La Sonrisa del Kimono Rojo (Valkiria Kross: Detective internacional de lujo 4) 19
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Están todos reunidos en el vestíbulo, como si esperaran el veredicto de un jurado invisible.

Pero no hay veredicto. Solo tensión acumulada, cuerpos incómodos en yukatas arrugados y miradas que se cruzan con más sospecha que solidaridad.

El rumor ya se ha esparcido, vamos a registrar las habitaciones. Las suyas. Las de todos.

La indignación es inmediata. Se palpa en el aire una oleada de calor artificial que lo vuelve denso. Algunos se miran entre ellos buscando apoyo; otros, simplemente bajan la cabeza, convencidos de que el registro es una humillación personal.

—¿No necesitan una orden judicial para eso? —pregunta uno de los americanos. El de la camisa con estampado de cócteles. No sé cómo se llama, pero su pareja, un hombre con pendientes de pluma, le habla como si fuera su madre.

El subinspector Tachibana da un paso al frente. Tiene esa sonrisa estudiada, el tono envolvente.

Haruna explica que nadie está obligado a dejar que revisen su habitación…, pero negarse no ayuda. De hecho, haría que uno pareciera bastante más sospechoso de lo que probablemente es. Y, en este tipo de situaciones, la sospecha es como una mancha de tinta, una vez aparece, cuesta mucho borrarla.

Manipulación de manual.

—Además —añade Haruna, traduciendo las últimas palabras del subinspector—, todos los inocentes quieren que se atrape al culpable. Todos quieren colaborar. ¿Cierto?

La palabra «todos» queda suspendida en el aire, una amenaza disfrazada de consenso.

Mientras habla, los observo. Cada uno de ellos parece reaccionar desde un rincón distinto del alma.

CJ, siempre con los brazos cruzados, parece más ofendido que preocupado.

Aunque la comisura de sus labios deja ver que ya se imagina el título de su siguiente vídeo de YouTube.

Los jubilados japoneses se miran con discreción, como si buscaran en el rostro del otro una justificación para ceder.

La familia taiwanesa, al completo, tiene esa expresión tensa que mezcla miedo con cortesía.

La madre intenta calmar al hijo, que no suelta la tablet ni por error.

Los influencers están indignados, aunque Thalía lleva con el entrecejo fruncido desde el susto de los seguidores por la mañana.

El grupo de salaryman disimula con torpeza.

La chica joven no deja de mirar a su jefa, como si tuviese que pedirle permiso hasta para respirar.

El yakuza se mantiene imperturbable, con los brazos relajados y la mirada serena.

Al observar su cara una vez más me repito que la he visto antes, lo conozco de algo, pero sigo sin caer de qué.

Entonces miro a su asistente, Renji, quien tiene la mandíbula tan tensa que si le hablo ahora mismo seguro que me escupe ácido.

Antes de que sigan hablando, me acerco a Haruna y le hablo en voz baja.

—Asegúrate de añadir que también vamos a registrar las oficinas y dependencias del personal. Incluido el despacho del director y los cuartos de empleados como Yuri y Seina.

Haruna asiente y lo comunica con la misma neutralidad que usaría para leer una receta de sopa de miso .

El director se descompone al instante, pero al cruzarse nuestras miradas decide callar.

Está claro que, dada la situación, ya está dispuesto a hacer cualquier cosa con tal de devolver la normalidad a ese lugar.

Cuando se termina la explicación, el descontento es generalizado.

Los murmullos suben de volumen y el aire empieza a cargarse con esa tensión incómoda de los lugares donde demasiada gente contiene las ganas de protestar.

Pero el único que se atreve a alzar la voz es Renji, y lo hace con un grito que rebota en los cristales.

No necesito traducción de Haruna para saber qué dice.

Luego suelta otra retahíla en la que me pierdo. Pero antes de que nadie más reaccione, Ishikawa da un paso al frente. La autoridad le brota sin esfuerzo.

—No hay ningún problema —dice en inglés con voz serena—. Si quieren pueden empezar por nuestras habitaciones. No tenemos nada que esconder.

Renji se revuelve. Por un segundo, su cara dice todo lo que su boca no se atreve a pronunciar. Pero su expresión se corrige tan rápido que parece una ilusión óptica. El miedo, cuando es jerárquico, tiene una eficacia quirúrgica.

El operativo se despliega con una sincronía implacable. No hay voces elevadas ni pasos torpes.

Los agentes se reparten por las instalaciones mientras los huéspedes y empleados permanecen confinados en el vestíbulo. El murmullo general mengua, pero no desaparece. Ahora es un rumor más contenido, el tipo de ruido que hace una multitud cuando siente que está siendo vigilada.

Haruna y yo caminamos detrás del grupo principal. Cada vez que un agente entra en un dormitorio, observamos con interés.

Vamos habitación por habitación. Empiezan por los cuartos de los huéspedes.

Las puertas se abren y los agentes entran como si fueran a un quirófano, con guantes, sin levantar la voz, inspeccionando cada recoveco con una mezcla de respeto y sospecha.

Registran maletas, papeles, medicamentos, dispositivos electrónicos, cualquier cosa que parezca fuera de lugar. Y, por supuesto, el maletín.

Pero no es solo eso lo que me interesa. Busco signos, detalles. El tipo de cosas que no se notan a simple vista, pero que alteran la armonía de un espacio.

Las habitaciones son austeras. Revisan tras las cortinas, debajo de los futones, entre los pliegues de las colchas. Abren cajones, desplazan muebles, inspeccionan papeleras.

Nada.

—Vamos al siguiente piso —dice Haruna en voz baja, sin necesidad de que lo proponga yo antes.

Comprobamos la siguiente planta. Luego algunas zonas comunes, que están igual de ordenadas que en la noche anterior. En la sala de entretenimiento los cojines siguen alineados. Uno de los agentes los levanta con delicadeza para encontrar el mismo vacío que en el resto de rincones.

En el onsen sigue habiendo vapor. Parece la única zona funcional del ryokan , aunque no haya nadie que la utilice.

El silencio es casi antinatural, como si algo se hubiese suspendido en el aire junto con el calor.

También aquí revisan. En las taquillas del vestuario, en los armarios de toallas, incluso dentro del compartimento de mantenimiento. No encuentran nada fuera de lugar.

Cuando regresamos al punto de partida ha pasado más de una hora. Una eternidad embotellada en rituales de registro, puertas que se abren y cierran, cabezas que se agachan para inspeccionar recodos absurdos. No hemos encontrado el maletín. Tampoco ninguna prueba concluyente.

Los agentes empiezan a reagruparse en los pasillos como piezas dispersas que regresan a la caja, mientras que el último equipo va a la zona de los empleados.

Algunos se limpian las manos con gel hidroalcohólico, otros consultan sus notas.

Las miradas que se cruzan con el subinspector no necesitan traducción.

Esas expresiones dicen «encontramos cosas», pero no están seguros de su relevancia.

Uno de los agentes se le acerca con gesto contenido y le extiende una bolsa hermética. Dentro hay dos preservativos usados, envueltos en papel. El hallazgo fue en la papelera de la habitación de Renji.

—También había cabello largo y oscuro entre las sábanas —me explica Haruna.

Al mirarlo de cerca podría jurar que es mío. Si lo hubiesen encontrado en mi habitación, me lo habría creído sin dudar. Tachibana frunce el ceño y me lanza una mirada.

—No. No soy yo —digo antes de que alguien lo sugiera.

Haruna lo traduce por cortesía, aunque creo que ya lo ha entendido perfectamente.

Otro grupo trae algo de una habitación distinta, la de Masami, la compañera de Takimoto. Es el contenido de la papelera desbordada que vi al revisar su habitación por encima. Lo han estudiado en profundidad. No hay ninguna sustancia extraña, solo pañuelos usados. Como si tuviera alergia. Nada más.

Volvemos al vestíbulo. El aire se siente más ligero, pero no más limpio. Las conversaciones se han diluido en una especie de letargo grupal. Algunos están sentados. Otros, de pie como si esperaran un último sobresalto.

Tachibana se coloca en el centro. Haruna a su lado.

—La revisión de vuestras habitaciones ha terminado —anuncian con ese tono de ceremonia apagada—. Aunque agradeceríamos que permanecieran aquí un poco más.

Un par de personas levantan la mano. Preguntas al aire. El americano de los pendientes de pluma habla.

—¿Y bien? ¿Han encontrado algo? ¿Todo este paripé ha servido?

CJ también quiere saber. Lo noto por la inclinación del cuerpo hacia delante, como si la información fuese una exclusiva que le deben.

Pero no hay respuesta. Ni por parte de Tachibana. Ni de Haruna. Ni mía.

El silencio es la única respuesta que reciben. El aire se espesa otra vez por la sensación incómoda de que todo ha sido para nada. La revisión, el encierro, las miradas y las sospechas.

Nada.

Si no ha aparecido, es porque el asesino tuvo tiempo de moverlo. El maletín no se ha esfumado. Lo hizo desaparecer alguien que sabía lo que hacía. Alguien que se adelantó.

Un chasquido rompe el murmullo latente.

La radio de Tachibana cobra vida con una sola frase en japonés. Pero en esta ocasión no necesito traducción de Haruna.

La cara de Tachibana se tensa y la sargento contiene el aliento.

Y, de pronto, entiendo japonés. O al menos, entiendo esa frase.

Han encontrado el maletín.