La Sonrisa del Kimono Rojo (Valkiria Kross: Detective internacional de lujo 4) 20
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Corremos por el pasillo como si el ryokan estuviera a punto de arder. Tachibana va en cabeza. Haruna lo sigue, algo menos entera. Yo cierro la marcha.

Yamanaka había pedido atender al registro de las zonas privadas de empleados. Yuri y Seina también lo acompañaban. Así que ellos debían de estar ahí, donde se había encontrado el maletín. Me roía por dentro saber dónde había aparecido.

Entramos en la sala del personal. El aire ahí dentro huele a pólvora, aunque nadie haya disparado.

Seina, Yuri, Yamanaka y dos agentes que no reconozco están plantados frente a una de las taquillas metálicas.

El propietario del ryokan grita con la voz desgarrada de quien acaba de perder más que la calma.

A quién le grita no está del todo claro, pero una mirada a Seina basta.

Tiene la expresión de quien ha sido señalada, juzgada y condenada sin derecho a defensa.

Está a punto de romperse en mil pedazos.

El subinspector no pierde el tiempo. Con una orden seca, los agentes rodean a Yamanaka con movimientos eficientes.

Él se resiste, claro. No físicamente, pero suelta una letanía de acusaciones en japonés mientras lo sacan de la sala.

Sus ojos siguen fijos en Seina, como si intentara borrarla con la mirada.

Me giro hacia Haruna.

—¿Qué ha dicho?

—Que cómo ha sido capaz de hacer algo así y que la va a demandar —responde sin adornos, bajando la voz.

Uno de los agentes se adelanta y le habla a Tachibana. El subinspector asiente, se pone los guantes de látex y saca un maletín de la taquilla abierta. Nos hace una seña a Haruna y a mí. Nos acercamos.

—Estaba en la taquilla de Seina —traduce Haruna.

Yo asiento, aunque no me sorprende. Las piezas encajan demasiado bien como para que sea casualidad.

El subinspector examina el maletín. Tiene grabado el nombre de Takimoto. Todos contenemos la respiración mientras lo abre. El clic suena como un disparo.

Dentro no hay nada. No hay documentos, ni dinero, ni pruebas. Solo una carcajada muda de quien nos ha querido tomar el pelo.

Tachibana se lo entrega a uno de los agentes para que lo analicen. Luego se gira hacia Seina. Ella sigue sin decir nada. No niega, ni confirma, solo tiembla. Como si cualquier palabra la fuera a partir en dos.

Tachibana dice una sola frase sin levantar la voz, pero con la firmeza de quien no está haciendo una sugerencia. Queda claro que tienen que hablar.

Seina asiente, muy despacio. Ni siquiera parpadea. Yuri la mira con una pena contenida y, al cruzarse con mi mirada, baja los ojos de inmediato.

Uno de los agentes escolta a Seina fuera.

Haruna y yo nos sentamos frente a las pantallas que muestran el interior del cuarto de interrogatorios.

Vemos cómo Tachibana empieza con calma, pero enseguida convierte la sesión en una repetición de las mismas preguntas, decidido a desgastarla a base de insistencia.

Qué hacía el maletín en su taquilla.

Si conocía a Takimoto de antes.

Si tenía alguna razón para matarlo.

Las preguntas no cambian. Tampoco las respuestas.

«No lo sé».

«Yo no fui».

«No entiendo nada».

Su voz cada vez más aguda, más rota.

Llega un momento en que ni necesito traducción. Las palabras pueden ser distintas, pero las dinámicas son universales. Uno acusa, el otro niega. El primero se impacienta, el segundo se desmorona.

Seina llora. Lo hace sin rabia, sin resistencia. Como alguien que ya se ha rendido.

Cuando han pasado cuarenta minutos desde la localización del maletín, mi paciencia llega a su fin.

—¿Puedo hablar con ella? —pregunto, ya cansada de esa monotonía.

Haruna no tarda en asentir.

—Creo que es buena idea, está claro que el subinspector ya no va a sacar nada. Aunque al menos la ha cansado.

Le habla por el intercomunicador al subinspector. Él suspira, se pasa la mano por la frente y asiente con resignación.

Entramos con la energía del relevo fresco, directas a presionar donde más duele.

Seina apenas levanta la mirada cuando nos ve. Está hundida en la silla, los ojos enrojecidos, el pelo pegado a la frente. Haruna se queda en una esquina, con los brazos cruzados y la expresión tranquila, casi amable. Yo me siento frente a Seina y no digo nada. Solo la observo.

Un minuto.

Dos.

Tres.

Cuatro.

No me muevo. No hago preguntas. Solo dejo que el silencio trabaje por mí.

Al quinto minuto, Seina deja de sollozar. Se limpia la nariz con un pañuelo arrugado y, por primera vez, respira con algo de normalidad. Espera mi voz como se espera una sentencia. Yo se la doy.

—Sé que tú no escondiste ese maletín ahí —digo en inglés, seguido rápidamente de la traducción de Haruna.

La frase no es una pregunta, es una cuerda en mitad del naufragio. Seina me mira como si acabara de darle oxígeno.

—Y sé que tú no eres la asesina.

Entonces ocurre. Un alivio que casi la hace sonreír. Se le cae algo del pecho. La vergüenza, tal vez. O el miedo de que todos la vean como culpable.

—¿Sabes quién pudo haberlo dejado ahí?

—No… —murmura en inglés. Luego cambia al japonés y Haruna traduce—. No lo sé. De verdad que no.

—¿Quién tiene acceso a esa sala? ¿Solo los empleados?

—Normalmente sí, pero hoy, con todo lo que está pasando, cualquiera podría haber entrado.

—¿Cuánto llevas trabajando aquí?

—Seis meses, desde que abrió.

—¿Cuántos años tienes?

—Treinta y dos.

—¿Por qué elegiste este sitio?

Hace una pausa. No parece una pregunta difícil, pero se toma su tiempo. Haruna asiente como si tomara nota de sus palabras.

—Estuvo varios años sin trabajar. Dejó su empleo en la oficina al quedarse embarazada.

Pero con el sueldo de su marido no es suficiente.

Este trabajo es lo primero que encontró que le parecía seguro y tranquilo.

Pensó que aquí podría estar bien. Y la flexibilidad de los turnos le permite trabajar los fines de semana, cuando su marido está con los hijos, y librar entre semana.

Asiento de nuevo y continúo con más preguntas sobre su vida personal, su trabajo y su rutina durante el último día en el ryokan .

Las respuestas son correctas, sin vacilación. Excepto cuando pregunto por sus compañeros de trabajo. No es una contradicción. Parece más bien una nota fuera de lugar que aún no sé identificar.

Cuando ya tengo claro que no voy a sacar más de ahí, me pongo de pie.

—Gracias por tu ayuda, Seina.

Ella asiente. Aún con miedo, pero ya no paralizada.

Haruna me sigue fuera. Volvemos juntas a la sala de pantallas. El subinspector nos espera ahí con los brazos cruzados y la mandíbula tensa. La sargento se acomoda a mi lado sin decir nada. Espero a que alguien abra la boca.

—El maletín aparece, pero vacío —dice Tachibana, con esa voz de quien ya no espera buenas noticias—. El contenido… quién sabe.

—No hay cámaras en la sala de empleados —dice Haruna, remarcando lo que ya sabemos los tres, que el primer aspecto en el que Yamanaka ahorró dinero fue en la seguridad.

—Si suponemos que el contenido del maletín eran papeles, pudo esconderlos en cualquier parte.

O destruirlos, quemarlos, tirarlos por el váter —digo—.

Pero el maletín… El maletín, no. Es mucho más difícil deshacerse de él.

Así que el asesino se lo encasquetó a alguien sin demasiada capacidad de defensa.

La sargento y el subinspector guardan silencio.

—De todas formas, el contenido ya es irrelevante —añado tras unos segundos—. Sin esos documentos, el móvil del crimen se nos ha deshecho entre los dedos.

El subinspector se queda callado. Muerde el aire con la mirada, como si pudiera desmenuzar las pistas que no tenemos. Yo cruzo los brazos y dejo caer una verdad que, aunque obvia, nadie se ha atrevido a pronunciar aún:

—Las mentiras siguen ahí.

Los dos me miran. Haruna entrelaza los dedos.

—¿A qué te refieres?

—Seina parece sincera sobre el maletín. Asustada, pero sincera. Sin embargo… —Me acerco al escritorio donde tienen abierto el registro de habitaciones en una tablet—. Hay huéspedes que no han sido tan transparentes.

»Por ahora no podemos saber quién se deshizo del maletín. Pero sí podemos seguir tirando de la cuerda que todavía no se ha roto. La madeja de mentiras.