La Spina Negra CAPÍTULO 2 #2
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CAPÍTULO 2 #2

Escribo «daga rosa marchita tatuaje significado» y los resultados son una mezcla caótica de sitios sobre simbolismo de tatuajes y foros oscuros dedicados a crímenes reales.

Me adentro en esos foros, en esos rincones de internet donde la gente especula con morbosa obsesión sobre asesinatos sin resolver y organizaciones criminales.

Las horas pasan, ni siquiera recuerdo haber comido.

La luz del día se filtra por la ventana, se estanca sobre la alfombra y luego comienza a desvanecerse.

Mis ojos arden de cansancio, mi espalda protesta por la mala postura, pero no me detengo.

Finalmente, en un hilo antiguo y archivado sobre «iconografía de la mafia italiana en el Medio Oeste», encuentro una referencia.

Un usuario anónimo menciona de pasada: «La Spina usa marcas de tatuajes específicas para denotar rango.

Una daga y una rosa marchita es para un caporegime, básicamente un capo. No es cualquier matón».

«La Spina».

Siento una presión incómoda en el pecho al leerlo.

El nombre aparece de nuevo en un artículo del Chicago Herald, de hace cinco años.

Un reportaje de investigación sobre la infiltración del crimen organizado en las licencias de casinos.

El artículo es cauteloso, lleno de «se alega» y «fuentes no identificadas», pero no hay dudas: La Spina.

Controla contratistas, préstamos y apuestas ilegales. Una red criminal organizada y letal.

Un caporegime.

Todo cobra sentido. Mi agresor no es un ladrón al azar, no fue un encuentro casual de violencia callejera; era un mensaje, un trabajo profesional. Y él es un jefe, un hombre con poder, con soldados a su mando y un lugar firme en un mundo organizado y brutal.

La revelación debería asustarme más de lo que lo hace —¿por qué un capo de la mafia italiana vendría a por mí?

—Pero, aunque el miedo está presente, también siento algo nuevo: enfoque.

Por primera vez desde que desperté en el hospital, la niebla de confusión y dolor retrocede, dejando al descubierto un paisaje nítido y despiadado.

Tengo un enemigo concreto: no es un fantasma, pertenece a una estructura criminal y tiene un nombre.

Y si tiene una estructura, tiene puntos débiles.

Algo extraño sucede dentro de mí mientras investigo.

Una parte de mi cerebro que no sabía que existía —o que había estado dormida bajo la vida ordenada de Grace— se despierta plenamente y empieza a obsesionarse.

Es una mente fría, analítica, obsesiva. Empiezo a ver patrones donde antes solo veía información caótica, conectando puntos entre nombres de artículos, empresas fachada mencionadas y direcciones que se repiten en referencias policiales.

Es como resolver un rompecabezas enorme y peligroso, y cada pieza que encaja produce un clic satisfactorio y aterrador en mi mente.

Me doy cuenta ahora: Grace Sterling era una analista financiera brillante.

Rastreaba indicadores en los mercados, en los flujos de capital, con una maestría que le valió ascensos rápidos.

Ahora analizo personas igual que antes analizaba números.

La misma mente que antes decodificaba gráficos y tendencias ahora analiza vidas y movimientos criminales.

Nada ha cambiado excepto el sustrato: de los números a los cuerpos, de las ganancias a la muerte. Cada detalle encaja en un mapa invisible, cada movimiento revela una intención, y por primera vez siento que puedo anticipar lo que antes solo percibía como caos absoluto.

Esta nueva percepción, este agudeza de los sentidos bajo presión extrema, es a la vez un don y una maldición. Me permite avanzar, pero también profundiza mi obsesión.

Cada nuevo fragmento de información que descubro sobre La Spina —un lavado de coches que sirve de tapadera para las apuestas, un restaurante siempre vacío, pero nunca cerrado— no me satisface, sino que me deja con hambre de más.

Necesito acercarme. El corazón me late tan fuerte que me cuesta quedarme quieta.

La idea aparece poco a poco, y cuando intento apartarla, vuelve. No puedo golpear a La Spina desde fuera, soy una persona sola, con un nuevo nombre y un pasado borrado, y mi única ventaja es que estoy muerta para el mundo. Ahora soy invisible.

Para encontrar al hombre de la rosa marchita, necesito entrar en su mundo, verlo, escucharlo, respirar el mismo aire que él; necesito infiltrarme.

Durante doce horas, la idea me parece una locura absoluta. Pero después, deja de parecerlo y se impone como la única opción viable, la única que no me convierte en la sombra dócil que WITSEC pretende que sea.

El Casino Riviera aparece mencionado en tres de los artículos que guardo.

No está directamente vinculado, pero se menciona como un lugar donde «ciertos elementos conocidos se reúnen regularmente».

Es lo suficientemente público para contratar personal sin hacer demasiadas preguntas, y lo suficientemente privado para que ocurran negocios sucios en sus rincones.

Consigo el trabajo con una facilidad que debería ser preocupante.

La entrevista es una farsa. Sam, el gerente, tiene entradas pronunciadas, ojeras y una alianza dorada en el dedo.

Me hace algunas preguntas de trámite mientras sus ojos se pasean por cualquier parte menos por mi currículum.

A los cinco minutos ya tengo claro que le interesa bastante más mi escote que mi experiencia laboral.

—¿Has trabajado de cara al público antes? —pregunta sin levantar la vista del currículum.

—Sí —miento sin pestañear. Grace Sterling bebía el café que otros servían.

—¿En hostelería?

—Sí.

—Bien. Aquí hay que moverse rápido. A veces hacemos jornadas largas y algunos clientes pueden ser… un dolor de cabeza. ¿Tienes algún problema para tratar con gente así?

Pienso en el hombre del tatuaje, en su peso sobre mí, en el suelo frío contra mi mejilla.

—Ninguno —digo, y mi voz no tiembla.

Sam asiente distraídamente.

—¿Y los horarios? ¿Noches, fines de semana...?

—No hay problema.

Sus ojos vuelven a bajar un instante antes de regresar a mi cara.

—Empiezas mañana, uniforme negro. A las seis en punto y no llegues tarde.

El primer turno en el Casino Riviera es un bautismo en un mundo alternativo donde el aire es una sopa espesa de humo de cigarrillo rancio, perfume caro y sudor desesperado.

El sonido es un crescendo constante: el carrete de las tragamonedas, el grito ahogado de un ganador, el murmullo grave de las mesas de póker, el tintineo del hielo en los vasos de cristal.

La luz es baja, dorada, diseñada para disimular las arrugas y las malas decisiones.

Mi uniforme consiste en un vestido negro ceñido de tela ligera, escote modesto pero sugerente, tacones bajos pero implacables.

Me convierto en un mueble animado, una silueta que se desliza entre las mesas cargando bandejas de copas mientras aprendo rápidamente las reglas no escritas: evita el contacto visual prolongado, sonríe siempre, aunque la sonrisa no llegue a los ojos, memoriza los pedidos sin anotarlos, anticipa los vasos vacíos, y, sobre todo, desaparece cuando no se te necesita.

—Nueva, ¿verdad?

Levanto la vista. Una camarera morena, de eyeliner corrido y coleta alta, me tiende una bandeja vacía.

—¿Se nota tanto?

Suelta una risa breve.

—Solo las nuevas todavía miran a la gente a los ojos.

Se aleja antes de que pueda responder.

Sigo observando. Dios, cómo observo.

Empiezo a reconocer caras: los hombres jóvenes y nerviosos que se sientan rectos, mirando a todos lados con las manos cerca de los bolsillos, y los más viejos, con rostros tallados en madera y trajes que cuestan más que mi alquiler de tres meses, que se sientan en la sección VIP tras una cortina de terciopelo descolorido.

Hablan en voz baja, reciben respeto y hacen gestos pequeños que otros obedecen al instante.

Uno de ellos, un hombre con el pelo gris con corte militar y una cicatriz que le parte el labio, me hace una seña y me acerco con la bandeja.

—Scotch. Triple. Sin hielo —dice, sin mirarme.

—Sí, señor.

Cuando dejo el vaso frente a él, otro hombre sentado a su lado levanta la vista hacia mí.

—No te había visto antes.

El tono es tranquilo, pero algo en él me pone en alerta al instante.

—Empecé hace poco.

Sus ojos recorren mi uniforme despacio antes de volver a la partida.

—Ten cuidado aquí dentro, muñeca.