CAPÍTULO 3
brOOK
La seguridad es una mentira, una ilusión. Te venden la idea de que cuatro paredes, una puerta con tres cerraduras y un nombre nuevo son un escudo, pero un escudo solo sirve si estás dispuesto a esconderte detrás de él para siempre. Y yo no lo estoy.
Cada martes, cuando la agente Foster se sienta en mi sofá con su libreta y sus preguntas, veo el futuro que me ofrecen: una larga y lenta descomposición. Básicamente quieren que desaparezca. Respirar y esperar a morirme de aburrimiento bajo otro nombre.
El Casino Riviera ya no es solo un trabajo, es mi campo de entrenamiento.
He aprendido a pasar desapercibida como una sombra.
He memorizado docenas de caras, decenas de nombres falsos, los patrones de quién bebe qué y con qué frecuencia.
He visto intercambios de dinero que no aparecen en ningún recibo y he escuchado susurros que cortan el aire como cuchillos.
He aprendido a identificar a los hombres de La Spina por cómo todos se apartan a su paso.
Nadie se relaja cerca de ellos. Cada gesto, cada movimiento, cada silencio me enseña quién tiene poder y quién solo finge tenerlo.
Pero todavía no he visto el tatuaje. No he llegado a encontrar a mi objetivo.
Las fiestas se han convertido en una obsesión desde aquel fragmento de conversación entre Tanya y Red; empiezo a escuchar más, filtrando el rumor del ruido, y se mencionan en susurros: «el evento del almacén», «la reunión en la casa del lago», «la fiesta de las máscaras».
Esta última es la más citada, la más velada en misterio, a veces una a la semana, a veces una al mes, siempre en un lugar diferente, solo con invitación, código de vestimenta: elegancia y anonimato.
Y según los susurros más sucios, las camareras no llevan vestidos, llevan…
disfraces, juguetes animados para los invitados.
Esa es mi entrada, tiene que serlo. Conseguir que me seleccionen no ha sido cuestión de preguntar directamente, sino de volverse indispensable en lo invisible, de ser la camarera que nunca se queja, que nunca tropieza, que tiene la bebida lista antes de que el cliente se dé cuenta de que la quiere.
Dejo caer, cuidadosamente, en oídos adecuados, que tengo deudas médicas por un familiar enfermo, una mentira lo bastante creíble como para justificar mi necesidad desesperada de dinero en efectivo sin preguntas.
Sam, el gerente, finalmente me aborda, después de cerrar. El casino está en silencio, un silencio extraño y vacío tras el caos de horas anteriores.
—Brook. Ven un momento.
Le sigo hasta su oficina, con el corazón golpeando contra mis costillas en un ritmo de guerra.
—He oído que necesitas trabajar más —dice sin preámbulos, encendiendo un cigarrillo—. Horas extras, de las que no aparecen en la nómina.
—Sí, señor. Lo que sea.
—No cualquier cosa —me corrige, exhalando una bocanada de humo que se enrosca en la luz de la lámpara de escritorio—.
Hay un evento, un trabajo especial que paga diez veces lo que ganas aquí en una noche, pero no es servir whisky a borrachos, Brook.
Esto no es un juego. Y una vez lo sepas, no hay marcha atrás.
Me quedo quieta, esperando a que continúe, mientras en mi cabeza resuena «no hay marcha atrás».
—Es una prueba —continúa—. Si la pasas, trabajas en los eventos. Si la fallas… —golpea el aire con el cigarrillo— no volverás a pisar este lugar y podría ser muy difícil que consigas trabajo en otro sitio. ¿Entiendes?
Entiendo perfectamente que es una advertencia velada y que este mundo no deja testigos incómodos.
—Entiendo, me parece bien, señor.
—Esta noche será tu prueba. Quédate después de limpiar.
Las horas siguientes son un ejercicio de autocontrol absoluto.
Limpio mesas, lavo copas y restriego derrames con movimientos mecánicos mientras mi mente gira a toda velocidad.
¿Qué clase de prueba? ¿Física? ¿De lealtad?
¿De resistencia? Tengo miedo, mucho. Pero las imágenes del tatuaje, el eco del dolor en mis huesos, la voz cansada de mi madre al teléfono…
Todo eso transforma mi miedo en combustible.
Cuando el último empleado se va, Sam me hace una señal.
No salimos por la puerta principal, nos dirigimos a una puerta trasera, sin marcar, al final de un pasillo del almacén, que abre con una pequeña llave negra de su llavero; detrás, unas escaleras descienden hacia una oscuridad húmeda y silenciosa.
—Abajo —ordena.
El aire se vuelve más frío, húmedo, con olor a tierra y a cemento viejo. Bajamos dos tramos hasta un pasillo estrecho y nos encontramos con otra puerta, esta de metal sólido. Sam llama con un patrón específico: dos golpes, una pausa, tres golpes, y la puerta se abre hacia dentro.
El salón privado me envuelve en un mundo aparte, pequeño y opresivo, con un aire a lujo gastado.
La luz es tenue, proveniente de unas pocas lámparas con pantallas de seda roja que tiñen las paredes de rojo oscuro.
Hay sofás bajos, mesas de centro con superficies de cristal ahumado.
El aire está cargado con un perfume pesado, mezclado con el olor a cigarrillo y algo más, metálico, indefinible.
Veo cinco personas esperando. Reconozco a Leo, uno de los supervisores del casino, un hombre calvo con ojos de reptil y un traje que le sienta demasiado bien para este subterráneo.
A su lado, una mujer rubia a la que nunca había visto, vestida con un vestido negro impecable y el pelo rubio corto enmarcando su rostro.
Es preciosa. Sus ojos son los que más me evalúan.
En uno de los sofás, hay dos hombres: uno es el tipo musculoso de los nudillos cicatrizados que a veces hace de «seguridad» en el casino; el otro, más joven, más nervioso, jugueteando con una copa vacía.
Y en un rincón, de pie, una camarera veterana, Tanya.
Nuestras miradas se encuentran por un instante. En la de ella no hay sorpresa, solo una resignación sombría y un destello de… ¿lástima? Luego desvía la mirada.
—Brook —saluda Leo, con su voz suave, casi paternal, sonando falsa en la penumbra—. Entra y cierra la puerta.
La puerta de metal se cierra a mis espaldas con un clic definitivo. El sonido resuena en mi pecho. Ahora sí, ya no hay vuelta atrás.
—Tanya habla muy bien de tu trabajo —dice la mujer rubia. Su voz es rasposa, como si hubiera fumado dos paquetes al día durante cuarenta años—, dice que eres discreta, que no tienes… oídos.
—Solo para escuchar órdenes —repito mi mantra, con una voz sorprendentemente firme.
—Las órdenes aquí son diferentes —salta Leo, acercándose, dándome una vuelta lenta y evaluadora—.
El evento para el que podrías ser contratada es delicado, los invitados son hombres importantes, hombres que pagan mucho por privacidad, por placer…
y por la seguridad de que lo que ocurre dentro, se queda dentro.
—Entiendo la confidencialidad.
—No es solo confidencialidad —interviene la mujer—, es tolerancia: los invitados pueden ser…
exigentes, pueden poner a prueba los límites.
Tu trabajo no es tener límites, tu trabajo es servir, sonreír y asegurarte de que su experiencia sea impecable, sin importar lo que pidan, sin importar lo que veas.
Una bola de hielo se forma en mi estómago.
—Para demostrar que tienes el temple necesario —continúa Leo—, vamos a simular una situación: una fiesta de alto estrés.
Tú serás la camarera, nosotros y algunos…
colaboradores —hace un gesto hacia el hombre musculoso y el joven nervioso— seremos los invitados.
Habrá otros empleados también, y tu prueba tendrá varias partes.
Señala hacia una mesa auxiliar donde hay un pequeño montón de tela negra.
—Primero, el atuendo adecuado. En estos eventos, las camareras son parte del ambiente, una fantasía que debes encarnar vistiendo para el papel.
Me acerco a la mesa: esto no es un uniforme, es ropa interior de encaje negro, provocativa, diseñada para enseñar más que para cubrir, con un sujetador minúsculo, una braguita igual de insignificante y unas medias de red con ligueros.
El mensaje está claro: no se trata de una prueba profesional, es una humillación calculada, pensada para quebrarte desde el primer momento.
La vergüenza me golpea como una ola caliente, subiéndome por el cuello hasta las mejillas. Siento todas sus miradas clavadas en mí, esperando mi reacción. ¿Llanto? ¿Indignación? ¿Negación?
Frente a la humillación, pienso en aquella noche: el destello de la daga en la piel sudorosa, el peso aplastante, el aliento de ese hombre en mi cuello, y con eso en mente, esta tela barata no es nada.
—¿Dónde me cambio? —pregunto, con voz no mucho más que de un susurro, pero clara.
La mujer señala con la cabeza una puerta lateral y entro, cerrándola tras de mí; un baño pequeño y sucio donde mis manos ahora tiemblan mientras me desabrocho el vestido negro del casino y el frío del aire acondicionado me golpea la piel desnuda.
Me miro en el espejo empañado y veo la cicatriz delgada y rosada cerca de la cadera que no recuerdo haber recibido, y en mis ojos, reflejados como los de Brook Harper, asustados pero decididos.
Me pongo la prenda y el encaje me roza la piel como un recordatorio constante, me siento expuesta, vulnerable, reducida a un objeto, pero bajo esa vulnerabilidad, el núcleo de acero que he estado forjando durante semanas se enfría aún más.
Es un disfraz necesario, el primero para llegar al otro disfraz más importante: el de la camarera invisible en fiestas privadas.
Cuando salgo del baño, el silencio en la sala es absoluto y siento el peso de todas las miradas. El hombre musculoso sonríe con una expresión desagradable y llena de dientes, el joven nervioso parpadea y desvía la mirada rápidamente, Tanya mira al suelo, Leo y la mujer me evalúan fríamente.
—Bien —dice Leo finalmente—. Comencemos.
La fiesta comienza con música baja, un jazz lento y sensual que sale de altavoces ocultos, y las luces se atenúan aún más.
Primera prueba:
Provocación.