La Spina Negra CAPÍTULO 2 #3
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CAPÍTULO 2 #3

No respondo. Solo aprieto con más fuerza la bandeja antes de alejarme.

Mientras preparo bebidas en la barra, veo cómo un hombre más joven se acerca, se inclina y le susurra algo. El hombre de la cicatriz asiente, sin cambiar de expresión, y saca un fajo de billetes del bolsillo interior. La transacción es rápida, discreta, completamente normalizada en este entorno.

Son de La Spina. Lo sé, no por algo que hayan dicho o hecho explícitamente, sino por el aire que los rodea, por la manera en que los demás clientes les ceden un espacio invisible a su alrededor, por la frialdad profesional de su violencia latente.

No he visto el tatuaje de la rosa marchita. No he visto a mi hombre. Pero estoy en su territorio, respirando el mismo aire envenenado.

Con el paso de los días, las semanas, mi mente analítica empieza a mapear el casino, no solo la distribución física, sino también los flujos de poder: quién habla con quién, quién paga las rondas, quién recibe los susurros.

Aprendo que los viernes por la noche son diferentes y que la energía es más cargada, más expectante.

Llegan más hombres de traje, a veces acompañados de mujeres demasiado jóvenes y perfectas. El dinero fluye con más libertad y los susurros se hacen más frecuentes.

Es el final de la jornada de un viernes cualquiera, y mientras recojo vasos vacíos de una mesa de blackjack, no puedo evitar escuchar la conversación sigilosa de dos camareras veteranas, Tanya y una mujer a la que llaman «Red».

Están en un rincón cerca de las neveras, contando las propinas de la noche.

—Una locura, como siempre —dice Tanya, contando billetes con dedos ágiles—. Dicen que la de la semana pasada en el almacén de River North... ni te cuento. Puro exceso, y totalmente clandestina.

Red chasquea la lengua con desaprobación.

—Yo no iría ni aunque me pagaran el triple. Esa gente se pasa, y lo que se ve allí...

—Pero pagan, hermana, pagan en efectivo y no hacen preguntas, solo hace falta tener estómago para aguantarlo.

—Estómago tengo para lo que sea, pero hay límites, esas fiestas privadas no son para servir copas, son para… otra cosa.

Me quedo inmóvil, con un vaso sucio en una mano y un cenicero pegajoso en la otra; y mi pulso, que había aprendido a mantener constante en este entorno, da un vuelco brusco al oír esas dos palabras: fiestas privadas.

Tanya baja aún más la voz, pero el ruido de fondo del casino —el zumbido de las máquinas, las conversaciones— se desvanece para mí como si alguien hubiera bajado el volumen de todo excepto de su voz.

—Solo se puede ir con invitación, sin teléfonos ni nombres, casi siempre con máscara, y lo que pasa ahí se queda ahí, ¿sabes? Entre los jefes, los clientes grandes… y las chicas, que no siempre salen igual que entraron.

En ese momento, el hombre de la cicatriz pasa cerca de ellas, lanzando una mirada cortante y cargada de advertencia a Tanya. Ella se calla al instante, fingiendo un acceso de tos mientras dobla los billetes con manos que ahora tiemblan ligeramente.

Pero la semilla ya está plantada. Brota al instante, envenenada y vibrante, en el suelo fértil de mi obsesión.

Fiestas clandestinas, salvajes, donde los «jefes» por fin se relajan y las reglas del casino —ya de por sí laxas— se quiebran del todo, un territorio donde un caporegime con un tatuaje de una rosa marchita podría bajar la guardia, podría ser… accesible.

Mientras el casino se va vaciando y las luces empiezan a hacerse más crudas, entro en un estado de hiperalerta, procesando cada fragmento de conversación, cada mirada intercambiada y cada risa forzada a través de este nuevo prisma.

Las fiestas. Tienen que ser la clave: el casino es el frente, el lugar de los negocios.

Las fiestas son el trasfondo, el territorio de los placeres y los excesos, donde emerge la verdadera naturaleza de esta gente.

Es mi oportunidad, la única manera de acercarme lo suficiente para identificar al hombre que busco, estudiar sus movimientos, aprender sus hábitos y encontrar un momento, una debilidad, una apertura.

Esa noche, de vuelta en mi apartamento silencioso, no me siento en el sofá como suelo hacer. Me quedo de pie frente a la ventana, contemplando las luces de Chicago que se extienden hasta donde alcanza la vista. Mi ciudad, la misma que escondió a mi asesino en sus entrañas.

La frustración, el miedo y la sensación de impotencia se han transformado, fundiéndose en el horno de esta nueva determinación. Ya no soy una víctima a la espera de la siguiente herida, soy una cazadora aprendiendo del territorio de su presa.

Prefiero esto antes que seguir pudriéndome en este apartamento. Esa vida era una cárcel de algodón, suave pero asfixiante, y yo he elegido otra, hecha de peligro y propósito.

Mi único objetivo, mi única razón para respirar ahora, es infiltrarme más profundamente, entrar en una de esas fiestas, estar en la misma habitación que él, cerrar la distancia entre la daga en su piel y la venganza en mi corazón.

Mi adaptación ha terminado. Mi infiltración acaba de comenzar. Ya no hay vuelta atrás.