La Sonrisa del Kimono Rojo (Valkiria Kross: Detective internacional de lujo 4) 31
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Tachibana vuelve a hacer la pregunta. La misma. Con el mismo tono plano, como si el tiempo no hubiera pasado y no lleváramos horas encerrados en esta sala improvisada del ryokan . Aunque habla en japonés, ya sé lo que dice.

—¿Quiere explicar cómo asesinó a Takimoto, Kuroda-san?

Kuroda no responde. Tiene la espalda recta, las manos cruzadas sobre la mesa baja y la mirada fija en un punto inexistente de la pared.

No parece cansada. O lo disimula muy bien.

Yo sí estoy cansada. El aire aquí dentro, en la habitación contigua a la sala de interrogatorios, no se ha ventilado en demasiado tiempo.

Tachibana y los demás agentes llevan horas interrogándola. No ha dicho nada que la condene, pero empieza a dar igual. Las pruebas se acumulan a su alrededor como cadáveres enterrados con demasiada prisa.

La primera fue la grabación de Takimoto. La que Masami había recibido gracias a la mente paranoica y previsora de la víctima.

La segunda era el contenido del maletín de Kuroda.

Ya se había comprobado en los registros de las habitaciones y contenía gran cantidad de documentos.

Eso de por sí no significaba nada. Pero ahora quedaba claro que muchos de ellos estaban en el maletín de Takimoto.

Los mismos que demostrarían los delitos de Kuroda.

No puedo evitar preguntarme por qué no se deshizo de ellas al matarlo. Tirar los papeles por el váter, al río, o incluso esconderlos en un agujero improvisado en el bosque. Es lo primero que haría cualquiera con dos dedos de frente y un cadáver a cuestas. Pero no lo hizo. Los guardó.

No serviría de nada preguntárselo. Lo sé. Y aun así, creo entenderlo.

Si Takimoto había accedido a esos archivos, significaba que estaban en algún lugar de la red interna de la empresa. Y si él había llegado hasta allí, otros también podrían hacerlo. Kuroda necesitaba saber qué pruebas existían contra ella para destruirlas llegado el momento.

El problema es que ahora esos documentos están sobre otra mesa y servirán para reforzar todavía más el motivo del asesinato.

Luego estaba la sangre usada para dibujar una sonrisa sobre el rostro de Takimoto.

Había sido una anomalía difícil de encajar. La sangre era de Takimoto, pero sin ninguna marca en el cuerpo, debía de ser anterior. Ya se conocía su origen. Una vez que Kuroda quedó identificada como la asesina, Okada y Nakata ataron un cabo suelto.

El chequeo médico anual.

Tres semanas atrás todos los empleados pasaron por él. Análisis rutinarios y muestras de sangre almacenadas. Kuroda debía de haber obtenido la sangre de ahí. Con que la policía buscara un poco, encontraría la muestra faltante y, con suerte, algo que culpase a Kuroda de ello.

Aunque si eso no daba frutos, tampoco importaba. Ya había demasiados hilos de los que tirar.

La elección de este ryokan era otro de ellos.

Puede que fuera un becario quien hiciera la reserva. Claro, siempre hay un becario al que culpar. Pero alguien tuvo que sugerirlo, plantar la semilla. Kuroda tenía influencia de sobra para hacerlo sin dejar huella directa. Un comentario casual. Una preferencia expresada con una sonrisa amable.

Eso quizás también se podía demostrar.

Y luego está lo obvio. El móvil de Kuroda, su correo, sus cuentas bancarias, las compras recientes. Esto daría pruebas de la compra del compuesto capaz de provocar la hipoxia que le había arrebatado la vida a Takimoto.

En resumen, una vez que la hemos identificado como la asesina, lo único que queda es construir el caso. Y no van a faltar sitios donde excavar.

Afortunadamente, eso ya no me incumbe.

Mi trabajo aquí nunca fue atrapar a un asesino.

Yo vine a cerrar el circo. A desmontar los ataques de yōkai que estaban hundiendo la reputación del ryokan .

Y eso ya está hecho. Aunque el último «ataque» haya sido el más grande de todos.

Aunque, como los anteriores, también fuera una mentira cuidadosamente coreografiada.

Después del paseo con Ishikawa, cuando ya tenía claro quién movía los hilos y por qué, preparé el espectáculo final con CJ. Fue casi terapéutico. Una de esas veces en las que ordenar el caos ajeno te hace olvidar, durante un rato, el propio.

Yamanaka no estuvo presente en la puesta en escena por su labor de tramoyista. El encargado de activar los controles cuando tocaba. Yo marcaba el ritmo. Una señal discreta con la mano, una pausa calculada, y cada pieza entraba en juego en el orden previsto. Nadie improvisaba. No era necesario.

Yuri llevaba el comunicador en el bolsillo de su uniforme, el mismo que usan los empleados para coordinarse. El receptor lo tenía Yamanaka. Desde allí podía activar lo que hiciera falta. Juegos de luces, subir o bajar persianas, alterar el aire acondicionado. Incluso los resortes ocultos.

CJ los instaló días antes, escondidos bajo algunas bandejas del bufé, pensados para lanzarlas por los aires como si una fuerza invisible hubiese decidido enfadarse con el servicio.

No llegó a usarlos, yo desmonté su paripé antes de que hiciera falta llegar a ese punto.

Aun así, saber que estaban ahí me provocaba una mezcla incómoda de admiración y rechazo.

La gente es capaz de invertir mucho esfuerzo cuando cree que el miedo vende.

También hubo cómplices. Era inevitable.

Cuando hablé con Yuri antes de destapar todo, le pregunté si le importaba que se hiciera público que era la hija de Naoko.

No dudó. Dijo que ya había cargado demasiado tiempo con ese peso en silencio.

Que, si iba a salir a la luz, prefería que fuera de una vez y no como un susurro a su espalda.

No la juzgué. Yo también sé lo que es vivir con un nombre que quema.

El último en sumarse fue Okada, y el más importante.

Su participación daba coherencia al mensaje final.

Si Masami y Kuroda habían ocultado información, si habían mentido, ellos también podían ser los siguientes.

El miedo no necesitaba ser real, solo creíble.

Y Okada estaba dispuesto. Tenía motivos.

Su relación personal con Takimoto, demasiadas conversaciones pendientes, demasiadas cosas que no iba a poder decirle nunca.

De todos, era el que más dolido estaba. Y, por tanto, el más dispuesto a llamar justicia a cualquier cosa que se le pareciera.

CJ estuvo brillante. Una actuación digna de un Óscar. Gritos medidos, pánico en los ojos, el cuerpo tenso en el momento exacto. Lo suficiente para distraer a todos. Para que nadie mirara donde no debía.

Mientras tanto, enganchó a Okada al mismo sistema que habían usado con CJ. Cable, arnés y una violencia ensayada. El tirón, la caída, el golpe seco del cuerpo desapareciendo fuera de la vista. Todo lo había preparado antes del almuerzo, cuando volví del paseo con Ishikawa.

Yo observaba desde el centro, con el pulso estable y la cabeza fría. No sentí orgullo ni culpa. Solo la certeza incómoda de quien ha empujado una mentira calculada para obligar a la verdad a moverse. Porque, a veces, la verdad no aparece cuando la llamas. A veces hay que tenderle una trampa.

Y esta vez, el espectáculo funcionó.

—Val.

La voz de Haruna me saca de mi cabeza de un tirón. Parpadeo y vuelvo al presente.

—¿Cómo sabías que Masami acabaría hablando? —pregunta, como si la duda acabase de surgir en su mente—. Quiero decir… que iba a acusarla.

Exhalo despacio antes de responder.

—Porque nunca fue Kuroda quien tenía que romperse.

Haruna frunce el ceño, esperando algo más.

—Todo empezó con el maletín —digo—. En el momento en que descubrimos que no estaba, dejé de pensar en el cómo y empecé a pensar en el porqué.

Ese maletín era el verdadero motivo del asesinato.

No Takimoto en sí, sino lo que llevaba encima.

Algo por lo que merecía la pena matar. Y eso reduce el círculo mucho más de lo que parece.

Solo alguien de su entorno laboral podía saber qué contenía.

Desde ese momento descarté a Yuri como sospechosa principal, por mucho que hubiese razones circunstanciales que la culpasen sin yo saber por qué en ese momento.

Me quedo en silencio un segundo.

—Ahí es cuando vi el paralelismo —continúo—.

Naoko y Sato. Veintisiete años atrás. Una empleada con información comprometedora sobre alguien de su propio entorno laboral.

Alguien con poder. Alguien intocable. Takimoto estaba repitiendo ese patrón sin saberlo.

O sabiéndolo y creyendo que esta vez acabaría distinto. Y en parte, lo hizo.

»A partir de ahí empecé a fijarme en Masami. En los interrogatorios era la más afectada emocionalmente, y eso no cuadraba. Según Okada, no tenía una relación cercana con Takimoto. No la suficiente como para deshacerse así.

—Los pañuelos —murmura Haruna.

—Luego están los pañuelos —confirmo—. Demasiados.

Llorar por pena es una cosa. Llorar por miedo es otra.

Y ella estaba aterrada. Además, empecé a notar algo más.

Kuroda la observaba. Pequeños gestos, miradas que duraban un segundo de más.

Correcciones mínimas, contención. Como si Masami supiera algo que no debía decir…

y alguien se encargara de recordárselo sin palabras.

Haruna traga saliva.

—Así que todas tus acciones…

—Nunca fueron contra Kuroda —la interrumpo—.

No directamente. Como puedes ver —digo señalando la pantalla que muestra a Tachibana haciendo una nueva pregunta que quedará sin respuesta—, Kuroda no es alguien que confiese.

El nivel de detalle del asesinato, la planificación, la sangre fría…

No es una mujer que ceda bajo presión ni que esté dispuesta a «perder». Eso lo supe pronto.

Me inclino hacia delante.

—Todo iba dirigido a Masami. A empujarla. A darle espacio. O miedo. O una grieta por la que pudiera escapar.

—¿Lo de Thalía y Renji…?

—Un pretexto —digo sin dudar—. Una oportunidad para hablar, para confesar algo delante de todos. Aunque no lo hizo, al menos planté la idea de que decir la verdad era posible. De que el mundo no se acababa por ello.

Haruna baja la mirada, pensativa.

—Pero no funcionó.

—No —admito—. No fue suficiente.

Levanto la vista y la miro de frente.

—Así que subí la apuesta. El teatro del yōkai en el comedor nunca tuvo como objetivo que Kuroda confesara. Fue un catalizador. Yo sabía que Masami tenía información capaz de hundirla. Sabía que estaba cada vez más cerca de soltarla. Solo necesitaba llevarla al límite.

Haruna abre la boca, pero no le salen las palabras.

—Masami ha vivido siempre en posición de opresión. Solo hacía falta verla para darse cuenta de ello. Siempre dominada. Por su trabajo. Por Kuroda. Por el sistema. Igual que Luca con su novia. Personas que saben cosas, pero nunca han aprendido a usar su voz.

Me recuesto de nuevo en la silla.

—No necesitaba que Masami fuera valiente —concluyo—. Solo necesitaba que cediera una sola vez.

Haruna no responde. No hace falta. Su silencio ya dice bastante. Me mira como si acabara de ver un mecanismo complejo en marcha y aún no supiera si temerlo o admirarlo.

Antes de que pueda decir nada, la puerta se abre.

Tachibana entra en la sala con ese paso tranquilo suyo de quien ya ha aceptado cómo van a acabar las cosas. Se detiene a nuestro lado y nos dedica una breve inclinación de cabeza.

—Vamos a comenzar el traslado a la comisaría central —dice—. No cambiará gran cosa. Kuroda no va a hablar.

No lo dice con frustración. Solo constata un hecho.

—Y menos aún cuando llegue su abogado. —Hace una pausa breve, casi protocolaria—. Pero no importa. Con todo lo que tenemos, es más que suficiente.

Sus ojos se deslizan hacia mí, en una mirada evaluadora. Y, por primera vez desde que lo conozco, también agradecida.

—Quería darle las gracias, Valkiria —continúa—. Sus métodos son… peculiares. Singulares. —Esboza una media sonrisa mínima—. Pero no puedo discutir los resultados. Ha sido efectivo. Estoy satisfecho de haber confiado en usted.

Inclino ligeramente la cabeza.

—El mérito no es solo mío —respondo—. Si algo ha funcionado aquí es porque me han dejado trabajar con libertad. No siempre ocurre.

Miro a Haruna un segundo y luego vuelvo a Tachibana.

—Así que gracias a los dos.

Tachibana asiente, aceptando el gesto sin falsa modestia. Entonces, casi como si se me acabara de ocurrir, pregunto:

—¿También se van a llevar a Ishikawa a la central?

—Por supuesto —responde el subinspector sin dudar—. Ha confesado un asesinato cometido hace veintisiete años. —Su tono se vuelve aún más neutro—. Y en Japón ese tipo de delitos no prescriben.

Asiento despacio, dándole vueltas a algo que sigue abierto en mi cabeza. El caso está cerrado. Pero aún queda una conversación pendiente. Finalmente, alzo la mirada hacia el subinspector y me quito el peso de encima.

—¿Le importa si hablo con él antes de que se lo lleven?