CAPÍTULO 1
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Me despierto ahogándome.
Una bruma me quema los pulmones y cada inhalación es un cuchillo en las costillas. Parpadeo, ciega, por la intensidad de la luz. Hay voces, pero están distorsionadas, como si hablaran desde el fondo de un pozo.
—Reacción pupilar… reactivas.
—Presión estable, fractura de clavícula y costillas estabilizadas…
Algo frío toca mi pecho y mi brazo. Me estremezco, y el movimiento desencadena una tormenta de fuego en mi cadera, mi costado y mi cara. Un gemido rasga mi garganta, un sonido animal, ajeno.
—Tranquila, estás a salvo. Estás en el hospital.
La voz es masculina y calmada. Firme, pero nada suave. Sobre mí aparece un rostro: un hombre con gafas, barba corta y ojos cansados bajo la luz quirúrgica. Lleva una bata verde. ¿Es un médico?
—¿Puedes oírme? ¿Puedes decirme tu nombre?
Mi nombre está ahí, justo en el borde. Lo siento, pero mi boca no coopera. Mis labios están hinchados, entumecidos intentando formar un sonido, pero solo sale un susurro de aire.
—Guh…—Es todo lo que logro pronunciar.
El médico asiente sin mostrar sorpresa.
—Te trajeron hace una semana, Brook. Has estado en coma inducido porque tu estado era crítico, pero ahora estás estable.
Brook. El nombre golpea dentro de mí, no encaja.
No, no soy Brook. Soy Grace. Pero un momento…
¿Una semana? ¿Coma? Los recuerdos aparecen de forma desordenada: la lluvia en la ventana de mi oficina, el olor a café de la máquina, la sensación de tacones altos en el pavimento…
y luego nada. Un muro negro, impenetrable. No consigo recordar nada más.
Las horas siguientes —o son minutos, el tiempo aquí es una gelatina elástica— son un ciclo de dolor, sueño confuso y pruebas. Vienen más personas con bata y me hacen preguntas.
—Brook, ¿sabes en qué año estamos?
Mis ojos se llenan de lágrimas de frustración. Lo sé, lo sé, pero los números me bailan.
—Dos… mil… Dos mil veinticinco —finalmente, después de tres intentos lo consigo. Es un triunfo minúsculo y agotador.
—¿Recuerdas tu fecha de nacimiento? —Esa resulta más fácil. Respondo, y la enfermera me sonríe, un destello breve de humanidad.
—¿Dónde trabajas?
—Bran… Branfo… —Las palabras salen turbias, no lo consigo. Soy analista, hago auditorías de alto riesgo. Recuerdo la sensación del ratón en mi mano, las columnas de números en la pantalla, la presión silenciosa de los plazos.
—Tranquila, no pasa nada, estás haciéndolo muy bien.
Pero cuando preguntan:
—¿Recuerdas qué ocurrió la pasada madrugada del 15 de febrero?
¿Sabes cómo llegaste aquí? —Mi mente vuelve a cerrarse, un vacío, un hueco inmenso donde deberían estar los recuerdos…
Solo queda ese instinto animal que me grita que huya, cada vez que intento acercarme al borde de ese olvido.
Sacudo la cabeza débilmente, y el latigazo estalla de nuevo en mi sien.
Ni siquiera intento responder. Solo quiero que dejen de hacerme preguntas.
—Está bien —dice el médico, apoyando una mano en mi hombro con cuidado—. Brook no fuerces, es normal. El trauma físico y psicológico puede causar amnesia disociativa. Tu mente te está protegiendo.
¿Protegiéndome? ¿De qué? Eso es lo que me aterra. Y porque no dejan de llamarme Brook. ¿Quién coño es Brook?
Entonces la puerta se abre con un suave chasquido.
Entra una mujer con un traje de raya diplomática gris y una chaqueta holgada que no logra ocultar la protuberancia de una pistolera en la cadera.
Su rostro es sereno y profesional, pero sus ojos, oscuros, lo observan todo: mi confusión, mi miedo, mi vulnerabilidad expuesta en esta cama de hospital.
Les dice algo al médico y a las enfermeras y ellos salen de la habitación despidiéndose con la mirada.
—Grace Sterling —dice una vez nos quedamos solas. No es una pregunta. Su tono es claro y neutro, como si leyera un informe—. Soy la agente Elaine Foster. Soy del Servicio de Alguaciles de los Estados Unidos. ¿Puede entenderme?
Asiento, con un movimiento mínimo que duele.
Grace Sterling. Sí, por fin. Ese es mi nombre.
Tengo… veinticinco años. Trabajo en Branford para ellos, usted era una baja colateral, un obstáculo que había que apartar.
Pero no lo consiguieron, y que siga viva nos da algo que ellos no esperaban: una ventaja.
—Pero no me acuerdo de nada —susurro, y es la verdad más aterradora. Hay un agujero negro donde debería estar el miedo más intenso de mi vida, y solo sé el antes. El después es esta habitación, este dolor, esta mujer que parece no sentir nada.
—La amnesia puede ser un mecanismo de defensa, o el resultado del trauma físico —dice Foster mientras se acerca un paso más—.
Escúcheme con atención: su vida, tal como la conocía, terminó esa noche, y si sale por esa puerta como Grace Sterling, no vivirá más de cuarenta y ocho horas.
Sus allegados… su madre, sus amigos… no pueden saber que está viva.
Para ellos debe seguir muerta; es la única forma de protegerla a usted y a ellos mismos.
Quiero respirar, pero mi cuerpo no responde.
Lo único que veo es a mi madre creyendo que estoy muerta.
La imagen me atraviesa como una descarga eléctrica: su rostro devastado, el sonido de su llanto, que ahora solo existe en mi imaginación, es el sonido más desgarrador que puedo concebir.
Un estallido de angustia me sacude, agitando los cables del monitor.
—Tenemos una identidad nueva para usted, un lugar seguro. Ya forma parte del Programa de Protección de Testigos WITSEC y, a partir de este momento, usted ya no es Grace Sterling—. Pronuncia el nombre siguiente con una claridad absoluta—. Usted es, a partir de hoy, Brook Harper.
Brook Harper. Por eso los médicos no dejaban de llamarme Brook.
El nombre resuena vacío dentro de mí. No soy Brook.
Soy Grace. Grace, que ama el café con leche y dos de azúcar, que teme a las alturas, que leía novelas hasta altas horas de la noche, que guardaba todas las entradas de cine en una caja de zapatos.
—¿Y si no quiero? —susurro.
La mirada de Foster se endurece.
—Entonces firmaremos su certificado de defunción de manera definitiva en los próximos días y probablemente el de su madre en las siguientes semanas.
No están jugando, Grace… Brook, esto no fue un aviso sino una ejecución fallida.
Esta gente no se anda con tonterías y la próxima vez no va a tener usted tanta suerte.
La negación bulle en mi garganta.
—No puedo… dejar a mi madre así. Pensando que estoy…
—Pensando que está muerta —corta Foster, su voz ahora afilada como un bisturí—. Es ese pensamiento lo que mantendrá a su madre viva. Su dolor es su escudo. ¿Lo entiende? Su luto es la única cosa que la protege.
La verdad, me desarma y me derrota por completo. Ni siquiera noto cuándo empiezo a llorar. Cada gota me arrastra un poco más hacia un abismo del que no sé si podré salir.
Los días que siguen son un borrón de procedimientos.
Me enseñan mi nueva historia: Brook Harper, estudiante de arquitectura, huérfana, trasladada desde Cleveland a Chicago por un trabajo remoto.
La ironía es útil, el lugar más peligroso suele ser el más seguro porque no me buscan aquí.
Me entregan unos documentos que parecen reales, un seguro médico, una tarjeta de débito con un saldo modesto.
Los miro durante varios minutos sin reconocerme en ninguno.
Me dan el alta hospitalaria en secreto, de noche, y un coche sin distintivos me lleva a un pequeño apartamento amueblado en un barrio anodino, lejos de los rascacielos que hasta ayer eran mi territorio. Apenas puedo mantenerme en pie durante el trayecto.
Todo está demasiado limpio y ordenado. Como una habitación de hotel donde nadie piensa quedarse.
No parece un hogar; solo un sitio de paso.
La soledad llena el apartamento. Paso varios minutos sentada en el borde de la cama sin hacer nada, solo mirando al suelo.
No hay fotos, ni mis libros con anotaciones en los márgenes.
Echo de menos cosas absurdas como mi taza favorita, el ruido de mi cafetera.
Tampoco está el suéter viejo de mi madre que siempre tenía en el sofá.
Hay cuatro paredes y el eco atronador de mi nueva identidad.
Una noche, mientras forcejeo para abrir un bote de medicamentos para el dolor con mis manos aún torpes, los recuerdos llegan de repente, sin aviso.
La lluvia me golpea la cara antes incluso de que consiga entender dónde estoy.
Estoy en el suelo y el barro frío se pega a mi espalda, a mis piernas, a mis manos temblorosas, empapándome mientras el agua cae sin tregua y se mezcla con el sabor metálico de la sangre en mi boca.
Me duele hasta respirar. Cada costilla, músculo y centímetro de mi piel arde como fuego vivo bajo la carne.
Entonces llega otro golpe, seco y despiadado.
El mundo estalla en una sacudida blanca detrás de mis ojos.
No puedo respirar ni moverme. Solo siento el peso del dolor aplastándome contra la tierra mojada, el barro hundiéndose bajo mí, tragándose mi cuerpo mientras la tormenta lo convierte todo en una pesadilla resbaladiza e inestable.
Oigo su respiración agitada. Puedo olerlo. Sudor, colonia barata y ese olor asquerosamente reconocible a tabaco amargo pegado a su piel, a sus manos.
Otro golpe que me sacude hasta los huesos. Y entonces, de pronto, se aparta.
Las luces blancas de unos faros atraviesan la oscuridad, cegándome por un instante. Un coche. Está justo detrás, con el motor rugiendo bajo la tormenta, proyectando su silueta enorme frente a mí.
Lo veo girarse y caminar hacia él.
Su espalda ancha se dibuja bajo el aguacero. No lleva ropa salvo unos pantalones desabrochados y ahí lo veo. Mi atención se posa en el tatuaje que tiene grabado en la piel de su hombro derecho.
Una daga larga atraviesa una rosa marchita. Incluso en tinta, las espinas parecen prometer dolor.
La imagen se queda grabada en mí con una violencia insoportable. Porque incluso entre el barro, la lluvia y el dolor, sé que jamás voy a olvidarlo.
Jadeo, soltando el bote de pastillas que rueda por el suelo, mientras mi corazón martillea contra mis costillas doloridas.
Las manos me tiemblan tanto que apenas consigo volver a cogerlo.
No hay rostro en el recuerdo, solo el brazo, la fuerza brutal y ese emblema de podredumbre y violencia grabado en su piel.
Un escalofrío me recorre por el cuerpo, pero esta vez no es solo miedo. Es algo más profundo, más oscuro. Ese tatuaje es lo único real que queda de aquella noche, es la única pista que tengo en un mundo donde ya no tengo nombre, ni pasado, ni amor.
Miro mis propias manos, pálidas y con moretones amarillentos, temblando ligeramente sobre mis rodillas. Ya no sé si estoy temblando por miedo o por rabia. Por primera vez desde que desperté, siento algo más fuerte que el miedo y el dolor.
Durante semanas solo he intentado sobrevivir. Respirar. Levantarme cada mañana y convencerme de que todavía soy la misma persona que era antes.
Pero ya no estoy segura de quién era esa persona. La línea que separa el bien del mal se ha vuelto borrosa en mi cabeza. Tan borrosa que apenas puedo verla y eso me aterra.
Porque cuando cierro los ojos, no imagino escapar ni reconstruir mi vida. No imagino justicia. Imagino venganza. Encontrar al hombre de la daga y verlo sangrar. Y lo peor no es esa visión, sino que no me da miedo.
Es como estar observando una película de acción desde fuera, viendo a alguien consumido por la ira, alguien capaz de hacer cosas terribles. Solo que esta vez no estoy sentada frente a una pantalla.
Esta vez la protagonista soy yo. Y una parte de mí, una parte que apenas reconozco, desea que llegue ese momento.
No sé qué voy a hacer con mi nueva vida. No sé cómo se supone que debo seguir adelante después de esto. Pero sí sé una cosa. Voy a encontrarlo y cuando lo haga, quiero que sufra tanto como me hizo sufrir a mí.