CAPÍTULO 3 #5
Giovanni me observa intensamente, buscando cualquier grieta, cualquier error, cualquier muestra de que esto me está afectando realmente.
Mantengo el rostro tan inmóvil como la máscara que llevo, respirando de manera regular, las manos quietas, aunque por dentro cada célula me grita horror, repugnancia y una culpa que quema.
—Bien —dice Giovanni finalmente, rompiendo el silencio tenso—. Has mostrado el control necesario. Has mostrado comprensión de la realidad de nuestro mundo.
Se levanta, camina hacia mí deteniéndose a un metro de distancia, estudia mi rostro a través de la máscara como buscando algo último: quizás humanidad residual, quizás duda. Finalmente asiente.
—Has superado la tercera prueba, bienvenida al equipo. Esperamos que sirvas con la misma discreción y eficiencia demostrada hoy.
Vinnie, soltando el dedo pequeño sobre la mesa, viene también y me da una palmada en la espalda que me hace tambalear.
—Tienes agallas, novata. Admito que pensé que llorarías con la primera sangre, pero te has mantenido firme. Buena chica—. Su risa huele a vodka y su cercanía es opresiva.
Giovanni hace un gesto a los guardias, quienes arrastran al hombre encapuchado inconsciente fuera de la habitación, dejando tras de sí un rastro de sangre, gotas rojas sobre la alfombra persa oscura que las absorberán y permanecerán invisibles, desaparecerán igual que todo lo sucio que este mundo absorbe sin dejar huella, a menos que mires demasiado de cerca.
—La fiesta de máscaras es en tres noches —dice Leo finalmente—. En un lugar que se te informará el día anterior. Llegas a las diez en punto, ni antes ni después.
La mujer se acerca a un armario empotrado y saca una caja de cartón gris perlado, plana y ancha, y me la entrega.
—Tu uniforme para el evento. Todo lo necesario está dentro, no hables de esto con nadie, ni siquiera con las otras chicas del casino.
—Puedes retirarte —dice Giovanni.
Asiento brevemente, me giro y salgo del sótano con pasos medidos hasta traspasar la puerta, que se cierra tras de mí con un sonido definitivo.
Subo las escaleras, avanzo por el pasillo y me encierro en los baños del casino.
Allí, finalmente sola, respiro profundamente mientras un temblor violento recorre todo mi cuerpo, incapaz de contenerlo más.
Me apoyo contra la pared fría de baldosas, frente a frente conmigo misma en el espejo.
El sudor frío empapa mi uniforme y me invade un mareo intenso, siento que voy a derrumbarme.
Pero me sostengo en pie, en silencio, manteniendo el control.
Porque sé que esto es solo el principio.
Sé que he cruzado una línea irreversible y que una parte de mí quedó atrás en aquella habitación, junto al dedo, la sangre y los gritos.
Y también sé que, aunque el asco, el horror y la culpa me quemen por dentro, continuaré, porque después de presenciar y permitir esto, solo queda la venganza.
Al salir del edificio, el aire nocturno me golpea el rostro como una bofetada. Respiro como si fuera la primera bocanada real en horas, pero el aire sabe distinto: a hierro, miedo y culpabilidad.
No abro la caja hasta llegar a mi apartamento.
La coloco sobre la mesa de la cocina, bajo la luz fría del fluorescente que parpadea.
Dentro, cuidadosamente doblados sobre papel de seda blanco, están los componentes del disfraz: un corsé de polipiel negro con cremallera delantera y un escote descarado, una falda cortísima y esponjosa, como de tutú decadente, medias de red con ligueros bordados, guantes a juego y una máscara acompañada de un collar de mascota.
No es una máscara elegante ni misteriosa, es la máscara de un gato kitsch: negra, con solo dos aberturas para los ojos y orejas puntiagudas. El collar lleva un cascabel, el símbolo es claro: no soy una persona, soy un accesorio, una mascota. Una gatita para entretenerlos.
Cojo la máscara y me la acerco al rostro.
A través de las estrechas rendijas para los ojos, el mundo se ve recortado, limitado, como mi vida ahora mismo.
No siento triunfo, solo el peso helado del umbral que acabo de cruzar.
La prueba no era ver si podía servir copas, sino si podían romperme, degradarme, moldearme en algo dócil y sin voluntad. Y yo les he demostrado que era posible.
Lo que ellos no saben es que mi docilidad es un disfraz tan elaborado como el de gatita. Que dentro del vacío que les mostré no había sumisión, sino ganas de hacerles pagar. Las humillaciones no me han debilitado, me han forjado.
Me acerco a mi pizarra blanca, al mapa de mi venganza. Con un rotulador rojo —el color de la sangre del hombre encapuchado—, rodeo las palabras «FIESTA DE MÁSCARAS» y escribo:
PRUEBA SUPERADA. ACCESO CONCEDIDO.
Luego, con calma, cuelgo la máscara de gatita en el borde superior de la pizarra, queda ahí, suspendida como un trofeo siniestro. Respiro hondo, el aire entra y sale de mis pulmones con un ritmo firme y controlado.
En tres noches caminaré hacia el corazón de la bestia disfrazada de su mascota. La venganza ya no es un fantasma: ahora tiene un disfraz, una fecha y un lugar. Y nada, ni nadie me detendrá.