La Sonrisa del Kimono Rojo (Valkiria Kross: Detective internacional de lujo 4) 27
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Ishikawa termina de leer y el silencio que queda pesa. Permanece suspendido en el aire, como si nadie se atreviera a respirar por miedo a romper algo que ya está demasiado roto.

No levanta la vista enseguida. Tiene las hojas aún entre las manos, dobladas por el centro, los dedos crispados alrededor del papel como si fuese lo único que lo mantuviera en pie. La última frase le ha salido más baja que las anteriores. No temblorosa. Controlada. Y eso es peor.

Yo tampoco hablo. No porque me falten palabras, sino porque cualquier cosa que diga ahora sería ruido.

La carta aún me zumba dentro del cráneo, como un eco que no sabe apagarse.

Cada entrada, cada fecha, cada decisión escrita con una intensidad brutal.

No hay histeria. No hay dramatismo. Solo cansancio acumulado durante un año entero hasta convertirse en algo irreversible.

Pienso en Naoko sola. En su cuerpo funcionando por inercia. En el odio hacia sí misma creciendo al mismo ritmo que aquello que no quería dentro. Y, por primera vez desde que llegué a este caso, dejo de verla como una historia del pasado. La siento cercana. Demasiado.

Ishikawa se aclara la garganta una vez más y al final levanta la cabeza.

Sus ojos están enrojecidos, pero secos. Me mira como si necesitara comprobar que sigo ahí, que alguien ha sido testigo de lo que acaba de hacer.

Sé que es la primera vez que deja que alguien conozca el contenido de esa carta.

Asiento apenas, despacio, sin saber muy bien qué estoy confirmando.

Una vez que termino de procesar lo que acabo de escuchar, lo único en lo que puedo pensar es que eso lo cambia todo.

—¿Tenía un hijo?

La pregunta se me escapa sin pensar, como si no fuera mía.

Afortunadamente, Ishikawa no parece ofendido por mi falta de tacto. Es más, parece aliviado en desviar un poco la atención.

Levanto la vista y miro a Renji. Está a unos metros, con las manos en los bolsillos y el viento jugando con el dobladillo de su yukata .

En cuanto Ishikawa comprende la dirección de mi mirada, suelta una carcajada que reverbera en el bosque. Ya no hay rastro de la melancolía que lo afligía antes.

—Afortunadamente, ese chiquillo no es mi sobrino.

Me giro. Tiene la sonrisa floja, como de quien ha aprendido a convertir las heridas en anécdotas.

—Lo busqué —añade, encogiéndose de hombros—.

Durante años. Rebusqué en registros de adopción, en hospitales, incluso en listas de orfanatos.

Nada. Mi hermana fue muy cuidadosa. Supongo que…

acepté su voluntad. Al final, uno se rinde.

Aunque no lo quiera. Al menos logró que a su hijo no le salpicara la misma mugre que a ella la devoró.

Ese chico, que ya estará cerca de los treinta, vive ahora ajeno a toda esa destrucción, y también a que su tío es un yakuza .

No sé qué responderle. Callo y miro por última vez la carta en manos de Ishikawa. Me percato de que la última página está marcada con manchas difusas, casi transparentes. Agua, en apariencia. Pero sé que no es agua…

—Gracias por compartírmelo —le digo.

Él asiente con gesto sobrio, como si no hiciera falta agradecer lo que debería haber sido leído hace años.

Volvemos a andar. El sendero se estrecha y las hojas caen sin prisa.

—¿Vas a detenerme?

La pregunta llega sin dramatismo, como si me estuviera ofreciendo un cigarro. Ni siquiera se ha girado para decírmelo. Solo lanza las palabras al viento.

—Soy detective, Ishikawa. Internacional, sí…, pero detective al fin y al cabo. No tengo la capacidad legal de detener a nadie.

Ahora sí se vuelve, lento, con una ceja alzada.

—¿Y entregarme?

—Todavía no lo he decidido.

No se inmuta. Quizá porque ya intuía la respuesta.

—Lo que sí sé —añado— es que te necesito. Esta segunda muerte no tiene nada que ver con Naoko. No es una venganza diferida ni un ajuste de cuentas del pasado. Es una imitación. Alguien está aprovechando la escenografía, los rumores, la estética del crimen… para despistar.

El viento remueve las hojas a nuestro alrededor. Ishikawa mantiene la vista fija en el suelo.

—¿Quién?

—Es mejor que no te lo cuente. Lo relevante es que ahora mismo no tengo pruebas contra esa persona y tú puedes ayudarme a conseguirlas. Y si lo haces… tal vez también puedas limpiar, aunque sea un poco, el nombre de tu hermana.

Ishikawa se detiene en seco.

El silencio que deja su pausa es casi reverencial.

Frente a nosotros, el sendero se bifurca ligeramente y deja ver, entre los troncos, el reflejo del río.

El agua avanza con esa calma aparente que esconde una corriente firme.

A ambos lados, los arces tiñen el bosque con una paleta imposible.

Rojos que rozan lo irreal, amarillos que parecen arrancados del fuego, naranjas que se confunden con el sol.

Todo es tan hermoso que duele. Ahora entiendo las últimas palabras de Naoko.

Tan ajeno al hotel, a la sangre, al hedor de las habitaciones selladas.

Esta postal otoñal no tiene cabida en los horrores de los últimos dos días.

Y, sin embargo, aquí estamos. En mitad de un decorado perfecto para un crimen que nunca debió repetirse.

—Estaría encantado de ayudarte, Valkiria —dice al fin, sin dejar de mirar el río—. Pero no sé cómo. No tengo nada. El testimonio que le di a la policía es sincero. No sé qué ocurrió hace dos noches. No salí de mi habitación en ningún momento. Ni tampoco conocía a la víctima.

Asiento despacio.

—Aun así, tu posición te pone en un lugar particular. No solo por lo que representas para este sitio, sino por los paralelismos que hay entre los dos casos. —Él me mira de reojo—. Solo te pido que confíes en mí. Y que hagas lo que te diga, cuando te lo diga.

Apenas acabo la frase, Ishikawa alza una ceja.

Solo eso.

Un gesto mínimo, pero me basta para sentir un tirón frío en la nuca. Juicio, sospecha, respeto, advertencia. Todo comprimido en una sola articulación facial.

A veces se me olvida. A mi cuerpo, no.

Ishikawa no es solo un hombre peculiar que pasea por el bosque en sandalias. Es un yakuza . Uno real. Un depredador con modales. Ha cambiado la katana por la compostura, pero no por eso ha dejado de ser peligroso.

Incluso ahora, sin una sola amenaza, sé que me acaba de medir. Y, por suerte, me ha concedido su silencio como aprobación.

—De acuerdo —dice por fin, con un leve movimiento de cabeza.

Eso basta. Más de lo que esperaba.

—En ese caso, ¿qué estás dispuesto a sacrificar para limpiar el nombre de tu hermana?

Espero encontrarme un momento de duda, o quizás otro gesto de agresividad contenida. Pero no, su rostro no cambia, como si ya esperase la pregunta. Y su respuesta sale inmediata.

—Todo.