La Sonrisa del Kimono Rojo (Valkiria Kross: Detective internacional de lujo 4) 25
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—No hagas nada raro —susurra Renji detrás de mi nuca.

Aunque el calor de su aliento me molesta, el mayor incordio viene de la punta afilada del cuchillo que me apuntala el costado.

—Me he asegurado de que no haya nadie cerca, señor —dice Renji en inglés, como si quisiera asegurarse de que me entero de lo que está a punto de suceder—. Podemos deshacernos de ella sin problema, antes de que cuente lo que sabe.

Durante medio segundo, dejo de respirar. El cuchillo no tiembla. La voz de Renji tampoco. Hay decisión en ambos.

Ishikawa, que hasta hace un instante estaba un par de pasos más adelante, se da la vuelta con la lentitud con la que se abre una puerta ceremonial. Sin sobresaltos ni alarma. Mira el cuchillo en mi espalda como si fuera una nota desafinada en un concierto suyo.

—Renji… —dice con la misma calma con la que se pediría un té—. Dámelo.

El hombre duda. Lo sé porque su pulso se aprieta. Pero Ishikawa no necesita repetirlo. Le basta una sola mirada. Renji baja el cuchillo. Da un paso hacia Ishikawa, tendiéndole el arma con ambas manos. Y en ese gesto casi sumiso, ocurre.

Ishikawa, sin apenas moverse, le cruza la cara con la mano vuelta, con tanta fuerza que el golpe retumba en el bosque. Los anillos de su mano derecha dibujan una sinfonía de sangre y hueso. Renji cae al suelo con un sonido seco.

No hay gritos. Ni insultos. Solo el crujido de ramas bajo su cuerpo y el eco de la humillación.

—Todavía no estás preparado para solucionar este tipo de problemas —dice Ishikawa, recogiendo el cuchillo del suelo como si fuese una pluma caída.

Luego me mira.

Y ahí está. Por un segundo, lo veo. Al verdadero Ishikawa. No al hombre elegante de gestos contenidos, ni al empresario pulido que parece recitar haikus sobre el honor. No. Veo al yakuza . Al depredador con siglos de historia en los huesos. Y lo peor es que no me da miedo. Me fascina.

Cuando vuelve a hablar, su voz es la misma de siempre. Serena. Prácticamente dulce.

—Sigamos con el paseo.

Me pongo a su altura y, tras un rato en silencio, Ishikawa retoma la palabra. Renji vuelve a seguirnos como una sombra.

—¿Se puede saber en qué momento pensaste que era una buena idea traerme al bosque a solas para acusarme de asesinato?

Dudo unos segundos en responder, aunque la respuesta la tengo clara.

—Hay dos clases de delincuentes. Los que hacen lo posible por no cruzar la línea… y los que hacen lo imposible por cruzarla. Llevo el tiempo suficiente en este oficio para saber que usted pertenece al primer grupo.

Ishikawa no replica. Solo ladea un poco la cabeza, como si evaluara la estructura de un edificio antes de decidir si merece ser demolido.

—Además, no estoy sola. La sargento Haruna nos vigila desde hace un rato. Basta con que haga un gesto y tendrás a varios agentes encima.

Una sonrisa le nace en los labios, pero no es amable. Es de esas sonrisas que solo se dan cuando el otro ya sabe cómo va a acabar todo.

—Eres muy buena deduciendo, Valkiria. No tanto mintiendo.

Avanzamos unos metros. Entre los troncos se abre un sendero de piedra. Las hojas han sido apartadas con cuidado, como si alguien las hubiera limpiado recientemente. Unos peldaños antiguos, tallados directamente en la roca, emergen entre la maleza hacia lo alto de la colina.

Subimos en silencio. A medida que ganamos altura, el aire se vuelve más ligero.

En lo alto, una pequeña explanada se abre entre los árboles. Hay un banco de madera que parece haber sido olvidado por el tiempo.

—Así es —dice, sin rodeos—. Mi nombre real es Hiroshi Nakahara.

Me mantengo un paso detrás, observando cómo su sombra se proyecta sobre el bosque.

—Naoko era mi hermana mayor. Mi único lazo real con el mundo. La única persona por la que habría renunciado a todo. Y también estás en lo cierto en otra cosa. Yo fui quien mató a Sato.

Ahora sí lo miro. Ishikawa, o más bien Hiroshi, está de pie con las manos a la espalda, como si impartiera una lección.

—La noche en la que ocurrió estaba en la última ronda de limpieza de los baños de la planta principal. Siempre los dejaba para el final. Estaban casi todos vacíos, salvo uno. Escuché a alguien llorando. Pregunté si todo iba bien y fue ella quien respondió. Mi hermana.

Se acaricia el pulgar con el índice, lento, constante, tomándose un momento antes de continuar.

—No la reconocí al principio. La voz no era suya. O sí lo era…, pero muy rota. Nunca la había escuchado así, ni cuando nuestro padre nos abandonó, ni cuando murió nuestra madre, ni cuando se fue de casa con lo puesto.

Suelta aire por la nariz, sin llegar a suspirar.

—Me quedé fuera del cubículo, escuchando.

No se abrió la puerta. Pero me habló. Me lo contó todo.

Que llevaba meses con su jefe, que para ella era real, pero él…

él la usó. Lo filtró todo. Y con eso le destruyó la carrera.

El respeto que le tenían, lo que había construido.

Todo se redujo a cenizas. La iban a tratar de trepa sin dignidad, convencidos de que cada logro suyo había salido de la cama de él.

»Naoko siempre fue la más fuerte, más que yo, más que cualquiera. Y ahí estaba, llorando en un váter porque no le quedaba ni un rincón donde sostenerse.

Mueve los labios como si fuera a decir algo más, pero los cierra. El silencio dura demasiado.

—Me dijo que lo dejara estar, que no hiciera nada. Me lo pidió. Lo sé. Pero no podía. Salí del baño y fui directo a su habitación.

Y ahí lo veo, en sus hombros. El instante exacto en que dejó de ser un hermano y se convirtió en otra cosa.

—No fui con intención de hacerle daño. Solo quería que entendiera lo que había hecho.

Que mirase de frente la vida que le destrozó a una mujer que, quiero pensar, alguna vez le importó.

Pero en cuanto abrí la boca, ese malnacido se echó a reír.

Me dijo que mi hermana se había equivocado de oficio.

Que se le daba mejor abrirse de piernas que negociar.

Aprieta los puños. Las venas del cuello se le marcan, pero su voz sigue plana, sin dramatismos.

—Vi el cenicero, de esos gruesos, de cerámica. Lo único que tenía cerca. Lo agarré y se lo estampé en la frente. El cráneo sonó como un coco agrietado. Cayó de lado y se golpeó con la esquina de la mesa. No se movió más.

Se pasa una mano por la cara, pero no para secarse lágrimas. No hay lágrimas. Solo una sombra antigua alojada en los ojos. Y, aunque estoy convencida de que no es la única vida que ha arrebatado, es esa la que regresa cuando apaga la luz y se queda a solas con la oscuridad.

—Todavía llevaba puestos los guantes de limpiar.

Fue lo primero que pensé, que no había huellas.

Salí y bajé a terminar de limpiar los baños, mi hermana ya no estaba.

A la mañana siguiente lo encontraron. Una vez que se sucedieron los interrogatorios de testigos y acabó la investigación preliminar, nadie sospechó de mí.

No tenté más a la suerte. Cogí mis cosas y desaparecí.

Ahora sí me mira. Y en esa mirada no hay excusas ni redención. Solo un hecho sin vuelta atrás.

—No me arrepiento de haberlo hecho. Me arrepiento de que ella pagara el precio.

La demonizaron solo por haberse enamorado del tipo equivocado.

Todo lo que había logrado hasta entonces desapareció por un simple motivo, ser mujer.

Eso bastó para que la tacharan de histérica, ambiciosa, problemática.

Yo lo vi. Vi cómo la sociedad la mataba. Y no pude quedarme quieto.

Sigue caminando. Yo, detrás.

—Cuando maté a Sato —continúa—, algo se abrió dentro de mí. Dejé de sentirme un hombre y me convertí en una herida con pulso. Una herida hambrienta, dispuesta a hacer sangrar al mundo. Necesitaba devolverle el golpe a este sistema. A la sociedad que la empujó al vacío.

El sendero se abre hasta un pequeño templo sintoísta. No es turístico. No hay carteles ni rutas marcadas, solo un torii de piedra desgastada y un silencio que impone.

Ishikawa se aproxima al lavamanos ritual, toma el cucharón de madera con la mano derecha, se limpia la izquierda.

Luego cambia de mano, se lava la derecha.

Vierte un poco más para enjuagarse la boca, escupiendo con respeto al costado.

Cada movimiento es lento, ceremonial. No hay nada impostado. Lo ha hecho muchas veces.

—Por eso terminé en la yakuza —dice, dejando el cucharón en su sitio—. Pensé que desde dentro podría herir a la sociedad que me había quitado a mi hermana. Pero no fue así. Me convertí justo en aquello que quería combatir.

Se aproxima al santuario, saca unas monedas del bolsillo y las lanza con un gesto casi íntimo. Luego hace sonar la campana, se inclina en dos reverencias y da dos palmadas. Se queda quieto. Rezando. O hablando con alguien que ya no puede responderle.

Yo observo en silencio. Y no sé si le tengo lástima o rabia.

—Extorsionar a comerciantes arruinados, gente que solo quería sobrevivir un mes más… No era justicia. No reparaba nada. Era el mismo daño, con distinto nombre.

Su voz ya no suena furiosa. Suena rota.

—Tengo cincuenta y dos años y un pasado que no pesa, abruma. Todo ese esfuerzo no cambió nada. Solo alimenté la máquina.

Hace una pausa. Luego, con un gesto de la cabeza, señala hacia atrás.

—Y lo veo en Renji. Ese era yo. Idiota, inflamado de propósito, creyéndome vengador de una causa sin entender nada.

Me giro.

Renji está al otro lado del torii . No se ha movido desde que llegamos. Como si supiera que no tiene permiso para entrar en lo sagrado. La sangre que salía de su mejilla y labio ya se está secando.

Cuando Ishikawa termina de rezar, mantiene los ojos cerrados unos segundos más y, por un breve lapso, da la impresión de que se despide de algo que nadie más alcanza a ver. Después, se vuelve hacia mí.

—Hace unos meses escuché que el hotel iba a reabrir. Y con él, los rumores de ataques de yōkai . Voces, sombras, golpes en mitad de la noche. Podía ser marketing barato, o tal vez alguna mente retorcida queriendo lucrarse con la tragedia ajena. Con la de Naoko.

»Pero algo dentro de mí… —dice, llevándose la mano al pecho—. Algo no me dejó ignorarlo. Me resistí. Durante meses. Pero esta misma semana supe que no podía seguir esperando. Tenía que venir. Debía ver con mis propios ojos qué estaban haciendo con el recuerdo de mi hermana.

Da unos pasos hacia el torii , lo cruza sin prisa. Luego se da la vuelta y se inclina hacia los dioses con una reverencia formal, profunda.

¿Redención? ¿Remordimiento? ¿Fatiga?

Tal vez todo junto. O tal vez solo sea lo que queda de un hombre que ya no sabe si vino a cerrar un duelo… o a abrir otro.

Cuando se incorpora tras la reverencia, saca algo de la manga de su yukata . Lo sostiene con ambas manos, con una delicadeza que delata su peso simbólico.

Es una carta. Un sobre envejecido, cuidadosamente doblado, con el borde algo desgastado por el roce del tiempo. Me lo muestra, pero no me lo entrega todavía.

—Es la carta que dejó Naoko antes de suicidarse.

Sonrío. No por cinismo. Por confirmación.

—Así que sí fue un suicidio.

—Sí —dice, sin apartar la vista del sobre—, pero no fue un acto desesperado ni sin sentido.

Fue una decisión fría, consciente. Su forma de rebelarse.

No quería que la enterraran como una víctima silenciosa, lo planeó todo.

La escena, la forma… Quería hacer ruido. Dejar una imagen imposible de ignorar.

Hace una pausa y entonces sí, me tiende la carta.

—Aquí dentro están algunas de las entradas de su diario del último año. Y una explicación. No la justificación de por qué se quitó la vida, sino el relato de lo que la llevó hasta ahí. Su forma de decir: «Esto fue lo que me hicisteis».

La tomo con delicadeza. El papel es más suave de lo esperado. Casi cálido. Como si todavía guardara algo de ella.

—¿Por qué la llevas encima?

—No lo sé con certeza. Tal vez… pensaba quemarla en el ryokan . Liberarme de ella. O tal vez solo quería tenerla cerca. Con la policía allí, no me fiaba de dejarla en la habitación. Si registraban mis cosas y la encontraban…

—¿Y si te registraban a ti?

Suelta una risa breve, sin alegría.

—Deberían tener una razón de mucho peso para atreverse a registrar a alguien como yo.

No digo nada. Solo asiento. Abro el sobre con cuidado, como si al hacerlo pudiera romper algo más que el papel.

Una vez la he revisado por encima, Ishikawa me la pide y, tras aclararse la garganta, la traduce al inglés como el narrador de una tragicomedia clásica.