CAPÍTULO 5
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La luz en la habitación es dorada y cálida, filtrada por lámparas que proyectan manchas de color sobre una alfombra persa.
Yo estoy aquí, en el umbral, sosteniendo una bandeja vacía que de repente parece pesar tanto como todo lo que he cargado estos meses.
El aire está denso, huele a perfume de jazmín mezclado con sudor y ese aroma dulzón y animal que ahora reconozco como sexo.
Sé que no debería estar mirando, pero mis pies se han vuelto de piedra y mis ojos no obedecen.
Él lleva una máscara de lobo oscura, casi negra.
A través de las aberturas, sus ojos grises brillan con una intensidad que me traspasa.
Su torso está prácticamente desnudo; la camisa blanca de etiqueta cuelga abierta de sus hombros, deshecha.
Es un mapa de músculos que se tensan y relajan con cada movimiento, un despliegue de fuerza controlada que parece más natural que respirar.
Sus pectorales se tensan con cada embestida, y las líneas marcadas de su abdomen se contraen bajo la piel húmeda de sudor.
La luz dorada resbala sobre él mientras la toma con una brutalidad feroz, hambrienta.
Mis ojos se deslizan hacia abajo, incapaces de mantenerse en otra parte. Sus pantalones negros están en el suelo. La sombra oscura del vello se espesa en su bajo vientre, y aunque no veo todo, presiento la promesa de lo que está sucediendo, enorme y palpitante, hundiéndose en ella.
Bajo él, arqueada contra la alfombra roja, está la mujer de la máscara de zorra.
Su máscara es de cobre bruñido, rojizo, y brilla como si conservara su propio calor.
Su cuerpo es pálido, interrumpido solo por el corsé dorado que lleva desatado, enmarcando unos pechos redondos y pálidos.
En el centro de cada uno, un pezón erecto y rosado, duro y sensible al aire.
Sus piernas, envueltas en medias negras de rejilla, están en alto, enganchadas en su cintura.
Pero no es solo lo que veo. Es lo que siento en mis propias entrañas.
Cada empuje suyo es un latido que resuena dentro de mí, lento, profundo, hasta el borde del dolor. Veo cómo sus caderas se hunden en ella, cómo los músculos de sus piernas se endurecen, cómo su torso se curva en un arco de poder que no domina, sino que comparte.
La zorra gime. No es un sonido fingido; sale de algún lugar profundo, roto, visceral.
Sus uñas, pintadas de un rojo oscuro, se clavan en sus hombros, dejando medias lunas carmesí en su piel.
Y él responde con un gruñido gutural, un sonido que parece surgir de la tierra misma, que me hace contraer los músculos del estómago y despierta algo bajo mi propio corsé negro.
—Sí… ahí —jadea ella. Su voz es suave y peligrosa a la vez. Sus caderas se mueven en un contrapunto frenético, elevándose para buscarlo—. Joder, no pares.
El lobo no habla. Su comunicación es física, absoluta.
Inclina su cuerpo, apoya una mano junto a la cabeza de ella, la otra agarra su barbilla con una ferocidad que me detiene el corazón.
No busca cercanía, sino control. La obliga a girar el rostro, apartándole la mirada.
El gesto es violento, pero ella se ve radiante en esa sumisión.
Puedo ver el sudor corriendo por su sien, el temblor en su mandíbula apretada, el brillo de posesión en sus ojos tras la máscara.
Luego baja la cabeza.
Toma su pezón entre los labios no para besarlo, sino para consumirlo. La boca del lobo se cierra sobre la carne pálida con una succión audible, voraz, y la zorra grita. Un sonido agudo que corta el aire.
Ella entierra sus dedos en el cabello oscuro del lobo, tirando, y él responde mordiendo suavemente, jugando con el pezón entre sus dientes. Es una danza de dolor y placer que la hace estremecerse.
Un calor repentino me inunda. Comienza en mis mejillas y baja por mi cuello como lava, se derrama entre mis pechos apretados por el corsé y se asienta en lo más profundo de mi vientre, un punto pulsátil y húmedo que nunca había sentido con esta intensidad.
Es un vacío que grita. Mis piernas tiemblan y me apoyo contra el marco de la puerta, sintiendo cómo la humedad empapa mis bragas bajo el uniforme.
El tejido negro se pega a mi piel. Nunca he visto algo así.
Nunca he sentido algo así solo con mirar.
Mis experiencias pasan por mi mente como fotografías descoloridas: encuentros rápidos en pisos de estudiantes, manos torpes, ritmos apresurados, un orgasmo funcional que llegaba como un suspiro.
Pero esto es otra cosa. Un animal desatado.
Una conversación sin palabras, donde cada jadeo, gemido y movimiento de cadera es una frase completa.
Estoy hipnotizada. No puedo dejar de mirar.
El lobo cambia el ritmo: sus embestidas se vuelven más rápidas, más cortas, pero igual de profundas.
El sonido de sus cuerpos chocando es constante ahora, un sonido húmedo y primitivo que marca el tempo de mi propio corazón acelerado.
Una de sus manos se desliza entre sus cuerpos sudorosos y mi respiración se corta, porque sé exactamente lo que busca.
La reacción de ella es instantánea, eléctrica.
La zorra grita, un sonido tan agudo que casi duele.
Sus piernas se estremecen violentamente, sus pies calzados en tacones altos se crispan en el aire.
Él le está tocando el clítoris. No puedo ver sus dedos, pero puedo ver sus movimientos en las convulsiones de su cuerpo: presiones firmes, círculos rápidos o lentos, un juego maestro de atención focalizada.
Ella está perdiendo el control. Sus caderas ya no siguen un ritmo, se sacuden en espasmos involuntarios, caóticos, hermosos en su abandono.
Sus palabras se desintegran, se rompen en sílabas rotas, un lenguaje anterior a las palabras.
—¡Ahh… sí, sí! ¡Más fuerte… joder más! ¡No pares! ¡Ahh… ahh… sí, sí!
Mi propia mano se eleva inconscientemente hacia mi boca para ahogar algo, aunque no estoy haciendo ningún sonido.
Siento el gemido formándose en mi garganta, una burbuja de necesidad que lucha por escapar.
El vacío entre mis piernas ya no es solo una sensación, es una necesidad física, aguda y dolorosa.
Como si mis huesos fueran demasiado pequeños para contener este deseo nuevo y monstruoso que ha crecido dentro de mí en cuestión de minutos.
Me aprieto los muslos con fuerza, frotándolos disimuladamente uno contra otro, buscando fricción, alivio.
El movimiento es mínimo, oculto por los pliegues del uniforme y la penumbra, pero para mí es tan monumental como lo que ocurre en la alfombra.
El tejido negro del vestido ya no se siente como un uniforme, sino como una segunda piel demasiado caliente, demasiado ajustada.
Quiero arrancármelo, sentir el aire fresco en mi piel ardiente. Quiero que sus manos lo arranquen.
La escena se intensifica hasta que el aire mismo parece vibrar.
El lobo gruñe algo ininteligible contra su cuello, un mantra de posesión.
Sus movimientos se vuelven menos rítmicos, más caóticos, pero nunca pierden ese control feroz.
Es como ver a un depredador jugando con su presa, saboreando cada momento, pero aquí la presa participa, lo incita, lo desea.
—Lléname —jadea la zorra.
Su voz es apenas un suspiro ronco ahora, desgarrado por el esfuerzo físico y la proximidad del éxtasis.
—Suplica —murmura el lobo.
—Por favor, dentro… Hazlo ya.
La crudeza de sus palabras me golpea como una bofetada física. Caliente. Vergonzosa. Excitante hasta la médula. Nunca he hablado así. Ni siquiera he pensado en pedir algo así. En mi vida, el sexo fue algo que me hicieron, no algo que yo quería de una manera específica, brutal y honesta.
El lobo responde hundiendo los dientes en el cuello de ella, no con fuerza para herir, sino con una posesión clara, marcándola.
Cada fibra de su cuerpo vibra, al borde de quebrarse. Veo cómo cada músculo se endurece, las venas sobresaliendo en sus brazos, la forma en que sus caderas se clavan contra las de ella en un empuje final, profundo, definitivo.
Y entonces él gira la cabeza hacia la puerta. Hacia mí.
Sus ojos grises, esos ojos fríos como el acero invernal detrás de la máscara negra, encuentran los míos a través del resquicio. No parpadea ni se sorprende. Solo mira, como si hubiese sabido que estaba aquí todo el tiempo y sonríe ligeramente.
La intensidad de su mirada me deja sin aire. Me siento completamente expuesta, más que la mujer tendida bajo él. Como si pudiera ver a través de mi uniforme, de mi fachada, de cada muro que he levantado… y alcanzar directamente ese deseo nuevo y tembloroso que intento ocultar.
Mi corazón se detiene. Siento cómo se congela en mi pecho durante un latido eterno antes de estallar en una carrera frenética. El aire se atasca en mis pulmones.
Y en ese momento, mientras nuestros ojos permanecen enredados en una mirada que quema más que cualquier contacto físico, veo cómo su cuerpo culmina.
La respiración se corta de golpe. Los músculos del abdomen se contraen en espasmos poderosos, y su mano se crispa.
Un rugido largo, profundo, gutural, escapa de su garganta.
No es el sonido de antes, sino algo más final, más entregado.
Él se está corriendo. Llegando al orgasmo. Derramándose dentro de ella.
Y no está mirando a la zorra bajo él. Me está mirando a mí.
El pánico debería congelarme ahora, pero no lo hace. Algo caliente y peligroso, me mantiene en mi lugar. Retrocedo un poco, pero no me alejo completamente. Mi corazón late tan fuerte que siento el pulso en mis sienes, en mi cuello, entre mis piernas. La humedad allí se ha hecho palpable.
Él mantiene esa mirada fija e intensa, incluso cuando el último estremecimiento le recorre el cuerpo y su respiración empieza a estabilizarse. Incluso cuando todo termina.
El mundo se inclina. Los bordes de mi visión se difuminan, como si la habitación se estrechara hasta formar un túnel cuyo único extremo son esos ojos implacables, clavados en los míos mientras su cuerpo culmina lo más íntimo que un hombre puede dar.
Mis dedos, rígidos por la tensión, ceden al fin.
La bandeja de plata resbala de mis manos y cae al suelo con un estruendo seco golpeando el suelo de madera pulida justo fuera del umbral.
El choque metálico corta el aire de repente.
El eco se extiende por el pasillo y revienta la intimidad de la habitación, arrancándome de golpe de ese instante.
La visión se rompe. El momento se hace añicos. Pero los ojos del lobo siguen clavados en mí, inmóviles, como si nada más existiera alrededor.
Hay algo todavía más intenso en su mirada ahora, algo oscuro, hambriento. Como si el ruido o mi torpeza… solo hubiera empeorado las cosas.
La zorra gira la cabeza hacia la puerta de inmediato. Sus ojos brillan tras la máscara de cobre mientras recorren mi figura paralizada en el umbral.
Me ha visto.
Y entonces el pánico termina alcanzándome.
Todo lo demás desaparece de golpe: la curiosidad, la tensión, el deseo que me había mantenido quieta frente a esa puerta.
Lo único que queda es la vergüenza, dura y asfixiante, golpeándome de lleno cuando entiendo que me han visto allí, mirando algo que no debía.
Apenas puedo pensar. Mi cuerpo se mueve solo. Retrocedo con torpeza, giro sobre mis talones y echo a correr sin mirar atrás. Ni siquiera sé a dónde voy; solo necesito alejarme de esa habitación y de esos ojos grises que parecían haber visto demasiado de mí en apenas unos segundos.
Corro cargando conmigo el fuego que ellos encendieron y el terror helado de haber sido descubierta alimentándolo. Y es en ese momento cuando me doy cuenta de que estoy llorando. No sé cuánto llevo llorando. ¿Me habrán visto llorar?
Las lágrimas me recorren las mejillas y se cuelan bajo la máscara, cálidas, silenciosas.
No lloro solo por el recuerdo violento, sino por haber visto algo que no sabía que podía existir.
Deseo. Deseo de verdad. Sin miedo, sin dolor, sin prisas.
Y eso hace que todo dentro de mí se desordene todavía más, porque no dejo de pensar en lo fácil que sería ver la misma escena desde fuera y creer que es igual a lo que yo viví.
Un hombre sobre una mujer. Pero no se parecía en nada. No se sentía igual.
Corro hasta que me fallan las fuerzas y termino deteniéndome en un pasillo oscuro, lejos de la música y de las voces.
Me apoyo contra la pared fría mientras intento recuperar el aliento.
Todavía estoy temblando. Mi cuerpo sigue reaccionando a lo que acabo de ver, y eso me asusta.
El deseo sigue ahí, mezclado ahora con el miedo, convirtiéndose en algo que no sé cómo manejar.
Me quito la máscara de gatita y el aire fresco me golpea la cara por primera vez en horas. Tengo las mejillas mojadas y los labios me tiemblan ligeramente. Me paso una mano por el rostro despacio, intentando tranquilizarme.
Pero sé que algo ha cambiado dentro de mí. Una parte de mí se ha roto y otra acaba de despertarse. Y no sé cuál de las dos cosas me da más miedo.