorio. Yo camino, pero en este momento incluso caminar me parece un exceso de velocidad.

Me quedo inmóvil, el aire todavía conserva su olor; miedo, sudor, algo dulce, femenino y vulnerable que se me clava en los pulmones. No debería importarme, pero lo hace.

Ya no está. Se ha esfumado por los pasillos de la mansión.

He memorizado cada detalle de esos segundos finales, cuando mis ojos se clavaron en los suyos a través del resquicio de la puerta: el temblor en sus pequeñas y pálidas manos, con esas uñas largas y finas pintadas de negro, agarrando el marco con una fuerza desesperada.

El brillo húmedo en sus ojos verdes bajo la máscara, lágrimas silenciosas que resbalaban por la curva de sus mejillas hasta perderse en el borde del disfraz.

La forma en que su respiración se rompía, entrecortada, como si estuviera a punto de quebrarse…

o de correrse. Estaba asustada pero no apartaba la mirada y eso es lo que más me intriga.

Su cuerpo, contenido, no se había alejado inmediatamente; se había quedado, mirando. Le estaba gustando lo que veía.

—Gata traviesa… —murmuro para mis adentros.

Una sonrisa lenta y peligrosa comienza a formarse en mis labios, pero no la completo, la contengo. Eso es lo que me interesa: esa contradicción, ese misterio que acaba de plantarse en mi camino como una flor en medio del cemento, algo que no debería estar allí pero que ahora exige toda mi atención.

Me giro hacia Alina, que se ha sentado en la alfombra y recoge los restos de su ropa con rabia contenida.

Parece sentirse frustrada o herida por no llamar mi atención lo suficiente.

Se siente como una mujer que está siendo reemplazada.

Lo que no entiende, es que nunca ha tenido un lugar real a mi lado para empezar.

—¿Qué fue eso? —pregunta, con una mezcla de irritación y curiosidad mal disimulada—. ¿Era una camarera o una invitada?

Asiento una sola vez, sin darle más importancia de la necesaria.

—Una camarera.

—¿Y por qué te importa? —Hay un deje de posesión en su voz, un reclamo que ya no tiene validez, pero que ella intenta mantener como si todavía tuviera derecho a cuestionar mis movimientos.

Mi mirada se posa en ella, en su belleza.

Es tan inteligente como hermosa. Tiene esa seguridad de que sabe lo que quiere y no teme pedirlo.

La conozco bien, quizás demasiado bien. Hemos pasado suficientes noches juntos como para que ella conozca mis gustos y yo conozca los suyos.

Pero en este momento, todo eso es irrelevante.

Ella nunca ha significado nada más para mí y siempre he sido claro.

—Me estaba mirando —digo, y mi voz suena extrañamente suave, casi reflexiva, como si hablara conmigo mismo más que con ella.

Alina frunce el ceño y deja escapar una pequeña risa incrédula.

—Mucha gente te mira, Connor. Yo te miro. ¿Me puedes decir qué tiene de especial esta para que terminemos tan pronto la noche y salgas tras ella? —gruñe con ese tono de ofendida que surge cuando alguien descubre que no es tan importante como creía.

—Tú no lo entiendes —respondo, ajustándome los puños de la camisa que aún cuelga abierta de mis hombros—. Limpia esto. Vuelve a la fiesta y disfruta.

Sus ojos destellan con ira por un segundo, un fogonazo de orgullo herido, pero lo controla al instante, porque sabe cuándo retirarse.

Asiente con elegancia, se levanta a pesar del desorden de su ropa y sale de la habitación sin mirar atrás, dejándome solo con el eco de sus tacones contra el parquet.

Empiezo a caminar sin prisa por los pasillos de la mansión.

El parquet cruje bajo mis zapatos mientras las luces tenues iluminan las paredes de roble y los cuadros de tipos muertos hace décadas.

Detrás de algunas puertas cerradas se escuchan voces bajas, risas contenidas y el sonido de vasos chocando.

Negocios, dinero y gente fingiendo lealtad. Lo de siempre.

Pero apenas presto atención porque sigo pensando en ella.

En cómo me miraba desde el otro lado de la puerta, como si no terminara de decidir si estar ahí era una mala idea o la peor de todas.

La mayoría aparta la vista cuando ven quién soy. Pero ella no lo hizo, ni huyó. O no me conoce, o es muy estúpida.

Y quizá por eso no puedo quitármela de la cabeza.

Llego al salón principal, donde la orquesta toca algo de Strauss, elegante y vacío, y los invitados con máscaras de animales beben, ríen, intercambian miradas cargadas de intención.

Examino a los camareros, los rostros escondidos tras máscaras de ciervo, pantera y búho, pero ella no aparece, y eso no me gusta, porque yo siempre encuentro lo que busco.

Pero esta vez, la gatita se ha esfumado y eso es algo que no sucede a menudo. Eso me irrita y me fascina a partes iguales.

Un hombre con máscara de león se acerca, murmurando algo sobre un envío que llegará por el puerto al amanecer. Reconozco su voz, es Lucca, mi mano derecha.

—Asegúrate de que esté limpio —le digo mientras mis ojos siguen escaneando la multitud en busca de un destello de negro, algún movimiento que delate su presencia—. No quiero sorpresas.

—Claro, jefe —responde inclinando ligeramente la cabeza antes de desaparecer entre la multitud como una sombra más.

Pero mi mente está en otra parte: en esos ojos verdes, en el temblor de sus manos, en la humedad que brillaba en su entrepierna negra cuando frotaba sus muslos entre sí.

Sí, la vi. No solo sus ojos; vi todo. Observé cómo su cuerpo respondía al espectáculo, cómo no era una espectadora pasiva sino una participante silenciosa y ardiente que se excitaba con lo que veía.

Me alejo de la multitud necesitando aire, o más bien silencio, espacio para pensar en lo que acaba de suceder y en por qué esa chica consiguió en segundos lo que otras no consiguen en meses: fijarse en mi mente como una obsesión naciente.

Mi despacho está en el ala este de la mansión, lejos del bullicio de la fiesta, un santuario de orden dentro del caos controlado que es mi vida, donde los números se alinean, las estrategias se trazan y los problemas se resuelven de manera definitiva.

Camino hacia allí con pasos que resuenan en el pasillo vacío y, al llegar al final, veo mi puerta entreabierta, apenas un par de centímetros, lo justo para que una lámina de luz del pasillo se cuele y se pierda en la oscuridad del interior.

Me detengo y mis sentidos, siempre alerta, se tensan hasta el punto del dolor, ese hormigueo en la nuca que solo aparece cuando algo no anda bien.

Nadie entra en mi despacho sin permiso, ni siquiera los de mayor confianza; es una regla simple, clara, respetada por todos porque conocen las consecuencias.

Empujo la puerta lo suficiente para entrar sin ruido y el olor me recibe primero: cuero envejecido, whisky de malta y el aroma familiar de mi despacho. Mi territorio.

Pero algo cambia, algo invisible que se siente en la nuca, en la tensión repentina de mis músculos, en el aire quieto. Hay alguien más aquí, mi mandíbula apenas se tensa, no reacciono con brusquedad, no muestro sorpresa ni inseguridad; en mi mundo la vulnerabilidad es un error mortal.

Entro y cierro la puerta sin asegurarla, creando un espacio controlado donde, si hay alguien, saldrá, porque el instinto de huida es más fuerte cuando sabes que has sido descubierto.

La habitación está en penumbra; solo la luz de la luna entra por la ventana panorámica iluminando el contorno del escritorio, los estantes de libros y el cuadro abstracto que es una caja fuerte camuflada.

Entonces lo siento: alguien está conteniendo la respiración.

No es imaginación; es ese silencio particular que solo produce un cuerpo humano intentando desaparecer.

Me abrocho la camisa con calma, cada botón es un ritual de control que me devuelve a mi centro, y me acerco al escritorio para encender la lámpara de pantalla verde.

Un círculo de luz cálida ilumina el roble dejando el resto de la habitación sumida en sombras densas y movedizas.

Veo un reflejo moverse ligeramente. Es rápida pero no lo suficiente, sé que es ella.

Ahora sé dónde está: en el rincón más alejado, detrás del sofá de cuero, en ese hueco estrecho entre el mueble y la pared, el escondite perfecto de un niño asustado.

Mi gatita, perdida en la guarida del lobo sin darse cuenta de que un lobo jamás deja escapar una presa.

Un humor negro y oscuro empieza a bullir en mi pecho, una mezcla de irritación y fascinación casi divertida.