18
Ya no quedan testigos que interrogar. El subinspector Tachibana, la sargento Haruna y yo somos los únicos que quedan en la sala de interrogatorios.
Haruna repasa sus notas con el ceño fruncido, como si pudiera exprimirles una pista más.
—Yuri estuvo toda la noche en el dormitorio del personal —dice al fin, sin levantar la cabeza.
—¿Y eso quién lo puede confirmar? —gruñe Tachibana desde el otro lado de la mesa, con los brazos cruzados.
—Nadie —respondo antes de que Haruna lo suavice—. Pero tampoco es la única sin coartada.
Aquí no tener a nadie que diga dónde estabas a las dos de la mañana no es sospechoso, es estadística. Casi todos estaban dormidos. O eso dicen.
Haruna pasa la página.
—Seina, en recepción, solo vio a una persona durante su turno. Un hombre de espaldas con yukata . Pasó hacia las dos, fue a por algo a la máquina expendedora. No le vio la cara.
Tachibana resopla, frustrado. Haruna continúa con su repaso.
—Al menos ya tenemos confirmación de la hora de la muerte. Las dos de la mañana, casualmente la hora de los espíritus. Coincide con la estimación del forense y también con lo que ha dicho Okada, cuando fue a su habitación y escuchó ruidos dentro.
Tachibana se recuesta en la silla con esa expresión suya que mezcla rabia contenida y resignación.
—Entonces —dice al cabo de unos segundos—, ¿por dónde seguimos?
—Yo sé cómo podemos continuar —digo sin rodeos.
El subinspector gira apenas la cabeza en mi dirección. Haruna me observa con una ceja ligeramente levantada.
—Desde que vi la escena del crimen tuve una impresión… difícil de explicar. Algo no encajaba. No por lo que había, sino por la ausencia de algo que debería estar.
El subinspector ladea la cabeza, con esa expresión de quien no va a interrumpir, pero tampoco te va a regalar su fe sin pruebas.
—El ojo humano —continúo— está hecho para identificar la presencia. Para detectar lo que está. Un rostro, una figura, un movimiento. Pero es mucho más torpe a la hora de notar la ausencia. Por eso cuesta tanto detectar un hueco en una estantería o una pieza que ya no está donde solía estar.
»Después de escuchar a todos los compañeros de Takimoto, de ver cómo hablaban de él y entre ellos, algo hizo clic.
Estoy casi segura de que en esa habitación falta algo.
Para comprobarlo, necesito ver las habitaciones de los compañeros.
Nada invasivo. Solo echar un vistazo desde la puerta, un barrido visual rápido.
El subinspector me sostiene la mirada durante unos segundos. Luego suspira con resignación serena.
—Lo preguntaré.
Sale de la sala con Haruna pisándole los talones. Yo me quedo observando las cámaras de la policía, ya apagadas.
Cinco minutos después, regresan.
—Han accedido —informa Haruna.
Asiento. No tengo una certeza absoluta, pero siento una sensación en el pecho que ya me ha llevado por buen camino otras veces.
Recorremos el pasillo en silencio. Las habitaciones están todas en la misma planta, alineadas como piezas de un puzle malicioso. La mía también está ahí, dos puertas más allá. Algo en ese detalle me pone tensa. Como si el crimen se hubiese alojado demasiado cerca.
Me acerco un poco a Haruna mientras caminamos.
—¿Alguno se ha quejado?
Ella tarda un segundo en responder.
—Uno de los hombres, sí. Ha hecho varias preguntas. Quería saber por qué era necesario, si esto iba a quedar registrado, si se tomarían fotos. Nada fuera de lo común, pero sí insistente.
—¿Cuál de ellos?
—Okada.
No me sorprende. Cuenta con razones para estar a la defensiva, para que no salgan a la luz ciertas cosas.
—¿Y la chica? Ma…
El nombre no me llega a salir. Mi cupo de palabras japonesas está lleno.
—Masami. No se ha quejado, pero parecía preocupada. Un poco… avergonzada, tal vez.
—¿La jefa? ¿El otro hombre?
Haruna niega con la cabeza.
—Nada. Ni una palabra.
Asiento. Las piezas empiezan a encajar, o al menos a hacer ruido cuando rozan.
—¿Sospechas de alguno de los compañeros? —pregunta ella, mirándome de reojo.
—No exactamente.
No digo más. No porque no lo sepa, sino porque no quiero contaminar la mirada antes de entrar. Primero necesito ver. Luego vendrá el juicio.
Cuando entramos en la primera habitación, noto el silencio espeso que las envuelve. El subinspector fue claro al llegar por la mañana, nadie del servicio del ryokan debía tocarlas. Todo sigue exactamente como estaba.
Empezamos por la de Okada.
El futón está doblado, pero no del todo. Como si hubiese intentado recogerlo por inercia y luego se hubiese rendido a la resaca. Hay un par de botellas vacías junto al pequeño frigorífico y una camisa tirada a los pies del tatami.
La siguiente es la habitación donde se reunieron a beber.
Nakata confirma con un gesto. Solo cruzar el umbral lo deja claro: vasos usados en el suelo, tres cojines arrimados en un rincón, varias latas alineadas como si estuvieran esperando a ser interrogadas.
El futón está doblado, apartado contra la pared.
Hay una botella de sake vacía al lado de un par de palillos partidos.
Aquí transcurrieron las últimas horas de la víctima.
Luego vamos a la habitación de la jefa, Kuroda.
Nos deja pasar con la misma expresión con la que imagino firma contratos: limpia, distante e impenetrable.
Su futón está recogido en una esquina. La maleta, abierta pero inmaculada.
Ni una prenda fuera de lugar. Sobre el pequeño escritorio bajo, una libreta cerrada y un bolígrafo alineado con la regla de alguien que necesita control para respirar.
Nada destaca, y justo por eso me resulta incómodo.
Por último, entramos en la de Masami.
El aire cambia. Hay un leve olor a perfume, de esos que no buscan llamar la atención.
El futón está a medio recoger, con las mantas apiladas sin forma clara.
En el suelo, junto al espejo, hay una bolsita con cosméticos mal cerrada.
Una taza con restos de té sigue sobre la mesa baja.
La papelera, junto a la pared, está a rebosar de pañuelos usados.
Todo tiene el caos natural de una habitación habitada por una chica joven y nerviosa.
Cuando salimos de la última habitación, el subinspector me observa en silencio mientras nos alejamos del pasillo. Espera a que yo hable. Cuando no sucede, toma la palabra.
—¿Ha servido de algo molestar a estos testigos?
No lo dice con sarcasmo, pero hay una exigencia contenida detrás de la pregunta. Como si estuviera listo para aceptar una respuesta que no lo convenza… o una que lo cambie todo.
—Sí. Ha servido.
Me detengo, girándome hacia él y hacia Haruna, que se mantiene en segundo plano, pero con la atención encendida.
—Ayer por la tarde, cuando llegaron al ryokan , vi al grupo hacer el registro en el hotel. Todos iban vestidos igual. Traje oscuro, camisa blanca, corbata discreta. Cada uno llevaba una maleta de ruedas y un maletín de mano.
El subinspector asiente, sin interrumpir. La sargento entrecierra los ojos, como si empezara a vislumbrar lo que antes se le escapaba.
—En cada habitación hemos visto exactamente eso. Una maleta y un maletín.
Hago una pausa.
—En todas menos una.
El subinspector ya lo ha entendido. Haruna también. Sus rostros se tensan como una cuerda que empieza a vibrar.
—En la escena del crimen —continúo— solo había una maleta. Ningún maletín.
El silencio que sigue es puro voltaje.
—Lo que significa que el asesino se lo llevó.
Lo digo en voz baja. Porque si no está todo, si alguien entró… entonces no fue un fantasma. No fue una aparición ni una venganza sobrenatural.
Fue alguien de carne y hueso.
El subinspector no dice nada de inmediato. Pero hay un leve cambio en su expresión. Algo se afloja, como si acabara de cruzar una línea invisible entre la duda y la confianza.
No es un gesto evidente. Es más sutil. Una leve inclinación del mentón, la forma en que se acomoda el cuello de su uniforme, cómo su mirada ya no es de evaluación, sino de decisión compartida.
—Avise a todos los presentes en el vestíbulo —le ordena a Haruna, sin levantar la voz—. Vamos a registrar el ryokan entero.