24
Llamo a la puerta con los nudillos. Dos golpes secos.
Espero.
Un segundo intento, esta vez más fuerte. Ni un murmullo desde el interior. Resoplo por la nariz. Si no está aquí, solo hay otro sitio en el que podría encontrarse.
Camino hasta el onsen . Aunque no llego a entrar a los vestuarios, el vapor me recibe como si me conociera. Me apoyo contra una columna de piedra y espero con la mirada fija en la cortina azul con el carácter chino para «hombre».
Veinte minutos después, el vapor se agita. Ishikawa aparece envuelto en su yukata , el pelo aún húmedo y esa expresión relajada que deja el agua caliente cuando el cuerpo ya no tiene prisa. Al verlo, lo reconozco de inmediato. Es ese rostro familiar que esta noche, por fin, he logrado ubicar.
Renji va a su lado. Me ve primero. Su rostro se endurece. Ishikawa se detiene al verme. La sorpresa le dura lo justo. Luego sonríe con esa seguridad que solo tiene quien sabe que lo estaban esperando.
—Valkiria, qué coincidencia.
Lo dice sabiendo que no lo es.
—Me dijiste que si no te encontraba en tu habitación, estarías aquí.
La sonrisa se le curva un poco más, como un trazo de caligrafía mal hecho.
—Eso se lo dije al subinspector.
Le devuelvo la sonrisa, no es necesario que añada nada más. Entonces retoma el paso.
—El agua estaba en su punto hoy. Creo que hasta me ha devuelto algo de juventud.
Lo observo mientras se seca las manos con lentitud. Luego le sigo.
—Quiero hablar contigo. ¿Te apetece un paseo?
Renji frunce el ceño. No le gusta la idea, ni mi tono, ni mi presencia. Me lo deja claro con una mirada afilada. Yo la ignoro como si fuese brisa.
—Con lo bonito que está el follaje, sería un crimen verlo solo desde el vestíbulo —dice Ishikawa, acomodándose la parte frontal del yukata .
Salimos por la parte trasera del hotel, la que da directamente al río. No hay cámaras esperando capturar un ángulo favorecedor.
El aire de fuera es más frío. Bajamos por un sendero estrecho y empedrado, envueltos en el murmullo lejano del agua y el crujido de la grava bajo los pies.
Ni rastro de los periodistas. Siguen todos agolpados en la entrada principal, esperando que alguien tenga la cortesía de tropezar frente a sus flashes.
Nosotros no les damos el gusto.
Al llegar al río cruzamos un pequeño puente de rocas. Las piedras son irregulares y están algo húmedas, lo suficiente para obligar a Ishikawa a concentrarse en cada paso. Yo me adelanto, sin apurarle.
Al otro lado comienza el camino del bosque, cada vez más angosto por la vegetación que lo invade. Renji viene con nosotros, unos cuantos pasos detrás. Lo justo para escuchar si se lo propone. Lo justo para no interrumpir.
Solo entonces empiezo a hablar. Ya estamos lo bastante lejos como para que lo que diga importe solo a quien debe.
—Ya he resuelto el asesinato —digo, sin mirarlo.
Ishikawa ralentiza el paso. No se gira del todo, pero su cabeza ladeada y su ceja alzada delatan que no esperaba esa frase de entrada.
—¿Quién mató al señor Takimoto?
—No hablo de ese asesinato.
Ahora sí se gira y frunce el ceño.
—Hablo de lo que pasó hace veintisiete años. La muerte de Naoko y el asesinato de Sato.
Una pausa. No demasiado larga, pero sí suficiente para que se prepare a escucharme.
—No es la primera vez que tengo que aclarar un crimen del pasado para poder resolver uno en el presente —añado.
Él me sigue.
—Durante un viaje de empresa en 1999, en este mismo ryokan , Naoko era la única mujer entre hombres de traje y cargos medios.
Había conseguido algo inusual para la época: respeto.
Ascenso. Autoridad sin tener que elevar la voz.
Pero eso, en aquel contexto, era como dejar carne en un tanque de pirañas. No tardaron en buscarle la grieta.
»Y Sato la encontró. O la creó. Filtró que mantenían una relación.
Él, su jefe; ella, su supuesta protegida.
Lo que debería haberlo dejado a él en la cuerda floja, la hundió a ella.
En una sociedad tan misógina como aquella, bastaba con insinuar que una mujer había alcanzado su puesto por las razones «equivocadas» para dinamitar su reputación.
»Naoko lo entendió enseguida. Su carrera se había terminado.
Esa noche, en este lugar, se lo confesó a su hermano.
Aunque nadie lo sabía por entonces, él trabajaba aquí.
Y él, viéndola destrozada, hizo lo que hace un hermano, fue a pedir explicaciones.
Pero las explicaciones se torcieron y Sato acabó muerto.
Me detengo un instante, lo justo para mirarlo. Su rostro no se inmuta, pero algo en la tensión de su cuerpo confirma lo que ya sospechaba. Que no necesita que le cuente esta historia porque él ya la conoce.
—No lo planeó, fue un accidente, pero no lo confesó.
Y nadie lo culpó, porque todos apuntaron a ella, a Naoko.
El rumor ya estaba sembrado, y bastó con que alguien susurrara que lo mató por despecho para que la maquinaria hiciera el resto.
La empresa se lavó las manos, sus amigos se avergonzaron, la prensa se ensañó y, sin pruebas, ella desapareció.
»Un año más tarde volvió a este lugar, pero no para buscar justicia, sino para escenificar su final; para convertir su suicidio en una obra de teatro macabra, en un crimen imposible.
Tal vez quería que hablaran de ella una última vez, o que dudaran, o simplemente quería joder.
Porque cuando te lo han quitado todo, lo mínimo que puedes hacer es sembrar un poco de caos antes de marcharte.
»La muerte de Naoko fue un suicidio. Pero también fue una venganza simbólica. Contra la empresa. Contra la prensa. Contra todos.
El silencio que sigue pesa. Como un velo que al fin se desploma sobre algo que llevaba años expuesto, esperando a que alguien se atreviera a mirarlo.
—Pero eso no es todo —continúo—. Aunque todas esas piezas estaban ahí, siempre faltaron dos preguntas clave: ¿dónde estaba el asesino, el hermano?
Y sobre todo, ¿por qué Sato la traicionó?
¿Por qué destruir a alguien con quien tenía una relación?
¿Qué lo llevó a quemarla viva, profesionalmente, sabiendo lo que eso implicaba?
Ishikawa no responde. Así que lo hago yo:
—Porque Naoko sabía algo, algo que podía destruir a Sato.
Una actividad ilegal, una estafa, un desvío de fondos…
lo que fuera, ella lo sabía. Bastaba con una frase de Naoko para arruinarle la carrera, y puede que incluso la vida.
Así que hizo lo que hacen los cobardes inteligentes, se adelantó.
Le quitó la voz antes de que hablara. La convirtió en la despechada, en la amante trepadora, en la loca.
Y así, si alguna vez abría la boca, nadie la escucharía.
Solo sería otra mujer dolida intentando vengarse de su exjefe.
»Eso fue lo que entendí ayer, cuando descubrimos que el maletín de la víctima desapareció.
No una simple coincidencia, no un detalle suelto.
La pieza que faltaba. Y entonces todo encajó.
Las versiones enfrentadas, los silencios cómodos, los rumores de yōkai , incluso las contradicciones más toscas…
dejaron de ser piezas rotas para convertirse en una secuencia clara, coherente y brutal.
Le devuelvo la mirada.
—Sato destruyó a Naoko —digo—. Y esa decisión, la de aplastarla para salvarse a sí mismo, todavía tiene sus ecos hoy en día. Veintisiete años después.
Seguimos andando. El sendero del bosque se estrecha por momentos, enmarcado por arces encendidos en rojo y hojas que caen lentas, como si quisieran acompañar cada palabra.
El follaje de otoño está en sus colores más intensos.
Vibrante, silencioso, casi solemne. El crujido de las hojas bajo nuestros pies es lo único que se atreve a hablar.
Detrás, los pasos de Renji nos siguen a la distancia justa.
El silencio se mantiene unos segundos más. Ishikawa lo rompe con una media sonrisa y un giro casi teatral de cabeza con esa expresión de quien encuentra diversión donde no debería.
—Muy interesante, sin duda —dice, con esa voz templada que se le agrieta apenas en las esquinas—. Pero me queda una duda.
Lo miro sin responder. Sé lo que viene.
—¿En qué se supone que me concierne todo esto? ¿Por qué me lo cuentas a mí?
Lo dejo en el aire un instante. Quiero que lo intuya antes de oírlo, que se escuche a sí mismo con el nombre que enterró.
—Porque es evidente —respondo al fin—. Ya sé de qué me sonaba tu rostro. No es que nos hayamos visto antes… es otra cosa. Has cambiado, claro, han pasado años. Pero eres la misma persona que vi ayer en casa de la sargento. Te cuento esto a ti porque tú no eres Ishikawa.
Y entonces lo digo. Claro y sencillo.
—Tu verdadero nombre es Hiroshi Nakahara. Eres el hermano de Naoko.
No se inmuta. No niega. No ríe. Solo parpadea una vez, despacio, y en sus ojos se desvanece la última trinchera interna.
Antes de que pueda añadir algo más, siento un filo puntiagudo apretarme la piel del costado.