23
Ya es de día.
El cielo, teñido de melocotón y añil, parece recién pintado.
Las montañas que rodean el ryokan se recortan como sombras antiguas contra un amanecer imposible de ignorar.
Me quedo mirando desde la ventana, con el yukata todavía mal puesto y una taza de té entre las manos.
Es tan bonito que por un momento olvido que tengo menos de doce horas para atrapar a un asesino.
El subinspector Tachibana consiguió que todos los huéspedes accedieran a permanecer hasta la tarde del domingo y, con ello, a cumplir las condiciones impuestas. Para mi sorpresa, nadie ha puesto resistencia. Quizá porque formar parte de esta locura les garantiza una anécdota suculenta que contar.
De un modo u otro, la tregua se acaba antes de que el sol vuelva a esconderse. Ahora aún tenemos a los sospechosos dentro, atrapados en una red tensada con excusas frágiles. Pero cuando anochezca, esa red se romperá. Ya no habrá ningún pretexto para retenerlos aquí.
Para entonces, este caso tiene que estar resuelto.
Algo ya encaja. No lo suficiente como para señalar a alguien y cerrar el caso con un gesto teatral, pero sí para entender por dónde respira la mentira.
He pasado la noche entera ensamblando piezas, descartando posibilidades, ajustando modelos mentales como si fuesen engranajes de un reloj.
No ha sido insomnio, ha sido ingeniería.
Y ahora sé dónde aplicar presión. No para obtener una confesión todavía, sino para provocar el movimiento exacto que necesito.
Alguien llama a la puerta.
Frunzo el ceño. No esperaba visitas. Quedé con el subinspector y la sargento en vernos a las ocho.
Tampoco me he molestado en recoger el futón ni en organizar los envoltorios del chocolate que encontré anoche en la cajonera.
Me acerco sin prisas, con el yukata desajustado, el té aún caliente en la mano.
Abro.
—¿Te importa si paso? —pregunta Haruna, sin rodeos.
—Adelante —respondo.
—Perfecto. —Ya está cruzando el umbral antes de que me dé tiempo a añadir algo más—. Después de todo, tú ya viste el desastre de mi casa, así que estamos igualadas.
Me aparto un paso y dejo que entre.
—¿Me puedo preparar un té? —dice al ver la taza en mis manos.
—Claro. Estás en tu casa —murmuro, volviendo a mi sitio junto a la ventana.
La observo mientras se mueve por la habitación con la soltura de quien lleva ya unas horas despierta. Se nota en la velocidad de sus gestos, en ese entusiasmo apenas contenido que solo se ve en alguien que ya va por el segundo café del día o que ha recibido buenas noticias.
Cuando al fin le da el primer sorbo al té, su cuerpo se relaja visiblemente. Se acomoda en seiza frente a la mesa, con la espalda recta.
—Tengo noticias —dice.
Yo solo la miro.
—Esta mañana llegaron los informes del análisis de sangre de Takimoto.
—¿Tan pronto? —Mi mirada va al reloj. Son las ocho menos cuarto.
—Esto tiene máxima prioridad. El forense está desbordado, pero lo han puesto en primera línea. —Hace una breve pausa, como para saborear mejor lo que va a decir—. Se ha confirmado que la sangre de la boca era suya. Del propio Takimoto.
Asiento. Nada que no esperara.
—También se ha confirmado que no tenía ni una sola herida, ni marca de aguja, ni rastro de extracción reciente.
Nada. Lo cual… es imposible. O debería serlo.
Pero hay algo más. Algo extraño. La sangre de Takimoto tenía una concentración relativamente alta de alcohol, lo cual encaja con lo que contaron sus compañeros. Pero la sangre de la sonrisa… no.
—¿Pero no se ha confirmado que era suya?
—Eso mismo pregunté yo. No lo entendía bien, así que me lo explicó con más detalle.
Verás, cuando alguien ha bebido, su cuerpo produce ciertos metabolitos, aunque no tengo claro qué es eso.
El etanol puro puede evaporarse de una muestra, pero esos compuestos no. Se quedan. No se esfuman así como así.
—¿Y?
—En el cadáver sí había. Tenía una alta concentración de alcohol. Pero en la muestra de la sonrisa pintada, nada. Ni rastro. Ni una gota de esos metabolitos.
—Lo que significa que esa sangre, aunque sea de Takimoto, se obtuvo con anterioridad —digo finalmente.
Y ahí está. Otro ladrillo más en la imagen que ya tengo construida en la cabeza.
Un retrato mental que ya ha tomado forma.
La clara planificación del crimen sigue acotando cada vez más a los únicos posibles culpables, y señalando a quien tengo en mente.
Si hay algo que me gusta más que atrapar al asesino, es cuando empiezo a entender cómo piensan.
Haruna me observa con atención mientras termina su té. Ladea un poco la cabeza, como si estuviera comparando esta versión de mí con la que conoció el día anterior.
—Te noto distinta. Más relajada —dice por fin.
—He tenido toda la noche para pensar —respondo, dejando la taza sobre la mesa—. Para digerir todo lo que pasó ayer, las reacciones, los detalles… Por fin empiezo a ver algo con forma.
Sus ojos se iluminan. Se incorpora levemente, como si el tatami hubiese dejado de ser cómodo de repente.
—¿Entonces ya sabes quién es?
—Falta poco —contesto, sin perder el hilo de mis propios pensamientos.
Haruna se muerde el labio inferior y da un par de toques impacientes con los dedos sobre sus rodillas. Está a punto de reventar.
—¿Y qué vas a hacer? ¿Cuál es tu siguiente paso? —pregunta con el mismo tono de quien cree estar dentro de un capítulo de Agatha Christie. Su entusiasmo es contagioso, aunque me limito a esbozar una media sonrisa.
Por más sargento que sea, por mucho que haya visto cadáveres y armas blancas, esto es otra cosa. Esta investigación tiene algo de obra de teatro. De historia maldita. Y eso la tiene enganchada.
—Dile al subinspector que me tomo la mañana libre. Quiero empezar el día con un paseo por el bosque.