16 #2
Me acomodo en la silla, cruzando los brazos. No soy nueva en esto, sé cuándo alguien está diciendo la verdad, y también cuándo alguien está diciendo una verdad. Ishikawa pertenece al segundo grupo.
El interrogatorio se alarga. Le preguntan por su actividad profesional.
—Represento intereses empresariales. Ayudo a gestionar conflictos entre compañías que compiten en mercados similares. También participo en procesos de mediación para evitar demandas. Soy un facilitador.
«Facilitador». Una forma elegante de decir «intermediario con poder». En su mundo eso puede significar desde coordinar licitaciones públicas amañadas hasta cobrar por «resolver» conflictos con métodos poco ortodoxos. Todo suena legal. Y sin embargo…
Tachibana lo deja hablar. Luego la sargento Haruna insiste.
—¿Cuál es su vinculación actual con Kobe?
—Ishikawa responde que mantiene relaciones profesionales con varios grupos empresariales de la región —traduce Yuri—. Nada concreto. No menciona nombres.
—¿Y su asistente? —pregunta Haruna—. ¿Cuál es su función?
—Ishikawa dice que le organiza la agenda, gestiona reservas. Viajaron juntos, pero él estuvo en su habitación durante toda la noche.
Siguen así durante más de cuarenta minutos.
Todo son respuestas correctas, educadas…
y completamente inútiles. Lo suficiente para no levantar sospechas claras.
Lo justo para no parecer que oculta nada.
Pero ninguna afirmación puede verificarse sin su colaboración.
Y, aunque dice que está dispuesto a cooperar, no ofrece nada que no puedan encontrar por su cuenta.
—¿Conocía usted a la víctima? —pregunta finalmente el subinspector Tachibana.
Yuri contiene el aliento un instante mientras espera la respuesta.
—Niega conocerla. Dice que lo vio por primera vez en el comedor, el día que llegó, pero que no cruzaron palabra.
—¿Dónde estaba usted anoche alrededor de las dos de la madrugada?
—Ishikawa afirma que después de cenar bajó al onsen y luego se volvió a su habitación. Aunque sobre las once escuchó algo de revuelo proveniente del vestíbulo, no salió del cuarto. Se durmió temprano.
—¿Y en la mañana en la que se encontró el cadáver?
—Dice que bajó a desayunar tarde. Que no habló con nadie ni vio nada raro.
Silencio. El tipo es un muro.
Haruna y Tachibana lo intentan todo. Vuelven a las mismas preguntas, cambian el orden, atacan por los flancos… pero él se mantiene firme, educado, intachable.
El subinspector no pierde la compostura ni una vez.
No levanta la voz, no cambia el ritmo. Me impresiona.
He visto interrogadores volverse agresivos a la mitad de una declaración como esta, pero Tachibana parece jugar al ajedrez.
Mide cada movimiento como si tuviera toda la vida para ganar la partida.
Mientras tanto, yo observo todo desde el otro lado del cristal. Con cada frase traducida por Yuri, mi impresión se afianza más. Ese hombre no ha venido aquí a descansar. Ha venido por algo y estoy dispuesta a averiguar para qué.
Después de la hora que dura el interrogatorio de Ishikawa, la puerta se abre de nuevo y entra su asistente.
Renji Sakamoto.
Nada que ver con su jefe. Se sienta sin que nadie se lo indique, como si estuviera en el metro en lugar de en un interrogatorio policial.
No cruza las manos sobre la mesa. Se estira hacia atrás, abre las piernas y ladea la cabeza con gesto de superioridad.
En los ojos no hay contención, ni cálculo.
Hay fuego mal contenido, ambición pura y una hostilidad que no se molesta en disimular.
—Este se cree invulnerable —murmuro sin pensar.
—Es joven —responde Yuri, sin apartar la vista de la pantalla—. Y quiere demostrarlo.
La diferencia con Ishikawa es casi cómica. Si aquel era hielo, este es pólvora. Y no parece que haya pasado suficiente tiempo aprendiendo a contener la mecha.
Tachibana comienza igual que antes. Cortesía, tono neutro, preguntas suaves. Pero esta vez, no hay calma del otro lado. Solo desdén.
—Dice que no entiende por qué lo están interrogando —traduce Yuri—. Que no tiene nada que ver con lo que ha pasado, que solo está aquí por trabajo y que esta conversación es una pérdida de tiempo.
No es solo lo que dice. Es cómo lo dice. Su tono es ácido, burlón, casi infantil. Haruna intenta reconducirlo, pero Renji no coopera. O Kageboshi, como insiste en que lo llamen.
—¿Kageboshi? —le pregunto a Yuri, alzando una ceja.
—Significa «estrella sombra». Es un nombre que él mismo se ha puesto. Un alias.
—Claro. Faltaba el nombre de villano de anime.
Tachibana le pregunta por la noche del crimen. Su respuesta es inmediata.
—No salí de la habitación en ningún momento. Me acosté temprano y estuve solo toda la noche.
La mirada de Haruna se afila. No tiene coartada. Y sin embargo, el tipo se comporta como si eso no importara lo más mínimo. Como si su sola palabra bastara para dejarlo fuera de toda sospecha.
—¿Y qué función tiene dentro de la empresa del señor Ishikawa?
—Dice que es su mano derecha —traduce Yuri con el ceño fruncido—. Que se encarga de las tareas más delicadas, pero no da detalles.
Claro que no. Porque ese tipo de tareas, en su mundo, rara vez se ponen por escrito.
Tachibana insiste. Reformula. Cambia el enfoque. Pregunta por operaciones, por clientes, por movimientos recientes, por los motivos por los que están ahí. Nada.
—Dice que su trabajo no le incumbe a la policía. Que todo lo que hace es legal y que si buscan fantasmas, deberían mirar en otro sitio.
Por un instante me parece ver la mandíbula del subinspector tensarse, pero no cede, solo toma nota, como si estuviera almacenando piezas sueltas para un puzle que aún no puede armar.
—Este hombre no tiene miedo —susurra Yuri.
—No. Este quiere que lo teman.
Pero en su fanfarronería hay algo casi patético. Un niño jugando a ser jefe, convencido de que al levantar la voz se acerca un centímetro más al poder real que tiene Ishikawa.
Después de treinta minutos de respuestas evasivas, medias verdades y miradas desafiantes, el interrogatorio termina. Renji se levanta sin esperar permiso. Durante un segundo, su mirada se cruza con la cámara. Como si supiera que lo están observando y no le importara. O peor, como si le encantara.
La puerta se cierra tras él.
Yuri y yo salimos de la sala en silencio.
El aire del pasillo se siente pesado, como si la tensión no se hubiera disipado del todo.
Ishikawa camina hacia nosotras con paso lento pero firme, los brazos relajados a los costados, la compostura de quien no tiene nada que temer.
Detrás de él, a una distancia prudente, viene Renji.
Ya no tan desafiante como antes, pero todavía con ese aire de perro joven que no entiende que el territorio no es suyo.
Ishikawa me ve y se detiene. Su mirada vuelve a clavarse en la mía.
Esta vez no aparta la vista. Da un paso más y se queda justo delante de mí. Su proximidad no es amenazante, pero sí calculada. Pesa.
—Señorita Kross —dice, en un inglés claro, preciso, sin acento.
Mi cuerpo reacciona antes que mi mente. Un impulso eléctrico me recorre la espalda. Hay algo que reconozco, pero no logro ubicar.
—¿Nos conocemos? —digo, directa al grano.
Ishikawa sonríe, apenas.
—Mire fuera del hotel. Ahora todo el mundo la conoce.
—No me refiero a eso. —Mi voz es más dura de lo que esperaba—. Digo de antes. Sé que lo he visto en otra parte.
Alza una ceja, como si le sorprendiera mi insistencia. Pero no responde. No confirma ni niega.
—Lo sé —añado, dando un paso más hacia él—. Nos hemos cruzado antes. ¿Dónde?
Su expresión no cambia. Pero Renji se acerca por detrás, como una sombra torpe que no sabe cuándo es mejor mantenerse al margen.
—¿Tienes algún problema con el señor Ishikawa? —dice él, con un acento mucho más tosco y con tono claramente ofensivo.
Sin esperar respuesta, me pone una mano en el hombro.
Justo en ese instante, el subinspector y la sargento salen al pasillo y se topan con la escena. Los dos agentes que la observaban se han puesto en alerta. Uno de ellos ya se prepara para dar un paso hacia nosotros.
Y entonces, ocurre.
—¡Renji! —La voz de Ishikawa no es un grito. Es un corte. Una orden seca, afilada, cargada de una autoridad que no admite réplica.
Renji se paraliza. El gesto se le cae de la cara y la mano se retira. Da un paso atrás sin atreverse a mirarlo. La transformación es inmediata, de chulo a perro apaleado en menos de un segundo.
Ishikawa hace una leve inclinación hacia mí.
—Perdone el comportamiento del muchacho. No está acostumbrado a tratar con personas civilizadas.
No suena como una disculpa. Suena como un ajuste de cuentas que ha decidido postergar.
Luego gira la cabeza hacia donde están Tachibana y Haruna.
—Si me necesitan —dice en inglés—, estaré en mi habitación o en el onsen . Me quedaré hasta el lunes.
Y sin esperar respuesta, se da media vuelta y se aleja por el pasillo, con ese mismo andar medido que tiene todo lo que hace. Ni una prisa, ni una duda. Solo un control absoluto del escenario.
Renji lo sigue, sin atreverse siquiera a levantar la mirada. Como una sombra a la que se le ha recordado su lugar.