28
La puerta de la sala de interrogatorios se cierra detrás de mí con un clic que retumba en mi cabeza. En la mesa, inmóvil como una figura de cera que ha perdido la voluntad de parecer humana, está Yuri, lleva toda la noche ahí.
El fluorescente mortecino del techo le saca ojeras donde antes había rímel. Se nota que no ha dormido más de un par de horas seguidas. Tiene los labios agrietados y los nudillos rojos de tanto apretarse las manos. Me duele verla así.
—¿Cómo estás? —pregunto, y me sorprende lo sincera que suena mi voz.
Yuri alza la mirada, pero no dice nada. Solo parpadea, como si el simple hecho de responder fuese un lujo que no se puede permitir.
—¿Pudiste dormir algo?
Ella asiente, o eso parece. Podría ser solo un espasmo involuntario, una forma elegante de pedir que no le insista.
La observo en silencio. Y ahora que sé lo que sé… me cuesta horrores sostenerle la mirada.
Cojo la silla de enfrente y la acerco con cuidado. No quiero que esto parezca un enfrentamiento. Ni siquiera una entrevista. Solo una conversación que las dos hemos retrasado demasiado.
—Siéntate —le pido con suavidad.
Yuri obedece como si fuera una orden médica y empiezo a hablar.
—Sé que no eres la asesina.
Sus ojos se abren un poco más. No lo suficiente como para parecer sorprendida, pero sí lo justo como para notar el temblor que se cuela por las grietas.
—Lo sé, Yuri. Aunque todo apunte en tu contra y sigas guardándote cosas. Sé que no fuiste tú. Y eso es bueno. Porque si yo no me lo creo, puedo hacer que nadie más lo haga.
Se cubre la boca con la mano. No sé si intenta contener algo o simplemente no sabe qué hacer con el cuerpo.
—Pero necesito que me ayudes. La única forma de sacarte de esta es ir directamente a por quien realmente lo hizo. Y para eso te necesito lúcida. Conmigo.
La veo romperse delante de mí. Sin estruendos. Sin dramatismo. Solo agua que se desborda por donde ya no había estructura.
—Val… —dice entre lágrimas—. Yo no sé nada. No sé quién fue. No entiendo por qué me metí en todo esto. No sé en qué pensaba…
Se tapa la cara y se echa a llorar. El cuerpo encogido, hombros que tiemblan como ramas bajo la lluvia. No llora por estar detenida. Llora porque no tiene respuestas. Porque ha perdido el hilo que creía tener entre los dedos.
Me inclino hacia ella y le agarro la mano sin pedir permiso.
—No pasa nada —le digo, con una voz que no suelo usar—. Yo sí lo entiendo. Yo sé por qué hiciste todo esto.
Yuri deja de sollozar de golpe. El cuerpo aún le tiembla, pero ahora es distinto. Sabe que voy en serio.
—Y también sé quién es el asesino —añado.
Entonces sí que levanta la cabeza. Boquiabierta. Como si acabara de oír su propia salvación.
—¿Qué…? —susurra.
—Necesito que me ayudes —le digo, sin soltarle la mano—. Solo tú puedes hacerlo.
Ella asiente y me escucha.
Cuando terminamos de hablar, no hay más que decir. Es momento de actuar.
Un agente entra en la sala y le indica a Yuri que se ponga de pie. Ella obedece sin mirarme, pero antes de girarse me aprieta la mano con una fuerza inesperada.
El clic de las esposas no resuena tanto como esperaba. O quizá es que tengo demasiadas cosas golpeando por dentro como para escuchar algo más.
Tachibana espera en el pasillo, con Haruna a su lado. El agente toma a Yuri del brazo y recorremos en silencio uno de los pasillos principales del ryokan , con el suelo de moqueta que amortigua nuestros pasos.
Tras subir las escaleras a la segunda planta, las puertas cerradas del comedor nos esperan. Nos detenemos justo delante, los cinco en fila, como antesala de algo que ninguno se atreve a nombrar. Al otro lado están comiendo todos los huéspedes y empleados que quedan en el ryokan .
—Antes de entrar —digo, bajando la voz—, necesito que confiéis en mí.
Tachibana frunce el ceño con esa mezcla de desconfianza y respeto que solo tienen los policías que no están acostumbrados a que otro tome las riendas. Haruna está al lado, escuchando. Detrás, a distancia suficiente para no oírnos, Yuri espera junto al agente.
—La situación se va a poner rara. Muy rara. Pero os garantizo algo. Cuando salgamos de esta sala, lo haremos con el asesino esposado.
El subinspector tarda un par de segundos en responder. Me sostiene la mirada como si intentara descifrar si estoy siendo arrogante, impulsiva o sencillamente precisa.
—Está claro que nunca he trabajado de esta forma —admite al fin—. Pero también es cierto que nunca me he encontrado con un caso como este. Confío en ti, Valkiria.
Haruna no dice nada al principio. Solo ladea la cabeza, escaneándome como si estuviera valorando mis palabras al microscopio.
—¿No nos vas a decir quién es el asesino antes de que entremos? —pregunta al fin.
Le dedico una media sonrisa.
—Por supuesto que no. No pienso estropearos la fiesta —añado, y le guiño un ojo—. Disfrutad del espectáculo.
Empujo la puerta. Es hora de entrar en escena.
El comedor se convierte en un susurro de utensilios sobre platos y de aromas suspendidos en el aire. Caldo caliente, salsa de soja, restos de tempura fríos. El sonido de la puerta al cerrarse detrás de mí es seco, definitivo. Ya no hay vuelta atrás.
La mayoría sigue sentada, fingiendo normalidad mientras apuran la comida. No son solo las miradas, es la tensión en las mandíbulas, el roce sordo de los palillos, el vaho de las tazas que se enfría sobre las bandejas. Todo el cuerpo de la sala parece contener la respiración.
La familia taiwanesa se ha marchado esta misma mañana. Lo mismo que los jubilados y la pareja americana. No los culpo. Pero tampoco importa. El resto sigue aquí, el asesino incluido. La gente que de verdad importa aún está sentada en este comedor, masticando su nerviosismo.
Recorro con la mirada el lugar mientras avanzo. En una mesa lateral están Thalía y Lucas, compartiendo plato como si el episodio con Renji no existiera. El amor es volátil. Y la necesidad de mantener las apariencias, aún más.
En el centro están los salaryman . Kuroda, la jefa de mirada severa y mandíbula apretada; Masami, que tiene cara de no haber dicho una palabra en toda la comida; Okada, el amante de Takimoto, con el rostro hundido en el arroz; y Nakata, que no sabe dónde poner sus manos del nerviosismo.
Ishikawa, impecable como siempre, está junto a su asistente.
Renji intenta mantener la compostura, pero la marca rojiza de la bofetada aún le cruza la mejilla.
Seina, la empleada a la que le encasquetaron el maletín de la víctima, ni siquiera levanta la vista.
CJ parece ausente, sin rastro de su personalidad desbordante que siempre llena la sala.
El único que falta es Yamanaka. Pero no importa. El resto está ahí. Todos están ahí. Y todos miran.
Tachibana y Haruna cruzan la sala junto a Yuri.
Al llegar al centro, le retiran las esposas en silencio.
Ella se frota las muñecas sin mirar a nadie y se sienta en una mesa vacía.
Algunos le lanzan miradas cortantes. Otros solo bajan la vista, como si verla ahí les molestara más que su posible culpabilidad.
No digo nada todavía. Solo observo.
Porque en este comedor lleno de tensión contenida, una persona guarda un secreto tan pesado que ya debe de estar notando el temblor en las manos. Y yo estoy a punto de arrastrarlo a la superficie.
Me adelanto hasta quedar en el centro exacto de la sala. Hay una lógica teatral en la disposición del espacio. Es casi perfecto.
—Anoche —empiezo, con voz clara— supe por fin quién mató a Takimoto.
El silencio que sigue es extraño. Es contención. Un «¿qué está diciendo?» suspendido en cada mesa.
—Fue Naoko —continúo—. O mejor dicho, Naoko fue quien me lo dijo. La mujer que murió en extrañas condiciones hace veintiséis años. La Sonrisa del Kimono Rojo se presentó en mi habitación y me confesó todo.
CJ suelta una risita incrédula. Thalía me mira como si quisiera grabarme para luego exponerme en sus redes sociales. Ishikawa ni se inmuta, pero noto cómo se tensa el ambiente alrededor de los salaryman . Un par de ellos murmuran algo en voz baja.
—Ella estuvo presente durante el asesinato —prosigo—. Vio cómo alguien usaba su propia muerte para encubrir otro crimen. Para beneficiarse de ello. Para sacar provecho del miedo.
—¿Está hablando en serio? —masculla uno de los salaryman .
—¿Esto qué es, una broma? —dice CJ, alzando la voz.
—¿Así funciona la policía en este país? ¿Con cuentos de fantasmas? —pregunta Thalía con desdén, dirigiéndose directamente a Tachibana.
Haruna ni se inmuta. Tachibana tampoco. Sus brazos cruzados, el rostro impasible, como si la escena no lo sorprendiera en lo más mínimo.
Eso descoloca a los que esperaban verlos intervenir. La queja se estanca. Nadie sabe a qué atenerse.
Aprovecho el hueco.
—Nadie va a salir de esta sala —digo, con calma cortante— hasta que el culpable confiese lo que ha hecho.
El alboroto estalla. Esta vez de verdad.
Varios se ponen de pie a la vez. Los salaryman levantan las manos, diciendo que no tienen nada que ver.
Thalía señala a Yuri sin nombrarla y dice en voz alta que fue cosa de las empleadas.
Otro sugiere que pudo haber más de una persona.
Seina se encoge en su silla, como si quisiera disolverse.
—¡Esto ya se resolvió! —grita Thalía al fondo.
—¡Era ella! ¡Por eso la habían arrestado! —chilla CJ, señalando a Yuri.
—¿Y qué pasa con la que tenía el maletín? —dice Okada, uno de los salaryman .
Las acusaciones vuelven a lanzarse al aire, desordenadas, sin dirección. Todos se pisan la voz. Yo no me muevo.
Espero a que suba la espuma. Y justo cuando están a punto de desgarrarse unos a otros, profiero un grito. La sala se hunde en un silencio más profundo que antes, ya saben que no estoy bromeando. Tomo aire y digo:
—Empecemos.