La Sonrisa del Kimono Rojo (Valkiria Kross: Detective internacional de lujo 4) 29
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Me apoyo en la mesa sin sentarme. Que el cuerpo diga lo que yo no digo. El tiempo, ahora, juega a mi favor.

Durante un minuto entero, el silencio se estira como una cuerda al borde del desgarro.

Entonces Thalía lo corta.

—¿De verdad crees que el asesino va a confesar así, por aburrimiento? —dice, cruzándose de brazos con fuerza—. ¿O es que esto es algún tipo de show? Porque empieza a parecerlo.

—Quién sabe —respondo, sin moverme—. A veces el aburrimiento obra milagros. Pero el asesino no es el único que debe hablar. Hay más personas aquí que también tienen cosas que contar. Verdades importantes. Y hoy se han quedado sin sitios donde esconderlas.

En cuanto termino de hablar, las luces del comedor titilan.

Primero una vez. Luego otra. Y entonces se apagan por completo durante un par de segundos.

Al volver, parpadean en secuencia, como si el sistema eléctrico se hubiese tragado un suspiro del más allá. Las cortinas de los grandes ventanales comienzan a deslizarse hacia abajo sin que nadie las toque. Y el aire acondicionado se enciende con un zumbido agudo.

Nadie está cerca de los interruptores. Nadie ha movido un dedo. Lo sé porque yo tampoco lo he hecho.

Sonrío.

—Parece que ya estamos todos. —Mi voz suena distinta—. Bienvenida, Naoko.

Thalía resopla, otra vez. Pero esta vez más bajo. Como si el escepticismo se resquebrajara.

Y justo entonces, una silla se arrastra e Ishikawa se pone en pie.

Su elegancia habitual no se ha desmoronado, pero ahora parece tener otro peso. Como si, por primera vez, llevase encima su verdadero cuerpo.

—Tengo la costumbre de darme un baño después de comer —dice con su tono habitual, sereno, casi educado—. Así que, si no les importa, prefiero que esto termine cuanto antes.

Algunos lo miran sin entender.

—Ya que nadie parece dispuesto a hablar… comenzaré yo.

No hay tensión en su voz. Solo una calma peligrosamente lúcida.

—A lo largo de los años, he sido muchas cosas. Para la mayoría aquí, soy Ishikawa. Un hombre de negocios. Para el subinspector y la sargento —dice, mirando brevemente a Tachibana y Haruna—, soy algo más. Un kyodai , parte del consejo de una familia de Kobe.

Varios suspiros cruzan la sala como olas en una piscina inmóvil.

Masami abre la boca, pero no dice nada. CJ susurra un «¿qué?» audible. Los salaryman se miran entre ellos, pero tampoco parecen muy sorprendidos. Thalía y Lucas, los únicos extranjeros aparte de mí, rápidamente leen entre líneas.

—Máscaras —continúa Ishikawa—. Nada más. Roles que uno interpreta para sobrevivir. El nombre que mis padres me dieron es Hiroshi Nakahara.

Silencio.

—Soy el hermano menor de Naoko Nakahara.

Ahora sí. El nombre se expande como pólvora prendida. La Sonrisa del Kimono Rojo tiene un rostro nuevo. Una raíz. Un eco vivo que sigue entre nosotros.

CJ se ha quedado con la boca entreabierta.

Kuroda carraspea. Nakata maldice en voz baja.

Seina tapa su boca con una mano. Pero todo eso ocurre de fondo.

La única reacción que me importa es la de Yuri, y su expresión ya lo dice todo.

Acaba de romperse algo que llevaba sujetando desde hace demasiado.

No quería ser yo quien se lo dijera. El color se le va de la cara tan rápido que por un segundo pienso que va a desmayarse.

Se aferra al borde de la mesa como si el mundo estuviera girando demasiado deprisa.

—No tuve nada que ver con la muerte de Takimoto —dice Ishikawa—. Pero tampoco pretendo fingir que tengo las manos limpias.

Hace una pausa. Solo lo suficiente para dejar que la frase cale.

—Todo comenzó cuando asesiné a Sato, el jefe de mi hermana. El que le arruinó la vida. El que la empujó a su muerte.

La confesión golpea como algo físico y el aire de la sala parece contraerse.

Me doy la vuelta. Busco la mirada de Tachibana. Haruna también lo observa, con la tensión marcada en la mandíbula. El subinspector tiene la mano en el arma. No en actitud amenazante, sino como quien busca un asidero en algo que de pronto ya no entiende.

Le hago un gesto con la cara. No necesita intervenir. Tachibana tarda un segundo. Luego asiente, con lentitud, y deja caer el brazo.

Me vuelvo hacia Ishikawa.

—Gracias por tu confesión —le digo, con una voz más baja que antes, pero igual de firme.

Ya nadie tiene cara de hastío. Las palabras que antes parecían teatro ahora pesan demasiado como para fingir que no importan.

Todos entienden que esto es real.

—Y también sé por qué estás aquí —continúo—. No solo por curiosidad o por cerrar un ciclo personal. Has venido a este ryokan porque querías saber qué hay detrás de los supuestos ataques de la Sonrisa del Kimono Rojo. Y, más que eso, querías encontrar al culpable de la muerte de tu hermana.

Ishikawa no responde. Me escucha con esa serenidad que ya no es imperturbable, sino tensa. Sostenida.

—Sato, el jefe, fue uno de los responsables. Tú fuiste otro. Pero hay una tercera persona —digo, y me giro para mirarla—. Está aquí sentada.

Y la señalo.

Yuri.

La sala entera gira hacia ella. Un par de jadeos. Alguna exclamación ahogada.

Ishikawa ya no tiene la calma del principio. No hay violencia en su cuerpo, pero sí una confusión desbordante. Esto no estaba en el guion que yo le había marcado de lo que sucedería en el comedor. Y se nota. Parpadea, descolocado, como si acabaran de cambiarle las réplicas en mitad de la función.

—¿De qué estás hablando? —me pregunta, sin alzar la voz—. ¿Qué tiene ella que ver con mi hermana? Esa chica apenas debía de haber nacido cuando Naoko murió.

—Exacto —respondo—. Porque es su hija.

Yuri se quiebra. No dice nada, solo emite un sonido sordo, un sollozo contenido que se le escapa antes de poder evitarlo. La mano le tiembla sobre la boca. La otra se aferra a la mesa.

La confirmación no hace falta. Está en cada fibra de su rostro.

Lo supe cuando Ishikawa me leyó la carta que dejó Naoko antes de morir. En ella solo mencionó un detalle sobre su hija. Una marca de nacimiento, justo en la clavícula izquierda. Un corazón. La misma que había visto en mi traductora.

Miro a Yuri. Ella asiente con la cabeza, sin poder levantar la vista. Lágrimas cayendo silenciosas.

Ishikawa niega con la cabeza, movido por el dolor de quien no quiere ilusionarse demasiado rápido.

—Naoko dijo que había tenido un hijo —murmura.

—Probablemente lo hizo para protegerla. Para dificultarte que la encontraras.

Ishikawa guarda silencio. Y por primera vez, su cuerpo se rompe.

No del todo. No en gestos dramáticos. Solo en la forma en que sus hombros se hunden y la voz se le quiebra apenas.

—Mi hermana… —dice, como si esa palabra le devolviera algo que pensaba perdido.

Se acerca. Despacio, casi con torpeza, y rodea a Yuri.

Ella se encoge entre sus brazos como si fuera la primera vez que abrazaba a alguien. Él la envuelve con una delicadeza que contradice todo lo que cualquiera pudiera imaginar de alguien importante de la yakuza .

Y por un instante, el comedor entero deja de respirar. Un instante. Pero lo suficiente para que algo cambie.

Por cálida que sea la imagen, el cuerpo no miente. Ya se empieza a notar el frío. El aire acondicionado lleva un rato soplando una brisa helada desde los paneles superiores. Me cruzo de brazos y hasta yo siento cómo se me eriza la piel.

—Ya solo quedan tres personas por confesar sus secretos —anuncio, con voz clara y sin rodeos.

Barro la sala con la mirada. Lenta. Intencionada. Los ojos se me clavan en cada rostro. Algunos me rehúyen. Otros me desafían. La mayoría simplemente espera.

Yuri e Ishikawa se han vuelto a sentar. Ella aún se seca el rostro con la manga. Él mantiene la mano sobre la mesa, abierta, como si necesitara seguir tocando algo firme.

—¡Hablad de una vez! —digo con un fuerte golpe en la mesa. El sonido retumba como un disparo.

Durante una fracción de segundo, nada ocurre.

Varias bandejas del bufé se elevan bruscamente, como si una sacudida invisible hubiese recorrido la sala. Una de ellas vuelca en pleno aire y el arroz se dispersa por el suelo.

Las luces parpadean. Primero una vez. Luego otra. Y después empiezan a fallar en serie, como si se les cortara la respiración.

—Lo único que conseguís con esto es retrasar lo inevitable —digo, esta vez más bajo—. La verdad va a salir.

Entonces, CJ se pone en pie.

Su expresión no es la misma de siempre. No hay rastro del tipo sobrado y fanfarrón que se graba a sí mismo para YouTube. Está desencajado. Desfigurado por el miedo.

—¡Esto no es una tontería! —grita, como si estuviera defendiendo su vida—. ¡Yo me dedico a esto! ¡A grabar ataques paranormales! ¡A buscar yōkai ! ¡Y si algo he aprendido, es que lo más importante es no enfadarlos!

Todos lo observan con una mezcla de espanto y duda.

—¡Y es evidente que Naoko está furiosa! —continúa—. ¡Que el responsable hable de una maldita vez! Porque si esto sigue así van a empezar a caer inocentes.

Se abalanza hacia una de las puertas del fondo, la que lleva a la cocina. Intenta abrirla. No cede. Golpea con el puño.

—¡Dejadme salir!

Entonces las luces se apagan en dos segundos de oscuridad absoluta.

Cuando regresan, CJ está sudando, casi temblando. Se gira bruscamente hacia los salaryman .

—¿Son ustedes? —dice, y luego añade varias frases en japonés mientras camina hacia ellos con los ojos inyectados—. ¡¿Ustedes son los que tienen secretos?!

Los salaryman se encogen, sorprendidos. Masami murmura algo ininteligible. Okada pone las manos en alto. Nakata lo mira como si estuviese a punto de romperle la cara.

Las luces se apagan otra vez. Cuando vuelven, CJ ya está frente a Seina.

—¿Y tú? —le lanza—. ¡¿Tú también estás escondiendo algo?!

Seina lo mira aterrada. Sus labios se mueven sin producir un sonido. Otra oscilación de luz. Más breve. Más intensa.

CJ gira sobre sus talones y se planta frente a Thalía y Lucas.

—¿Qué hay de vosotros? ¿Sois unos malditos mentirosos?

Thalía se levanta de golpe, pero no dice nada. Lucas se queda enterrado entre sus manos.

CJ se detiene a mi lado. Me mira con los ojos desorbitados.

—¡Quien sea que esté ocultando algo… que hable ya! —grita, como si así pudiera exorcizar todo lo que no entiende.

En cuanto el grito de CJ se extingue, las luces se apagan también.

Oscuridad total, seguido de un grito. Humano. Desgarrado. Real.

Las luces vuelven con un parpadeo agónico.

Y ahí está: Okada. Tendido en el suelo. Pero no solo eso. Algo arrastra su cuerpo hacia atrás, los talones rozando la moqueta, los brazos intentando aferrarse a algo invisible. No hay nadie que tire de él. Solo una fuerza que lo desplaza por el pasillo central, directo hacia la puerta de servicio.

El comedor entero se queda helado.

Nadie se mueve.

Nadie respira.

Las luces parpadean otra vez mientras Okada intenta aferrarse a la alfombra sin resultados. Intenta gritar, pero el sonido se le ahoga en la garganta.

Y entonces, la puerta se abre sola.

Se traga a Okada en un solo movimiento y se cierra de golpe detrás de él.

Las luces titilan brevemente una vez más. Luego se estabilizan.

Pero nadie se mueve.

El subinspector y la sargento han llevado la mano al arma por instinto. Niego con la cabeza. Ellos dudan un segundo antes de soltar la empuñadura y volver a cruzarse de brazos, aunque ahora el gesto parece más una coraza que una postura.

La tensión ya no es tensión. Es pánico contenido. Es vértigo.

Y ahí, en mitad del absoluto silencio, una respiración rota se vuelve audible. Unos sollozos. Lloriqueos mal contenidos.

Masami.

Se pone en pie de golpe, como si algo dentro de ella se hubiese roto. Y, alargando su brazo escuálido, grita:

—¡Fue ella! ¡Ella lo mató! ¡Ella mató a Takimoto!