La Spina Negra CAPÍTULO 2
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CAPÍTULO 2

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El silencio de este apartamento me aplasta. A veces paso horas sin poner la televisión, ni música, solo escuchando mi propia respiración.

No es una tranquilidad como la de un lugar abandonado, sino como la de una celda insonorizada donde me han dejado a pudrirme en mi propia cabeza. La agente Foster insiste en llamarlo «entorno seguro», pero yo lo llamo asfixia lenta.

Han pasado semanas desde que me desperté en un cuerpo que sentía ajeno. Algunas mañanas me cuesta recordar quién se supone que soy antes de abrir los ojos. Hay días en los que tardo varios segundos en responder cuando alguien me llama Brook.

Mis días se han convertido en una rutina que apenas deja espacio para pensar en otra cosa.

Paso las mañanas haciendo ejercicios de rehabilitación para recuperar la fuerza que perdí durante las semanas que estuve hospitalizada.

Caminar largas distancias sigue agotándome más de lo que debería y todavía hay movimientos que me recuerdan que mi cuerpo no se ha recuperado por completo de la paliza.

Cuando termino, dedico varias horas a buscar trabajo. Foster insiste en que reconstruir una vida normal me ayudará a seguir adelante, pero no tengo ni idea de por dónde empezar.

Toda mi experiencia laboral, mis estudios y los años que pasé construyendo una carrera pertenecen a una persona que ya no existe.

Sobre el papel soy Brook Harper, una mujer sin historial, sin referencias y sin un pasado que pueda explicar en una entrevista.

Cada oferta que leo me recuerda lo mismo: tengo una identidad nueva, pero nadie me ha enseñado cómo vivir con ella.

Los martes son siempre iguales. Foster llega puntual a las diez, su llegada irrumpe en el espacio pequeño del salón no solo con su presencia física sino con esa energía de interrogatorio permanente que trae consigo.

—¿Algún incidente, señorita Harper? —pregunta mientras escanea la habitación como si esperara encontrar pruebas de mi antigua vida escondidas entre los cojines del sofá.

—Ninguno —respondo, manteniendo las manos quietas sobre mis rodillas, fingiendo una calma que no siento—. Todo está tranquilo—. Miento, por supuesto.

Nada está tranquilo dentro de mí. Mi mente es un campo de batalla constante donde los pocos recuerdos que conservo —el olor a gasolina mezclado con lluvia en ese estacionamiento, el peso que me inmovilizó contra el suelo frío, el dolor agudo y luego la nada— luchan contra el vacío enorme de lo que no logro recordar.

Y en medio de ese caos mental, brillando con una claridad casi obscena, está la imagen del tatuaje: la maldita daga, la rosa y las espinas sobresaliendo como garras dispuestas a arañar.

Foster asiente, aparentemente satisfecha con mi respuesta.

—Su disciplina es admirable, tiene que saberlo. Muchas en su situación... bueno, se desmoronan, ¿comprende?

No le digo que hace tiempo que estoy rota por dentro. Que lo único que me mantiene en pie y que evita que colapse por completo es la rabia.

—No me está viendo cuando cierro la puerta por la noche.

Foster no responde de inmediato.

—Pero bueno, sigo aquí, y eso es lo único que importa.

—Veo que se mantiene en buena forma física —cambia de tema, con ese tono que pretende ser respetuoso pero que realmente solo evalúa—. Supongo que esos ejercicios en casa ayudan a mantener la mente centrada.

—La verdad es que entreno hasta que el cuerpo me duele lo suficiente como para dejar de pensar.

Sigo mi rutina diaria de flexiones y abdominales con una disciplina férrea, cada movimiento alimentando esa rabia que me sostiene, endureciendo el cuerpo que Brook Harper necesitará para enfrentar lo que viene.

Cuando Foster finalmente se va, el silencio regresa.

Me quedo sentada en el sofá mirando la puerta cerrada durante varios segundos, escuchando cómo sus pasos se alejan por el pasillo hasta desaparecer por completo.

Después ya no queda nada, solo el mismo apartamento y la misma sensación de estar atrapada en una vida que todavía no siento mía.

Empiezo a comprender por qué el aislamiento puede llegar a romper a una persona.

No ocurre de golpe ni de una forma espectacular; simplemente pasan los días y cada uno se parece tanto al anterior que acabas perdiendo la noción de hacia dónde se supone que te diriges.

Grace Sterling está oficialmente muerta y todo el mundo parece haber aceptado ese hecho menos yo.

Para el Gobierno y para cualquiera que consulte un archivo, ahora soy Brook Harper.

Tengo documentos, un historial nuevo y una identidad cuidadosamente construida, pero ninguna de esas cosas consigue llenar el vacío que deja haber perdido todo lo demás.

Estoy cansada de fingir que esto es suficiente.

Cansada de esperar a que un día me despierte y esta vida empiece a parecerme normal.

Cada mañana me repito que debería sentirme agradecida por seguir viva, pero la gratitud no cambia el hecho de que llevo semanas encerrada entre estas cuatro paredes viendo cómo el mundo sigue avanzando sin mí.

La decisión llega de una forma mucho menos dramática de lo que habría imaginado.

No hay un momento concreto en el que algo se rompe dentro de mí.

Simplemente me doy cuenta de que no puedo seguir obedeciendo y esperando.

Me levanto del sofá y camino hacia el dormitorio, donde, en el fondo del armario, envuelto en una sudadera, está mi viejo teléfono.

Foster me proporcionó al salir del hospital dos teléfonos.

Uno nuevo, para mi nueva vida, y éste, el móvil de Grace.

Me lo dio con la condición de no usarlo.

Es solo un recuerdo de quién fui. Pero para mí es el último vínculo que me queda con la persona que era antes de que todo esto ocurriera.

He intentado no usarlo porque sé que bastaría una llamada para poner en peligro todo el esfuerzo que han hecho por ocultarme, pero hoy necesito algo más que seguridad. Necesito recordar quién soy.

Lo enciendo y la pantalla brilla con una luz azulada que parece antinatural en la penumbra de la habitación. No voy a llamar a nadie —no puedo arriesgarme—, pero hay algo que sí puedo hacer.

Abro las redes sociales.

Durante unos segundos me quedo mirando la pantalla sin saber muy bien qué estoy buscando. Después entro en el perfil de Rachel.

Su última publicación es una foto tomada en un restaurante al que solíamos ir las tres los viernes por la noche. Rachel y Megan aparecen sentadas frente a una mesa llena de platos y copas de vino. Las dos sonríen, pero el pie de foto me hace un nudo en el estómago.

«No es lo mismo sin ti».

Trago saliva y sigo bajando.

Hay más publicaciones. Más fotos y momentos en los que yo debería estar ahí. En algunas me mencionan directamente. En otras simplemente hablan de cuánto me echan de menos. Intento convencerme de que son solo palabras, pero duele igual.

Después entro en el perfil de Tyler.

Habíamos trabajado juntos durante años y era una de las pocas personas con las que podía hablar de cualquier cosa. Encuentro un video del equipo de la oficina durante una comida de empresa. Estoy en él, sonriendo con una copa en la mano mientras alguien me hace una foto sin que me dé cuenta.

«Todavía espero que aparezcas por la puerta y me digas que todo esto ha sido una broma de mal gusto».

Tengo que apartar la vista de la pantalla unos segundos antes de continuar.

Finalmente entro en mi propio perfil, pero no hay nada nuevo.

La última publicación es del catorce de febrero.

Empiezo a recordar aquel día porque Rachel insistió en que los solteros también merecíamos celebrar San Valentín.

La fotografía me muestra sonriendo frente al skyline de Chicago, con los rascacielos al fondo y una expresión despreocupada que apenas reconozco.

Me quedo observándola durante varios segundos.

Parezco feliz. Parezco una persona que tiene planes para el futuro, alguien que jamás imaginó lo que iba a ocurrir unas horas después.

Deslizo el dedo hacia abajo y encuentro cientos de comentarios. Algunos son antiguos, pero la mayoría llegaron después de que se anunciara mi muerte. Hay mensajes de compañeros de trabajo, antiguos compañeros de universidad, vecinos e incluso personas con las que hacía años que no hablaba.

Todos dicen lo mismo.

Que era demasiado joven, que era una buena persona. Que lo sienten mucho y que me echarán de menos.

Sigo leyendo hasta que las letras empiezan a desdibujarse y me doy cuenta de que tengo los ojos llenos de lágrimas.

Nunca pensé que habría tanta gente lamentando mi muerte mientras yo seguía aquí.

Dejo el teléfono sobre las piernas y me seco las lágrimas con el dorso de la mano. Durante semanas he intentado convencerme de que debía aceptar esta situación. Que sobrevivir era suficiente y que tener una nueva identidad y una oportunidad para empezar de cero era mejor que acabar en una tumba.

Pero mientras observo aquella fotografía en mi perfil, no consigo sentir gratitud. Solo siento rabia.

Rabia por mis amigos y toda la gente que asistió a un funeral vacío.

Por mi madre, obligada a llorar a una hija que sigue respirando en algún lugar del país.

Rabia por la vida que me han arrebatado y por la facilidad con la que quienes me hicieron esto siguen ahí fuera mientras yo soy la que tiene que esconderse.

Mi mirada se desvía hasta el cuaderno que descansa sobre la mesa de centro.

Lo abro por una página llena de anotaciones desordenadas y allí vuelve a aparecer el mismo dibujo que llevo semanas reproduciendo una y otra vez. La daga.

Es la única cosa que tengo, la única pista real. Y, de repente, también es lo único que me importa.

Si quiero recuperar alguna parte de mi vida, entender por qué me hicieron esto y quién decidió destruir todo lo que era, tengo que empezar por ahí.

Vuelvo a coger el teléfono, abro el navegador y empiezo a buscar sin saber realmente por dónde empezar, aferrándome a lo único tangible que tengo: el tatuaje.