21
Los tengo alineados delante de mí como si esto fuera un casting para una mala película.
A la izquierda Thalía, con esa mezcla de hastío y superioridad moral que solo se consigue después de vivir de filtros, y su novio faldero, Lucas, que asiente a todo con la misma intensidad con la que una planta de interior busca la luz.
Más allá, el señor Ishikawa, quieto, impecable, con su ayudante Renji un paso por detrás, como una sombra entrenada para no existir.
Y cerrando la fila, los cuatro salaryman : la jefa Kuroda, rígida como una regla de acero; la chica, que no levanta la vista del suelo; y los dos hombres, intercambiando miradas nerviosas como si aún creyeran que esto es una reunión de recursos humanos.
En su rostro se refleja el estrés del día que llevan.
Desde el descubrimiento del cadáver esa mañana, los han movido de un lado del ryokan a otro como a un rebaño.
Interrogatorio, deposiciones de testigos, registro de pertenencias y habitaciones…
Y todo con el recordatorio de que en cualquier momento se pueden ir, para seguidamente explicar encarecidamente por qué no deberían hacer justo eso.
Y ahora están aquí, plantados frente a mí, esperando una explicación que no les va a gustar.
—Estoy hasta las narices de esto —dice Thalía, rompiendo el silencio—. Esto es absurdo. ¿Qué hacemos aquí? ¿Por qué nos tratan como criminales?
Su voz rebota en las paredes de madera del pequeño comedor privado que la policía se ha apropiado. La miro un segundo más de lo necesario. Detrás de mí, el subinspector y la sargento observan la escena con curiosidad. Esto no es cosa suya. Y lo saben.
—Créeme —digo por fin—, yo también estoy cansada. —Se giran hacia mí. Incluso Ishikawa ladea apenas la cabeza—. Y precisamente por eso estáis todos aquí. Porque quiero acabar con esto cuanto antes.
Thalía vuelve a tomar la palabra, más afilada.
—¿Qué insinúas? ¿Que el asesino es uno de nosotros?
No respondo de inmediato. Dejo que la pregunta flote, que pese. Camino despacio frente a la fila, escuchando el crujido del suelo bajo mis pasos. Cuando hablo, lo hago sin elevar la voz.
—No lo tengo claro. Lo que sí sé es que varios de los presentes habéis mentido en vuestra declaración. —El silencio ahora sí es absoluto—. Y mentir en un testimonio es un delito.
Kuroda aprieta los labios. Uno de los hombres traga saliva. La chica, Masami, alza la vista por primera vez y me mira como si acabara de quitarle el aire.
—Así que esto no va de yōkai , ni de historias para turistas —añado—. Va de la verdad. Y os aviso de algo: esa verdad va a salir a la luz. Queráis o no.
»Pero antes de forzar yo esas verdades, os quiero dar la oportunidad. Si alguien quiere confesar por iniciativa propia que ha mentido, ese gesto se tendrá en cuenta.
Recorro con la vista a todos los presentes.
Varios de los salaryman desvían su mirada al hacer contacto visual, otros la mantienen, intentando demostrar que no tienen nada que esconder.
Ishikawa es uno de ellos. Renji, su asistente, también, pero con un gesto retador.
Lucas, la pareja de la influencer , mira al suelo.
Al final, acabo deteniéndome frente a Thalía.
—Bien, dejadlo en mis manos entonces —empiezo—.
Durante la primera noche te vi fijarte en Renji más veces de las que admite una casualidad.
Miradas largas, de esas que no buscan conversación, sino confirmación.
Supongo que te atrajo su aire de tipo peligroso.
Viendo al que tienes al lado, está claro que no sería la primera vez que te comes el postre fuera del menú.
Lucas no reacciona. Ni un músculo. Sigue con la mirada clavada en el suelo, con los ojos vacíos, apagados. Yo sigo con la atención en Thalía.
—Anoche saliste de tu habitación —continúo—, aunque le dijeras lo contrario a la policía.
Fuiste hasta la de Renji, bien entrada la madrugada.
Y teniendo en cuenta el numerito de los seguidores perdidos, que según tú era culpa de tu novio, no me extrañaría que hoy por la tarde hayas hecho una segunda visita.
Hay formas más elegantes de ajustar cuentas, pero cada quien lidia con su frustración como puede.
Thalía suelta una carcajada seca, cargada de veneno.
—Deja de decir estupideces.
Asiento despacio, como si le diera la razón.
—Me encantaría.
Saco la bolsa de pruebas y la dejo bien visible.
—En la habitación de Renji encontramos dos preservativos usados y pelo largo de mujer. A simple vista podría ser mío… y también tuyo. Tengo claro de quién no es.
La expresión de Thalía se rompe. Me fulmina con la mirada, más ofendida por la comparación capilar que por la acusación de infidelidad. Luego se gira hacia Renji.
—Te dije que los tiraras por el váter —escupe—. O al bosque. ¿Tan difícil era?
Ahí se acaba la función. El silencio ya no es duda, es confirmación. Haruna da un paso al frente.
—Ahora decid la verdad.
Renji asiente una sola vez.
—Sí. Nos acostamos.
—¿Cuándo? —digo.
—Anoche. Vino a mi habitación sobre la una y media.
—¿Salisteis a algún otro sitio?
—No —responde Thalía de inmediato—. Fui directa de mi habitación a la suya. Al volver, igual.
Lo dice sin mirar al novio. Él sigue inmóvil, convertido en un decorado caro.
Renji carraspea.
—Yo sí. Después bajé al vestíbulo, a la máquina expendedora. No había ninguna en mi planta. Pero solo eso. No sé nada más sobre lo del muerto.
Interiorizo esa información y vuelvo a hablar.
—¿A qué hora?
Da la hora exacta. Las dos y cuarto. La misma en la que Seina vio a alguien bajar desde recepción. La misma franja en la que se produjo el asesinato.
Respiro hondo antes de la última pregunta, esta vez hacia el novio.
—¿Tienes algo que decir?
Lucas levanta la cabeza apenas un centímetro. La voz le sale rota, casi inaudible.
—Mentimos.
Nadie se mueve. Continúa, con una fragilidad que hace creer que, como se tome un segundo de más, no será capaz de volver a hablar.
—Cuando nos preguntaron, dijimos que después del revuelo que hubo por la noche fuimos a la habitación y no salimos más. Pero… no fue verdad. —Traga saliva—. Me desperté a eso de las dos para ir al baño… y Thalía no estaba.
Thalía gira la cabeza hacia él, como si estuviera sorprendida de que fuera capaz de encadenar tantas frases delante de extraños.
—No me sorprendió —dice Lucas, apresurándose—. Siempre ha tenido problemas para dormir. Por la mañana le pregunté y me dijo que había estado en la sala de entretenimiento, leyendo, hasta que le entró el sueño.
Durante un segundo nadie dice nada. Y entonces Renji se ríe.
Una risa breve, burlona.
—Joder —dice—. Si es que vas pidiendo que te pasen estas cosas.
La frase todavía está flotando en el aire cuando ocurre algo que no esperaba.
El señor Ishikawa se mueve. Da un paso al frente, luego otro; Renji se tensa al instante, como si se preparara para el impacto. Estoy segura de que cree que va a por él.
No va.
Ishikawa se planta frente a Lucas… y le cruza la cara de una bofetada seca, limpia, que resuena en la sala como un disparo.
El chico retrocede, desorientado.
—¡Eh! —salta el subinspector.
Alzo una mano sin apartar la mirada de Ishikawa.
—Un segundo.
Ishikawa habla en inglés. Su voz no es alta. No le hace falta.
—Despierta —dice—. Te están pisando y aún pides perdón. Eso no es amor. Eso es desaparecer.
El novio no reacciona. Ishikawa se inclina un poco hacia él. La voz no le tiembla, pero en los ojos le asoma una grieta. Una historia.
—Yo también fui así. Creía que aguantar me hacía fuerte. Que si soportaba lo suficiente, algún día alguien me recompensaría. Me equivoqué. Lo único que logré fue desaparecer.
»Vivir con miedo no es vivir. Ni con culpa, ni con esa obediencia rota que confundes con amor.
Te hablo como alguien que aprendió tarde, cuando ya había perdido demasiado.
O empiezas a comportarte como un hombre…
o acepta que siempre serás el suelo que otros usan para limpiarse los zapatos.
Y nadie va a darte las gracias por ello.
Retrocede otra vez.
Lucas no parece escuchar. Sigue mirando al suelo, aturdido, hasta que alza la cabeza por primera vez. Asiente, casi imperceptible. Y sin decir una palabra, se lanza contra Renji y le suelta un puñetazo directo a la mandíbula.
Renji no lo ve venir. Retrocede medio paso, se limpia la sangre que asoma por su nariz y responde al instante.
El golpe de vuelta es brutal. Se enganchan con gritos ahogados. Dos agentes entran rápido y los separan antes de que vaya a más.
—Eso era todo lo que necesitaba —le digo al subinspector y a la sargento.
Thalía estalla.
—¿Pero esto qué es? —me grita mientras se la llevan—. ¿Así trabaja la detective internacional de lujo? Te voy a hundir. No sabes con quién te has metido. Voy a usar todo mi alcance, todo. Tu carrera se ha acabado.
No le contesto. No lo necesita. Se la llevan también.
Renji y el novio salen escoltados, aún respirando con rabia. Ishikawa es el último. Pasa a mi lado, se detiene un segundo y me dedica una mirada breve. Luego se va andando, como si nada de esto le hubiera costado esfuerzo.
La puerta se cierra tras ellos y el aire de la sala se vuelve más ligero. O quizá solo menos contaminado.
—¿Alguno de ustedes quiere confesar que mintió en la declaración? —digo.
Los salaryman se miran entre ellos, hasta que Kuroda, la jefa, da un paso al frente.
Le dice algo en japonés al subinspector. Luego, sin llegar a mirarme, con la barbilla en alto, me habla en inglés:
—¿Van a hacer el mismo paripé con nosotros?
El subinspector no responde. Ni siquiera se gira hacia Kuroda. Me mira a mí y, con un gesto mínimo, me cede la palabra.
—No —digo—. Ya hemos terminado. Solo necesitaba que Thalía y Renji no sintieran que esto era una confrontación directa contra ellos. —Hago una pausa medida—. Les agradezco su cooperación y su paciencia. Estamos muy cerca de acabar con todo esto.
Mientras Haruna traduce, Kuroda ya lo ha entendido todo.
Se le nota en la rigidez que afloja apenas un milímetro.
Masami también, aunque parece ausente. Son los dos hombres los que se muestran más perdidos.
Ellos escuchan la traducción y asienten al unísono, formales, casi coreografiados.
Una reverencia breve y salen de la sala sin decir nada más.
Nos quedamos los tres.
El subinspector frunce el ceño.
—¿A qué te refieres con que queda poco para terminar? —pregunta—. Lo del maletín no nos ha llevado a ningún sitio. Y sí, varios testigos han mentido, pero por motivos egoístas. Celos, infidelidades, miedo. Nada de eso está relacionado con el asesinato.
Abro la boca para responder, pero no me da tiempo.
La puerta se abre de golpe y entra un agente con Seina pegada a sus talones. Tiene el rostro blanco como el de una geisha . Sus ojos van de un lado a otro, buscando dónde agarrarse sin encontrar nada.
—Lo… lo siento mucho —dice en su inglés trémulo—. Yo… mentí…
Después de eso se rinde. Mira a Haruna con urgencia y le suelta un torrente de palabras en japonés. Haruna escucha sin interrumpir, asintiendo levemente, y en cuanto Seina termina, levanta la vista y traduce.
—Dice que hay algo que no contó. Que no pensó que fuera importante en su momento, y además prometió no decir nada…, pero ahora no está tan segura.
—¿El qué? —pregunto.
Haruna le hace un gesto a Seina para que continúe. La chica se lanza de nuevo. Esta vez, su voz tiembla. No ha mirado ni una sola vez a Tachibana, que observa la escena sin abrir la boca.
—Anoche, mientras estaba en su turno en recepción, ocurrió algo más —explica Haruna—. Algo que no mencionó. A la una de la madrugada apareció Yuri. Le preguntó que si le importaba que mirara unas cosas y luego se fue al mostrador vacío, al lado del suyo, y encendió el ordenador. No dijeron mucho.
»Es algo que hace a veces. La primera vez le preguntó qué hacía y Yuri respondió que solo estaba comprobando una cosa. Después de eso, cada vez que repetía esa rutina, Seina no volvió a preguntarle.
El subinspector interviene con una pregunta que Haruna también traduce.
—¿Por qué no lo contaste antes?
Seina mira a Tachibana por primera vez y, con un tono más inaudible todavía, responde.
—Esta mañana, cuando encontraron el cadáver, Yuri fue a hablar con ella, con Seina. Le dijo que lo de que ella fuese a la recepción la noche anterior no tenía nada que ver con esa muerte. Le pidió que no lo dijera. Que podría parecer sospechoso.
—¿Y tú la creíste?
No lo digo con dureza, pero suena más seco de lo que pensaba.
Esta vez Seina no necesita traducción.
—Sí. La creía. Pienso que podía confiar.
La habitación se llena de un silencio tenso.
—¿Cuánto tiempo estuvo exactamente en recepción? —pregunto, volviendo al punto clave.
Seina responde de inmediato, otra vez en inglés.
—Unos cuarenta y cinco minutos.
—Entonces… ¿Se fue sobre las dos menos cuarto? —digo con cierto temor en mi voz.
Seina se queda quieta. Cuando escucha la traducción de Haruna, asiente con rotundidad.
Tachibana, Haruna y yo intercambiamos miradas, como si esas palabras hubieran despertado una suposición que siempre había estado ahí.