22
La sala de entretenimiento ya no parece la misma de anoche.
Ahora hierve de actividad, llena de todos los huéspedes y empleados que quedan en el ryokan .
Los han reunido aquí porque el vestíbulo resultaba demasiado frío, en todos los sentidos.
Esta sala, en cambio, tiene algo de refugio comunal donde fingir que todo sigue bajo control.
Nadie está obligado a quedarse. Sigue sin haber acusaciones formales, ni esposas.
Solo sospechas con traje de cortesía y sonrisas impostadas.
Cooperación voluntaria, dicen. Pero yo sé que el asesino está aquí.
Y eso convierte esta especie de merienda sin comida en un Cluedo mal planteado. Solo falta el mayordomo.
Voy directa a Yuri. Está sentada en una esquina, absorta en su móvil como si esperara un mensaje que no llega nunca. Me agacho un poco para que nuestras miradas queden a la misma altura.
—¿Me ayudas con una traducción? Necesito que estés en un interrogatorio clave.
Ella asiente antes de que termine la frase. Cierra el móvil con un gesto seco y se pone en pie con una rapidez que me dice que también necesitaba salir de esa pecera humana.
Antes de cruzar la puerta, noto cuatro pares de ojos clavados en nosotras. Los salaryman . Me miran a mí, luego a Yuri, y otra vez a mí, como si vernos hablar hubiera activado alguna alarma interna.
El pasillo nos recibe como un santuario abandonado. Solo se escucha el roce apagado de nuestros pasos sobre la moqueta. Es tarde. Tan tarde que el silencio se ha vuelto dueño del ryokan . Solo quedan los que están en esa sala y los agentes de policía en sus puestos de vigilancia.
—¿A quién vais a interrogar? —dice Yuri.
—A alguien que parece que no ha dicho toda la verdad.
No la miro al responder.
Cuando llegamos al vestíbulo, el murmullo apagado de los periodistas se cuela desde el otro lado de la puerta principal. Siguen ahí, como buitres modernos con trípodes y micrófonos en lugar de picos. Se turnan para no perder detalle.
Cruzamos otro pasillo, este más estrecho y con luces tenues que parecen haberse rendido hace rato.
Pasamos frente a la sala de pantallas, donde se controlan las cámaras de las dos salas de interrogatorios improvisadas.
Abro la puerta de una de esas salas y me hago a un lado para que Yuri entre primero.
—Será rápido —le digo, cerrando la puerta tras nosotras.
La sala está vacía.
Yuri parpadea, desconcertada.
—¿No íbamos a interrogar a alguien?
—Sí —respondo—. Ya está aquí.
El gesto de su rostro cambia en menos de un segundo. Las mejillas se le tensan, los hombros se le alzan apenas un par de milímetros. Pequeños escudos invisibles activándose sin permiso. Pero no dice nada. Solo se sienta.
—Seina ha hablado. —Cruzo los brazos sobre el pecho, sin apartar los ojos de los suyos—. No la juzgues. Bastante tiene con que se encontrara el maletín en su taquilla.
Ni un parpadeo. Ni una mueca.
—Tú estabas en recepción anoche —continúo—. Aunque no era tu turno. Tampoco le diste a Seina ninguna razón convincente, solo le explicaste que tenías que mirar unas cosas. Y te fuiste apenas quince minutos antes de la hora estimada de la muerte.
Silencio. En otra persona me irritaría, pero el silencio de Yuri no parece evasivo.
—¿Por qué hiciste eso?
Aprieta la mandíbula.
—¿Yuri?
Su respiración es tan superficial que apenas mueve el pecho.
—¿A dónde fuiste después?
Su dedo índice roza el borde de la manga, como si necesitara anclarse a algo.
El interrogatorio todavía no ha empezado y ya parece terminado. Así que saco la segunda carta.
—Uno de los agentes ha investigado tu expediente. También pedimos tu currículum a Yamanaka. ¿Sabes qué encontramos?
Sigue sin decir nada, pero el cuerpo… El cuerpo habla.
—Incongruencias. Muchas. No viniste de Tokio.
Naciste a una hora de aquí, en un pueblo igual de perdido que Akimori.
Es donde siguen viviendo tus padres. Donde has vivido siempre.
Ayudando en el negocio de tu padre, un restaurante local de ramen.
No estudiaste en la capital, tampoco tienes estudios de traducción e interpretación.
Tu inglés es muy bueno, sí. Pero el resto de tu historia…
te la inventaste para que Yamanaka te contratara.
Doy un paso más cerca, sin levantar la voz.
—¿Por qué?
Nada.
—¿Qué te interesa tanto de este lugar como para falsificar tu vida?
Ni un parpadeo.
—¿Qué hacías en el ordenador de recepción anoche? ¿Y las otras noches?
Sigue sin moverse. El mutismo le ha tejido una segunda piel.
Entonces cambio de estrategia.
—¿Por qué escondiste el maletín en la taquilla de Seina?
Silencio.
—¿Por qué mataste a Takimoto?
Nada.
—¿Por qué replicaste el asesinato de la Sonrisa del Kimono Rojo?
Y ahí, justo ahí, se quiebra.
—¡Yo no hice eso! —grita, y su voz estalla contra las paredes de madera como un trueno en un día despejado—. ¡No he hecho nada de eso! No maté a nadie, ni lo presenté como un ataque de un yōkai .
En su furia, el cuerpo se le ha desplazado hacia delante y se le ha movido la camiseta lo suficiente para descubrir parte de su clavícula.
Tarda unos segundos en recomponerse y volver a acomodarse en la silla. Sus defensas regresan a su posición. Ya tengo claro que mis preguntas no van a servir de nada. No va a hablar, por lo menos no así.
—Lo que tenemos —digo sin levantar la voz, pero clavando cada palabra como una aguja— es suficiente para detenerte.
Yuri parpadea. Solo una vez. Luego su rostro se queda congelado. Como si le acabara de caer encima una nevada entera y no supiera aún si corre o se resigna a acabar enterrada.
No contesta. No hace falta.
La puerta se abre y la sargento Haruna entra con paso firme, acompañada de un agente. Sus ojos no titubean. Tampoco su voz.
—Yuri Shinohara, queda detenida como sospechosa principal del asesinato de Takimoto Takayuki.
El aire se solidifica. Yuri no dice nada. No intenta correr, no grita. Solo se queda ahí, mirándome como si la hubiera apuñalado.