CAPÍTULO 4
brOOK
El mensaje llega al amanecer del tercer día.
No es una llamada ni un correo, sino una carta deslizada en el hueco entre mi puerta y el marco.
Un sobre negro, sin dobleces, como si la hubieran introducido con precisión quirúrgica mientras dormía.
Un escalofrío recorre mi espina dorsal: han estado aquí, en el umbral de mi santuario.
El mensaje es una demostración de poder tan clara como un puñetazo en la cara, tu seguridad solo existe porque nosotros lo permitimos.
Abro el sobre y descubro una tarjeta roja, con letra dorada, genérica pero elegante, imposible de rastrear. Su sola presencia pesa en mis manos como una advertencia muda: saben dónde estoy, saben que estoy sola, y cada respiración que doy está bajo su control.
Reglas:
1. NADIE ABANDONA
Una vez dentro, no se permite abandonar el recinto hasta el final del evento.
2. SIN COMUNICACIÓN
Prohibido el uso del teléfono móvil. Será retirado al entrar.
3. ELLOS VAN PRIMERO
Los invitados siempre tienen prioridad. Siempre.
4. LOS SECRETOS MUEREN AQUÍ
Silencio total. Si escuchas gritos, no intervengas.
5- ERES UNA GATA SUMISA
Tu presencia forma parte del entretenimiento.
Si has llegado hasta aquí, ya es tarde para echarte atrás—. «La Organización»
Aprieto el papel hasta que mis nudillos se ponen blancos.
2211 N. Lakeshore Drive. Conozco la dirección: una de esas mansiones históricas de piedra que se asoman al lago como damas antiguas y despreciativas, un lugar para galas benéficas y recepciones de embajadores.
Así lo ve el mundo, ignorante de lo que ocurre dentro.
El resto del día transcurre en un estado de suspensión extraña.
Realizo mis rutinas como un autómata: desayuno insípido, ejercicios de fisioterapia para el hombro que aún me duele con el frío, y una ducha larga y caliente que no logra penetrar el frío instalado en mis huesos.
La agente Foster no viene hoy, es un martes cualquiera y, aunque la ironía me hace querer reír, un sonido seco y peligroso se ahoga en mi garganta.
Al atardecer, empiezo a prepararme, un ritual meticuloso y casi sagrado que me obliga a concentrarme en cada detalle.
Primero, el cuerpo: froto mi piel con el jabón de vainilla y canela, un aroma que me ata a la vida que tuve y a los pocos placeres que aún me pertenecen.
Me seco, siento la piel tibia y húmeda bajo mis manos, y luego me arreglo el pelo ondulado, dejándolo caer libremente en un intento inútil de que mi melena oculte algo de lo que el uniforme revela.
Me maquillo con cuidado porque sé que esperan vernos perfectas, impecables, y cada trazo sobre mi rostro es un recordatorio de que esta apariencia es un arma, no un capricho.
Luego abro la caja de cartón gris y saco el corsé de polipiel negro, más frío de lo que recordaba. Me enfundo en él, subiendo la cremallera delantera con movimientos precisos hasta que la respiración se vuelve un poco más superficial y mi postura se endereza forzosamente.
La falda esponjosa es ridícula, una nube negra y vulgar que apenas cubre mis muslos, mientras las medias de red me pican al deslizarse y los ligueros se enganchan con un clic siniestro. Me ajusto el collar con un pequeño cascabel y ahora sí, el toque final: La máscara.
La sostengo frente al espejo del baño y, a través de las estrechas rendijas, mis ojos me devuelven la mirada, reducidos a dos fragmentos verdes atrapados en la oscuridad. Ya no soy Brook ni siquiera Grace. Solo soy un juguete, un par de orejas de gata y una sonrisa falsa.
Me la ajusto, la banda elástica se hunde en mi cabello y el mundo se reduce aún más; la visión periférica se corta, solo veo lo que tengo directamente delante. Es justo lo que quieren. Perfecta para ellos. Hecha para el juego.
Me pongo un abrigo largo, negro, para que nadie me vea así vestida, y guardo la máscara en el bolso junto con las llaves de casa y mi identificación falsa. Salgo justo cuando el cielo adquiere el color violáceo de un moretón viejo, camino hasta la acera y tomo un taxi. Nadie me mira dos veces.
2211 N. Lakeshore Drive se alza imponente contra el cielo nocturno del lago.
Las ventanas de la planta baja están veladas con pesadas cortinas, pero entre las rendijas se filtra un brillo dorado y parpadeante, mientras el bajo sordo de la música retumba como un latido enfermo.
No me acerco a la puerta principal, custodiada por dos hombres grandes con esmoquin y expresión de granito, y rodeo la mansión por el lado este, donde huele a basura y humedad.
La puerta de servicio es de metal pesado, pintada de negro, y junto a ella hay un pequeño interfono sin marcar. Presiono el botón sin decir nada.
Escucho un chasquido seco y metálico y la puerta se abre unos centímetros.
Me encuentro con la mujer del conjunto pantalón negro, la misma de la prueba, que me evalúa con una mirada rápida y desapasionada; sus ojos pasan por encima de mí mientras me quito el abrigo y ella me registra por encima del uniforme, mientras vuelvo a ponerme la máscara.
—Por aquí —dice con un susurro rasposo—, el guardarropa está al fondo del pasillo. Deja tu ropa de calle allí, recibirás un número y no lo pierdas, es lo único que te sacará de aquí.
Asiento en silencio y paso a su lado. El pasillo de servicio es estrecho, iluminado por bombillas desnudas y cargado del olor a limpiador fuerte y comida vieja.
Al final hay una habitación pequeña con perchas y estantes metálicos, donde ya están otras dos chicas: una ajustándose las alas de mariposa de satén, otra con una máscara de tigre y un corsé rojo.
Ninguna habla, sus movimientos son medidos y precisos.
El intercambio es puramente funcional: me despojo del abrigo y los zapatos de calle, los meto en una bolsa de tela que una mujer muy callada me entrega junto a una chapita metálica con el número 23, y me entrega unos tacones altos y delgados, negros, que pinchan como agujas y me obligan a enderezar la espalda de forma rígida, recordándome que cada gesto, cada respiración, está bajo vigilancia.
—La sala principal está al final del pasillo, a la izquierda —murmura la mujer del guardarropa sin mirarme—, las bandejas están en la cocina, llénalas, circula y recoge vasos vacíos sin detenerte, no hables a menos que te lo pidan y sonríe. Bueno, ya conoces las reglas.
Salgo del guardarropa y avanzo por el pasillo, cada paso amplifica el ruido que crece como un pulso vivo.
El bajo sordo se convierte en un latido trepidante, las notas graves vibran bajo mis pies y me recorren el cuerpo.
El aire cambia y el olor a limpiador se desvanece, sustituido por una mezcla abrumadora: perfume caro y dulzón que se pega a la piel, sudor caliente de cuerpos cercanos, el olor ácido y metálico del alcohol de alta gama.
Por debajo, un aroma más dulce y peligroso, a quemado y químicos… fentanilo. Lo reconozco al instante, un conocimiento aprendido de los reportes que leí en los artículos, y siento cómo cada inhalación me recuerda lo frágil de mi posición.
Empujo una puerta doble de madera tallada y entro en el salón principal.
Y el mundo se detiene: un cataclismo de exceso, una orgía para todos los sentidos diseñada para aniquilar la cordura.
La habitación es enorme, con techos abovedados pintados con frescos mitológicos, ahora velados por el humo.
Una araña de cristal de Bohemia, del tamaño de un coche pequeño, lanza destellos caleidoscópicos sobre la escena.
La música está tan alta que la siento en los dientes, un beat electrónico primitivo que sacude las paredes.
Y la gente… Dios, la gente.
Hombres en esmoquin impecable, máscaras que van desde simples antifaces de seda hasta elaboradas caretas de animales de todos los colores, se mezclan con mujeres vestidas como yo, fantasías de burdel: ángeles con alas torcidas, diablitas con tridentes de plástico…
Algunos bailan, cuerpos presionados unos contra otros como si intentaran fundirse.
Otros permanecen tumbados en enormes sofás de terciopelo rojo, hay líneas de un polvo blanco sobre mesas de cristal, inhaladas con pajitas doradas.
Veo a un hombre con máscara de cerdo besar con avidez el cuello de una mujer con disfraz de cisne mientras su mano se desliza bajo su falda inexistente.
En un rincón, tres figuras entrelazadas se mueven con una sincronía sórdida, gemidos ahogados por la música, pero visibles en el arqueo de sus espaldas.
Esto… esto es la carne descompuesta, el id desatado, el exceso elevado a arte brutal.
Me quedo paralizada en el umbral, la bandeja vacía tiembla en mis manos, la náusea se eleva, caliente y amarga, en mi garganta. El instinto grita: corre, escapa, esto no es para ti, esto te destruirá.
Pero entonces veo un brazo, un hombre alto con la espalda hacia mí ajustándose el puño del esmoquin, y en la muñeca que queda expuesta, asomando por debajo de la camisa blanca, un borde de tinta oscura: un tatuaje cuyo diseño no puedo distinguir; mi corazón da un vuelco salvaje, golpeando contra los cordones del corsé como un pájaro enjaulado.
Él podría estar aquí, en esta misma habitación, y ese tatuaje me recuerda exactamente por qué estoy aquí.
La náusea se transforma y se congela en un núcleo de atención absoluta, el miedo no desaparece, se afila y se convierte en una herramienta.
Bajo la mirada, no puedo observar, solo servir.
Me deslizo hacia la izquierda, hasta una larga barra llena de botellas de cristal tallado y frutas exóticas, lleno mi bandeja con copas de champán con movimientos eficientes, y luego me vuelvo para sumergirme en la corriente humana.
Las reglas se convierten en mi mantra con cada paso: no llames la atención.
Me deslizo entre la multitud con los hombros ligeramente encorvados, reduciendo mi silueta, manteniendo la bandeja estable, ofreciendo las copas con gestos discretos, asiento ligeramente si alguien toma una, paso de largo si me ignoran.
Soy parte del mobiliario, una extensión del servicio que se funde con el ambiente sin dejar huella.
No mires a los ojos. Mi visión se dirige siempre al pecho de la persona, a sus manos, a la copa vacía que necesita reemplazo.
Veo fragmentos: una mano con anillos gruesos acariciando un muslo desnudo, una boca manchada de carmín alrededor de una pajita, una máscara de lobo con ojos de cristal que parecen seguirme, pero nunca, nunca encuentro su mirada, desvío la mía un segundo antes de que pueda ocurrir.
Mientras sirvo, absorbo cada detalle como una esponja envenenada: el hombre con la máscara de pájaro y el acento del este que habla demasiado alto sobre «flujos de distribución», el grupo de tres capos —lo sé por cómo los demás se apartan— sentados en un diván elevado, observando la fiesta como emperadores desde un palco, sus medias máscaras de plata reflejando la luz tenue, y la mujer con disfraz de cuervo, llorando en silencio mientras un hombre le susurra algo al oído, las lágrimas arrastrando el rímel por debajo de su máscara de plumas.
Y los tatuajes: veo varios, unas letras góticas en una nuca, una serpiente enroscándose alrededor de un bíceps, pero no veo ni la daga ni la rosa marchita.
La intensidad del salón principal empieza a pesar sobre mí, demasiado rápida, demasiado ruidosa, el olor a sexo y drogas mezclándose en mi cabeza hasta marearme. Necesito un momento, necesito un lugar donde el aire no esté cargado de tanta decadencia.
El tintineo del hielo en mi bandeja de plata es el único sonido en el que logro concentrarme para no perder la compostura.
Mis zapatos de tacón alto, parte de este ridículo uniforme, ya me duelen después de tres horas de servicio, el corsé negro me oprime las costillas, las medias con ligueros me rozan los muslos y la máscara mínima que apenas cubre mis ojos choca con mis pestañas.
La mansión rebosa opulencia, pero yo solo respiro el aire cargado de perfume caro y pretensión.
Me deslizo por el ala este con la excusa de reponer copas, pero en realidad huyo del calor sofocante del salón principal.
Aquí la música es un poco más tenue, un bajo lejano que retumba en las paredes de madera, mientras el pasillo se ilumina con candelabros tenues y las sombras bailan largas y retorcidas.
Puertas cerradas se alinean a ambos lados, algunas entreabiertas dejando escapar gemidos, risas ahogadas y el sonido de vidrio roto.
Camino sin rumbo fijo, pero con los sentidos alerta, paso frente a una sala de billar donde dos hombres sin máscara juegan en silencio, con sus rostros duros e inmóviles, y frente a lo que parece un pequeño salón para fumadores, lleno de neblina azulada y olor a puro.
Luego llego a una puerta más grande y pesada, de madera de roble tallada: libros y lechuzas, la biblioteca. La puerta no está del todo cerrada y una rendija de unos cinco centímetros vierte una línea de luz dorada sobre el suelo oscuro del pasillo.
Me detengo, y de esa rendija comienzan a escapar sonidos distintos de los gemidos genéricos de la sala principal, más intensos, más… personales: un murmullo bajo y ronco cargado de posesión y dominio cuya intención es clara. Un jadeo entrecortado y profundo que lucha por encontrar aire…
Es el sonido de alguien que se ha abandonado por completo, que ha cruzado un límite del que no hay retorno.
Me detengo en las sombras, congelada. La respiración se ha hecho tan superficial que apenas mueve el aire frente a la máscara y mi corazón late no con miedo sino con una adrenalina extraña, electrizante. Esto no es solo sexo, es un ritual, una exhibición de poder a través del placer.
Cada fibra de mi ser me grita que me dé la vuelta, que esto es demasiado peligroso, pero la otra parte de mí, obsesión y venganza pura, se inclina hacia adelante, porque si los hombres poderosos de La Spina se relajan aquí, si bajan sus máscaras en lugares como este…
¿Quién está al otro lado de esa puerta? ¿Podría ser él, el hombre con la daga y la rosa marchita mostrando su verdadera naturaleza desatada?
La curiosidad es un veneno dulce que gotea en mis venas.