La Sonrisa del Kimono Rojo (Valkiria Kross: Detective internacional de lujo 4) 17
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Tras el encontronazo con Ishikawa y Renji, Yuri y yo hemos vuelto al vestíbulo. Quería ver cómo seguían los ánimos con los huéspedes y empleados.

Cuando solo llevo unos minutos ahí, la sargento Haruna vuelve a aparecer. Se acerca con su paso rápido y firme.

—Ven. El subinspector necesita que hables con alguien.

No puedo evitar fruncir el ceño. Me cuesta imaginarme a ese hombre —tan contenido y correcto— pidiéndome algo directamente. Asiento con un tinte de interés y la sigo.

En silencio, pasamos junto a un par de agentes que me observan con esa mezcla de respeto y recelo.

Entramos a lo que debió de ser una sala privada amplia para cenas tranquilas entre tatamis y murmuraciones suaves.

Ahora es otra cosa. Las mesas están cubiertas de portátiles, cables, carpetas y tazas medio vacías.

Personas van y vienen con la urgencia callada de quien sabe que cada minuto cuenta, pero igual hay que hacerlo en silencio.

Como si el crimen estuviera dormido en la habitación de al lado.

—Este es el centro temporal —explica Haruna, mientras yo recorro la sala con la mirada—. Lo han montado para este fin de semana. La presión desde arriba es brutal. Necesitan evitar que esto vuelva a tener la repercusión que tuvo el caso original.

Asiento, aunque no digo nada. Me acerco a la ventana. Desde aquí se ve la entrada del ryokan y, más allá, el mar de cabezas y flashes que no para de crecer. Periodistas, curiosos, fans que no saben si buscar autógrafos o fantasmas.

Es demasiado tarde para evitar la repercusión. Pero si algo hay que reconocerles, es que son eficientes. No han pasado ni ocho horas desde que se encontró el cadáver y ya tienen esto montado como si fuera una minicomisaría de élite.

Me cruzo de brazos y observo un segundo más el panorama exterior. Después me giro hacia Haruna, que ya está esperando junto a una puerta al fondo.

Me conduce hasta una de las mesas, donde un agente joven nos espera con la espalda recta y las manos entrelazadas sobre el portátil. Nos sentamos frente a él. El hombre inclina levemente la cabeza y dice algo que no entiendo. Solo capto un nombre: Itsuki.

Asiento, imitando su gesto con torpeza. Haruna se adelanta.

—Itsuki se encarga de investigar a la víctima.

—Entiendo —digo, más para mí que para ella—. ¿Qué sabemos?

Haruna traduce e Itsuki responde en frases cortas. La sargento se encarga de volcarlo al inglés con una fluidez que admiro.

Takimoto Takayuki. Cuarenta y tres años, casado y con dos hijas. Su nombre no decía mucho, y su vida —en apariencia— tampoco.

El agente va soltando los datos con cadencia mecánica. Yo no escucho solo los hechos, atiendo a lo que hay debajo.

Trabajaba en el departamento de finanzas de Hirano rostro severo; brazos cruzados con la paciencia de quien no necesita alzar la voz para imponer autoridad.

En la otra, uno de los compañeros de Takimoto espera su turno. Es Okada, quien encontró el cadáver.

Observo sin decir nada. Los interrogatorios empiezan a la vez.

Agentes distintos en cada sala, pero la misma estrategia.

Primero lo básico. Dónde estaban, a qué hora, quién se fue antes.

Cuando terminan con los dos, entran dos compañeros más.

Y al final queda solo la joven, también integrante de la empresa.

Su nombre es Masami. Se encoge cada vez que alguien alza la voz.

Habla bajo, como si pidiera perdón por existir.

Tiene las manos cruzadas sobre las rodillas y los labios mordidos.

Está tan cerca del límite que parece que una sola palabra más podría quebrarla.

No sé si tiembla por lo que sabe, por lo que teme o porque simplemente es así.

Algunas personas vienen al mundo con las costuras más finas.

Al final de las cuatro conversaciones, la imagen de la noche queda clara.

Bebieron hasta tarde. Según sus testimonios, la jefa Kuroda se retiró la primera, sobre las doce y media.

Era habitual en ella. La joven Masami, la única del grupo con aire de no saber del todo qué hace ahí, se fue a la una.

Y los otros tres, Okada, la víctima y el tercer salaryman , se quedaron bebiendo hasta la una y media en la habitación de Okada.

Nakata asegura que Takimoto y él salieron juntos. Que vio a Takimoto entrar en su habitación, con la cara roja por el alcohol y los pasos algo torpes, pero nada fuera de lo común. Que se despidieron como siempre.

Para las dos de la madrugada, hora estimada de la muerte, cada uno estaba en su habitación. Sin testigos y sin coartadas.

El subinspector se cruza de brazos junto a mí. No dice nada, pero lo piensa muy fuerte.

En el interrogatorio de la jefa le han preguntado por qué eligieron ese ryokan . No es habitual que las empresas lo hagan debido a su fama.

Ella responde sin pestañear. Dice que no fue idea suya, que uno de los nuevos empleados —que no ha ido al viaje—, un chico recién salido de la universidad, se encargó de reservar.

Que no asoció el nombre del hotel con las historias que había oído de niño.

Cuando los demás lo supieron, ya no se podía cancelar.

Y con la inflación como está, no estaban para tirar dinero.

Aceptaron venir. El resto de empleados confirma la historia.

Saber quién sugirió el hotel era un punto de interés. Dada la escenografía del crimen, la premeditación y preparación son obvias. Pero ha acabado siendo un callejón sin salida más.

Cuando terminan los interrogatorios, el ambiente se distiende.

El subinspector se aparta de las pantallas, se cruza de brazos y su mirada parece repasar una pizarra invisible en la que ordena nombres, tiempos y posibles grietas.

Haruna suelta el aire muy despacio. Yo también me permito descruzar los brazos, como si ese gesto bastara para rebajar la tensión.

Sobre la víctima, al menos, no hay fisuras.

Sus compañeros han confirmado punto por punto todo lo que el agente Itsuki había averiguado.

Solo tienen palabras amables para él, como suele ocurrir con los muertos.

Coinciden en lo mismo, su trabajo —detectar compensaciones fraudulentas en seguros— no era precisamente apasionante, pero a él se le notaba que le gustaba.

Decían que era meticuloso hasta el extremo, casi obsesivo con los detalles, y exageradamente precavido.

Virtudes perfectas para alguien cuya labor consistía en encontrar mentiras bien disfrazadas.

Estamos a punto de empezar a comentar las conclusiones obtenidas cuando alguien asoma por la puerta. Es uno de los salaryman que, hace unos minutos, aparecía en una de las pantallas. Era Okada, quien encontró el cuerpo. Cuando llegué a la escena, todavía le temblaban las manos.

Ahora tiene los hombros hundidos y los ojos clavados en el suelo. Da un par de pasos tímidos antes de detenerse junto al marco, como si le costara cruzarlo. El agente que va con él habla.

—Quiere dirigirse a quien esté al cargo —traduce Haruna.

El subinspector se adelanta, con esa mezcla de paciencia y autoridad que sabe manejar tan bien. Pero no dice nada. Solo lo mira.

El hombre traga saliva, se retuerce los dedos, levanta la mirada apenas un segundo y luego la vuelve a bajar.

—Tradúceme lo que diga, por favor —le digo a Haruna.

Ella asiente y espera a que tome la palabra. Finalmente, comienza con titubeos.

—Yo…, hay algo que no dije antes… Algo más.

Silencio. Todos lo miramos.

—Salí de mi habitación. De madrugada.

Sus ojos buscan un refugio que no encuentra.

—¿A dónde fuiste? —pregunta el subinspector, sereno.

—Fui… fui hasta la habitación de Takimoto.

La frase queda flotando en el aire como una cuerda que nadie se atreve a cortar. El subinspector entrecierra los ojos.

—¿Por qué?

Okada baja más la cabeza. Las palabras le pesan en la lengua. Traga saliva. Se rasca la nuca.

—Habíamos quedado —dice al fin, como si eso lo explicara todo.

El subinspector se inclina hacia delante, sin agresividad, pero con una firmeza incuestionable.

—Explíquese mejor.

—Takimoto era gay —dice por fin, y entonces todo encaja. O, al menos, se recoloca en una forma reconocible.

No hace falta decir más. El subinspector asiente con lentitud, aceptando la información como se acepta un nuevo dato en un informe.

Al final, ese hombre sí que escondía más de lo que aparentaba.

—¿A qué hora fue?

—A las dos y cinco, recuerdo consultar el móvil.

—¿Llegó a ver a Takimoto?

—No. Llamé varias veces. A la puerta. También al móvil. No respondía. Me pareció extraño, porque cuando llegué escuché ruido dentro. Pensé que no estaba durmiendo. Pero al no abrir, supuse que el sonido venía de otra habitación y me volví a mi cuarto.

Su voz suena cada vez más apagada. Como si se deshiciera de algo que llevaba semanas sin poder pronunciar, aunque no han pasado ni veinticuatro horas.

El subinspector asiente una vez más. No le pide más detalles. Solo le agradece su cooperación y le asegura que esa información quedará entre nosotros.

Okada baja aún más la cabeza. Se le escapan dos palabras en japonés que Haruna no traduce. Probablemente un agradecimiento.

Pero antes de que se retire, doy un paso al frente.

—Una cosa. ¿Bajó al vestíbulo a la máquina expendedora sobre esa hora?

Haruna se dispone a traducir, pero Okada la detiene con un gesto. Responde directamente en inglés.

—No. No salí del pasillo. Fui a la habitación de Takimoto y luego regresé a la mía. Nada más.

Lo dice con claridad.

—¿Takimoto tenía una relación cercana con el resto de compañeros?

—No —responde de inmediato—. Había buen ambiente cuando salíamos a tomar algo después del trabajo, pero era todo profesional. Nada más.

—Gracias —le digo.

Asiente sin mirarme. Luego se marcha, arrastrando consigo un peso que ya no puede ocultar.