La Sonrisa del Kimono Rojo (Valkiria Kross: Detective internacional de lujo 4) 26
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Hermano:

Ha pasado una semana desde que murió Sato.

Una semana desde que tú lo mataste.

No sé por qué empiezo así. Supongo que porque es la única verdad que no cambia cuando me despierto.

He vuelto a casa. Digo «casa», pero no lo siento así. Es solo el apartamento en el que dejé de existir durante un tiempo. No he salido apenas. El mundo exterior se ha vuelto demasiado ruidoso, incluso cuando está en silencio.

Los vecinos me miran como si ya no fuese humana.

Como si llevara algo pegado a la piel. Ayer bajé a la tienda veinticuatro horas porque no me quedaba comida.

Fue un error. La cajera tardó un segundo de más en devolverme el cambio.

Un hombre dejó de hablar al verme. Nadie dijo nada, pero lo dijeron todo.

Mi cara está en todas partes. En los periódicos. En la televisión. En las conversaciones que se cortan cuando entro en una habitación.

Aquí dentro no hay ruido, pero tampoco hay aire.

Las habitaciones están demasiado ordenadas. Todo sigue exactamente donde lo dejé. Mis libros. Mi ropa. Mis discos de música. Todo eso que se suponía que significaba algo.

He dedicado mi vida entera a aguantar. A tragar. A demostrar que podía hacerlo mejor. Que merecía estar allí. Pensaba que si sufría lo suficiente, si sacrificaba lo suficiente, al final tendría sentido.

Ahora entiendo que no funciona así.

Todo ese sufrimiento ha regresado. No para recompensarme, sino para cobrarse lo que invertí. Con intereses. Porque al final no sirvió para nada.

No sé qué voy a hacer con mi vida.

No sé si me queda una.

Tampoco sé por qué te escribo esto.

No sé si algún día lo leerás.

Ni siquiera sé si quiero que lo hagas.

07/05/1999

Hermano:

No podía seguir encerrada. Las paredes empezaron a mirarme de vuelta.

Hace dos semanas busqué un piso lejos. Muy lejos. Varias horas en coche. Un pueblo pequeño, rodeado de campos de arroz. Firmé el contrato casi sin leerlo. La semana pasada empecé la mudanza.

Durante unos días tuve algo parecido a un propósito. Cajas. Viajes. Gestiones. Cansancio físico. Era un alivio estar agotada por algo concreto.

Hace dos días terminé.

Y el vacío volvió.

Ahora estoy en un lugar donde no conozco a nadie. Los vecinos me observan con curiosidad. No sé si porque soy nueva o porque aquí también han llegado las noticias. A veces pienso que da igual. La mirada es la misma.

Por las mañanas me siento mal. Náuseas. Mareos. Como si mi cuerpo se negara a levantarse conmigo.

Lo que me faltaba era enfermar.

A veces pienso que quizá eso sería lo más sencillo. Que mi cuerpo decidiera por mí. Que me apagara sin tener que elegir.

Empiezo a entender por qué algunas personas desean un final.

14/05/1999

Hermano:

He hecho un test de embarazo.

Estoy embarazada.

Solo hay una persona que puede ser el padre.

Está muerto.

Tú lo mataste.

Aunque todos digan que fui yo.

No sé qué hacer con esta información.

No sé qué hacer conmigo.

02/06/1999

Hermano:

El cuerpo cambia sin pedir permiso.

Empiezo a notarlo en la ropa, en el cansancio, en cómo me cuesta respirar por las noches.

Los vecinos ya saben quién soy. Lo noto en sus silencios, en cómo bajan la voz cuando paso. Es igual que antes. No importa el lugar.

He pensado en terminar con esto.

Con lo que crece dentro de mí.

No lo escribo para que me detengas. Solo para que quede constancia de que lo pensé.

28/08/1999

Hermano:

Hoy me han dicho que es un niño.

No he sentido nada al escucharlo. Solo una especie de cansancio antiguo, como si ya supiera que sería así.

30/10/1999

Hermano:

Perdona la letra. Me duele el brazo.

Hace mes y medio me caí por las escaleras.

O me tiré. Supongo que depende de cómo se mire.

Quería que dejara de crecer.

No lo conseguí.

El médico dijo que, afortunadamente, la criatura estaba bien.

Yo no creo en los milagros.

Me rompí un par de huesos. Nada grave, según ellos.

Todo es siempre «nada grave».

12/12/1999

Hermano:

Hoy he salido al médico.

Ya no soy capaz de conducir, así que he cogido el autobús.

El trayecto hasta la parada se me ha hecho eterno. El cuerpo pesa más de lo que debería. Cada paso parece un recordatorio de algo que no pedí. La gente me mira el vientre antes que la cara. Algunas mujeres apartan la vista rápido. Otras no.

Un hombre me cedió el asiento en el autobús sin mirarme. Como si yo fuera solo esto.

En la sala de espera había una pareja joven. Se reían. Ella hablaba del nombre que habían elegido. Él le acariciaba la tripa con cuidado, como si tocara algo sagrado.

El médico dice que todo va bien. Siempre va bien.

Que el cansancio es normal.

Que el dolor es normal.

Que el odio hacia mi propio cuerpo también debe de ser normal, porque nadie parece sorprendido cuando no sonrío.

Por las noches sueño que me abro el vientre para respirar.

Me despierto empapada en sudor y con culpa, como si hubiera cometido un crimen incluso dormida.

A veces pienso que esto no es un embarazo.

Es una condena que se cumple lentamente, desde dentro.

23/01/2000

Hermano:

Queda una semana.

Este último mes ha sido un infierno. Mi cuerpo ya no me pertenece. Duele dormir, duele estar despierta. Lo que llevo dentro me consume hasta límites que no sabía que existían.

No tengo fuerzas para pensar en el después.

31/01/2000

Hermano:

Tu sobrino nació hace dos días.

No había reunido fuerzas suficientes para escribir.

El parto fue largo. Doloroso. Interminable.

Sentí que mi cuerpo se rompía una y otra vez, como si estuviera pagando algo que no recuerdo haber prometido.

Tardé un día en poder verlo.

Cuando por fin lo sostuve, no sentí orgullo. Ni amor.

Solo más dolor.

Tiene sus rasgos.

En la clavícula hay una marca de nacimiento. Pequeña. Con forma de corazón.

Parece una broma.

Como si hubiese nacido del amor.

15/02/2000

Hermano:

Escribo porque no dormir no sirve de nada.

El niño llora por las noches.

A veces lo dejo llorar. Lo oigo demasiado, pero al cogerlo mi cuerpo se tensa.

No hay instinto, solo rechazo. Siento que sigue alimentándose de mí: del sueño, del aire, de la poca calma que me queda.

Cada vez que lo miro, vuelve el dolor. El parto.

La sangre. Su padre muerto. Su cara me devuelve la mía en los peores días.

A veces cierro los ojos para no verlo.

Lo dejo en la cuna y me siento en el suelo del pasillo. Escucho cómo llora al otro lado de la pared. Me digo que irá a peor si entro. Que si lo miro demasiado tiempo, algo dentro de mí se romperá del todo.

Después llora más fuerte.

Y entonces me odio.

Me odio por no sentir lo que se supone que debería sentir.

No es un hijo. Es un recordatorio.

Un cuerpo extraño que sigue viviendo a costa del mío.

01/03/2000

Hermano:

Hoy he vuelto a hacerlo.

Lo he dejado llorando mientras me daba un baño. El agua caliente me rodeaba el cuerpo y yo pensaba en cualquier otra cosa. En el ruido. En el vapor. En las gotas que caían por mi rostro.

No pensaba en él.

Cuando salí, su cara estaba roja. Tenía la voz rota.

No supe qué hacer. Me quedé mirándolo demasiado tiempo.

No sentí compasión.

Sentí miedo.

Pensé que quizá esto no iba a mejorar nunca. Que quizá yo no iba a convertirme en otra persona por insistir lo suficiente. Que quizá ya era esto.

Y que él iba a crecer mirándome como se mira algo que falla.

Le di de mamar sin mirarlo.

Luego volví a dejarlo en la cuna.

Otra vez el asco hacia mí misma.

07/03/2000

Hermano:

Hoy he ido a ver a una mujer que lee calendarios.

Quería saber la suerte del día del nacimiento de mi hijo. Confirmar mi desgracia.

No trabaja en un templo. Tampoco parece una sacerdotisa.

Tiene una habitación encima de una antigua tienda de sellos, cerca de la estación. La puerta sin cartel. Me dieron la dirección escrita a mano.

En el recibidor hay varias plantas secas y olor a incienso viejo.

La mujer no sonreía. Me ofreció té, pero no lo toqué.

Antes de preguntarme nada, me pidió la fecha y hora exacta de nacimiento.

Lo anotó con un bolígrafo fino, en un cuaderno desgastado, y abrió uno de los almanaques que colgaban en la pared. Todos estaban abiertos por meses distintos, llenos de marcas en lápiz y papeles doblados.

Se quedó en silencio mientras buscaba.

Pasó los dedos por las columnas, sin prisa, como si escuchara algo en ellas.

Luego asintió.

Dijo que nació en un Butsumetsu .

Me explicó que es el día más desafortunado del rokuyō , ese sistema que mucha gente aún consulta para bodas, funerales y nacimientos.

Butsumetsu significa «la muerte del Buda». No en un sentido espiritual, sino como una forma elegante de decir que ese día la suerte se ha declarado en huelga.

Nada empieza bien en un Butsumetsu . Nada florece. Los esfuerzos no dan fruto.

Es un día en el que hasta los dioses miran hacia otro lado. No castigan, simplemente no están. No escuchan.

Dijo también que es pleno invierno. Que la fecha termina en nueve, que suena como sufrimiento.

Que hay fechas que cargan con más peso del que deberían.

Me preguntó si creía en estas cosas.

No respondí.

Era la última confirmación que necesitaba.

Ya he decidido lo que voy a hacer.

30/03/2000

Hermano:

He pasado la última semana viajando.

No conducía sin rumbo. Sabía a dónde iba.

Pero necesitaba dejarlo antes de llegar.

Buscaba un lugar donde no me reconocieran. Donde nadie supiera nada de mí.

Un sitio tranquilo.

Hace tres días vi a una pareja. Caminaban despacio. Se reían. Él le puso la mano en el hombro sin pensar. Ella se apoyó en él como si el mundo fuera seguro.

Sentí asco.

Como si me hubieran robado algo.

Como si esa vida hubiera podido ser mía.

Hoy lo he dejado en la entrada de su casa. Dormía.

No lloró.

Pensé que quizá lo verían como un castigo.

La misma carga que yo he tenido que llevar.

Pero no es verdad.

Ojalá no lo sea.

Ojalá pueda crecer sin saber quién fui yo.

Ojalá tenga una vida que no se parezca a la mía.

02/04/2000

Hermano:

Esta es la última entrada.

Estoy de vuelta en el ryokan .

Cuando acabe esta carta, la uniré a las anteriores. A esas que aún no te he enviado. Siempre tuvieron tu nombre.

Esta noche voy a quitarme la vida.

Para cuando leas esto, ya estaré muerta.

Pero no lo haré en silencio.

Por eso he vuelto aquí.

Quiero morir donde murió el padre de mi hijo. Donde tú lo mataste. Donde todo empezó a pudrirse.

No voy a hacerlo de forma limpia. Ni discreta. Quiero confundirlos. Quiero que duden. Quiero que, por una vez, sirva para algo.

Quiero servir para algo. Saber que mi vida tuvo un sentido. Que no fue solo sufrimiento acumulado.

No es venganza.

Es cansancio.

Ya no puedo más.

No queda nada que sostener.

Lo siento por él. Pero lejos de mí tendrá una vida más feliz.

No quiero que sea hijo de aquello en lo que me he convertido. Ni de lo que estoy a punto de hacer.

No lo busques.

No busques a tu sobrino.

No merece cargar con esto.

Ni contigo, ni conmigo, ni con este lugar.

Aunque lo intentaras, no importaría. No lo encontrarías.

Cuida de ti.

Ojalá hubiéramos tenido otra vida.

Siento el dolor que esto va a causarte. Nunca quise hacerte daño.

Tampoco quisiste destruir mi vida cuando mataste a Sato. Lo sé. Él empezó todo esto. La cadena de sufrimiento. Lo demás vino después.

El ryokan está lleno; veo algunos huéspedes pasear por el río desde la ventana de mi habitación.

Las vistas son evocadoras. Inspiradoras incluso.

Cerezos en flor. Los miro tras el cristal. Son preciosos.

Me dan asco. Como si la belleza se riera de mí.