La Sonrisa del Kimono Rojo (Valkiria Kross: Detective internacional de lujo 4) 30
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Masami tiembla. Pero no de miedo. Tiembla como tiemblan los huesos cuando el cuerpo ya no soporta el peso de un secreto que ha podrido todo por dentro.

—¡Ella lo mató! ¡Kuroda mató a Takimoto!

El nombre cae sobre la mesa como una piedra arrojada a un estanque congelado. Y no hay eco. Kuroda no se inmuta. Gira la cabeza con una lentitud medida, mecánica, como si cada vértebra del cuello estuviera calibrada para el efecto dramático. Esa calma tan estéril…, tan opuesta al temblor de Masami.

Yo no me muevo. Nadie lo hace. Pero mis ojos siguen fijos en la escena, con la precisión obsesiva de quien lleva una lupa incrustada en la córnea.

Masami traga saliva y da un paso al frente.

—Fue ella. —La voz le tiembla un instante, pero se recompone al momento. El inglés le brota sin tropiezos, potenciado por la rabia—. Ella planeó asesinar a su propio empleado en este lugar desde el principio. Sabía lo que ocurrió aquí hace veinte años y quería usarlo como escudo.

Masami gira la cabeza, busca miradas que confirmen que alguien más ve lo que ella ve. Pero la mayoría es incapaz de gesticular una mínima expresión. Que primero una oscuridad se tragase a Okada y que ahora ella culpase a su jefa eran demasiados estímulos para saber cómo reaccionar.

—Kuroda lleva años aprovechándose de su posición en la empresa para manipular expedientes.

Ha falsificado decenas de reclamaciones de seguros para cobrar comisiones y ha defraudado millones de yenes.

Un sistema tan pulido que parecía legítimo.

Pero Takimoto era metódico y precavido. Era cuestión de tiempo que se diera cuenta de las incongruencias.

Tras meses atando cabos y analizando patrones, descubrió que todas las reclamaciones sospechosas llevaban la firma de su jefa.

Fuera el viento sacude la copa de los árboles, en un ruido que agita la tensión del momento.

—Y cuando Takimoto la confrontó con que revelaría lo que había hecho todos esos años… —Masami vuelve a girarse hacia Kuroda—. Se le ocurrió esta idea. Este lugar. Este escenario. Conocía la historia de Naoko.

Masami inspira con fuerza, como si se le acabara el aire en los pulmones.

—Sabía que el ryokan tenía fama de maldito, que había un yōkai , la Sonrisa del Kimono Rojo. Así que decidió aprovecharlo.

Masami termina la frase con la voz desgarrada, como si al soltarla hubiese arrojado también un trozo de sí misma. Se queda en silencio, desbordada. El aire acondicionado sigue funcionando, y aun así tengo la sensación de que la temperatura del comedor ha subido un par de grados.

Entonces Kuroda se mueve.

No como alguien acorralado, ni como alguien culpable.

Lo hace con la seguridad de quien ha aprendido a resistir el peso del mundo sin pestañear.

Da un paso adelante. Otro. Se posiciona frente a la mesa como si fuera a dar una presentación de resultados ante el comité directivo. Pero aquí no hay cifras. Solo ojos.

—¿Terminaste? —pregunta.

Masami baja la mirada y asiente con un gesto casi invisible, reducida de nuevo a su tamaño real. Hace apenas un segundo parecía hecha de fuego; ahora, apenas sostiene el temblor que le recorre el cuerpo frente a su jefa.

Kuroda se acomoda el yukata y respira hondo.

—Cuando entré a trabajar en la compañía, tenía veintitrés años —dice en inglés, tomando la exposición de su empleada—.

Mi supervisor me hacía dejarle el café antes de las ocho, aunque mi jornada empezaba a las nueve.

Si llegaba tarde, me lo hacía saber con correos donde usaba mi nombre en hiragana . Sin cargo. Sin respeto.

La voz de Kuroda no tiembla. Pero tampoco suena dura. Hay algo crudo ahí, despojado de adornos.

—Mis compañeros masculinos hacían horas extra porque querían escalar. Yo las hacía porque, si no, decían que no tenía compromiso. Me pedían que sonriera más. Que fuera más «colaborativa». Me explicaban ideas como si yo no supiera leer los mismos informes que ellos.

»Rechacé cinco ascensos, no porque no los quisiera, sino porque sabían que no podía quejarme. Siempre había alguien listo para recordarme que mi puesto ya era una concesión, que no debía esperar nada más. Que bastante tenía con que me dejaran estar ahí.

Clava la mirada en Masami.

—Sacrifiqué vacaciones, pareja, familia. Dormía tres horas. Vivía a base de café y comida del veinticuatro horas. Llegaba antes que todos y me iba después que todos. No porque me gustara. Sino porque era la única forma de que dejaran de tratarme como una intrusa.

»Treinta años de sacrificios. Treinta. No soy una buena persona. No tengo amigos. No tengo hijos. No tengo pareja. Tengo esto. Este cargo. Esta carrera. Este prestigio. ¿Y me dices que lo arriesgaría todo para ganar unos millones de yenes extra y acabar matando a un empleado?

El comedor podría venirse abajo y nadie pestañearía.

—¿De verdad crees que soy tan estúpida? ¿Que estoy tan desesperada?

Kuroda se gira ahora hacia todos.

—He trabajado el triple que cualquier otro para llegar aquí. ¿Por qué haría algo que podría destruirlo todo? ¿Por qué me arriesgaría a perder lo único que he conseguido mantener?

La pregunta queda suspendida en el aire como una nota final.

Y ahí es cuando intercedo.

—Precisamente por eso. —Todas las miradas se giran hacia mí—. Porque después de sacrificarlo todo… ¿Qué importa ceder un poco más si eso significa no perder lo único que te queda?

Kuroda me observa. No lo hace con rabia, ni siquiera con fastidio. Parece que mida mis palabras con una balanza que solo ella entiende.

—Eso es una estupidez. Al igual que todo lo que ha dicho Masami. Solo son palabras. Especulaciones. Historias sin pruebas.

Silencio otra vez. Esta vez más tenso, más dividido. El subinspector carraspea y toma la palabra.

—Lo que ha dicho Masami… no deja de ser circunstancial —interviene, su tono neutro como el de un notario en zona de guerra—. No hay nada concreto. Nada que justifique una acusación así.

Haruna asiente en silencio. Mira a Masami con compasión, pero también con recelo.

Masami duda. Lo veo en sus hombros que se hunden, en la forma en que evita las miradas, como si quisiera plegarse sobre sí misma hasta desaparecer.

Durante un segundo, creo que va a rendirse y volver a ser la sombra que era.

Pero no. Da un paso al frente. Le tiembla el cuerpo, sí, pero no retrocede. Y su voz sale frágil pero nítida:

—No son solo palabras.

Kuroda ladea apenas la cabeza. Un gesto mínimo, sin urgencia. Como si ya hubiese ganado. Pero Masami saca el móvil con una mano temblorosa.

—Takimoto grabó su conversación con ella.

Esa frase entra como un proyectil.

—Fue cuando la confrontó por primera vez. Quería que ella supiera lo que había descubierto, pero también… quería darle una salida. En la grabación se escucha cómo Kuroda admite todo. Le dice que se arrepiente, que lo hará público. Pero le pide tiempo. Un par de semanas. Hasta el viaje de otoño.

Kuroda no pestañea. Se ha quedado inmóvil.

—Takimoto… —Masami traga saliva—. Era meticuloso y muy precavido. Programó un correo para que me llegara en caso de que le pasara algo. Me lo envió ayer a media mañana. Supongo que si no hubiera muerto, habría cancelado el envío.

Algunas bocas se entreabren. La sala ya no espera una explicación: espera una prueba. Masami reproduce el audio, y el ruido del comedor se retira como una ola antes del golpe.

Se escucha una conversación de fondo en japonés, parece que atestiguamos una charla privada en una cafetería.

No entiendo más que un par de palabras sueltas, pero la entonación de las voces es inequívoca.

Hay algo irrefutable en el tono bajo y contenido de Takimoto.

Y algo más en la voz de ella. Kuroda. Suena diferente. Íntima, rota. No como ahora.

Haruna escucha con la atención de quien sabe que cada sílaba importa. Al terminar, guarda unos segundos de silencio. Cuando nuestras miradas se cruzan, asiente y sonríe.

—Es cierto —dice con la frialdad de quien ya no puede dudar—. Es Kuroda afirmando que ha falsificado decenas de cobros de pólizas durante la última década. Luego pide que le dé unas semanas de tiempo para organizar su vida antes de que eso se haga público y toda su vida se evapore.

Kuroda no niega. No habla. No se defiende. Parece que ni siquiera respira.

El eco de la traducción de Haruna aún flota en el aire cuando Masami guarda el móvil con manos lentas, como si soltarlo demasiado rápido hiciera que todo volviera a desmoronarse.

Entonces se dirige directamente a su jefa. La voz ya no le tiembla. Pero tiene esa fragilidad de quien está a punto de decir algo que llevaba años acumulando.

—Hablas de tu vida como si nadie hubiera pasado por lo mismo. A mí tampoco me miraban. No de verdad. Yo era la que tomaba notas, la que servía el té, la que no sobresalía nunca. Tú tampoco destacabas. Al principio. Supongo que por eso…, por eso empecé a admirarte.

La mira sin una pizca de odio. Solo con una tristeza profunda.

—Pero ayer, cuando recibí el correo, entendí todo. Y después vinieron las miradas y las frases indirectas. Debiste de intuir que yo sabía algo. Lo vi en tus ojos. Me mirabas como se mira a una amenaza que aún no tiene forma.

Masami cierra los ojos un segundo. Y al abrirlos, ya no hay miedo.

—Estoy cansada de que sean otros quienes digan quién soy. Siempre fui la que no sabía, la que no entendía, la que no era suficiente. La que necesitaba que alguien hablara por ella.

Mientras habla, mis ojos se deslizan hacia Lucas.

Sentado con las manos sobre las rodillas, los labios entreabiertos, la mirada fija en Masami como si acabase de ver, por primera vez, un ser humano frente a él.

El gesto de alguien que está siendo arrancado de una jaula que ni sabía que tenía.

Thalía observa el espectáculo como cualquier otra.

—Estoy harta —susurra Masami, ya rota—. Harta de que todos asuman que soy débil solo porque no grito. Harta de pensar que no valgo solo porque nadie lo ha dicho en voz alta.

Y ahí levanta la mirada y la sostiene en los ojos de Kuroda.

—Por una vez, quiero ser yo quien decida quién soy. Quien defina mi nombre, mi lugar, mi valor. Y hoy… hoy soy la persona que ayudó a encerrar a una asesina.